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China y Japón: lazos vitales

[Artículo de opinión de Daisaku Ikeda, publicado en inglés, en el diario The Japan Times, el 25 de febrero de 2013.]

El año pasado se celebró el significativo 40º aniversario de la restauración de los lazos diplomáticos entre la China y el Japón.

Lamentablemente, una serie de eventos y de proyectos de intercambio para conmemorar dicho acontecimiento fueron cancelados o pospuestos, debido a que se agudizó la tensión entre ambos países. Las relaciones bilaterales han desmejorado hasta su punto más bajo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y otro tanto ha sucedido con las relaciones económicas, que se han enfriado notablemente.

Sin embargo, no soy del todo pesimista sobre el futuro de los lazos amigables entre la China y el Japón. Una antigua máxima de la gran nación asiática sostiene: "Las gotas de agua horadan incluso la piedra".

Así, a ese paso perseverante, la amistad entre la China y el Japón se ha ido nutriendo desde la finalización de la guerra, gracias a los esfuerzos de pioneros que, incluso antes de la normalización de las relaciones diplomáticas, trabajaron con gran tenacidad para abrirse camino a través de los obstáculos que se alzaban entre ambas naciones.

Esos lazos de amistad se han cultivado firmemente y se han fortalecido mediante infinidad de intercambios realizados a lo largo de los años, y, por ende, no será fácil romperlos.

Cuando hice un llamado a la normalización de las relaciones diplomáticas chino-japonesas, en septiembre de 1968, era prácticamente inconcebible que se mencionara en el Japón la posibilidad de una amistad con aquel país.

En cierto sentido, la situación era incluso más severa de lo que es hoy en día. Pero yo estaba convencido de que el Japón no tendría futuro alguno sin una relación amigable con sus vecinos, y de que era esencial crear lazos estables y armoniosos con la China, para que Asia y el resto del mundo avanzaran por el camino de la paz.

En diciembre de 1974, una vez que las relaciones se hubieron normalizado, pude visitar Pekín y reunirme con el primer ministro chino, Zhou Enlai, y con el viceprimer ministro, Deng Xiaoping. Durante el diálogo que mantuvimos, supe que ambos consideraban que tanto el pueblo nipón como el chino habían sido víctimas del régimen militarista japonés. Saberlo no hizo más que profundizar mi determinación de forjar una amistad indestructible entre nuestros dos pueblos, a fin de desterrar la posibilidad de una nueva guerra entre nosotros.

Desde entonces, he puesto todo mi empeño en promover los intercambios amistosos, centrados especialmente en los jóvenes. En 1975, la Universidad Soka recibió a los primeros seis alumnos de intercambio gubernamental de la República Popular China, que venían a realizar estudios en Japón.

Ahora, casi cuarenta años después, un total de cien mil jóvenes chinos están realizando estudios anualmente en Japón, y quince mil japoneses lo están haciendo en la China.

A lo largo de los años, las dos naciones han creado una historia de intercambios en las áreas de la cultura, la educación y en muchas otras, que incluyen, por ejemplo, trescientos cuarenta y nueve acuerdos de hermanamiento entre ciudades. También hemos desarrollado la tradición de brindarnos mutuo apoyo en momentos de adversidad, como en ocasión del terremoto de Sichuan de 2008, y del sismo y posterior tsunami de Tohoku, en 2011.

Pese a ocasionales períodos de tensión, la corriente de amistad entre los dos países ha crecido con firmeza y se ha fortalecido con los años; la amistad se ha estrechado mediante incontables interacciones personales e intercambios de corazón a corazón, cada uno de los cuales aporta su propia pequeña pero invalorable contribución. Por ello, esa corriente no se agotará con facilidad, más allá de los obstáculos o pruebas que deba enfrentar. Y debemos asegurarnos de que dicha fuente jamás se extinga.

El escenario de la política y de la economía siempre recibe el impacto de los vaivenes de las épocas. De hecho, los tiempos de serenidad quizás representen más la excepción que la regla. Por eso, ante una crisis, es importante sostener categóricamente los dos compromisos centrales del Tratado de Paz y Amistad acordado por la República Popular China y el Japón en 1978: Abstenerse de emplear la fuerza armada o la amenaza militar, y no buscar la hegemonía regional.

Mientras respetemos esos principios, lograremos encontrar la manera de superar la crisis actual sin falta. No es tanto la época de tranquilidad, sino los tiempos de adversidad los que presentan oportunidades para ahondar el entendimiento y fortalecer lazos. Recomiendo firmemente que la China y el Japón reafirmen su compromiso de sostener los dos juramentos del Tratado de Paz y Amistad, y que instituyan lo antes posible un foro de diálogo de alto nivel destinado a prevenir cualquier deterioro futuro de las relaciones.

Cuanto más difícil se presenta una situación, más importante es entablar un diálogo basado en un compromiso con la paz y con la coexistencia creativa. Intercambios serios, que pueden incluso llegar a ser acalorados, hacen posible que salgan a la luz las preocupaciones y las aspiraciones que justifican la posición y las afirmaciones de cada una de las partes.

Dentro de ese contexto, propongo que la China y el Japón instituyan la práctica de realizar encuentros cumbre con regularidad.

Creo que la crisis actual entre la China y el Japón ofrece una oportunidad única de establecer pautas para el diálogo, y de crear un ámbito que permita a los líderes entablar un diálogo directo, frente a frente, cualesquiera fueren las circunstancias.

Además, propongo que las dos naciones establezcan juntas una organización para la cooperación ambiental en el este de Asia. Tal cosa podría ser un objetivo provisorio para lograr en 2015 y sentaría las bases de una nueva asociación enfocada en la paz, la coexistencia creativa y en acciones conjuntas en bien de la humanidad.

Esa nueva organización podría crear oportunidades para que los jóvenes de la China y del Japón trabajaran juntos con un objetivo en común. También delinearía pautas para la contribución conjunta a la paz y la estabilidad del este de Asia, así como para la creación de una sociedad global sostenible.

En septiembre de 1968, exhorté a los jóvenes de ambos países a unirse en la amistad para construir un mundo mejor. Creo que los cimientos para ello ya se han establecido a través de los más diversos intercambios y esfuerzos anónimos realizados hasta la fecha.

Considero que ahora la atención debe dirigirse a algo más visible y durable. Ha llegado el momento de adoptar perspectivas de mediano y de largo plazo, y de desarrollar modelos más concretos de cooperación en un conjunto de nuevas áreas.

Estoy convencido de que a través de esos esfuerzos firmes y sostenidos, los lazos de amistad entre la China y el Japón progresarán hacia algo indestructible, hacia un legado que será transmitido orgullosamente de una generación a otra.