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Ikeda rinde homenaje a José Rizal, padre de la independencia filipina (Manila, 1998)

Ikeda rinde homenaje a José Rizal, padre de la independencia filipina (Manila, 1998)

El presidente filipino Fidel Ramos entrega a Ikeda el Premio Rizal de la Paz Internacional (1998)

El presidente filipino Fidel Ramos entrega a Ikeda el Premio Rizal de la Paz Internacional (1998)

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Comprensión del dolor de Asia

Aunque los japoneses hayan olvidado el pasado, el pueblo filipino lo tiene muy presente. (…) Los filipinos han sufrido muchas invasiones a lo largo de su historia, pero el consenso general es que los japoneses fueron los conquistadores más brutales que ultrajaron su tierra. (…) Pero la mayoría de los nipones desconocen esta realidad, y no se hacen cargo de la ira justificada que siente el pueblo filipino. Es que en la escuela jamás se lo han enseñado. La conducta de los militares japoneses se disfraza con un barniz de heroísmo; nunca se han presentado disculpas a los filipinos, y estos, pasmados, siguen preguntándose qué clase de país es el Japón. (…) Esto demuestra nuestra falta de humanismo como nación.1--Daisaku Ikeda

Las tropas japonesas cometieron atrocidades contra civiles filipinos durante la ocupación de Bataan (abril, 1942)

Las tropas japonesas cometieron atrocidades contra civiles filipinos durante la ocupación de Bataan (abril, 1942)

La actividad de Daisaku Ikeda como escritor, constituye un aspecto más de sus esfuerzos culturales en pos de la paz y del entendimiento mutuo. Es el medio con mayor alcance para impulsar el respeto mutuo entre culturas o naciones. Gracias a la obra escrita de Ikeda, los nombres de muchos personajes históricos resultan ahora familiares para los miembros de la SGI de todo el mundo. Por ejemplo, gracias a las frecuentes referencias de Ikeda, los miembros de la SGI de Japón conocen a José Rizal, el prócer de la independencia filipina, como la figura heroica y virtuosa que fue: un médico, un genio de la literatura y un individuo humanitario que inspiró un movimiento emancipador y murió con poco más de treinta años. El hecho inusitado de que jóvenes japoneses tomen como ejemplo a una figura histórica filipina tal vez solo pueda ser realmente apreciada por los ciudadanos de ambos países, quienes comprenden el desprecio cultural que los filipinos han sufrido históricamente por parte de los japoneses. Ese desdén tuvo su expresión más flagrante en las atrocidades que cometieron los militares japoneses contra la población filipina y otros habitantes de Asia durante la Segunda Guerra Mundial. Esa parte de la historia es sistemáticamente ignorada por el sector gubernamental japonés y apenas comprendida por la población nipona en general, en un país en el que subsiste aún un fuerte sentido de superioridad sobre la gente de otras naciones asiáticas, en general, de menor desarrollo económico.

Comprender las heridas históricas

Los esfuerzos que Ikeda realiza sin descanso desde los años 60 para admitir y encarar esos problemas lo han convertido en una persona confiable por los pueblos de Asia. Desde hace largo tiempo, él realiza amplios intercambios culturales y educativos entre Japón y sus vecinos asiáticos, para dar a conocer al público japonés los frutos artísticos y culturales más destacados de diversas naciones del continente. Eso ha contribuido a que la población japonesa modifique sentimientos negativos hacia otros países. Pero, cabe insistir, es la obra escrita de Ikeda la que ha transmitido los mensajes de conciliación más intensos. Su pluma también ha contribuido a facilitar sus encuentros y diálogos con figuras asiáticas de la cultura y de la política, lo que a su vez, le ha brindado la inspiración para seguir escribiendo.

Podemos mencionar como ejemplo un ensayo sobre María Teresa Escoda Roxas, ex presidenta del Centro Cultural de las Filipinas e hija de Josefa Llanes Escoda (1898-1945), quien fue arrestada y asesinada por la policía militar japonesa durante la ocupación de Filipinas en tiempos de guerra. El ensayo de Ikeda describe de manera punzante la profunda preocupación de Josefa Llanes Escoda por el bienestar de los demás, su humanidad y sentido de dignidad, virtudes que llevó a la práctica a riesgo de su vida. También se refiere a los esfuerzos de la luchadora social por inculcar en su hija el mismo respeto por sus congéneres, y alentarla, por lo tanto, a no odiar al pueblo nipón a causa de los excesos perpetrados por los soldados japoneses.

Ikeda escribe: “La señora Escoda no se fijaba en la nacionalidad de alguien, sino sólo en su valor como ser humano. Los militaristas japoneses eran todo lo contrario. Lo más importante para ellos era comprobar si alguien era japonés o no. Las consideraciones humanas, si las había, venían después. Así trataban de justificar los actos de crueldad indescriptible que perpetraron contra el pueblo filipino, actos que no osarían cometer contra otros japoneses.” 2

Más que sacar a la luz aquellas injusticias históricas, los mencionados ensayos de Ikeda ilustran las tendencias en conflicto entre el bien y el mal dentro de cada ser humano y de cada sociedad, y muestran los efectos que produce cada uno. “Hoy sigue la lucha entre esas dos mismas fuerzas: los opresores que viven de la mentira, la discriminación y el ego descontrolado, y los movimientos populares impulsados por la verdad y el humanismo…” 3 La obra escrita de Ikeda es una exhortación a desarrollar un sentido de humanidad universal entre las personas.