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Un trozo de espejo

(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.)

Tengo un espejo que conservo valiosamente. Es un trozo de vidrio del tamaño de la palma de la mano, un poco grueso, del tipo que fácilmente podría verse entremezclado en una pila de desperdicios. Sin embargo, este espejo es tan valioso que no podría tirarlo a la basura. Formaba parte del bello tocador del ajuar de mi madre. ¡Cuántas veces habrá reflejado ahí la imagen de su rostro de recién casada! Pero, al cabo de cuatro lustros, el espejo se rompió. Mi hermano mayor Kiichi y yo recogimos dos de los fragmentos más grandes y los conservamos.

Poco tiempo después, estalló la guerra. Mis cuatro hermanos mayores, uno tras otro, fueron enviados al frente de batalla, en la China y en la región del sudeste de Asia. ¡Qué aversión sentí por el movimiento bélico! Mis cuatro hermanos, que estaban en la flor de la vida y eran una importante fuerza laboral de la familia, fueron rasgados de nuestras manos con un simple papel: el aviso oficial de reclutamiento.

Nunca olvidaré la indignación y la exacerbación con las que Kiichi me reveló, aquel día de licencia, los crueles actos que las fuerzas japonesas cometían en la China. Dolido por el pueblo chino, me dijo que el Japón estaba cometiendo un grave error. Odié aún más la inhumanidad, la insensatez y lo inútil de la guerra…

Trágicamente, en la época de enfrentamientos entre los países del Pacífico, el Japón se impuso ferozmente con su nacionalismo en toda Asia. Las fuerzas niponas actuaron como heraldos infernales y causaron inenarrable sufrimiento no sólo a los pueblos cercanos de la región levante sino también a sus propios connacionales. Jamás debemos olvidar las terribles crueldades que los japoneses infligimos a los bellos países del Oriente. Por ello, expreso mis más sinceras disculpas a dichos pueblos por el indescriptible sufrimiento que les ocasionaron los militares de mi país en aquel tiempo.

Mi madre, a quien le arrebataron a cuatro de sus hijos mayores, trató de disimular su congoja, pero le fue imposible esconder su rápido envejecimiento. Luego, comenzó el ataque aéreo de Tokio y las ráfagas fatídicas se convirtieron en un suceso cotidiano. Yo llevaba siempre mi trozo de espejo cuidadosamente guardado en un bolsillo de mi camisa, aún cuando había que correr eludiendo las bombas.

La guerra había ensombrecido todos los aspectos de nuestras vidas. Finalmente, lo que todos presentíamos se hizo realidad: la derrota. El 15 de agosto, la guerra, iniciada y lidiada en nombre del emperador, culminó con su voz; en una transmisión radial, el soberano instó a los japoneses a “soportar lo insoportable”. Yo tenía diecisiete años y, conmocionado, sentí que mi corazón palpitaba de esperanza y angustia. Muchas personas confundidas cayeron rendidas, pero pronto se dieron cuenta que por primera vez en meses, había calma en los cielos, y fueron recuperando la compostura. Esa noche, finalmente, podíamos encender las luces. ¡Cuánta claridad! Saboreaba lo bueno que era la paz. Todos sentíamos gran alivio, pero ninguno se atrevió a decir: “Me alegro que hayamos perdido. Qué bueno que se acabó la guerra”.

En esos momentos, lo único que deseaba mi madre era ver retornar a sus hijos, sanos y salvos. Le preocupaba especialmente Kiichi. No habíamos oído de él desde que fue trasladado de China a la región sudeste del continente. De vez en cuando mi madre decía que había soñado con Kiichi y que en el sueño él le prometía que regresaría pronto.

Transcurridos dos años del fin de la guerra, cuando ya mis otros hermanos habían vuelto, uno después de otro, recibimos la notificación de que Kiichi había sido muerto en Birmania. De inmediato pensé en el trozo de espejo que él llevaba en el bolsillo de pecho de su uniforme. Podía imaginármelo en un momento de tregua, sacando su espejo y viendo su barbudo rostro reflejado en él, al tiempo que recordaba con cariño a su madre en casa.

Recuerdo el doloroso estremecimiento de mi madre, de espaldas, tras recibir la noticia de su muerte. Ésta fue la más desgarradora pérdida que experimentó en su vida. Era el resultado trágico y vano de la guerra. Una guerra que hace sufrir a una madre inocente de todo delito es sin lugar a dudas el más absoluto de los males.

Las guerras sólo traen sufrimiento y desdicha a las personas, a sus familias y a sus madres. Son siempre las personas anónimas y ordinarias las que se ven sumergidas en el más agudo sufrimiento, las que tienen que soportar el légamo y el fuego... En la guerra, la vida humana se desperdicia vanamente como medio para lograr un fin. Veinte años para formar a un hombre adulto, y sólo veinte segundos para destruirlo... Es por eso que debemos oponernos a la guerra. No debemos involucrárnos en ella, ni permitir que otros lo hagan. Todas las rivalidades y los conflictos deben ser resueltos no con el poder, sino con sabiduría y a través del diálogo.

En los lóbregos y difíciles tiempos que siguieron la derrota del Japón, me mudé a una pensión. El cuarto era pequeño, precario y no contaba con muchos muebles, pero afortunadamente, tenía el trozo de espejo conmigo. Todas las mañanas, antes de ir a trabajar, lo usaba para afeitarme y peinarme.

En 1952, cuando me casé, mi esposa trajo un tocador nuevo, y a partir de eso, empecé a usar el nuevo espejo. Un día encontré a mi esposa con el antiguo trozo de cristal en sus manos, mirándolo dubitativa. Como supuse que el espejo podría terminar en el basurero si yo no le decía nada, le conté su historia. Ella consiguió una hermosa caja de fina madera y ahí lo colocó. Hoy, el espejo permanece a salvo en su estuche.

Cada vez que veo el trozo de espejo roto, recuerdo esos días de mi juventud, tan difíciles de describir. Recuerdo las oraciones de mi madre y el triste destino de mi hermano mayor. Y, lo seguiré recordando mientras viva.