header
a+ a- print

El poder revitalizador de la cultura

“La cultura se sitúa en el extremo contrario de la violencia de las guerras; la cultura y el arte son una expresión del júbilo de vivir.” (1) – Daisaku Ikeda.

Ikeda (izq.) con un compañero (fines de la década de 1940)

Ikeda (izq.) con un compañero (fines de la década de 1940)

Daisaku Ikeda tenía diecisiete años cuando culminó la Segunda Guerra Mundial. Lo que siguió a la conflagración bélica fue confusión, pobreza e incertidumbre.

Ikeda escribe: “En ese período de oscuridad y desesperanza la música y la literatura me eran una preciada fuente de esperanza y de inspiración”. Y, refiriéndose a la gira que el célebre violinista Yehudi Menuhin realizó en el Japón, en 1951, destaca que el crítico de arte Hideo Kobayashi declaró: “Mi cuerpo se estremeció en llanto […] ¡Qué sonido sublime! Entonces comprendí claramente cuánta sed (de cultura) había acumulado”. (2)

Sensibilizado de esa manera en su juventud, Ikeda ha consagrado su vida a consolidar la paz mediante la promoción de la cultura y el arte, basado en la firme convicción de que ambos tienen el gran poder de revitalizar al ser humano, enriquecer su corazón y mitigar su dolor.

De joven, Ikeda sufrió de tuberculosis. Recuerda que en esa época, solía escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven (“La llamada del destino”) tras cada extenuante jornada de trabajo: “Me sentaba en el minúsculo apartamento donde vivía y, cuando los acordes de esta obra maestra me envolvían con su resonancia imponente, sentía que la sangre rebullía de pasión y brincaba al son de la música. […] Cuando escuchaba la genial composición de Beethoven, sobre el destino, recuperaba la confianza y el valor”. (3)

También recuerda: “Juntando las monedas, había podido comprar un viejo fonógrafo, a manivela, y la calidad del sonido era espantosa, comparada con la que ofrece la tecnología actual. Pero, de todas formas, la música lograba tender un puente que llegaba a mi corazón. El ritmo de su vida, la vida de ese genio de la música que fue Beethoven, resonaba en mi espíritu de manera imponente e inmediata. En ese momento, mi humilde apartamento de un solo cuarto se convertía en un palacio adornado por el arte más glorioso”. (4)

Ikeda, que se desempeñaba como líder de la Soka Gakkai, cuenta que solía invitar a su casa a miembros de la organización para compartir los efectos revitalizadores de aquella música.

Ikeda afirma: “Las instituciones que conforman la sociedad humana nos tratan como ʻpiezasʼ de un mecanismo. Nos asignan funciones y ejercen todo tipo de presiones para que cumplamos con los papeles atribuidos. Necesitamos algo que nos ayude a integrar nuevamente nuestra naturaleza perdida, distorsionada. Todos tenemos sentimientos que nos hemos visto obligados a ahogar, pero que mantenemos vivos en nuestro interior. Hay un grito silencioso, escondido en lo más hondo de nuestra alma, que pugna por brotar y expresarse. Lo que da voz y materia a esos sentimientos no es otra cosa que el arte”. (5)

El poder que tiene el arte de revitalizar nuestra humanidad profunda es lo que motivó a Ikeda a tratar de acercar a la gente al arte, y es así que creó la Asociación de Conciertos Min-On y el Museo de Bellas Artes Fuji de Tokio.

Obras

Obras que Ikeda leyó bajo la tutela de Josei Toda

La literatura también ha sido una importante fuente de inspiración para Ikeda. De joven, ahorraba diligentemente para comprar las obras de los grandes de la literatura y la filosofía. Mostró su vocación de escritor desde joven y trabajó como editor de revistas en la empresa de su mentor, Josei Toda. Ikeda cuenta que, en su juventud, mantenía largas conversaciones interiores con los escritores que leía. Tal vez por esa experiencia, Ikeda alienta a los jóvenes a leer obras literarias.

En un ensayo sobre los tiempos de guerra en el Japón, Ikeda escribe: “Por entonces, la gente percibía la muerte incluso en los árboles de cerezo. Se había exigido al pueblo japonés que se sacrificara valientemente como los pétalos de cerezo que se dejaban llevar por el viento sin ningún hálito de arrepentimiento. Pero los cerezos que tenía en frente refulgían un mensaje vigoroso y sublime de vida y rechazo a semejante perversión. Rebosaban de esperanza y parecían clamar: ¡Vive una existencia plena y profunda! ¡No abdiques a la vida! ¡Vence el invierno y haz florecer ese ser único que eres! Me colmó el corazón. En la pared de una fábrica incendiada, escribí con tiza unos versos que entonces afloraron de mi corazón […] No coloqué mi firma. Más adelante, otros que compartían mi sentir agregaron sus pensamientos debajo de mi poema”. (6)