a+ a- print

La restauración de nuestros lazos con el mundo

[Artículo de Daisaku Ikeda, publicado en el diario The Japan Times, el 12 de octubre de 2006.]

“Por las olas de nubes del mar celestial
surca un barco que se pierde en el bosque de estrellas.”

Este poema elaborado al estilo tradicional japonés fue compuesto hace mil trescientos años. Fue recopilado en el poemario más antiguo del Japón, denominado Manyoshu (Colección de la Miríada de Hojas o Colección para Diez Mil Generaciones).

La humanidad ha viajado más allá de la atmósfera terrestre y ha estado en la Luna. Sin embargo, la lectura de esos versos nos hace reflexionar sobre la percepción de la Luna y las estrellas de nuestros antepasados. Tal vez, gozaban de mayor profundidad y riqueza espiritual, a diferencia del hombre moderno que, abstraído en sus comodidades, se olvida de apreciar el firmamento.

En la actualidad, la humanidad vive inmersa en el fragor de su ajetreo material, desvinculada del vasto universo y de la eternidad del tiempo. La gente trata de combatir los sentimientos de aislamiento y marginación, y de saciar su corazón a pesar de que sus deseos se acrecientan inconteniblemente.

En cierto modo, la verdadera tragedia que oculta la civilización moderna reside en su separación y distanciamiento: vivimos divorciados del cosmos, la naturaleza, la sociedad y nuestros semejantes, y estamos divididos y fragmentados.

Mientras la ciencia y la tecnología han dado al género humano un poder impensable y han traído beneficios inestimables a su modo de vida y salud, muchos se han distanciado de la esencia de la vida y han reducido todo a cosas y cifras. Incluso el ser humano se ha convertido en un mero objeto. Las víctimas de la guerra se reducen a estadísticas y actuamos con entumecimiento ante la realidad del sufrimiento y el dolor inenarrable que experimentan otros.

El poeta, en cambio, ve en cada individuo su humanidad única e irremplazable. El sentir lírico hace que la persona se incline con reverencia ante los misterios de la vida, mientras que el intelecto regido por la arrogancia hace que el individuo intente ejercer control y sacar provecho del mundo.

Cada ser humano es un microcosmos. Al vivir en la Tierra, respiramos al ritmo del universo que se extiende infinito ante nosotros. La poesía nace cuando el universo interior del ser humano y el vasto universo exterior entran en armonía.

Quizás ha habido tiempos en que todos eran poetas y dialogaban en sus adentros con la naturaleza. El Manyoshu es una compilación de versos compuestos por individuos de los más diversos extractos sociales, la mitad de los cuales eran anónimos. Sus autores no tuvieron ninguna intensión de ganar renombre. Eran poemas y canciones que brotaron del manantial infinito de su alma y cobraron vida propia al ser transmitidas de persona a persona, de corazón a corazón, trascendiendo las fronteras de las naciones y de los tiempos.

El sentir poético está presente en todo quehacer humano. Palpita fuertemente en el científico que busca tenazmente la verdad. Cuando tenemos sentido poético, los objetos dejan de ser meros objetos, ya que estamos preparados para ver una realidad espiritual más profunda. Por eso, una flor deja de ser una mera flor; la Luna deja de ser una simple materia suspendida en el firmamento. Al observar una flor o la Luna percibimos los insondables lazos que nos unen con el universo.

Los niños son poetas innatos. Los adultos hacen gratos descubrimientos cuando atesoran y cultivan el corazón poético infantil, y coadyuvan a su desarrollo. El ser humano no vive simplemente para satisfacer sus deseos. La auténtica felicidad no se mide en proporción al caudal de nuestras posesiones, sino al grado en que armonicemos con el mundo que nos rodea.

El espíritu poético tiene el poder de afinar el sentido y de recomponer al mundo de la discordia y la división. Un verdadero poeta es quien se erige sólidamente y enfrenta los conflictos y las complejidades del mundo. El daño ocasionado a cualquier persona, sea donde fuere, es causa de agonía para el poeta. Un poeta es quien ofrece palabras que infunden valentía y esperanza, y procura la superación y el avance constante en base a una clara percepción del aspecto espiritual de la vida.

La espada de la pluma y la palabra resultó esencial para quienes se resistieron y trataron de combatir las atrocidades del apartheid, ese sistema de segregación racial que fue un crimen contra la humanidad de innegable gravedad. Oswald Mbuyiseni Mtshali, el vate de Sudáfrica, que esgrimió sus versos para enfrentar las injusticias del apartheid, señaló: “La poesía despierta y restituye la verdadera fortaleza interior del ser humano y su espiritualidad. Es el cimiento de la fortaleza que nos hace seres decentes y llenos de amor compasivo por los que sufren y necesitan ayuda como resultado de la injusticia, el agravio o los males sociales”. Se dice que Nelson Mandela obtuvo fuerzas para continuar su lucha leyendo los poemas de Mtshali en prisión.

El gran poeta del Brasil, Thiago de Mello, conocido por sus esfuerzos en proteger el Amazonas, se encontró con un verso de su autoría en la pared de la celda a la cual había sido confinado por el gobierno militar. Ahí decía: “Canto a pesar de la oscuridad, porque sé que llegará el mañana”.

Yo encontré en Hojas de hierba de Walt Whitman una fuente indescriptible de aliento durante mi juventud, como muchos de mis coetáneos, que experimentamos el caos y el vacío espiritual tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo cómo estremecieron mi ser aquellos versos de Whitman que brotaron de su corazón libre.

La humanidad necesita, hoy más que nunca, que resuene la poesía y que se escuchen odas apasionadas por la paz y por los lazos que unen a todo lo existente. Debemos despertar ese sentir poético connatural, que nos da la energía y la sabiduría que necesitamos para vivir con plenitud. Tenemos que convertirnos todos en poetas.

Un antiguo poeta japonés escribió: “La poesía que brota de la semilla del corazón se convierte en miríadas de hojas de palabras”.

Nuestro planeta está profundamente herido y dañado, a tal grado que el sistema de vida está en peligro de colapsar. Tenemos que proteger y abrazar la Tierra con innumerables “hojas de palabras” que surjan de lo más profundo de nuestro corazón. La sociedad moderna recuperará su salud cuando el ser humano recobre su espíritu poético.