a+ a- print

Atesorando a las niñas y niños

(De un ensayo publicado en la edición del 29 de septiembre de 1996 del diario Seikyo Shimbun 1)

Muchas personas hablan de filosofía; pocas personas la aplican en su vida diaria. El fallecido doctor David Norton, profesor de Filosofía de la Universidad de Delaware en los Estados Unidos, fue una persona que puso en práctica lo que predicó y que vivió de acuerdo con sus convicciones.

Cuando el doctor Norton hablaba de educación y de las teorías educativas de Tsunesaburo Makiguchi (1871-1944), fundador de la Soka Gakkai, sus palabras resonaban con extraordinaria profundidad:

“El señor Makiguchi trabaja con la profunda verdad de que todos los seres humanos tienen el deseo innato de aprender y de crecer. Lo vemos en los niños. Cuando los pequeños aprenden a caminar, por ejemplo, dan sus primeros pasos y la carita se les ilumina de alegría. Y desde ese momento, no pueden parar de caminar. Tratan de mejorar, de aprender, de desarrollar su capacidad. [...]

“Lo que reconoció el señor Makiguchi es que era imperioso que la educación no matara ni tronchara este deseo innato de aprender y de crecer, sino que lo nutriera y alentara. [...] Desafortunadamente, la educación en el Japón de su época sofocaba el deseo innato de crecer y aprender, como creo que ocurre hoy también en los Estados Unidos”.

El doctor Norton se abstuvo de criticar la sociedad japonesa moderna, pero, como muchos se han ocupado de señalar con justicia, el sistema educativo japonés, rígidamente regulado, es muy destructivo.

Todos los niños desean mejorar

Quisiera compartir la siguiente historia que me transmitió un maestro de escuela primaria.

Una niña de su clase era totalmente incapaz de seguir el ritmo de los demás alumnos. Se sentaba todos los días en su pupitre, con la mirada gacha y opaca, y el rostro sin expresión. Se movía a desgano, ignorada por sus compañeros de aula.

El maestro quería hacer algo para ayudarla, pero al cabo de un tiempo se dio por vencido. Naturalmente, lo había irritado el comentario de sus colegas, quienes fríamente sentenciaban: “Los seres humanos son como la fruta; hay entre un veinte y un treinta por ciento de desperdicio, y no hay nada que hacer al respecto”. Pero, en su corazón, este maestro se preguntaba si, realmente, no sería que la niña carecía de aptitud innata para el estudio; los test de inteligencia arrojaban un resultado inusualmente bajo.

Sin embargo, un día, durante una hora libre, la observó jugando con un rompecabezas; había que acomodar las piezas plásticas de tal forma que entrasen prolijamente en una caja. La miró a través de la ventana; la niña parecía estar luchando contra la dificultad que le presentaba el juego.

Ya se disponía el maestro a ayudarla, cuando la pequeña consiguió ensamblar las piezas perfectamente. Se puso de pie y gritó: “¡Bravo! ¡Genial!”, con una luz en los ojos que nadie le había visto antes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas... ¡Entonces, sí podía sonreír! ¡Podía resplandecer! ¡Cuánto quería entender esa niña, cuánto ansiaba triunfar!

El maestro se reprochó duramente su postura anterior. ¡Cómo se había atrevido a renunciar! ¿Acaso no era él su maestro? ¿No era ése su trabajo? ¿No estaba allí para asegurarse de que cada alumno, al egresar, saliese del aula con la convicción de que, intentándolo, se podía lograr cualquier cosa?

Pero no. Él había sembrado en la pequeña el sentimiento de inferioridad. Había decidido que, si ella no podía seguir el ritmo, era su culpa. Y entonces, había retirado su compromiso. Ni una vez había pensado qué doloroso debía de ser para la niña estar allí sentada, seis horas al día, sin poder entender ni una sola lección.

El maestro había sido un excelente alumno desde los primeros años. Jamás había conocido el pánico, la vergüenza, la desesperación de un estudiante que no entiende lo que se le enseña. Nunca había experimentado la confusión y la zozobra de no saber qué es lo que uno no entiende, de tener que quedarse callado cuando el maestro pregunta: “Muéstrame la parte que no comprendes”.

Aunque sabía de todo esto intelectualmente, creía que algunos alumnos no eran tan brillantes y que no se podía hacer nada al respecto. Pero descubrió que no era así. Descubrió que los padres de la pequeña, graduados universitarios, siempre la tildaban de tonta en el hogar. “Yo hice la cuenta”, confesó la niña, “y me dicen ‘tonta’ veinte veces por día”. ¿De qué nos sorprendemos si ella también decidió que su vida no tenía ningún valor?

El maestro resolvió elogiarla al menos cincuenta veces por día, para compensarla por tanto maltrato. No paró de decirle “¡Qué alumna inteligente! ¡Muy buen trabajo! ¡Qué bien lo has hecho!”, hasta que consiguió remover de su corazón la mancha de tanta censura. También habló con los padres y los persuadió de que cambiaran su actitud hacia la niña. Por cada pequeño avance, se desvivió por elogiarla generosamente.

Después de un año de esfuerzo por parte de todos, la niña dio un vuelco de ciento ochenta grados. Le fue sumamente difícil, pero, a su propio ritmo, comenzó a experimentar la alegría de aprender. Un factor crucial fue la conciencia de que, si se esforzaba por lograr algo, podría concretarlo sin falta. Esta niña, con los años, consiguió terminar la universidad y, hoy, es farmacéutica.

El maestro reflexionaba: “El fracaso más pequeño puede destruir la confianza de un niño en sí mismo; el catalizador más pequeño puede detonar un crecimiento insospechado. El desafío de cada docente es creer en el potencial de cada niño.

“Los exámenes sólo muestran cómo responde un alumno a determinadas preguntas, en determinada forma y tiempo. Pero algunos chicos piensan más despacio que otros; algunos sobresalen en áreas que les despiertan un interés especial, e incluso superan a los adultos en ellas. Es difícil decidir quién es ‘inteligente’ de verdad.

“Si nuestras escuelas evalúan a los alumnos sólo en función de los exámenes y vuelven las espaldas a los que no 'rinden', si socavan la confianza de los pequeños en sí mismos y destruyen su individualidad peculiar, ¿de qué sirven?”.

¡Y cuán cierto es! Los niños rebosan de ganas de aprender y crecer. El doctor Norton describe la alegría que ilumina el rostro de los pequeñitos cuando dan sus primeros pasos. Seguramente, esta alegría ante el propio avance es el símbolo más perfecto del espíritu infantil. El señor Makiguchi llamaba a esta dicha “la felicidad de la creación de valores”. El doctor Norton la describía como “la felicidad del realizarse a sí mismo”.

* * *

La puerta a la felicidad sólo se abre desde adentro. El florecimiento del potencial interior es el objetivo de la filosofía budista y, también, la meta primordial del humanismo. El verdadero significado de la educación consiste en extraer este potencial interno, y la esencia del budismo también consiste en cultivar la bondad interior en cada uno de nosotros.

* * *

El verdadero propósito de la educación es la felicidad de la gente

Para el doctor Norton, estudiar filosofía no era una actividad intelectual abstracta, sino un medio para ayudar a las personas a ser felices.

A causa de esta convicción, él deploraba a los que repartían órdenes y trataban de controlar a los demás, sin salir nunca de su refugio protegido, sin dar nunca nada a los semejantes. Criticaba severamente la conducta autoritaria, ya fuese en un educador como en un político o en un líder religioso.

Veía favorablemente que la Soka Gakkai, desde su comienzo, hubiera luchado contra las fuerzas de la opresión que imperaban en el Japón. Hoy sigue luchando, dijo este filósofo, contra las fuerzas que intentan restaurar en el Japón el mismo autoritarismo de hace cincuenta o sesenta años. Desde su punto de vista, la Soka Gakkai ha sido un poderoso ímpetu para fortalecer la democracia japonesa después de la Segunda Guerra Mundial, pues nutrió en el pueblo la motivación interna y el espíritu de independencia.

Afirmó que los que ejercían el poder temían y odiaban cualquier movimiento que alentara a la gente a pensar, a ver y a decidir por sí misma. Lo que instigó a las autoridades a perseguir al señor Makiguchi fue la mismísima superioridad de su filosofía. En su esencia, la filosofía educativa del señor Makiguchi enseñaba a desarrollar en los niños un espíritu independiente, para que nunca siguiesen ciegamente los dictados de la autoridad.

El doctor Norton decía que las constantes persecuciones contra la Soka Gakkai eran la respuesta reaccionaria de fuerzas que se oponen a cualquier movimiento de emancipación popular. Para él, esto era muy claro, desde la perspectiva norteamericana. Reconocía que cualquier organización global basada en la motivación interna, como lo era la Soka Gakkai, excedería la capacidad de comprensión de la típica mentalidad japonesa. No obstante, decía el doctor Norton, era un error juzgar a las personas o los grupos religiosos como una amenaza solo porque eran diferentes y porque no encajaban en los conceptos preestablecidos. El verdadero problema, notaba, consistía en la mente cerrada y fanática de los que juzgaban a los demás de esta manera.

La educación, el gobierno, la religión y el aprendizaje existen para que el ser humano pueda ser feliz. ¿De qué valen, si no ayudan al hombre a ser dichoso? Esta fue la convicción del doctor Norton, un brillante abanderado del humanismo.

Cuando dictaba clases en la universidad, los estudiantes se sentían atraídos por su temple y solían consultarle sobre sus problemas personales. Pero él jamás los trataba con superioridad, y por eso ellos se sentían en libertad de debatir cualquier asunto abiertamente. Así como el agua no corre cuesta arriba, la gente tampoco revela sus auténticos sentimientos a quienes miran de arriba abajo. El doctor Norton había perfeccionado el arte de ponerse en el lugar de su alumnado y ver las cosas desde el punto de vista de los jóvenes.

En julio del año pasado, inesperadamente, al doctor Norton le diagnosticaron cáncer. Ya era demasiado tarde; no había nada que hacer.

* * *

Falleció a los sesenta y cinco años.


Educación creadora de valor y la alegría de aprender

El doctor Norton escogió un camino distinto del que elegían otros académicos. Acaso por ese motivo, pudo penetrar en la esencia de la humanidad tan hondamente. Su saber coincidía con su experiencia y con su personalidad.

Lo mismo cabe decir del señor Makiguchi, a quien el Dr. Norton respetaba y admiraba, llevó a cabo sus estudios en condiciones adversas y no se graduó en las prestigiosas universidades imperiales, lo cual era un requisito indispensable en aquellos días, si uno quería obtener reconocimiento académico en el Japón.

Así pues, cuando trató de publicar su teoría pedagógica sobre la creación de valor, fue atacado por su arrogancia y osadía: ¿cómo se atrevía un director de escuela de primera enseñanza a proponer una teoría pedagógica, cuando eso era toda una hazaña para célebres intelectuales de fama mundial? Los funcionarios educacionales le aconsejaron, socarronamente, que dejara la investigación como pasatiempo para la vejez, cuando se hubiera retirado.

Pero el señor Makiguchi no se dejó intimidar. Declaró: “Me mueve el ardiente deseo de impedir que se extienda a la generación siguiente la deplorable situación actual, en que diez millones de niños y estudiantes se ven obligados a soportar la agonía de una competencia despiadada, ante la dificultad de ingresar en las buenas escuelas, el ‘infierno de las mesas examinadoras’ y la lucha inclemente por conseguir trabajo después de egresar”.

Esa era su motivación, nacida en un profundo amor, en una honda preocupación por los niños del Japón. Quería desarrollar “una clase de educación que hiciera felices a los niños”. El señor Makiguchi formuló una técnica educacional, un camino sometido a prueba, que podría describirse como “la senda de la educación”, no sólo para la felicidad futura de los niños, sino para que ellos gozaran el deleite del conocimiento en sus años de aprendizaje.

Las palabras que dijo mi amado maestro Josei Toda al señor Makiguchi cuando lo conoció por primera vez contienen la esencia de la educación creadora de valores: “Convertiré al peor de los alumnos en un estudiante sobresaliente”.

Esto se basaba en la convicción del señor Toda: ningún niño comenzaba siendo un pésimo alumno; si uno enseñaba al niño las bases del pensamiento, cómo deducir y razonar por sí mismo, cualquier pequeño podía llegar a ser un alumno brillante. Semejantes principios revelaban su fe invencible en el potencial humano. También sentía una indignación poderosa ante la tendencia a la estandarización educativa: jerarquizar a las personas por sus calificaciones, desechar fríamente a los que tenían un bajo rendimiento eran actitudes totalmente opuestas a la filosofía pluralista de “el cerezo, el ciruelo, el duraznero y el albaricoquero”.

Los maestros recurren con frecuencia a una frase cuando enseñan a sus alumnos: “Aprendan esto que lo van a necesitar”. Pero, para el doctor Norton, es “la frase más horrorosa del mundo”, porque en lugar de incentivar el interés del alumno, plantea el conocimiento como una imposición, como algo obligatorio. Y esto es casi un crimen. El doctor Norton insistía en que los docentes debían inculcar la alegría del conocimiento, preservar la dicha del saber y la sonrisa en el rostro de los niños cuando daban sus primeros pasos en la infancia.

El doctor Norton creía que nuestro movimiento para la creación de valores estaba consagrado a ese desafío. Cuando visitó nuestras escuelas Soka, se quedó impresionado. “Los ojos de cada niño parecen sonreír”, manifestó. Amaba el nombre “Soka”, ‘creación de valores’, y consideraba que haber conocido la Soka Gakkai era el honor más grande de su vida. Hasta el último momento, llevó con profundo orgullo en la solapa el prendedor de la Universidad Soka, que le fue conferido junto con el doctorado honorario de nuestra institución.