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Filosofía de la educación de Makiguchi

(De una conferencia dada en el Centro Simon Wiesenthal, Los Ángeles, USA, el 4 de junio de 1996)

Tsunesaburo Makiguchi nació en 1871, en una pequeña aldea sobre el Mar del Japón, en la prefectura de Niigata. El poblado se llamaba Arahama, que podría traducirse como “playa de mares turbulentos”. El 6 de junio de este año, es decir, pasado mañana, se cumplirán 125 años de su nacimiento.

Makiguchi solía referirse con orgullo a sus orígenes humildes, a su modesta estirpe de pobres pescadores. La estrechez económica de su familia y la necesidad de que él contribuyese con su trabajo lo obligaron a interrumpir sus estudios al término de la escuela primaria. No obstante ello, aprovechaba cada oportunidad para leer y aprender; no tardó en mostrar una especial capacidad para la docencia. Era tan firme su vocación de aprender, que las personas con quienes él trabajaba realizaron una modesta colecta para que pudiese asistir a la escuela normal, en la cual obtuvo su graduación a los veintidós años.

Makiguchi volcó la energía y la pasión de su juventud al desafío de ofrecer mayores oportunidades educativas para los niños de escasos recursos. Muchos de los que tuvieron a Makiguchi por maestro brindaron agradecidas descripciones de su trabajo como educador.

La búsqueda de los derechos individuales y de la libertad, son un cometido sagrado

Mientras Makiguchi se iniciaba como maestro, el Japón avanzaba en pos de una política nacional que respondía al lema “poderío nacional y fortaleza militar” (en japonés, fukoku kyohei), es decir, el camino de la expansión imperialista. En el campo de la educación, se otorgó prioridad a los objetivos nacionalistas; no se escatimó ningún esfuerzo con tal de establecer un patriotismo ciego y libre del mínimo cuestionamiento.

Frente a este cuadro, Makiguchi expresó otro punto de vista: “¿Cuál es el propósito de la educación popular? En lugar de concebir complejas interpretaciones teóricas, es mejor comenzar a mirar a esos adorables niños que uno tiene sobre las rodillas y preguntarse: ‘¿Qué puedo hacer yo para asegurar que esta criatura viva del modo más feliz?’”.

El interés de Makiguchi nunca estaba puesto en el estado, sino en el ser humano, en las personas y en cada individuo. Este poderoso sentido de los derechos humanos lo llevó a declarar que la libertad y los derechos del individuo eran sagrados e inviolables, en una época en que los objetivos de la soberanía imperial se imponían a la ciudadanía con total prepotencia.

En 1903, a los treinta y dos años, Makiguchi publicó una obra de mil páginas, titulada Geografía de la vida humana. El libro vio la luz en vísperas de la guerra ruso-japonesa. El tenor de ese momento histórico puede medirse a través de un dato elocuente: siete de los académicos japoneses más prestigiosos, de la Universidad Imperial de Tokio, peticionaron al Gobierno que adoptase una postura enérgica y severa contra Rusia, fomentando así el entusiasmo público por la guerra. En contraste, Makiguchi, un ignoto maestro de escuela, estaba promoviendo en el pueblo el concepto de la “ciudadanía mundial”, con firmes raíces en la vida comunitaria, para evitar los peligros del “nacionalismo estrecho y cerrado”.

A los cuarenta y dos años, Makiguchi fue designado director de escuela primaria. Durante los veinte años siguientes, se desempeñó en este puesto de responsabilidad contribuyendo así al desarrollo de algunas de las escuelas públicas más destacadas de Tokio.

Una de las influencias más importantes que registra el pensamiento de Makiguchi es el filósofo norteamericano John Dewey, de cuyos trabajos se valió para crear cambios en el sistema educativo japonés. Makiguchi, franco propulsor de la reforma pedagógica, se vio constantemente sometido a la vigilancia y la presión de las autoridades. Entre sus controvertidas propuestas, se hallaba la de abolir el sistema oficial de supervisión escolar, mediante el cual los funcionarios administrativos de la burocracia estatal podían interferir directamente en la actividad de las escuelas de cada localidad.

También rehusaba la mala costumbre de otorgar trato preferencial a los hijos de familias influyentes. En cierta ocasión, esta postura imparcial de Makiguchi afectó los intereses de un renombrado político nacional, quien utilizó su influencia para destituirlo. Estudiantes, padres y maestros por igual se unieron en una cruzada en defensa de Makiguchi, con el propósito de frenar su traslado a otra escuela. Incluso, organizaron un boicot suspendiendo la asistencia a clases. Pero en la institución a la cual fue transferido, Makiguchi encontró el mismo hostigamiento solapado. Esta vez, pudo conseguir que las autoridades renovaran un área de recreación en beneficio de los alumnos, como condición para aceptar el traslado.

La lucha de este maestro nos hace evocar el inmenso amor a la humanidad que exhibió otro contemporáneo suyo, el extraordinario educador judío-polaco Janusz Korczak, quien libró contienda hasta el último momento de su vida para proteger la vida de sus alumnos, muertos junto a él en el Holocausto.

En 1928, Makiguchi tomó contacto con el pensamiento budista. El budismo puede considerarse una filosofía de educación popular, en el sentido de que reconoce y busca desarrollar la sabiduría inherente a todos los seres humanos. Makiguchi sintió que había hallado, en el budismo, el medio para concretar los ideales perseguidos durante toda su vida: un movimiento de reforma social a través de la educación. Cuando decidió adoptar la filosofía budista, contaba ya cincuenta y siete años, pero éste hecho inició la trayectoria impresionante de sus últimos años de vida.

Dos años después, el 18 de noviembre de 1930, junto a su colega y discípulo Josei Toda, Makiguchi publicó el primer volumen de un libro titulado El sistema pedagógico de la creación de valores; esa misma fecha es la que se escogió para celebrar el aniversario de nuestra entidad.

La palabra japonesa Soka se traduce como “creación de valores”. Desde el enfoque de Makiguchi, la vida misma constituye el valor más elemental y supremo. A partir del pragmatismo de Dewey, concluía: “El único valor, en el verdadero sentido del término, es la vida misma. Todos los demás valores surgen solamente en el contexto de la interacción con la vida”. El criterio fundamental para establecer un valor, según Makiguchi, es preguntar si algo mejora o lesiona, promueve u obstruye la condición humana.

El mayor objetivo de la educación Soka o creadora de valores, es forjar hombres y mujeres de sólida personalidad, que se esfuercen tenazmente en pro de la paz, “el bien máximo”, que se consagren a proteger la dignidad suprema de la vida y que sean capaces de crear valor aun en las circunstancias más adversas.

En 1939, se llevó a cabo lo que resultó ser la primera reunión general de la Soka Kyoiku Gakkai (Sociedad pedagógica para la creación de valores). No hace falta decir que en ese año comenzó la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania invadió el territorio polaco. Las tropas japonesas también estaban movilizadas en la China y en Corea, cometiendo toda clase de atrocidades en un verdadero despliegue de barbarie.

Profundamente contrariado por el curso de los acontecimientos, Makiguchi lanzó una crítica frontal al militarismo fascista. En ese momento, la mayoría de los cultos y organizaciones religiosas del Japón prestaron respaldo al sintoísmo estatal, que aportaba el soporte espiritual y filosófico para justificar la intervención japonesa en la guerra. Sin embargo, Makiguchi se opuso a esta deplorable violación de derechos, que atentaba contra la libertad de conciencia y de creencias; así las cosas, se negó a transigir en sus convicciones, firmemente orientadas hacia la paz.

Lamentaba con amargura el afán de imponer el culto sintoísta japonés a los pueblos de Asia y escribía: “La arrogancia del pueblo japonés no conoce fronteras”. Su actitud severa e intransigente, en ese sentido, nacía de un profundo espíritu de tolerancia hacia la herencia cultural y religiosa de los demás pueblos.

En diciembre de 1941, las fuerzas armadas del Japón descerrajaron un ataque sorpresivo sobre Pearl Harbor, que inició la guerra del Pacífico. Cinco meses después, el gobierno ordenó el cierre del órgano oficial de la Soka Kyoiku Gakkai, un periódico llamado Kachi Sozo (Creación de valores), alegando razones de “seguridad nacional”.

El poder militar fascista no encontraba grandes escollos para suprimir la libertad de expresión: ya había recortado la libertad de conciencia y la de culto. Al privar a la ciudadanía de sus libertades más elementales, el gobierno buscaba crear una masa amorfa, obediente y sumisa. Makiguchi expresó, entonces, su firme convicción: “Un solo león es capaz de dominar a mil corderos. Una sola persona valerosa puede lograr más que mil cobardes”. La postura de Makiguchi consistía en hacer frente abiertamente a cualquier forma de mal y de injusticia; su pensamiento se convirtió en una amenaza contundente a los poderes de turno. Se lo pasó a considerar un “delincuente ideológico”; sus actividades fueron objeto de continua vigilancia por parte de la policía secreta.

La convicción inquebrantable y el coraje de hablar claro

No obstante, Makiguchi continuó organizando pequeñas reuniones de intercambio donde expresaba sin ambages sus convicciones morales y religiosas. Según su testimonio escrito, en el transcurso de dos años durante la guerra, participó en más de doscientas cuarenta reuniones de diálogo. La policía solía hacerse presente en las reuniones, pero Makiguchi no dejaba de criticar el fascismo militar aun cuando las autoridades interrumpían para obligarlo a callar.

En ese momento, los sacerdotes que decían compartir la misma fe budista que él capitularon ante las presiones del gobierno y aceptaron modificar la práctica del budismo para orar al talismán sintoísta que imponía el culto imperial; sin embargo, Makiguchi se negó hasta el último minuto.

En julio de 1943, él y su discípulo Toda fueron arrestados por fuerzas militaristas equivalentes a la Gestapo alemana. Se los acusaba de violar la tristemente célebre “Acta de Preservación de la Paz” y de lesa majestad, es decir, falta de respeto al Emperador. Makiguchi ya tenía entonces setenta y dos años: pasó los dieciséis meses siguientes “un total de quinientos días” en una celda de aislamiento.

Sin embargo, este gran hombre jamás dio un solo paso atrás. Se dice que solía alzar la voz desde su celda solitaria, para preguntar a los demás prisioneros si estaban aburridos y proponerles contrarrestar la angustia emprendiendo debates. Uno de ellos analizaba una singular cuestión: ¿había alguna diferencia entre no hacer el bien y cometer efectivamente el mal? 1 Era un maestro consumado en el arte de la educación humanística; siempre, siempre buscaba la oportunidad de entablar un diálogo igualitario y libre con los demás.

Incluso les explicaba los principios del budismo, con claridad y paciencia, a sus carceleros y a los policías que lo sometían a duros interrogatorios. La trascripción que consta en registros oficiales describe sus puntos de vista: toda forma de vivir en la cual el hombre sea “tan sensible a la alabanza o a la censura de la sociedad que termine por no hacer el bien, aun cuando no cometa el mal” resulta, en última instancia, contraria a las enseñanzas del budismo.

Hay un célebre aforismo budista que nos esclarece con elocuencia: si uno enciende una lámpara para iluminar la ruta de otro ser humano, también alumbra el propio camino. En verdad, Makiguchi fue, hasta el último momento, ejemplo de una vida de contribuciones positivas, que encendió la brillante luz de la esperanza tanto para sí mismo como en inmenso beneficio de sus semejantes.

En una trascripción oficial de los interrogatorios, lo hallamos declarando que la invasión japonesa a la China y la “gran guerra del Lejano Oriente” eran una “catástrofe nacional” perpetrada por la grave desorientación espiritual que sufría el país japonés. En una época en que las invasiones japonesas solían describirse como “guerras sagradas”, cuando la prensa y los formadores de opinión glorificaban cualquier emprendimiento bélico con discursos a cuál más encendido, las palabras de Makiguchi reflejan un coraje y una determinación verdaderamente inusuales.

Las cartas que escribió en la cárcel a sus seres queridos se han conservado hasta el día de hoy. En ellas, uno lee fragmentos hondamente conmovedores:

“Por el momento, aun con los años que llevo a cuestas, éste será el sitio donde cultivaré mi pensamiento.”

“Tengo la posibilidad de leer libros, lo cual es un placer. No deseo nada en especial. Por favor, durante mi ausencia, cuiden bien a la familia y no se preocupen por mí.”

“Al estar en confinamiento aislado, me es posible ponderar diversos asuntos en paz, que es como yo prefiero.”

Sus cartas rebosan de afecto y de consideración hacia su familia; no sólo transmiten calma y compostura, sino incluso optimismo.

“Hasta el infierno tiene sus deleites, según los ojos con que uno mire las cosas”, escribía en un fragmento que tacharon los censores del presidio.

Pero esas cuatro paredes húmedas que lo condenaban al aislamiento, con crudos fríos y calores bochornosos, cobraron un precio muy alto en el anciano Makiguchi; un coste que él pagó con su salud. Y, sin embargo, jamás caía en el resentimiento; en su fuero íntimo, el sol restallante de sus convicciones brillaba en el zenit, bien alto y sin mengua. Encendido de ira legítima, Makiguchi prosiguió con su lucha contra las fuerzas de un estado autoritario que se negaba a reconocer los derechos humanos. Así y todo, ni una sola vez su ira se tiñó de odio.

Con el paso de los días, la edad avanzada y la desnutrición provocaron la inevitable declinación física; Makiguchi finalmente aceptó que lo transfirieran a la enfermería. Alcanzó a vestirse con su traje formal, se alisó los cabellos y caminó por sus propios medios hasta la sala de asistencia médica, con paso frágil pero resuelto. El día siguiente, 18 de noviembre, aniversario de la fundación de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi se despidió del mundo en paz, serenamente.

Ni siquiera el terror de la muerte pudo doblegar a Makiguchi y forzarlo a abandonar sus convicciones.

Para el ser humano, acaso no haya nada tan universalmente temido como la representación de la propia muerte. Podría incluso decirse que el miedo a morir forma la base de los instintos de agresión. Pero el budismo habla de la inseparabilidad entre la vida y la muerte; afirma, entonces, que ambos son aspectos integrales de una continuidad eterna. Para el que vive con esta convicción justa e inquebrantable, para quien comprende en lo profundo la naturaleza esencial de la vida y la muerte, tanto el vivir como el morir pueden ser percibidos como una alegría.

Enfrentando la fuerza diabólica de la autoridad

En la celda helada, Makiguchi demostró una verdad: si se vive con total dedicación a ideales nobles y humanos, es posible recibir la muerte sin un solo atisbo de temor, sin lamentaciones ni resentimiento. Inadvertido a la mirada de los demás, él llevó a término su vida, la vida que él mismo volvió grande a través de su espíritu y de sus acciones.

Su muerte silenciosa fue, al mismo tiempo, un nuevo comienzo, una renovada partida.

Josei Toda confesó el dolor y la ira ingobernable que se apoderaron de él cuando, dos meses después, sin ninguna muestra de humanidad, uno de los jueces le espetó a boca de jarro: “Makiguchi ya está muerto”. Sus propias palabras revelaron la letanía de dolor contenido que él se permitió manifestar en la soledad de la celda; lloró a su maestro hasta que ya no le quedaron más lágrimas.

Pero, desde lo profundo de su desconsuelo, sintió que nacía una nueva esperanza.

Toda, el discípulo, salió con vida de esa cárcel inhumana donde su mentor recibió la muerte. La ira hacia las fuerzas autoritarias que socavaron la vida de su mentor se convirtió en un juramento, en una determinación: crear un nuevo movimiento popular por la paz.

En El sistema pedagógico de la creación de valores, Makiguchi escribió estas reflexiones: “Impulsadas por su instinto de auto preservación, las malas personas se alían y aumentan la fuerza con la cual persiguen a la gente de bien. En contraste, las personas de buena voluntad siempre padecen el aislamiento que las debilita [...] La única solución está en que las personas de bien se unan”. Este era su profundo pensamiento basado en su experiencia personal.

Josei Toda fue un verdadero discípulo que compartió con su maestro idénticas metas. En medio de las ruinas de la posguerra, tornó a construir un movimiento basado en la solidaridad de los ciudadanos comunes, impulsados por su buena voluntad. También en ello, su metodología consistía en el diálogo de persona a persona, entre las filas de la ciudadanía, y en encuentros de intercambio humanístico para un reducido número de personas.

Este movimiento, asentado en el principio de la dignidad suprema de la vida que expone el budismo, busca dotar a los pueblos de mayor fuerza y poder, despertar en la gente su sabiduría potencial y crear un mundo donde se conceda respeto universal a la justicia y a los valores humanos.

En su teoría sobre el valor, Makiguchi señala que la existencia de la religión se justifica en la medida en que ésta alivia el sufrimiento y genera felicidad al hombre (es decir, el valor del beneficio) y a las sociedades (el valor del bien). Este hombre de tan puro humanismo afirmaba que las personas no existían en bien de la religión sino que la religión debía prestar servicio al pueblo.

* * *

La vida de Makiguchi fue una contienda a muerte o a vida contra la autoridad del fascismo, una lucha en la cual no hubo lugar para el menor retroceso. Su mensaje de coraje y de sabiduría seguirá arrancando ecos y resonando en el corazón del hombre, para esclarecer su conciencia en los siglos venideros. Él supo muy bien que hasta los principios o convicciones más nobles nunca se concretan, si no existe el trabajo tenaz y concertado de los hombres y mujeres que forman las filas del pueblo. Con esta idea en mente, la “Carta Orgánica de la SGI” invita al diálogo y a la cooperación entre personas de diferentes creencias religiosas, para resolver las cuestiones acuciantes que jaquean a la humanidad. Esta postura de nuestro primer presidente, Makiguchi, pervive en la Soka Gakkai y adopta forma concreta en las actividades de la SGI. Siempre nos mantendremos firmes, imposibles de doblegar, ante cualquier forma de autoritarismo; de ese modo, perpetuaremos en el futuro lejano las convicciones e ideales de Makiguchi. Tenemos la determinación de seguir desarrollando y construyendo un movimiento popular de paz, educación y cultura en el milenio que viene, de acuerdo con la visión del maestro Nichiren, fundador de la es cuela budista cuyas enseñanzas practicamos.

En lo que a mí respecta, estoy resuelto a actuar con valentía, hasta el día en que me despida del mundo, para concretar una era de paz en el siglo XXI, ya que es la paz, y no otra cosa, lo que nos dará la victoria para todos. Confío en que tendré el placer y el privilegio de compartir este camino con los distinguidos amigos y colegas que hoy se han reunido en este lugar.