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Las inigualables clases en la “Universidad Toda”

[IKEDA, Daisaku: Seikyo Shimbun, Tokio, 7 de diciembre de 1999. Publicado con el seudónimo literario de Ho Goku.]

En enero de 1950, con expresión extremadamente grave, Josei Toda me dijo:

—La economía japonesa está en un período de turbulencia, y yo voy a estar cada vez más ocupado con mi empresa. ¿Considerarías la idea de dejar la escuela y ayudarme tiempo completo?

Respondí sin dudar.

—Estaré muy feliz de hacer cualquier cosa que usted diga.

Un destello de bondad brilló en la severa mirada.

—A cambio, te brindaré educación personalmente. Ésa será mi responsabilidad.

A partir de entonces, concurrí a su casa todos los domingos para estudiar con él.

Las clases de esta “Universidad Toda”, que emanaban la luz de nuestra comunión espiritual, comenzaban por la mañana y continuaban toda la tarde. Con frecuencia, me pedía que me quedara a cenar, y yo siempre regresaba a mi casa con el mejor ánimo.

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Con el tiempo, los domingos ya no fueron suficientes, y empecé a recibir instrucción cada mañana. Las clases se llevaron a cabo en la compañía, desde el jueves 8 de mayo de 1952 hasta 1957, inclusive. En otras palabras, empezaron justo después del primer año del señor Toda como segundo presidente de la Soka Gakkai y continuaron hasta poco antes de su muerte. El aula era su oficina, en el edificio Ichigaya [en el centro de Tokio].

Aunque eran clases exclusivas, más tarde, el señor Toda permitió que asistieran otros empleados. Todavía guardo gratos recuerdos de mis compañeros de aquellos días, amigos que jamás olvidaré.

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Cuando implementamos este singular sistema, el señor Toda me dijo: “Te daré una amplia educación superior. Quiero brindarte un conocimiento mejor que el que podrías recibir en una universidad prestigiosa. La mayor parte de las personas que se gradúan en los centros educativos no recuerdan nada de lo que han estudiado. Lo más que pueden hacer es retener los lineamientos generales. Te enseñaré la ‘ciencia viva’ de las diferentes disciplinas”.

Las clases transcurrían antes de que comenzara el trabajo, es decir, pasadas las ocho y hasta poco antes de las nueve, apenas una hora. El señor Toda era muy estricto con los horarios. Teníamos que estar allí antes que él, limpiar la oficina y los escritorios, y esperar su llegada.

Solía entrar con un saludo amistoso y empezar la clase casi de inmediato. Yo me sentaba directamente frente a él y los demás estudiantes ponían sus sillas alrededor de nosotros. Comenzábamos leyendo por turno, en voz alta, partes de un libro; luego, el señor Toda hacía comentarios y ampliaba conceptos. A veces, criticaba el texto diciendo: “Este es un argumento ilógico”, “Esta teoría no resiste el análisis”, “Esta línea de razonamiento no está basada en una consideración realmente profunda de la cuestión” o “Este erudito está tratando de que sus argumentos se apliquen más ampliamente de lo que en verdad corresponde”. Su análisis brillaba con genialidad sorprendente.

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En clase no se nos permitía tomar notas. Era como si quisiera que grabáramos cada palabra en la mismísima esencia de nuestro ser.

Utilizaba una anécdota histórica para explicar por qué no nos permitía hacer anotaciones. Durante el período feudal en el Japón, nos dijo, hubo un erudito del saber occidental que fue a Nagasaki a estudiar medicina holandesa. Tomó notas prodigiosas y sus cuadernos llenaron todas sus valijas. Pero el barco en el que volvía a su hogar se hundió, y perdió todo. Se había concentrado tanto en tomar apuntes, que no había retenido ni pizca de lo estudiado. “Por eso —aclaró— quiero que retengan todo en sus cabezas. No anoten nada.”

Por lo tanto, durante las clases, teníamos que concentrarnos intensamente. Más tarde, supe por uno de mis compañeros que el señor Toda había dicho en mi ausencia: “Daisaku absorbe todo como una esponja”.

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Nuestros estudios comenzaron con Economía y Derecho. Continuamos con Química, Astronomía y ciencias de la vida. También analizamos la historia japonesa, la historia mundial y las obras literarias de los clasicos chinos. Finalmente, abordamos la política.

Utilizábamos los textos más modernos y avanzados en cada materia. Por ejemplo, para ciencia, usamos el Shin Kagaku Taikei (Compendio nueva ciencia). A veces, aparecía un nuevo volumen y, a los pocos días, era incorporado en las clases matinales. Trataba de grabarnos la importancia de estar siempre a la vanguardia de la época.

Por supuesto, también había clases sobre el Gosho y la doctrina budista, incluso disertaciones sobre “Las ciento seis comparaciones”, que es la quintaesencia de las enseñanzas de Nichiren Daishonin, y sobre los “Escritos en seis volúmenes” de Nichikan Shonin y sus comentarios sobre diversos goshos.

Cuando releo mi diario de ese período, encuentro referencias frecuentes a las clases del señor Toda. Una de ellas decía: “¿Cómo podré saldar la deuda de gratitud con mi mentor, que se está esforzando para forjar a este discípulo, sin preocuparse siquiera por su salud? Ahora es el momento, el momento de acumular idoneidad, fortaleza y capacidad. Debo acumular conocimiento en todas las áreas, y prepararme para el futuro”. Esta es una anotación del 22 de diciembre de 1953. Yo tenía 25 años.

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En una de nuestras clases, estudiamos las teorías del universo expuestas por George Gamow (1904-1968), el científico de origen ruso. El otro día [14 de noviembre], el rector de la Universidad Estatal de Moscú Viktor A. Sadovnichy y otras personas vinieron para hacerme entrega de un certificado de miembro honorario de la Academia de Ciencias de Educación Superior Internacional de Rusia, por lo cual estoy muy agradecido. Después de la ceremonia, mantuvimos un interesante diálogo sobre la educación en el siglo XXI. El doctor Sadovnichy, quien es un matemático famoso, dijo, como reflexionando: “Los intelectos verdaderamente sobresalientes no emergen de las grandes aulas. Hay que sentar a los estudiantes cerca del profesor y formarlos uno a uno. En resumen, no debemos pensar en las escuelas como edificios, sino como algo que se forma alrededor de la personalidad de cada maestro”.

Concordé de inmediato: “Estoy seguro de que mi amado mentor estaría muy contento de escuchar esto. Porque yo fui educado, en forma personal, por el señor Toda, el segundo presidente de nuestra organización. ¡Soy un graduado de la ‘Universidad Toda’!”.