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Un maestro inolvidable

[Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.]

El educador japonés Tsunesaburo Makiguchi, gran innovador de la pedagogía y fundador de la Soka Gakkai (Sociedad para la Creación de Valor), fue una persona que superó numerosos obstáculos para poder aprender.

Nacido en 1870 en una pequeña aldea costera, ya de niño tuvo que ayudar en el negocio familiar. En las jornadas más laboriosas, no faltaron ocasiones en que debió faltar a clases por varios días consecutivos. Sin embargo, tenía un amigo al que siempre le preguntaba sobre lo que se había aprendido ese día en la escuela. Y si su compañero tenía que ayudar en el negocio de su propia familia, Makiguchi le decía: “Yo haré tu trabajo, si tú me dices lo que aprendiste hoy en clases”. Él hacia la parte de la tarea que le correspondía a su amigo y esperaba luego en la playa a que este regresara de la escuela. Se sentaban juntos y, usando la arena como pizarrón, repasaban la lección del día hasta que el Sol se ocultaba.

Más tarde, esa experiencia le permitió comprender los problemas que enfrentaban sus alumnos más pobres, cuando él se convirtió en maestro de escuela primaria.

Durante cierto tiempo, se desempeñó como director de escuela en una zona humilde. Afligido por los niños cuyas familias no podían proveerles el almuerzo, Makiguchi se ocupaba de alimentarlos. Pero no solo le interesaba el bienestar físico de los niños. Para preservar el sentido de dignidad de los pequeños, dejaba los almuerzos en un cuarto, donde los alumnos más necesitados podían recogerlos sin atraer la atención de los demás.

La primera experiencia docente de Makiguchi fue en una remota región rural, donde comenzó a dar clases en una habitación que hacía las veces de escuela. Los niños eran pobres, y los modales que traían de sus hogares eran un tanto rudos. Sin embargo, Makiguchi era insistente: “Desde el punto de vista de la educación, ¿qué diferencia puede haber entre estos y otros alumnos? Aun cuando se vean cubiertos de polvo y de suciedad, la brillante luz de la vida brota de sus ropas ajadas. ¿Por qué nadie es capaz de verlo así? El único que puede protegerlos de la cruel discriminación de la sociedad es el maestro”.

Makiguchi deseaba ardientemente liberar a los niños de la memorización tan típica del sistema educativo japonés, que solo lograba ahogar la preciosa individualidad de cada estudiante. Él tenía el convencimiento de que la educación jamás debía imponerse por la fuerza y la consideraba un medio inapreciable para que todas las personas tuvieran la posibilidad de acceder por sí mismas al tesoro de su propia sabiduría.

A partir de su propia experiencia en el aula, Makiguchi desarrolló su teoría de la “Educación para la Creación de Valor”. Según él lo concebía, el propósito de la educación era la felicidad, y la esencia de la felicidad radicaba en la “creación de valor”, en japonés, soka. Makiguchi definió el concepto de valor a partir de tres categorías: belleza, ganancia o beneficio y bien social, y entendió que su misión como educador era capacitar a la gente joven para crear ese tipo de valor por sí misma.

En ocasiones, la teoría pedagógica de Makiguchi recibió críticas por ser demasiado práctica. Pero él replicaba: “Eso es perfectamente natural, ya que los métodos de enseñanza que aplico provienen de las dificultades que yo mismo tuve que enfrentar en el aula. Nada tienen que ver con los principios endebles de un teórico que nunca sale de su oficina”.

Lamentablemente, su enfoque humanista contradecía la concepción del sistema educativo japonés. De hecho, en aquellos días, era común que directores y maestros brindaran especial atención a los niños de familias prominentes, los visitaran y ofrecieran sus respetos. Makiguchi no solo rehusó seguir esa práctica inaceptable, sino que alentó firmemente a otros maestros a hacer otro tanto. Como resultado, pese a que siempre era popular entre sus alumnos, comenzaron a transferirlo de una escuela a otra. Finalmente, fue forzado a dejar su condición de maestro activo.

Por ese entonces, el sistema educativo de Japón, lejos de formar individuos capaces de juicio y pensamiento propios, se enfocaba únicamente en la formación de sujetos serviles y obedientes a los intereses del estado. Mientras toda la nación japonesa avanzaba hacia el nacionalismo, Makiguchi incitaba a sus estudiantes a que dedicaran su vida al logro de una paz duradera en todo el mundo.

En abril de 1938, en coincidencia con la aprobación de la Ley Nacional de Movilización, que enrolaba a todos los ciudadanos para que contribuyeran con el esfuerzo bélico del Japón, Makiguchi pronunció una serie de alocuciones sobre ética. A modo de examen final del curso, solo planteó una pregunta: “¿Cuál es el propósito de la vida?”.

Entre las posibles calificaciones de “excelente”, “bien” o “regular” que se podían obtener, todos los estudiantes recibieron un “bien”. Ninguno obtuvo la calificación de “excelente”. Cuando le pidieron que explicara el por qué de esos resultados, Makiguchi destacó decepcionado: “Porque no hubo ni una sola persona que mencionara la paz mundial en su respuesta”.

Quizá fue inevitable que Makiguchi experimentara conflictos con las autoridades. Incluso mientras el Japón se volvía un país cada vez más militarizado y fascista, que invadía e imponía un sufrimiento indescriptible a sus vecinos asiáticos, él continuó proclamando sus ideas. Mi esposa, cuya familia fue de las primeras en integrar la sociedad Soka Gakkai de educadores fundada por Makiguchi, recuerda claramente una vez que él asistió a una reunión realizada en la casa de mis suegros. Aun en presencia de la temida policía secreta, que lo interrumpía cada vez que sus palabras se tornaban “subversivas”, Makiguchi continuaba hablando en favor de la paz y de la justicia. Su coraje dejó una fuerte impresión en mi esposa.

En julio de 1943, Makiguchi, Josei Toda –su más fiel defensor y mi propio maestro—, y otros líderes de la Soka Gakkai fueron arrestados. Makiguchi fue acusado de violar la Ley de Preservación de la Paz y de no mostrar el debido respeto al emperador; incluso luego del interrogatorio más implacable, se negó a ceder un palmo en sus creencias. Expresó su fe en la igualdad de todos los seres humanos y criticó a viva voz las actividades bélicas emprendidas por Japón, que calificó como “un desastre nacional”. El 18 de noviembre de 1944, murió en el Centro de Detención de Tokio, a la edad de setenta y tres años.

Sin embargo, los sueños de Makiguchi continúan vivos hoy. Él confió a Toda la misión de crear un sistema en el que se pudiera poner en práctica su filosofía educativa. En la actualidad, el sistema educativo Soka se ha establecido en Japón, desde el nivel de jardín de infantes hasta el universitario; posee asimismo escuelas en Hong Kong, Singapur y Malasia, además de una universidad en los Estados Unidos. La obra de Makiguchi titulada “Educación para una vida creativa” ha sido traducida a cuatro idiomas, y tanto en Brasil como en los Estados Unidos, diversas primarias han incorporado las ideas del señor Makiguchi en sus métodos de enseñanza, con resultados extraordinarios.

La prioridad de Makiguchi fue siempre el ser humano, cada individuo. Él alentó sin descanso a los demás a percibir su propia sabiduría inherente, a despertar y unir fuerzas con valentía. Cada uno de nosotros, entonces, puede manifestar su máximo esplendor como ser humano, a medida que se desarrolla y eleva su condición de vida hasta confiar plenamente en sí mismo y ser capaz de contribuir con la felicidad de los demás. Tal fue la convicción de ese gran educador.