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La muerte da mayor significado a la vida

(Adaptado a partir del diálogo La sabiduría del Sutra del loto, vol. 4, publicado en japonés en diciembre de 1998.)

Todos sabemos que habremos de morir algún día. Pero nos aferramos a la idea de que ese «algún día» llegará en el lejano futuro. Los jóvenes naturalmente evitan pensar en la muerte, pero esto también les sucede a las personas mayores e, incluso, suele ocurrir con más frecuencia a medida que pasan los años.

Con todo, la realidad de la vida es que la muerte puede producirse en cualquier momento. Es una posibilidad que nos acompaña a cada instante, pues nadie está exento de sufrir accidentes, terremotos o enfermedades repentinas. Sin embargo, elegimos no pensar en ello.

Como dijo alguien: «La muerte no nos espera por delante; en cambio, nos acecha por detrás».

En general, vivimos postergando las cosas, en nombre de diversos argumentos: «Más adelante, podré ocuparme de esto»; «Cuando termine con tal cosa, me esforzaré más en aquello otro». Pero la vida se nos escurre de las manos, y antes de que nos hayamos dado cuenta, llega el momento de morir sin que hayamos logrado lo que queríamos, sin haber acumulado tesoros genuinos y profundos, que son los interiores. Mucha gente vive de esta manera. Cuando llega el momento final, es demasiado tarde para arrepentirnos.

Pero si nos detenemos a pensarlo, la realidad esencialmente es la misma, ya sea que la muerte llegue dentro de tres días, de tres años o de tres décadas… Por eso es tan importante esforzarnos al máximo ahora, para no tener nada que lamentar a la hora de dar por terminada la existencia.

Desde la perspectiva de la eternidad, incluso un siglo es un instante. En tal sentido, es verdad lo que afirma el Daishonin al señalar: «ese es el último momento de su vida»(1). El presidente Toda también decía: «En verdad, practicamos el budismo para la hora de nuestra muerte».

Nada es más cierto que esto. Por tal razón, es fundamental dedicarnos a la tarea de cultivar tesoros del corazón que perduren por toda la eternidad. Así y todo, la inmensa mayoría de la gente aplaza este desafío, el más trascendental de todos, o lo posterga para un momento incierto del porvenir.

No hay nada tan importante como lo que el budismo llama «la gran cuestión de la vida y la muerte». En comparación, todos los demás asuntos son de importancia menor; y esto es algo que se aprecia con enorme claridad en el momento de morir.

Alguien que acompañó a muchas personas en sus últimos instantes comenta: «Al parecer, en los últimos días de vida el ser humano contempla toda su existencia como si fuera un vasto paisaje. Lo que se percibe en primer plano no es, por ejemplo, haber sido presidente de una compañía o empresario de éxito, sino la forma en que uno vivió, a quiénes amó, a cuántos expresó bondad y a quiénes lastimó... Estas emociones profundas —la sensación de haber sido fiel a las propias convicciones y de haber vivido con plenitud, o la dolorosa recriminación de saber que uno traicionó a otros— agitan la conciencia cuando uno se acerca a la muerte».

Comprender el carácter inevitable de la muerte brinda mayor sentido a la vida. En tal caso, esta comprensión nos insta a buscar cosas perdurables y nos motiva a dar lo mejor a cada momento.

¿Qué pasaría si no existiera la muerte? La vida seguiría sin alternancia y, probablemente, se convertiría en una experiencia dolorosamente pesada.

En cambio, saber que vamos a morir nos hace valorar más el presente. Se dice que la respuesta de la civilización moderna a la realidad de la muerte es ignorarla o negarla. No es coincidencia que esa misma sociedad se caracterice por la búsqueda desenfrenada de deseos efímeros. Al igual que un individuo, la civilización que pretende ignorar la cuestión fundamental de la vida y la muerte caerá en la decadencia espiritual, sujeta a vivir solo para el momento fugaz.

(1) Los escritos de Nichiren Daishonin, Tokio, Soka Gakkai, 2008, pág. 226.