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Jose Abueva

Ex presidente de la Universidad de las Filipinas

­(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado el 18 de diciembre de 1994, en el Seikyo Shimbun, periódico de la Soka Gakkai, como parte de una serie titulada “Recuerdo de mis encuentros con destacadas personalidades del mundo”.)

Jose Abueva

¿Por qué razón los japoneses no sienten respeto por sus pares asiáticos? ¿Por qué no comprenden que su mismísima arrogancia los vuelve objeto de desprecio?

Hace cincuenta años, un joven de dieciséis años remaba en un bote en busca de sus padres. Habían caído prisioneros de las fuerzas armadas japonesas, que ocupaban las Filipinas. El padre del joven, Teodoro Abueva, se había negado a cooperar con los invasores de su tierra; integraba el ejército guerri-llero Bohol, movimiento de resistencia anti-japonés, y traba jaba junto al senador Carlos P. García, quien sería mandatario de las Filipinas en 1957. La madre del joven, Nena Veloso Abueva, era titular del Servicio Auxiliar Femenino del Bohol, de la resistencia. Teodoro y Nena tenían tres hijas mujeres y cuatro varones. El segundo de ellos era José, el que iba a los remos.

Los militares japoneses habían estado a la caza de los Abueva durante un largo tiempo. Mientras tanto, capturaron a la madre de Teodoro, Lola Cadia. José y su hermano menor, Billy, también fueron tomados cautivos. Pero dejaron ir al primero con un mensaje para su padre, Teodoro: si éste quería ver con vida a su hijo y a su madre, más le valía rendirse a los japoneses.

Días después, Billy llegó a casa a punto de desfallecer, gimiendo de dolor, casi irreconocible. Tenía el rostro defor mado y el cuerpo amoratado y golpeado; le faltaban los dien tes... En él, llegaba el mensaje de los militares japoneses para Teodoro Abueva, y también la amenaza implícita: “Si sigues resistiéndote, torturaremos y mataremos a tu madre”. Pero Billy también traía el mensaje de la abuela: “No te rindas, hijo, por mucho que me hagan a mí. Ya soy vieja. Tienes esposa y siete hijos por quienes vivir”.

La familia Abueva se ocultó en el monte, junto a otros combatientes de la resistencia. Pero todos, salvo Billy y José, que vivían lejos de la familia, fueron capturados un año después. Los militares japoneses separaron a los cónyuges y los torturaron. Los hijos escuchaban los gritos desgarradores de sus padres, víctimas de los tormentos de los japoneses. Después, los soldados se llevaron a los padres a otro sitio y dejaron a los hijos en libertad. Billy quedó al cuidado de sus hermanos mientras José, junto a un primo, marchaba en un bote en busca de sus padres.

Acabaría siendo un triste periplo. Desembarcaron en la isla donde la familia había sido capturada. Corrían noticias de que los norteamericanos estaban recuperando el control de las Filipinas; no se veía a un solo japonés. José oraba para que, por un milagro, los padres aún estuvieran con vida. Buscó alguna pista que le pudiera indicar el paradero; alguien le dijo haber oído rumores de que, abajo, en un acantilado, habían asesinado y arrojado a varias personas. Sugirió que comenzara por echar un vistazo allí. Al llegar a la zona, otro le dijo que, en una colina cercana, habían matado a un grupo de gente.

Escaló la colina. Ni una nube empañaba el cielo. El Sol caía a plomo, abrasador. Fue hasta un claro demarcado por unos arbustos. De pronto, un olor rancio le invadió los sentidos. Vio una camisa blanca con rayas azules, sucia, que reconoció de inmediato. Era la de su padre. Enseguida, vio los jirones de un vestido marrón: el de su madre. Fragmentos de un rosario y un cinturón, que, supo, habían sido de ellos. Así y todo, se negaba a creer que pudiesen haber muerto. A su alrededor, vio un desparramo de huesos. Los juntó. Halló un cráneo. Y luego, otro. Y entonces, al examinar los dientes, supo que eran los restos de sus padres.

¡Qué experiencia horrenda! Pero José no lloró. Se sentía tan exhausto, tan adormecido por el dolor, que no pudo dar cauce a las lágrimas. Miró en derredor y vio la franja cente llante del mar, hacia Mindanao. Por su mente surcó una ráfaga de pensamientos: imágenes de lo que les habrían hecho a sus padres, que habían luchado por amor a la libertad y por amor a su país. Por eso, los torturaron y asesinaron. Fueron márti res; en esa colina habían terminado su vida, en sacrificio tan inhumano. Alguien le dijo que los cuerpos llevaban allí más de una semana, expuestos a las inclemencias del tiempo y a las bestias salvajes.

José reunió lo que quedaba de ellos y volvió al bote. El mar de su tierra natal, de tan bello, era casi cegador. Esto ocurría en el otoño de 1944; las fuerzas libertadoras del general Douglas MacArthur (1880-1964), comandante de las tropas aliadas en el sudeste del Pacífico, ya habían desembar cado en la isla de Leyte, el 20 de octubre.

Los padres de José fueron asesinados el 23 de ese mes. Para ellos, literalmente, la liberación filipina llegó tarde por unos instantes.

Sin odio

Son algunos de los recuerdos que el doctor Abueva, ex presidente de la Universidad de las Filipinas, escribió para mí, en un gesto por demás considerado, con el título “Una historia familiar de guerra y de paz, de amor y de remembran za”.

“Aunque todo esto sucedió hace más de medio siglo”, escribe, “su mayor parte ha quedado grabada en mi memoria en forma indeleble. No puedo olvidar” 1. ¡Qué crueldad abominable él y tantos otros tuvieron que padecer, debido a la locura atroz de la guerra, a la naturaleza demoníaca del poder, al salvajismo del hombre, a su marcha inhumana!

Pero cuando el doctor Abueva disertó en la Universidad Soka [en abril de 1990], aun cuando expresó su preocupación por cualquier movimiento japonés en dirección al armamentismo, dijo: “Mis padres fueron asesinados por soldados japoneses. Pero ninguno de nosotros, sus siete hijos, siente odio hacia el Japón. Siento aprecio hacia su gente. Y creo que ambos pue blos, el filipino y el japonés, comparten el mismo amor por la paz”. 2

¡Qué persona de gran corazón es el doctor Abueva, y cuán nobles son sus convicciones! Pero qué contraste impresionante muestra, como ser humano, frente a aquellos que asesinaron ciudadanos inocentes y honrados... Cuando uno juzga el Japón de hoy desde la perspectiva “del ser humano”, ¡qué pobre e innoble se lo ve!

Y, mientras compartía sus recuerdos, el doctor Abueva también formuló la observación siguiente: “Los líderes japoneses se obstinan en no admitir los errores atroces que cometieron con las naciones invadidas por ellos durante la Segunda Guerra Mun dial, y tampoco se disculpan por lo perpetrado. Los textos de historia japonesa ocultan deliberadamente la verdad o justifican las atrocidades. Los asiáti cos han sentido indignación al ver la insensibilidad y la deshonestidad de los japoneses. ¿Cómo pueden cubrir la sórdida verdad que tantas personas presenciaron y soportaron, registraron y recordaron?”.

Y esto no sólo ha ocurrido en el pasado. El doctor Abueva testimonia que la depredación, la violencia y la explotación infligidas por los japoneses sobre el pueblo filipino sigue hasta el día de hoy, aunque en forma diferente.

Se ha perdido la empatía hacia el sufrimiento de los demás.

Muchos filipinos ni siquiera tienen lo suficiente para alimentarse. Y las compañías extranjeras –muchas de ellas, japonesas—, junto a una clase de rapaces explotadores loca les, florecen a costa de los magros salarios que les pagan a los pobladores. La mayoría de las holgadas sumas en concepto de ayuda que se envían a las Filipinas jamás llegan a los necesitados; por la forma en que esta asistencia económica está pautada, gran parte de ella vuelve a los bolsillos de las empresas japonesas. El pueblo filipino se halla en una instan cia crucial: a pesar de que sus habitantes trabajan al máximo de sus fuerzas, no pueden huir de la pobreza, mientras, al mismo tiempo, van perdiendo sus recursos naturales y foresta les en beneficio de los países industrializados.

Es difícil que los opresores vean el sufrimiento que causan a los demás; pero, para los oprimidos, se trata de una realidad evidente. El éxito económico del Japón se ha cons truido a costa del sacrificio de los pueblos del tercer mundo, pero éste hecho suele ocultarse hábilmente.

Dada esta situación, ¿cómo esperar que los pobladores de Asia se fíen de nosotros? El Japón está aislado de Asia y separado de Occidente; ¿en qué rincón de la sociedad humana espera la nación nipona hallar un amigo? La búsqueda insensata de un nivel elevado de vida, aun a costa del sacrificio ajeno, tiene su precio: además de distanciarse de otros estados, la sociedad japonesa acabará deshumanizada en sí misma. El pro blema está en los “grandes individuos” que han perdido todo sentido de la empatía hacia el dolor de sus semejantes, se trate de otros japoneses menos afortunados o de gente de los países en vías de desarrollo. En los líderes del Japón y en la sociedad de este país, ha echado raíces la oscura tendencia a atacar a los débiles e indefensos.

Los niños son un espejo de la sociedad. El origen de la prepotencia y la rivalidad que pueblan nuestras escuelas debe rastrearse a la forma en que viven los adultos en nuestra sociedad.

Forjar líderes de la paz

Los huérfanos Abueva se unieron para cuidarse unos a otros; todos llegaron a ser excelentes personas. El doctor Abueva estudió en la Universidad de las Filipinas y luego, en la Universidad de Michigan, en los Estados Unidos, antes de llegar a ser profesor en su alma máter filipina. Durante su distinguida carrera, desempeñó funciones en todo el mundo, aun en Nepal, Tailandia, Malasia y el Líbano. Allí donde fue, se sintió protegido por el preciado recuerdo de sus padres. Todo lo que logró en la vida comenzó con aquel penoso ascenso a la colina, ese día ominoso. Desde entonces, vivió totalmente consagrado a la paz, para que ninguna otra persona tuviese que experimentar la tragedia que él padeció.

“La gran ironía de mi vida”, comenta, “fue que me contra taron para actuar como secretario académico de la Universidad de las Naciones Unidas en su sede de Tokio” 3. Vivió durante ocho años (desde 1977 hasta 1984, y desde 1986 a 1987), junto a su esposa y a su familia, en el país que terminó con la vida de sus padres. Mientras tanto, fue un embajador de la amistad, dueño de un corazón inmensurable como el mar. Tras la explo sión del movimiento “El pueblo al poder”, que en 1986 condujo al fin de la dictadura de Marcos, respaldó la gestión de la presidenta Corazón Aquino y, en 1987, fue electo presidente de la Universidad de las Filipinas.

La primera vez que conocí al doctor Abueva [en abril de 1990], declaró con gran pasión que, aunque a lo largo de la historia habían existido muchos líderes de la guerra, los líderes de la paz habían sido muy escasos. Por dicha razón, dijo, quería forjar esta última clase de personas. Los gradua dos de la Universidad de las Filipinas están destinados a ser líderes en todos los campos de la sociedad de su país. Según me contó el doctor Abueva, esta institución es el equivalente a la Universidad de Tokio del Japón, la mejor casa de estudios superiores que hay en el país. Pero lo que a él le preocupaba era que los graduados tuviesen conciencia de cuál era su deber para con la sociedad; que poseyeran el entusiasmo y la dispo sición de abrir una nueva ruta para resolver los problemas que sufrían las Filipinas. Su firme convicción lo mueve a afirmar que la primera tarea de una universidad es perfeccionar la capacidad de liderazgo de sus estudiantes.

El doctor Abueva, en lo personal, es un hombre cálido y amante de la paz. Invitó a su hogar a alumnos de la Universi dad Soka que estaban en su país como miembros de una delega ción de intercambio, y se mostró sumamente gentil con ellos. Cuando visité su casa [en mayo de 1993], me contó que su mayor tristeza al asumir la presidencia de la universidad fue ver cuánto había menguado el ingreso de estudiantes de sectores pobres. Para rectificar la situación, instituyó una política de aranceles, de tal suerte que los estudiantes de las fami lias más acomodadas pagasen una cuota mayor, que permitiera subsidiar a los alumnos más pobres.

Como presidente, puso especial énfasis en crear una “casa de la paz” para intercambios internacionales, cristalización –sin duda— de su promesa juvenil orientada a trabajar por la paz. Cree que construir lazos más profundos y amplios entre los pueblos es más importante que entablar relaciones entre gobernantes. En especial, para formar un inmenso caudal de paz, afirma que es fundamental fomentar intercambios juveniles y culturales, tarea que constituye su gran determinación.

En mayo de 1993, el doctor Abueva me invitó a la inaugu ración oficial de la Casa de la Paz, que en filipino se deno mina Balay Kalinaw y se halla emplazada en el predio de la Universidad de las Filipinas, en Diliman. Y, en mi honor, quiso designar el edificio como “Centro Dr. Daisaku Ikeda”. Espera que sea un símbolo de amistad entre las Filipinas y el Japón. En mis palabras, en esa oportunidad, manifesté: “El presidente Toda, quien luchó contra el militarismo japonés, estaba particularmente resuelto a ver brillar en los pueblos de Asia la luz de la paz, de la esperanza, de la felicidad. Estaba plenamente convencido de que el Japón sólo podría considerarse un país pacífico en la medida en que los otros países de Asia confiasen en él de verdad”.

Yo también declaré mi resolución: consagrar mi vida al pueblo asiático, como simple ciudadano japonés. Sin entendi miento mutuo, nada podremos lograr.

El gran poeta filipino y héroe de la independencia, José Rizal (1861-1896), fue ejecutado antes de que pudiese ver concretado su sueño de emancipación. Él compuso los siguientes versos:

¡Muero sin ver brillar

el alba sobre mi patria!

¡Vosotros, que la veréis,

dadle la bienvenida

y no olvidéis a aquellos

que hemos caído durante la noche! 4

Los padres del doctor Abueva también murieron durante la noche, sin ver la alborada de la paz.

Cité estos versos de Rizal en un poema que escribí para el doctor Abueva, seguido por estas palabras, que pronuncié para todos los presentes:

¡Sólo puedo creer que,

en un tiempo diferente,

éste habrá sido el clamor

nacido de la vida de sus padres,

para confiarle a usted su misión!

Vi que el doctor Abueva se quitaba las gafas. Y mientras se enjugaba las lágrimas que anegaban inevitablemente sus ojos, pude vislumbrar, en un segundo, lo que fue la vida de su familia cincuenta años atrás.

El doctor Abueva en busca de sus padres... Para él, esa dura jornada aún continúa, en su travesía por la paz.

El gran académico filipino se puso de pie y declaró:

Queremos poner fin a la masacre, a la mutilación

debida a la codicia o a las creencias,

a la pertenencia a clases o a tribus,

debida a que los pobres son débiles,

y a que los poderosos no son justos.

Su voz reverberó en la Casa de la Paz. Pareció recorrer en un instante el trayecto hasta ese monte que lo vio ascender hace tantos años.