La superación de la agonía de Fausto: el alba de una nueva civilización
[IKEDA, Daisaku: El nuevo humanismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, págs. 184-197. Conferencia brindada en el Ateneo de Santander, España, el 26 de junio de 1995. Lectura por suplente.]
Me siento profundamente honrado por esta oportunidad de exponer mis reflexiones ante el Ateneo de Santander, dignísimo foro que enorgullece a España por el calibre de su pura fragua intelectual. Quiero agradecer especialmente a su presidente, don Segundo López Vélez, y a todos sus distinguidos asociados que, además de hacerme llegar tan grata invitación, brindaron su cálido apoyo para que ésta sea una jornada inolvidable.
Una inquietante caja de Pandora
El siglo XXI está a cinco años de distancia. Ante su arribo inminente, no hay modo de negar que el mundo se encuentra embebido en el tinte del caos. Cuando el comunismo se desmoronó, creímos escuchar un jubiloso tañido de campanas, anuncio de que, por fin, se abriría el telón del orden democrático. Pero bastaron unos pocos años para que el horizonte se cubriera de sombras.
En efecto, ésta es una época oscurecida por la cerrazón de fin de siglo: en un flanco, luchas interminables encendidas por la yesca de los conflictos étnicos y religiosos; en el lado opuesto, el riesgo de que la cultura y la civilización –la mismísima paleta que da color indispensable a la condición humana— terminen por ser fogoneras de enfrentamientos y de luchas armadas. En contra de todo lo que podíamos haber deseado y previsto, el desmembramiento estructural que desató el fin de la Guerra Fría terminó dejándonos la sensación de estar ante el caótico contenido de una caja de Pandora, revuelto y disperso ante nuestros ojos.
Frente a una realidad tan confusa, es natural que el ser humano se pregunte cuál será la perspectiva más confiable para crear un nuevo orden en el siglo venidero.
La civilización industrial moderna se caracteriza por la producción masiva, el consumo generalizado y la abundancia de desechos lesivos del ambiente, pero lo paradójico y lo que nadie se atreve a negar es que si este orden prosigue su marcha al ritmo actual, tarde o temprano la mismísima sociedad humana se lanzará de bruces a la hecatombe. Esta contradicción parece ser, hoy en día, el eje que despierta la mayor polémica. Pero, en todo caso, lo que nos está mostrando es que la civilización de la próxima centuria no debería concebirse como una extensión de la realidad industrial y tecnológica que impera actualmente.
Uno de los temas que se planteó en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada hace tres años en Río de Janeiro, fue la opción del “desarrollo sostenible”, en cuya dirección los países acordaron orientar sus esfuerzos. Con todo –dadas las dificultades prácticas que esto ha de acarrear—, para avanzar efectivamente sobre las bases sentadas en dicha conferencia será imperioso sumar y concentrar una sabiduría colectiva de carácter excepcional, capaz de trascender las fronteras.
Desde mi perspectiva como practicante del budismo, siento que un desafío esencial que la humanidad tiene por delante es enfocar el haz de su mirada sobre el ethos de la civilización moderna, inspirado y centrado en Europa occidental. La esclerosis que acusan los tiempos es tan pronunciada, que será difícil hallar salida, a menos que hagamos incidir una luz intensa sobre esta cuestión, para analizarla en su más honda raíz.
Hace más de tres décadas, junto a una delegación cultural, visitó el Japón un pensador destacado de este país, Luis Díez del Corral. Las conferencias e intervenciones que brindó en esa ocasión dejaron un recuerdo memorable entre los japoneses. En esta oportunidad, considero oportuno mencionar algunas de sus ideas, que se relacionan con la encrucijada de nuestra época.
Díez del Corral había vislumbrado, en el ethos de la civilización moderna, una singular percepción de la dignidad humana. Veía al hombre moverse por la historia con una confianza insospechada en sus propias fuerzas, con la desbordante conciencia de su señorío efectivo sobre la morada terrestre. (1) En efecto, ésta es la misma “exaltación del yo” que encontramos en el Fausto de Goethe. La quintaesencia del espíritu moderno busca el conocimiento con pasión, no vacila en actuar, se deja guiar por su afán de dominio con abierta avidez... Con este espíritu emprendedor, la cultura de la Europa moderna fue arrasando el mundo, como impulsada por el rugiente motor de la historia.
Ésta es la faz luminosa del ethos que ha caracterizado la civilización moderna. No obstante, aunque nos pese, también tenemos que dirigir la mirada a su inevitable estela de sombras. Los dilemas y las contradicciones relacionadas con esta visión del hombre en el mundo tienen mucho que ver con la agonía de Fausto, en su tránsito por el “purgatorio, desgarradas sus entrañas”. (2)
Si este enfoque histórico ha llamado mi atención es porque su modo de situar y de concebir la civilización moderna, además de guardar sólida coherencia con el espíritu de los tiempos, es magistralmente dialéctico. Tal como ilustra el desbocado crecimiento de las sectas en países industrializados, cuanto más oscura es la atmósfera que se cierne sobre el fin de siglo, más tiende la visión de los hombres a tomar distancia del modernismo y más antagónica se vuelve a la época. Justamente por eso, resulta doblemente importante concebir la historia desde un enfoque dialéctico, que pueda discernir la luz y la sombra, lo positivo y lo negativo de la civilización moderna, y hacer surgir, en el ascenso de la síntesis, los aspectos luminosos y positivos que constituyen su legado correcto.
Desde esta perspectiva, la consideración de todo lo expuesto nos permite ver nítidamente cuál es la herencia de la civilización moderna que deberíamos atesorar. A mi juicio, su legado constructivo es una cualidad universal de la naturaleza humana, inmutable a lo largo de las épocas, que cabría expresar como progreso y creatividad, desafío y espíritu precursor, voluntad y disposición activa. Estas virtudes son una manifestación volitiva y dinámica de la vida humana. Pero así como ésta se renueva a sí misma, también envuelve en su cambio al entorno, mediante el influjo y el contacto recíproco que celebra, día a día, con la sociedad y la naturaleza. Creo que estas cualidades desempeñarán, sin falta, una función decisiva a la hora de construir el ethos de la civilización del siglo XXI.
Pero entonces, asoma la pregunta lógica: ¿cómo rectificar los desvíos perniciosos y sombríos de la civilización moderna? Aquí debo inevitablemente remitirme a mi propia experiencia y a mi observación de distintas vertientes filosóficas. Desde este lugar, me permito decir que la milenaria herencia espiritual del Budismo podría contribuir enormemente al tratamiento de los problemas que traerá aparejada la civilización del siglo XXI. Al respecto, voy a centrar mi fundamentación en tres aspectos: primero, la disciplina nacida en la determinación autónoma; segundo, la convivencia armoniosa; tercero, el cultivo de la propia vida.
Autodisciplina y motivación interna
¿No podría decirse, con justicia, que el sentido autónomo de la disciplina es el primer punto que a la civilización moderna le resta resolver? La angustia de Fausto es una tragedia en pos de ese dominio propio que nunca llega a alcanzar. Presuntuoso e intrépido, Fausto acomete y avanza. Citemos sus propias palabras: “...dilatar así mi propio yo hasta el suyo [el de toda la humanidad] y, al fin, como ella misma, estrellarme también”. (3)Pero, irremediablemente, el precio que debe pagar por redimir su arrogancia –disfrazada de “autodisciplina”– es la ceguera y la muerte. Es cierto que Fausto representó un verdadero pathos de contenido arquetípicamente trágico. Pero, ya en el siglo XX, el prominente filósofo español Ortega y Gasset hendió una flecha certera en un aspecto de la realidad que él supo diagnosticar mejor que nadie: el aturdido deambular del hombre en un caos de movimientos sin propósito, capaz de hacerlo todo pero incapaz de brindarse a sí mismo un marco de control a sus deseos y a su conducta. Ortega afirma: “Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva”. (4)
Han transcurrido más de cincuenta años desde que Ortega y Gasset analizó la realidad con la criba de su lúcido pensamiento. Y, no obstante, la situación no ha mostrado signos de mejoría. La civilización moderna cantó loas a la liberación de las heteronomías y defendió a ultranza a la emancipación de los yugos religiosos, pero desembarcó en el siglo XX arrojándose en brazos de otras autoridades “pseudorreligiosas”, como el fascismo y el comunismo, que ejercieron su poder con violencia escandalosa. ¿No hay, en este desplazamiento, una inmensa ironía de la humanidad?
El budismo concede un sitio de privilegio a ciertos estados de la psique humana, como la tranquilidad, el esclarecimiento o iluminación, y la concentración contemplativa. Puede ser que las cuestiones de léxico presenten algunos escollos, pero, dejando a un lado este aspecto, en realidad estas cualidades se refieren al modo en que el ser humano logra disciplinar y encauzar su mundo interior. Lo que quiero recalcar aquí, por constituir el punto cardinal del pensamiento budista, es que la autodisciplina, motivada en una determinación autónoma, precede a cualquier otra práctica o actividad. Sin ella, todo afán de transformación se convierte en una quimera.
En efecto, al recorrer las escrituras budistas hallamos una extensa lista de frases que lo ilustran con acierto: “Según aconseja a los demás, debe él mismo actuar. Bien controlado él mismo, puede guiar a los otros. Pero, en realidad, es difícil controlarse a uno mismo”. Otra enseña: “Más grande que la conquista en batalla de mil veces mil hombres es la conquista de uno mismo”.
Como es obvio, el propósito de estos fragmentos budistas y de muchos otros es alentarnos a cultivar una autodisciplina basada en la motivación interna. Sin embargo, esta exhortación a encauzar los propios deseos y la conducta es muy distinta de la que propone el ethos de la civilización moderna, orientado a acabar con el yugo heterónomo de la fascinación religiosa. Ambas comparten la aspiración a consolidar el yo, pero el budismo expone una autodeterminación diferente de la confianza “fáustica” en el yo.
Especialmente en sus últimos años, Shakyamuni expuso una trama conceptual apoyada en dos ejes: la “devoción al yo” (ji-kie) y la “devoción a la ley” (ho-kie). Lo vemos en palabras como éstas: “Por lo tanto, Ananda, sé tu propia isla, sé tu propio refugio y no busques otro refugio externo; toma la ley como tu propia isla, toma la ley como tu propio refugio y no busques otro refugio externo”. El gobernarse a sí mismo significa edificar un yo inamovible, tan sólidamente construido, que pueda permanecer imperturbable ante la fluctuación de los fenómenos externos.
Pero para construir ese yo inamovible, se toma como fundamento la ley. Esto implica descartar toda visión arraigada en el egoísmo y refutar la tentación arrogante de creer que uno es supremo. Como esto revela, el marco conceptual de la “devoción al yo” y la “devoción a la ley” torna posible un auténtico dominio de la propia vida, cimentado en la determinación autónoma.
Hay un hecho que es menester subrayar: dicha ley es una entidad inherente a la vida humana. Dado que existe en forma intrínseca, el hecho de que se manifieste como función depende exclusivamente de que el hombre tome conciencia de ella. La palabra “buda” significa “el iluminado” y se aplica a cualquier persona que ha cultivado esta toma de conciencia hasta llevarla a su máxima expresión. Tan así es, que asumir esta conciencia es, prácticamente, sinónimo de autodisciplina. Por lo tanto, el mayor desvelo de un buda, de un grandioso hombre iluminado, es cómo hacer para que la gente, prisionera de innumerables ilusiones, perciba la ley que lleva consigo en forma innata. Y, además, cómo hacer para que los hombres mantengan dicho estado de conciencia, aun sacudidos por la marea furiosa de la realidad cotidiana. He aquí el nudo del problema.
Conscientes de ello y motivados en un profundo sentido de la responsabilidad religiosa, tanto Shakyamuni como Nichiren en el siglo XIII se preguntaron incansablemente cuál sería la mejor manera de transmitir y difundir la ley entre el pueblo. En efecto, llegar a tomar conciencia de que la ley es inherente a cada persona representa un desafío complejo, pero de importancia histórica para la humanidad.
Cuando la ley se exterioriza y el hombre se aparta del aspecto esencial –que es su entidad intrínseca—, retorna al imperio de la norma heterónoma, puesta afuera del hombre y concebida como algo que le es ajeno. En tal caso, el género humano se cierra a sí mismo el camino hacia el dominio de su propio ser y hacia la determinación autónoma de su vida. Pero además, cuando la ley se conceptualiza como categoría externa al hombre, es fácil que aquella sea utilizada por el poder religioso y secular, para rebajar al ser humano a distintos niveles de sojuzgamiento; para comprobarlo, basta con seguir el derrotero teñido de sangre que ha dejado por saldo la intolerancia religiosa.
Un notable filólogo de España, Ramón Menéndez Pidal, describió la virtud de la vena espiritual hispánica con palabras que quisiera aplaudir, por compartir las mismas aspiraciones, en lo que concierne a las normas inherentes y al dominio de la propia vida:
El español, duro para soportar privaciones, lleva dentro de sí el sustine et abstine, “resiste firme y abstente fuerte”, norma de la sabiduría que coloca al hombre por encima de toda adversidad; lleva en sí un particular estoicismo instintivo y elemental; es un senequista innato. (5)
Armonía en la diversidad
En segundo lugar, voy a referirme al eje de la convivencia armoniosa, que se refiere, en verdad, a las posibilidades de la coexistencia en un marco de diversidad. En el monólogo del primer acto, Goethe pone en boca de Fausto una célebre exclamación: “Todas las cosas se funden en el todo, y cada una de ellas vive y opera en las demás”. (6) Lo que palpita en esta anchurosa frase es una concepción de la vida, según la cual todos los fenómenos del universo natural, en su transmigración a través de los estados alternos de aparición y de latencia, coexisten y se entrelazan en un exquisito vínculo armónico de interdependencia y reciprocidad.
Esta amplia percepción de la vida, abarcadora de la totalidad, nos invita a respirar hondo y a establecer, sin restricciones ni reservas, un intercambio pleno con la naturaleza magnánima y con el cosmos sideral. Pero parece que esto es algo demasiado remoto para el hombre de la modernidad, tal vez porque la civilización moderna ha cimentado sus bases en una concepción muy particular, que ubica a la naturaleza en oposición al hombre.
La naturaleza es, para la especie humana, un objeto de dominio y de conquista. Desde este punto de vista, la alienación y el aislamiento del mundo natural a los que se ha visto sometido el hombre no muestran sino la faceta demoníaca de su yo “fáustico”. Por eso mismo, para renovar el horizonte de la civilización en el siglo XXI, nada hay tan apremiante como rectificar la concepción de la naturaleza y del universo. En los últimos años, el concepto de la “coexistencia” ha ido ganando terreno entre los pensadores contemporáneos, hasta el punto de ser, hoy, un factor crucial en todo debate sobre el tercer milenio.
Al respecto, creo que puede servirnos de mucho el principio budista de la inseparabilidad entre el sujeto y su ambiente (esho funi). En líneas generales, la contracción esho está compuesta por dos caracteres chinos. El primero de ellos se refiere al mundo objetivo; el otro, al ser humano. La partícula funi significa “dos, pero no dos”; dicho de otro modo, designa elementos que guardan una relación de “inseparabilidad” y constituyen una unidad imposible de ser escindida. Así pues, este concepto nos propone considerar que el sujeto y el medio donde aquel se desenvuelve mantienen un vínculo interactivo, de compenetración y de armonía. Curiosamente, esta es una de las modalidades de percepción más paradigmáticas del saber posmoderno.
Según la perspectiva del budismo, la exquisita concordancia que entretejen el hombre y la naturaleza no tiene que ver con una visión estática; más bien, alude a un mundo dinámico y vivaz, palpitante de energía creativa. Este dinamismo universal contiene el ethos que deberíamos atesorar como legado de la civilización moderna: la energía activa encaminada hacia el progreso y la creación; el espíritu de desafío que aspira a abrir y explorar nuevos horizontes.
Un pasaje de los escritos budistas dice, en pocas palabras: “No puede haber ambiente sin un sujeto, aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda”. (7) Me gustaría detenerme en la primera mitad de la cita, que dice: “No puede haber ambiente sin un sujeto”. Indudablemente, la existencia humana prosigue su marcha, aun cuando nuestra propia vida fenezca. De la misma manera, el exterminio de la humanidad no significa el fin de la vida cósmica. Sin embargo, al afirmar categóricamente que el ambiente no puede existir sin un sujeto, puesto que el sujeto abraza en su seno al propio medio circundante, este pasaje hace mucho más que describir en forma objetiva la naturaleza indivisible entre el hombre y su entorno. Mejor aún, expresa una voluntad activa y subjetiva, trazada sobre la base de una convicción religiosa.
El budismo llama ichinen –determinación íntima y esencial de la vida— al fundamento lógico sobre el cual se erige dicha voluntad. El fragmento antes citado nos urge a expandir este ichinen, o “intencionalidad” profunda de la vida, hacia las dimensiones de un “yo superior” (taiga), de alcance cósmico y capaz de trascender los límites de tiempo y espacio. Incluso, nos insta a superar el marco del “yo limitado” (shoga) y a vivir conforme a esta identidad vasta y esencial; he aquí el modo más auténtico de vivir como seres humanos, que el budismo mahayana denomina “camino del bodhisattva”.
Sin embargo, si todo fuese cuestión de tomar una decisión subjetiva, estaríamos ante un solipsismo, un espiritualismo o, quizás, una “egolatría fáustica”. Obsérvese, en la parte final de la cita, una afirmación complementaria que resuena con uno de los principios ecológicos más actuales:”...aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda”. En esta acotación se expone el sutil y delicado equilibrio que vincula la vida subjetiva con el entorno objetivo. Esta visión del medio ambiente, positiva y armonizadora, atempera la voluntad resuelta de la primera mitad –“No puede haber ambiente sin un sujeto”—. La potencia de la determinación se sublima en un ascenso dialéctico hacia la genuina senda de la convivencia, que permite a los seres humanos mantener una relación de compenetración dinámica con su entorno.
Hay una semejanza sorprendente entre la inseparabilidad entre sujeto y ambiente y la proposición medular de la filosofía de Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. (8) Cuando Ortega afirma: “Yo soy yo y mi circunstancia” –así como la escritura budista sostiene “No puede haber ambiente sin un sujeto”— se advierte el propósito de expandir la vida hacia la dimensión amplia de un “yo esencial”. Y cuando concluye: “...si no la salvo a ella, no me salvo yo” –así como la enseñanza del Budismo termina: “...aun cuando el sujeto sea sostenido por el medio que lo circunda”—, lo que se vislumbra es un vector orientado a la convivencia interactiva.
Hay dos expresiones del pensamiento ibérico en las que se advierte un ethos de convivencia que fluye por las venas de España desde la época de los Grandes Viajes, indemne al paso de las centurias. Una es, nuevamente, de Ortega y Gasset y dice: “Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia”. (9) Otra es del gran pensador Miguel de Unamuno y afirma: “El fuerte, el radicalmente fuerte, no puede ser egoísta: el que tiene fuerza de sobra, la saca para darla”. (10) Esta vertiente circula por los mismos carriles que el “ciudadano del mundo” y, más profundamente, se superpone con la senda del bodhisattva acuñada por el budismo mahayana.
El “trilema” de la sociedad contemporánea
En tercer lugar, voy a referirme al “cultivo de la propia vida”, uno de los puntos ciegos que la civilización moderna ha relegado al olvido. La sociedad industrial de la Edad Moderna ha venido corriendo en línea recta durante cientos de años, acuciada por dos consignas febriles: por un lado, la búsqueda de la eficacia; por el otro, el ansia de comodidades. La consecuencia de este impulso es el acopio de una riqueza sin precedentes en la historia del hombre. Para ser justos, el ciudadano medio de los países industrializados de hoy lleva una vida que ni aun los reyes y aristócratas de la Antigüedad habrían soñado con alcanzar, en lo que a progreso material se refiere. Es un hecho consabido que, en el trueque por la comodidad cotidiana, la sociedad moderna ha tenido que cargar con un sinfín de intrincados problemas, que forman lo que se da en llamar el “trilema” de la civilización contemporánea:
Pero más grave aún que este trilema es el debilitamiento de la vitalidad humana que terminó provocando la evolución de la sociedad industrial. En la Edad Moderna y, en especial, en el siglo XX, el cultivo interior ha quedado relegado a un segundo o tercer término. Esto quizá se deba a la indolencia del hombre que, en aras de sumar comodidades y bienestar, adquirió el hábito de eludir las dificultades y de aplicar el mínimo esfuerzo en cada desafío.
Hoy, los países del ex bloque socialista estén padeciendo la gravosa consecuencia de haber hecho a un lado el acendramiento interior. En el libro que compila mis conversaciones con el ex presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, él señala reiteradamente este error de los regímenes radicalizados. “El radicalismo es tan pertinaz como la tentación de hacer reduccionismos de las cosas. ¿Cuántas amarguras han experimentado los hombres del siglo XX, debido a la simpleza y a la obsesión de buscar fórmulas mágicas para resolver de una vez todos los aprietos y todas las urgencias?”. En otro capítulo, afirma con razón: “Creo que hay un error en creer que la acción radical y revolucionaria asegura la reforma y el progreso, como se ha sostenido en los siglos XIX y XX”.
Viene a mi mente una sentencia de Goethe, sagaz y estricto observador de la Revolución francesa a lo largo de su desarrollo: “Todo cuanto emancipa nuestro espíritu sin darnos el dominio de nosotros mismos acaba por ser pernicioso”. (11)
El proceso de la autodisciplina basada en la motivación interna sigue los mismos carriles que el cultivo interior. Muchos pensadores han visto con preocupación el énfasis desmedido en la reforma de los sistemas, en desmedro del cambio individual profundo. Edmund Burke se manifestó, en el siglo XVIII, con respecto a la Revolución francesa; también lo hizo Alexis de Tocqueville, a raíz de la Revolución norteamericana. Gandhi expresó sus reservas frente a la Revolución rusa, así como Sun Wen cuestionó el alcance real de la Revolución china.
Hoy, el materialismo, el culto al dinero y el desmoronamiento de la ética, ubicuos en la sociedad humana de fin de siglo, no sólo plagan a los países socialistas, sino a los que se han regido por las reglas del libre mercado. Y ello demuestra que los temores de los grandes hombres no eran, de ningún modo, voces de alarma infundadas. En fin, la época del “señorito satisfecho”, (12) que preocupaba a Ortega y Gasset hace más de sesenta años, se refiere justamente a nuestros días.
Desde antaño, el budismo ha adjudicado un valor esencial al cultivo y a la disciplina de la vida interior. A modo de ilustración, baste con recordar que el “ejercicio de la perseverancia” figura entre los pilares de la práctica budista. Eso reflejan las últimas palabras con que Shakyamuni se despidió del mundo: “Perfeccionad vuestra práctica sin negligencia”. Para dar cabal idea de este punto, me permito citar algunos pensamientos de Nichiren: “El hierro se convierte en una magnífica espada cuando se lo forja entre las llamas” (13); “Hasta un espejo percudido brilla como una gema, si se lo pule y se lo lustra. Una mente nublada por las ilusiones que se originan en la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo percudido, pero, cuando se la pule, se vuelve clara y refleja la iluminación de la verdad inmutable. Haga brotar una fe profunda y pula su espejo día y noche, con ahínco y esmero” (14); “El Sutra del Loto es como la semilla, el buda es como el labrador, y las personas son como el campo”. (15)
Nótese que se exhorta al cultivo y a la forja del mundo interior a través de ejemplos concretos, como la espada y el espejo, el campo y la cosecha. A diferencia de la escritura, la labor agrícola y el trabajo manual se caracterizan por transcurrir en un mundo donde la menor omisión, el menor descuido, estropean todo el producto final; el suyo es un ámbito que no justifica la negligencia ni sabe de astucias o de engaños.
Se dice, incluso, que una actividad prosaica y cotidiana como la plantación del arroz requiere, efectivamente, un procedimiento que consta de ochenta y ocho pasos; uno solo que falte es suficiente para arruinar el cultivo. El arte de la espadería y la antigua técnica para bruñir espejos de metal se regían por una misma lógica. Por lo tanto, es totalmente razonable que la tarea del cultivo interior obedezca a un razonamiento análogo: la negligencia, la astucia y el engaño frustrarían por completo todo propósito genuino de autodisciplina.
Sin embargo, el “señorito satisfecho”, hijo de la civilización moderna, ha dado por tierra con esta concepción. De tanto procurar la comodidad, el resultado fácil y el provecho con un mínimo esfuerzo, acabó por oponerse a “la faena hercúlea de las auténticas aristocracias”, (16) al decir de Ortega y Gasset.
Ahora bien, ¿qué imagen nos muestra el mundo actual? En los países del viejo socialismo –como cabría esperar— y en las naciones alineadas con el mercado libre –en teoría, los ostensibles vencedores—, se ha cernido una suerte de “gran interregno filosófico”, donde parecen imperar el cinismo y el culto al dinero. Sobre ese frágil mundo interior, velado por la gris ausencia de un cultivo profundo, se superpone el trágico mundo exterior del siglo XX, escenario de holocaustos nunca vistos. La Soka Gakkai Internacional busca el camino de la “revolución humana”, como sinónimo del cultivo interior; desde ese lugar, proseguirá su gesta rumbo a la aurora de un nuevo siglo del hombre.
Hasta aquí, me he permitido resumir en tres puntos las condiciones que, a mi entender, resultan esenciales para la edificación del siglo XXI: primero, la "autodisciplina" basada en la determinación autónoma; segundo, la convivencia armoniosa; tercero, el cultivo interior.
Que sean o no un rayo de esperanza capaz de alumbrar la agonía de Fausto en el purgatorio es algo que sólo puede confiarse al juicio de la historia. Así y todo, si hay algo cierto es que no podremos dar dos pasos ni mil hasta que no demos el primero. Como budista y compañero de ruta en esta historia de tribulaciones, sostengo la firme determinación de trabajar, junto a todos ustedes, en bien de esta labor precursora.
Quisiera finalizar estas palabras con un fragmento de Don Quijote de la Mancha, orgullo de la herencia literaria española: “Pero el Andante Cavallero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intrincados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos,...”. (17)