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La valentía para reconstruir

[Artículo de opinión de Daisaku Ikeda, publicado en el diario The Japan Times, el 28 de junio de 2011.]

"La travesía de la vida no es un camino apacible y libre de obstáculos; puede estar sembrado de dificultades que superarían las peores pesadillas", manifestó Kan'ichi Asakawa (1873-1948), historiador y promotor de la paz oriundo de la prefectura japonesa de Fukushima.

Han transcurrido ya más de tres meses desde que, el 11 de marzo, las regiones de Tohoku y Kanto del Japón fueron asoladas por un terremoto y posteriores tsunamis que dejaron tras de sí una devastación sin precedentes. Ha quedado confirmado que hubo más de quince mil víctimas fatales, y que aún hay más de siete mil quinientos desaparecidos. Cada víctima era el padre, la madre, el hijo, el pariente o el amigo de alguien; cada uno era una persona irreemplazable.

Como budista, he ofrecido mi ferviente oración por el descanso en paz de los difuntos; por la salud, la seguridad y el bienestar de los damnificados, y por el avance de las tareas de asistencia y reconstrucción.

La escala de la destrucción es inmensa, con un saldo de más de ciento diez mil personas que aún están cobijadas en albergues y viviendas temporales. Es imperioso que la respuesta oficial ante el desastre sea más concreta, ágil y efectiva.

Pienso en la enorme cantidad de personas que están atravesando dificultades indescriptibles. El sufrimiento de quienes perdieron a sus seres queridos y sus medios de vida se exacerba aun más ante la incertidumbre del mañana y los problemas de la planta nuclear de Fukushima, que parecen interminables, así como también, ante la amenaza de la recesión económica, la información negativa y vaga que corre entre la gente, y muchos otros factores más que dificultan el proceso de recuperación.

Pero creo que no debemos permitir que el sentimiento de derrota se apropie de nuestro corazón. El doctor Ved P. Nanda, experto en derecho internacional, envió un mensaje de solidaridad en el que afirma: "Ahora es el momento de cultivar la seguridad espiritual, la fortaleza interior para vencer cualquier tipo de amenaza".

Las escrituras budistas enseñan: "Más valiosos que los tesoros de los cofres son los del cuerpo. Pero ninguno es tan preciado como los tesoros del corazón". No existe tesoro mayor que las virtudes humanas más grandiosas, como la misericordia, la valentía y la esperanza. Ni el desastre o el accidente más trágicos pueden destruir los tesoros del corazón.

A pesar de que la atrocidad de la catástrofe telúrica es indescriptible y aturdidora, es posible ver tres signos de esperanza.

La primera señal es la solidaridad, no solo la que surgió en el plano local, sino también en el internacional. Jamás olvidaremos la manera en que las personas del orbe entero ofrecieron su ayuda humanitaria, no bien se produjo el desastre. La gratitud del pueblo japonés es inmensa e infinitamente sincera.

Del mismo modo, se puede comprobar un nuevo y enérgico espíritu de cooperación dentro de las localidades afectadas. Cuando las personas se unen así frente a una calamidad, nace una comunidad rebosante de dignidad, sustentada en la consideración mutua y el apoyo. Nadie debe ser abandonado a su propio sufrimiento.

El segundo indicador de esperanza es la valentía indomable de los damnificados. No tengo palabras para expresar cuán profundamente me sentí tocado por las acciones generosas y desinteresadas que las propias víctimas realizaron para ayudar a los demás.

Me dijeron que una mujer de Kamaishi, en la prefectura de Iwate, salvó la vida de sus vecinos. Mientras las aguas enfurecidas alcanzaban ya el segundo piso de su departamento, ella se aferró al aparato de aire acondicionado e impidió que un hombre que llevaba consigo un bebé fuese arrasado por la corriente, apretándolo contra la pared con su espalda. Con su mano libre, aferró por el cuello de la camisa a otro hombre. Ella cuenta que estaba decidida a no soltarlos aunque la fuerza del agua terminara arrancándole los brazos.

Hay miles de esos héroes ignotos que continúan trabajando infatigablemente para reconstruir sus comunidades, sin dejarse abatir por la desgarradora pérdida de familiares y amigos, hogares y pertenencias.

En los centros comunitarios de la Soka Gakkai de todas las zonas afectadas, los sobrevivientes ofrecieron su ayuda a pesar de su propio dolor y agotamiento. Gracias a ello, nuestros operativos de asistencia comenzaron inmediatamente después del terremoto y abrimos prontamente nuestros locales para cobijar a los evacuados. Ahora seguimos colaborando con la labor de reconstrucción de mediano y largo plazo en las prefecturas de Miyagi, Iwate y Fukushima.

Una escritura budista sostiene que si uno enciende un farol para alumbrar el camino de otro, también ilumina sus propios pasos. Cuando nos ponemos en acción por los demás, el propio sufrimiento se transforma en la energía que nos permite continuar avanzando; se enciende así una luz de esperanza que alumbra un nuevo mañana para uno mismo y para los demás.

La tercera señal de esperanza es la pasión y el vigor de los jóvenes en acción. Conozco a un joven de Ishinomaki, Miyagi, que fue arrastrado por el maremoto y logró salvarse trepando a un pino, aferrándose a él toda la noche por encima de las aguas heladas. Era plomero y perdió su negocio y su casa.

Pero se negó a sucumbir bajo el terrible peso de la desesperación y se dedicó a restablecer los servicios básicos de subsistencia de la ciudad. En medio de las ruinas y en el sitio donde había estado su casa, él y sus amigos colocaron un enorme cartel que leía: "Gambaro! Ishinomaki (¡Ánimo Ishinomaki!)", confeccionado con trozos de madera que pudieron rescatar. Dicho cartel se ha convertido en un símbolo del espíritu del pueblo de Ishinomaki.

La gente joven es, debido justamente a su juventud, la encarnación de la esperanza. No importa cuán impenetrable sea la oscuridad, el sol se eleva allí donde los jóvenes asumen una postura decidida.

El trayecto hacia la completa reconstrucción será largo. Pero seguiremos avanzando, inspirados por el ejemplo de esos jóvenes denodados, uniendo fuerzas con todos los que están trabajando por la recuperación de las localidades afectadas. Cada paso, por insignificante que parezca, ayudará a plantar las semillas de la esperanza y pasará a formar parte de los tesoros del corazón.

El sentimiento del pueblo de Tohoku está reflejado en estas otras palabras de Kan'ichi Asakawa: "El ser humano no es tan débil como para vivir únicamente bajo el dominio de las circunstancias […] En lugar de dejarnos abatir por la angustia o la desdicha, erijámonos orgullosamente por sobre ellas".