Esta
hermosa
Tierra

Fotografías de Daisaku Ikeda

Seligenstadt, Alemania (Mayo, 1994)

Seligenstadt, Alemania (Mayo, 1994)

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Arco iris de victoria de Alemania

A orillas del Meno, uno de los principales tributarios del río Rin, se extiende Seligenstadt. Mis compañeros eligieron ese pueblo como la sede de una conferencia de líderes de la SGI de Alemania a la cual yo asistiría. Seligenstadt, situado a treinta minutos en automóvil desde Fráncfort, es la aldea natal de Goethe, con una pequeña población de dieciocho mil habitantes.

Caminé por las calles adoquinadas, bordeadas de casas construidas parcialmente de madera, con ventanas pequeñas y techos a dos aguas. Esas casas alineadas silenciosamente evocaban en mí escenas de los Cuentos de Grimm. En ese lugar, me dijeron, la gente vive aún en hogares construidos hace cuatro o cinco siglos.

Existe una leyenda sobre este pueblo. Carlos I el Grande, también conocido como Carlomagno –el rey de los francos que estableció las bases de Europa Occidental tras la caída de Roma— pudo rencontrarse en ese poblado con una hija, tras lo cual, embargado de dicha, bautizó al lugar “aldea bendecida”.

Mis compañeros de la SGI y yo comenzamos a dialogar en un lugar cerca de las azules aguas del río Meno. Todos estaban serios y atentos. Era el 23 de mayo de 1994, cuatro años después de la reunificación de Alemania. Tal como el Meno vierte sus aguas en las patriarcales afluencias del Rin, el movimiento por la paz impulsado por mis compañeros de la SGI de Alemania estaba adquiriendo la forma de un caudaloso río.

La tarde empezó a declinar, pero el cielo permanece iluminado hasta muy tarde en esa época del año. De pronto, se llenó de nubes oscuras y comenzó a llover copiosamente. El agua repicaba sobre los tejados como si fuera un pianista interpretando una vigorosa sonata con miles de dedos; caía como una cortina de brillos plateados, escurriéndose velozmente por las ventanas de la terraza y salpicando fuertemente sobre la superficie del río.

El son de la lluvia fue suavizándose gradualmente hasta terminar en un melodioso murmullo. Un rayo de luz se abrió paso entre las nubes e iluminó el cielo nuevamente. Luego del breve chaparrón, el aire recobró su nitidez y frescura. El cielo y la tierra parecían sonreír.

Y entonces, apareció un arco iris que comenzó a enlazar suavemente el cielo y la tierra, acentuando su esplendor gradualmente. Todos contuvieron el aliento. Un largo y fino “tricolor” –rojo, amarillo y azul— surgió en lo alto.

Salí a la terraza y contemplé cómo se intensificaban los colores del arco iris. Los pobladores también salieron de sus casas y contemplaron la fulgurante cinta multicolor que cruzaba el firmamento: anaranjado, verde, índigo y violeta.

Un extremo del arco iris parecía posarse sobre el embarcadero que estaba frente a nosotros; se levantaba desde el lugar donde habíamos conversado sobre un futuro de paz. Árboles de verdor intenso se erguían en la orilla opuesta, más allá de aquella transparente columna de luz. Era como si el fulgor dorado del sol estuviese pulsando las cuerdas de un harpa de plata, que producía una melodía de siete colores. ¡Si tan solo el mundo humano fuese tan hermoso!

El arco iris cubría todo el pueblo. Un vecino aseguró: “¡Jamás vi uno como este!”. Luego alguien exclamó: “¡Otro más!”. Y apareció un segundo arco iris. Era más tenue que el primero, y sus colores estaban en el orden opuesto, con su banda roja en el lado interior.

Los vecinos habían estado disfrutando de un picnic de confraternidad bajo un gran toldo cerca del río, pero todos, niños y adultos, salieron a ver el arco iris doble. Cada uno, embelesado por los coloridos arcos en el cielo, se convirtió en un poeta. La lluvia había cesado por completo.

El arco iris doble parecía formar un camino celestial que transportaba los sueños de la gente hacia el firmamento. Era la imagen perfecta de la unión en la diversidad, y hacía pensar en un mañana de solidaridad. Después de que surgieron los arcos, el río pareció intensificar su color azul. Esos arcos de esperanza habían aparecido después de una lluvia torrencial; eran obsequios de la lluvia. El sabio Goethe, oriundo de esas tierras del Rin y del Meno, escribió: “Pero ¡qué magníficamente, salpicando este embate, cómbase la cambiante persistencia curva del abigarrado arco iris, ora limpiamente dibujado, ora en los aires deshecho, esparciendo en torno suyo un vaporoso y frío temblor! Reflejo es del humano esfuerzo. Piensa en él y comprenderás más exactamente que en el cromático tornasol cífrase la vida.” (GOETHE, Johann W.: “Fausto”, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1987, t. III, pág. 1374.)

Cuando los rayos del sol atraviesan las gotas de agua en movimiento, se forma un arco iris. Del mismo modo, la vida sagrada de las personas solo resplandece mediante el esfuerzo serio y dedicado. Es imposible ser feliz sin perseverar. El arco iris de una condición de vida iluminada solamente brilla después del doloroso aguacero de los deseos mundanos y del sufrimiento.

Si bien Goethe estaba dotado de talento y gozaba además de salud y bienes, él, que parecía tenerlo todo, sostuvo una vez: “Me han pintado siempre como a un hombre extraordinariamente favorecido de la suerte, y no quiero quejarme ni maldecir del sino de mi vida. Pero es lo cierto que, en el fondo, esta vida mía no ha sido otra cosa que fatiga y trabajo, y puedo asegurar que en los setenta y cinco años que llevo en este mundo, apenas si habré disfrutado cuatro semanas de una dicha que merezca ese nombre. Mi vida ha sido el constante rodar de una piedra que siempre pugnaba por levantarse de nuevo.” (GOETHE, Johann W.: “Conversaciones con Goethe por Juan Pedro Eckermann”, op. cit., t. II, pág. 1073.)

En ningún momento, en ningún tiempo, la vida está libre de adversidades y problemas. Es por esa razón que, mientras tengamos aliento, debemos vivir con energía. Así vivió Goethe, como si dijera: “No tiene objeto descorazonarse, afligirse por cuestiones triviales o sentir amargura por la mala suerte. ¡No desperdicien su vida en quejas o chismorreos triviales! En vez de ello, vivan seria y respetuosamente, tratando de disfrutar cada día”. “No envidien a los demás: ¡alábenlos! No guarden resentimientos hacia otros: ¡Supérenlos! ¡Hagan acopio de valentía y trabajen con alegría! ¡Hagan lo que tengan que hacer! ¡Ahora! ¡Concéntrense en el presente, pues únicamente allí existe la eternidad!”.

Concuerdo. ¡Tenemos que vivir con entusiasmo! La alegría es el trampolín de la vida; es la fuerza que mueve el universo. La alegría hace florecer los capullos y resplandecer el Sol. ¡Cuando la gente vive con alegría, incluso los cielos danzan!

Aunque se abatan sobre nosotros pesares y dificultades como aguaceros y tempestades, mientras sigamos avanzando con fuerza y tenacidad, como este río, surgirá un arco iris. Más allá de cuántos chubascos se descarguen sobre nosotros, siempre y cuando miremos el Sol, aparecerá un arco iris. Y aun más: cuanto más grandes sean las gotas de agua, más espléndido será aquel. ¡Cuanto más sudor y lágrimas, más resplandeciente será nuestro arco iris de victoria!

¿Cuántas veces podemos contemplar un arco iris así en la vida? Esa clase de felicidad podría ser un regalo de los cielos, reservado solo para aquellos que luchan y se esfuerzan intensamente durante toda su vida.

[Ensayo escrito por Daisaku Ikeda. Publicado en la serie “Esta hermosa tierra”, en el diario Seikyo Shimbun del Japón, el 25 de abril de 1999.]