Esta
hermosa
Tierra

Fotografías de Daisaku Ikeda

París, Francia (Junio, 1991)

París, Francia (Junio, 1991)

Alternative content

Las banderas tricolores de París

Era un día muy ajetreado. Muchas veces fui y vine por las calles parisinas mojadas por la lluvia. Era mi primera visita en mucho tiempo, y París estaba tan hermoso como siempre.

No hay otra ciudad que posea tantas casas dedicadas al arte. Pero es la que menos necesita visitas a sus galerías. París es, en sí mismo, un museo.

¡Y sin embargo, la ciudad es tan humana! Es chic y muy a la moda; pero tiene también un toque de timidez y, al mismo tiempo, de ironía. La gente que transita por sus calles se ve muy elegante, despierta y rica intelectualmente.

Era el 20 de junio de 1991. Yo había llegado a primeras horas de la noche del día anterior desde el soleado Trets, al sur de Francia. Dejé mi hotel de un suburbio de París más bien temprano y me dirigí al centro. Por la mañana, tenía previsto encontrarme con el ministro de Cultura, Jack Lang. Y esa noche, asimismo, estaba invitado por el presidente del Senado, Alain Poher, a concurrir a su residencia. Para el día siguiente estaba programada la inauguración de la Casa de Literatura “Victor Hugo”. Entre ambos compromisos, yo debí asistir a una reunión para definir los pasos finales de dicha inauguración.

La habitación de un hotel céntrico se convirtió en mi sede para desarrollar las actividades del día. Entré y salí de la sala muchas veces, y cada vez que volvía, me acercaba a la ventana y contemplaba el panorama.

Había delicados geranios en el balcón, y, al otro lado de la calle, se veían los Jardines de las Tullerías. Los castaños de India, las acacias y los tilos se veían lozanos, envueltos en sus capas de verdor multicolor. En París, hasta la naturaleza tenía estilo. Con sonrisa orgullosa, parecía decir: “¡Ça c’est Paris!” [Esto es París].

En un tiempo, el área que rodeaba el jardín fue un tumultuoso escenario sobre el que se interpretó el drama de la Revolución Francesa. Justo ante mis ojos se erigía la Asamblea Nacional, donde el Parlamento había declarado la caída de la monarquía y el nacimiento de la república.

En ese lugar, tan lleno de sentido histórico, una fila de banderas francesas –azules, blancas y rojas— se lanzaban hacia delante, como si quisieran reafirmar silenciosamente su legado. La bandera tricolor simboliza el espíritu fundacional de la República: libertad, igualdad, fraternidad.

Pero hubo un tiempo en que la gloriosa tricolor debió encogerse dentro de las sombras de otra bandera. Durante la ocupación nazi entre 1940 y 1944, la insignia de la Alemania nazi, con su esvástica fue enarbolada por todo París: en cientos de hoteles, departamentos y propiedades; incluso, en la Torre Eiffel. Fueron cuatro años de humillaciones. Las banderas nazis también se alineaban en esta calle, la Rue de Rivoli. De hecho, las tropas de ocupación nazi se habían instalado en este mismísimo hotel, en cuyos balcones ahora florecían los geranios.

¿Qué clase de estandarte izamos? ¿Bajo qué bandera marchamos? Una bandera es el escudo de armas espiritual de la persona.

El general Charles de Gaulle dijo una vez, cuando entregaba una bandera de regimiento a estudiantes de una academia militar: “Esta bandera exige de ustedes que den su libertad y su dinero. Pero a su vez, ganarán algo sin parangón: la gloria”.

Durante la ocupación nazi, el general de Gaulle, desde su exilio en Inglaterra, exhortó a los ciudadanos franceses a resistir las fuerzas invasoras. Un pescador, en respuesta al llamado, se embarcó solo hacia Inglaterra. Cruzando el canal, agitó desde su bote la bandera tricolor francesa, orgullo de su madre patria.

Finalmente, llegó el día de la liberación para París. Un locutor de radio, afirmando que estaba “loco de éxtasis”, transmitió la buena nueva y recitó un poema de Víctor Hugo:

¡Despertad!
Asaz humillación
hemos padecido
¡Reconstruid la Francia grandiosa!
¡Reconstruid el grandioso París!

Ante el clamor, los parisinos corrieron cortinas y abrieron ventanas. Los vecinos se abrazaron. La gente se precipitó a las calles, gritando de alegría. Un coro multitudinario que cantaba “La Marsellesa” resonó por todo París.

“Tenemos nuestra canción. Tenemos nuestra bandera”, decía el mensaje.

Felices son quienes mantienen en alto esas insignias y avanzan hasta que logran la victoria final en la vida, incluso en el momento postrero, cuando la llama de su fuerza vital se ha extinguido.

“¡Esta es la bandera de mi vida!”. “¡Esta es la bandera de mi convicción!”, es su declaración de principios.

Las personas nacen en este mundo para hacer realidad sus ideales. Estamos aquí no para arrastrarnos con pesados grilletes, sino para abrir ampliamente nuestras alas. Tal fue el mensaje apasionado de Victor Hugo.

¡Brindo por París, ciudad de Hugo! ¡Brindo por París, ciudad de libertad!

Cuando regresé a mi habitación, después de reunirme con el señor Poher, miré a través de la ventana hacia el cielo y vi un doble arco iris. En su esplendor, sus franjas eran como los parapetos de una carretera celestial.

[Ensayo escrito por Daisaku Ikeda. Publicado en la serie “Esta hermosa tierra”, en el diario Seikyo Shimbun del Japón, el 14 de marzo de 1999.]