Esta
hermosa
Tierra

Fotografías de Daisaku Ikeda

Cheju, Corea del Sur (Mayo, 1999)

Cheju, Corea del Sur (Mayo, 1999)

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Arco iris sobre la isla de Cheju

He aquí un lugar para poetas. Eso es lo que sentí cuando llegué a la isla coreana de Cheju.

Atravesamos en automóvil el exuberante paisaje, con árboles de un vívido verde aterciopelado. Caballos y vacas pastaban serenamente en las praderas llenas de hierba, y numerosas piedras trazaban el camino. Al contemplar las paredes de roca que se erigían poniendo freno al viento, me imaginé las manos rústicas y callosas de la gente que había trabajado para colocar cada piedra; manos que sabían de grandes esfuerzos y de trabajo duro.

Dirigí la mirada hacia el monte Halla, con su misteriosa cumbre. Parecía como si el espíritu de todos los seres vivientes del universo se hubieran congregado para formarlo. En su mudo diálogo con los cielos, esta montaña, cual enorme madre amorosa, parecía abrazar todas las inmensas alegrías de la vida, pero también, los gritos de angustia que se han escapado de dientes firmemente apretados por el dolor.

Esta es sin dudas una isla para poetas, pero asimismo, un lugar donde los políticos y los hombres de negocios han acudido para olvidarse de cuestiones financieras y conversar sobre la paz. Aquí, han podido discutir serenamente y ponderar la naturaleza y el significado de la auténtica felicidad. En este lugar, han sido capaces de descubrir su poeta interior y de compartir abiertamente nuevas visiones sobre el futuro.

Este es el sitio más adecuado para esa clase de diálogo, porque la isla ha sufrido trágicamente a manos de los políticos, y bajo una economía de explotación. Es una isla absolutamente hastiada de los conflictos humanos.

Cheju es una isla volcánica, aunque ahora el volcán está extinto. La isla se formó a partir de la acumulación de cenizas volcánicas provenientes de sucesivas erupciones. El suelo es poco denso y delgado. El lecho de roca de lava solidificada está a unos escasos treinta centímetros por debajo de la superficie de la isla.

Dado que el suelo no era demasiado fértil, muchas mujeres se ganaban la vida buceando en busca de abulones, mientras que los hombres dejaban la isla para trabajar en las ciudades. Se fueron en gran número a trabajar a Japón. Pese a añorar su tierra natal, muchos de ellos, por razones que escapaban a su control, jamás pudieron regresar. Aun al enterarse de la muerte de sus padres y derramar un mar de lágrimas, no pudieron volver a casa.

Tengo la certeza de que en su corazón, de noche en sueños, los vientos y el calor de su amada patria los visitaban. Entonces los inundaban los recuerdos, y en su mente, retozaban en los campos junto con los terneros; o de pie en el cabo de cara al fuerte viento, contemplaban el azul profundo del mar; o bien se encontraban en praderas cubiertas de flores amarillas, en lomadas ataviadas con elegantes tonalidades otoñales; allí estaba el monte Halla con sus cumbres nevadas, y alturas celestiales; ¡espléndidas primaveras y veranos; otoños e inviernos imponentes!

Muchos fueron los padres y madres que, con un lejano fulgor en los ojos, les contaron sobre su amada tierra a esos hijos que no conocían otro lugar que Japón. Incluso al momento de morir, ese profundo anhelo del hogar seguía con ellos.

Tanto la gente de Corea continental como Japón discriminaron a los pueblos de la isla; pero, pese a ello, esos nobles padres y madres vivían orgullosamente. Los hermanos mantenían su cabeza en alto, más allá de cuán injustas fueran las humillaciones o los insultos que recibían, y soportaban un abuso detrás de otro.

Con seguridad, el monte Halla conocía el corazón de esas personas. Como si respondiera, casi puedo escuchar a la montaña que exclama: “¡Lo sé! ¡Conozco su lucha, porque son todos ustedes mis preciados hijos!”.

Debido a sus graves circunstancias, los habitantes de la isla se ayudaban mutuamente como una forma de sobrevivir. Alguien que evocaba la vida en este lugar recordó que la comida para una familia entera cabía en un solo plato. Los niños rivalizaban para llenar sus boquitas. Su madre les decía una y otra vez: “¡Coman un poco más, vamos!”, mientras se servía apenas uno que otro bocado para ella. “¡Coman un poco más, vamos!”; son palabras que superan la elocuencia de cualquier poema o elevada teoría. Son la hermosa poesía del espíritu humano, la poesía del amor y del afecto.

La gente de esta isla es sincera y honesta. Las guerras siempre llegaron de allende el mar. Bajo la ocupación japonesa, el monte Halla se convirtió en una fortaleza. La isla de Cheju sirvió de escudo para proteger al Japón de las fuerzas estadounidenses. La estrategia de Japón fue sacrificar la isla y a su gente al enemigo. Los pobladores fueron obligados a cavar trincheras con sus propias manos en su amada montaña.

Después de la guerra, cuando la paz volvió a la isla, el monte Halla debió presenciar otra gran tragedia. Se trató del “Incidente del 3 de abril” de 1948. Algunos de los isleños protestaron contra la división de Corea del Norte y del Sur.

Como castigo, toda la isla fue arrasada. La mayoría de sus habitantes no sabía lo que estaba sucediendo, pero el gobierno los acusó de traidores que respaldaban el Norte y los mató sin tener la menor prueba de ello. Al mismo tiempo, las fuerzas de la guerrilla, que apoyaban al Norte, asesinaron a personas inocentes, a quienes acusaron de cooperar con el gobierno. No se sabe aún cuánta gente murió en ese espantoso hecho. Algunos dicen que hubo treinta mil víctimas; otros, que el número ascendía a ochenta mil. Y así y todo, después de esa masacre, el resto de Corea siguió considerando criminales a la población de Cheju, cuando en realidad fueron las víctimas y habían sufrido más que nadie.

¿Qué es una ideología? ¿No debería ser mejorar la vida de las personas? Por cierto, una ideología no debe ser una razón para que la gente mate. En aquel entonces, por todo el mundo cundía la locura de la Guerra Fría. Los más afectados por ese desatino demencial fueron los habitantes de Cheju.

Los ancianos que sobrevivieron a esos tiempos de horror habrían tal vez renunciado a todo y se habrían entregado a la muerte, si no hubiera sido por sus nietos. Agotadas ya las lágrimas, trabajaron sus escasas tierras con manos arrugadas. Madres que habían perdido a sus esposos llevaban a sus hijos a cuestas en canastas, y marchaban a las faenas del campo temblando de ira ante las injusticias que habían tenido que soportar. En el ardor del tórrido verano, los bebés lloriqueaban incómodos, sin poder dormir. Cuando esos niños crecieron, sus familias ni siquiera tuvieron los medios para enviarlos a la escuela…

No había palabras para describir el sufrimiento de esas personas. Cualquier intento de su parte los habría hecho estallar en sollozos, de modo que permanecieron en silencio. Con dientes apretados, enterraron su dolor profundamente en el fondo del alma. Y porque guardaron silencio, ese dolor se convirtió en piedra. Se afirma que no se debe levantar la voz o gritar en el monte Halla, porque al hacerlo, surgirían esas penas duras como piedras y se esparcirían como una densa niebla.

Pese a todo, la gente de la isla continuó viviendo. Sobrevivieron día tras día, reverenciando la montaña. Soportaron todo y avanzaron a través de las más violentas tempestades de la vida, buscando constantemente la esperanza y aferrándose a ella. Su espíritu inquebrantable es el corazón de la isla de Cheju.

Dos caracteres chinos que forman el nombre del monte Halla significan respectivamente ‘río’ y ‘captar’. El primer signo también se utiliza en Japón para describir la Vía Láctea. Esta montaña parece en verdad querer captar los ríos de estrellas llenas de esperanza que titilan en el firmamento. La elevación montañosa se parece a una palma de la mano abierta hacia arriba en busca de un cielo de sueños.

Al dejar yo la isla, el doctor Moon-Boo Cho, presidente de la Universidad de Cheju, me acompañó gentilmente al aeropuerto para despedirme. Con una amplia sonrisa, me dijo: “¡Hubo esta mañana un hermoso arco iris!”. En la voz resonante del doctor Cho, percibí una firme convicción en un futuro brillante para Cheju, lo cual me hizo muy feliz. Creo que la isla de Cheju avanzará cual Hawái de Oriente, una isla de paz que logrará acercar a Corea, China y Japón. Será un punto fundamental para las próximas eras marítimas, un puerto de libre comercio. Sus sueños se expanden cada vez más.

Así como el monte Halla pasó por sucesivas etapas de transformación a través de las erupciones volcánicas para llegar a exhibir su actual belleza, esta isla, cuyos habitantes han sufrido más que nadie, debe convertirse en un paraíso de felicidad que supere a todos los demás.

Quienes fallecieron ya no pueden hablar más de sus sufrimientos. Por eso, los que aún tienen vida deben dejar oír su voz en bien de la justicia. En igual medida que sus padres sufrieron y lucharon, esta generación y la próxima deben lograr un estado de felicidad indomable.

Contemplé el arco iris que apareció el día de mi partida como si fuera un puente que nos uniera a esa nueva época. Solo puedo orar para que ese arco iris de paz proteja la isla de Cheju por toda la eternidad.

[Ensayo escrito por Daisaku Ikeda. Publicado en la serie “Esta hermosa tierra”, en el diario Seikyo Shimbun del Japón, el 30 de mayo de 1999.]