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Nelson Mandela

Adalid de la libertad

Encuentro con Nelson Mandela poco después de ser liberado de prisión (Tokio, octubre de 1990)


Nelson Mandela irradiaba convicción cuando lo recibí en Tokio, una tarde de julio de 1995. Era nuestro segundo encuentro. Había pasado más de un año desde que había asumido la presidencia de Sudáfrica.

El “peligroso criminal” que había estado encarcelado veintisiete años por alta traición era ahora el primer mandatario de su país. La justicia volvía a prevalecer en Sudáfrica luego de un largo cautiverio.

Mandela comenta: “Las cárceles de Sudáfrica estaban destinadas a destruir la humanidad de los presidiarios, para que nunca más tengan la fuerza o el valor de sostener sus ideales”.

“Universidad Mandela”

Los reclusos eran despertados antes del amanecer para que iniciaran las jornadas de trabajo forzado. Durante los trece años que Mandela fue obligado a cortar trozos de piedra caliza de los riscos escarpados de la cantera, encadenado, bajo el sol ardiente.

A pesar de las condiciones infernales, Mandela se dedicó a estudiar y a alentar a los demás prisioneros para que intercambiaran sus conocimientos e ideas. Se organizaron clases secretamente. La Universidad Mandela; así fue llamada por la gente. Mandela nunca abdicó en su intento de cambiar las ideas sesgadas de la gente y hacerse de amigos. Hasta los carceleros llegaron a respetar su espíritu indomable.

Pero la tortura más cruel que vivió fue la impotencia de no poder ayudar ni proteger a su familia de la persecución. Su casa fue atacada y quemada. Su esposa fue hostigada constantemente, fue detenida e interrogada. Mandela estaba en prisión cuando supo que su madre había muerto de un ataque cardíaco. Quedó sobrecogido de un dolor indescriptible al imaginar que su madre había fallecido preocupada por el bienestar de su hijo, inmerso en la defensa de la libertad y la dignidad. Poco después, supo que su hijo mayor había muerto de un sospechoso accidente automovilístico.

Encuentro con Esperanza

A pesar de todas esas experiencias, Mandela nunca dejó de tener esperanza. En 1978, luego de que habían transcurrido dieciséis años de encarcelamiento, se le permitió encontrarse con su hija Zeni, que acudió a prisión con su hija recién nacida. La última vez que Mandela había abrazado a su hija fue cuando aún era una pequeña bebé, como la nieta que tenía ante él. Mandela rememora el momento en que sostuvo a su nieta en sus brazos: “Fue una alegría inenarrable sujetar a un bebé recién nacido, tan frágil y suave, con mis manos encallecidas que solo habían agarrado picos y palas durante tantos años. Nadie fue tan feliz como yo ese día”.

Zeni le pidió a su padre que escogiera un nombre para la niña. Cuando Mandela observó a la pequeña, pensó en el futuro. El apartheid sería cosa de un pasado distante. Se la imaginó caminando orgullosa y sin miedo, a ella y a los de su generación, bajo un sol libre, en un país en donde todos vivían en armonía e igualdad. Finalmente, decidió nombrarla Zaziwe, que significa esperanza.

Humanidad invisible

El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, da la bienvenida a Nelson Mandela (Tokio, octubre 1990)

El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, da la bienvenida a Nelson Mandela (Tokio, octubre 1990)

Cuando Nelson Mandela y yo nos conocimos en 1990, le propuse que organizáramos proyectos para dar a conocer la realidad del apartheid en Japón y promover la educación en Sudáfrica. Él asintió con gusto. Su secretario, Ismail Meer, comentó que la propuesta del intercambio cultural representaba para ellos la restauración de la dignidad humana que había sido despojada largamente de las mayorías sudafricanas por cuestiones de raza.

La tendencia a etiquetar y excluir a la gente no es propia de Sudáfrica. El prejuicio incuba el abuso a los derechos humanos en cualquier lugar. Al diferenciar a las personas de esa manera, se deja de ver la condición humana de los individuos; desaparece la empatía. Se deja de apreciar a la persona que se tiene delante.

Dividiendo el continente

El desinterés de ver a la población africana como un colectivo humano es evidente en los límites territoriales trazados arbitrariamente por las autoridades coloniales. África no fue jamás un continente oscuro, sino que lo fue la imposición extranjera. Tampoco fue pobre, sino que quedó empobrecida por la explotación. Incluso, durante la Guerra Fría, llegó a ser escenario de una guerra subsidiaria entre Oriente y Occidente, que enriqueció a los traficantes de los países desarrollados. Y ¿qué dijo el mundo sobre tanto sufrimiento en África? Algunos osaron decir que África había fracasado. ¡Qué arrogancia!

Igualdad para todos

Mandela declara: “Mi vida es una contienda”. En 1962, fiel a sus principios, convirtió el tribunal que lo juzgaría en un campo de batalla donde expuso valientemente su alegato por la justicia. De pie ante el juez, exigió que se reconociera el derecho al sufragio universal, incluso a los ciudadanos de color. “No estoy moral ni legalmente obligado a obedecer leyes promulgadas por un parlamento que no me representa”.

Desde su celda, Mandela continuó inspirando a las multitudes. Aunque no podía comunicarse directamente con el pueblo, su sola existencia era, de por sí, una fuente de esperanza.

El mundo apoyó su lucha contra el apartheid imponiendo sanciones económicas y boicoteando eventos culturales y deportivos. Desesperado, el gobierno sudafricano le propuso pactar en varias oportunidades. Mandela rechazó todas las ofertas; si aceptaba dañaría la integridad del movimiento opositor. Se negó a la excarcelación porque el país tampoco era libre. A sus ojos, el pueblo sudafricano vivía en una prisión.

“La nación del arco-iris”

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Representantes de los departamentos juveniles de Soka Gakkai saludan al Sr. Mandela en el edificio del periódico Seikyo (octubre de 1990)

Pero finalmente, llegó el día de su liberación. El 11 de febrero de 1990, Mandela se dirigió a la multitud que se había congregado en Ciudad del Cabo de la siguiente manera: “Aquí estoy, frente a ustedes, no como un profeta, sino como un humilde servidor de mi pueblo. Me encuentro aquí gracias a su sacrificio incansable y heroico. Por eso, deposito en sus manos los años restantes de mi vida”.

Mandela soñaba con una nación gobernada, no por blancos o negros, sino por un arco iris humano, en donde todos fuesen iguales. Una vez dijo: “Es un ideal por el que quiero consagrar mi vida; un ideal que aspiro concretar; y, si fuese necesario, un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

“Están conmigo”

Las primeras elecciones libres de Sudáfrica se celebraron en abril de 1994. Cuando Nelson Mandela se acercó a la urna, pasaron por su mente los incontables rostros de los caídos en la lid; hombres, mujeres y niños que dieron su vida para que él y el pueblo sudafricano disfrutasen de ese glorioso día.

Las filosofías más profundas anidan en el corazón de los oprimidos. Mandela dice: “Durante aquellos largos y solitarios años, mi deseo de liberar a mi pueblo se convirtió en el deseo de libertad para todos los pueblos, blancos y negros. Sabía que era imprescindible liberar a ambos: al opresor y al oprimido. Un sujeto que arrebata la libertad de alguien es prisionero del odio; es una persona encerrada tras las rejas del prejuicio y la mezquindad. (...) Tanto el opresor como el oprimido están privados de su humanidad”.

Ese hombre que pasó la mitad de su vida adulta cautivo nos muestra el profundo significado de la libertad. La libertad se encuentra fundamentalmente en donde la convicción es inamovible. Una persona auténticamente libre es quien vive fiel a sus principios, sin dejarse avasallar por las circunstancias. Como dice Mandela: “Ser libre no es simplemente desprenderse de las cadenas, sino vivir con respeto y honra hacia la libertad ajena”.

La lucha de Nelson Mandela contra el apartheid fue una lucha espiritual, una contienda por la dignidad humana, en aras del género humano.

(Fuente: Texto extraído del libro One by One de Daisaku Ikeda, donde el autor narra sobre diversas personalidades.)

[Cortesía de la revista SGI Quarterly, octubre 2005.]