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Mi madre

(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.)

Mi madre fue una sencilla mujer del Japón, como muchas nacidas a fines del siglo XIX, cuya vida estuvo por entero dedicada a su difícil esposo y a la crianza de sus ocho hijos, siete varones y una niña. Yo fui el quinto de ellos. Pero también hubo en mi hogar dos niños adoptados, por lo que, en total, fuimos diez hijos. La vida de mi madre no fue de ninguna manera fácil. Mi padre, quien murió en 1956, fue un hombre terco y obstinado, que se ganó en el vecindario el mote de "el intransigente". No me cabe duda de que ella necesitó una enorme dosis de paciencia para mantenerse al lado de su esposo, hasta que este falleció.

Además de realizar las labores domésticas, mi madre también contribuía con el negocio familiar de las algas marinas. Producirlas toma muchísimo tiempo, y es un trabajo realmente duro. Todos los días, durante la temporada de cosecha, ella se subía a un pequeño bote, muy temprano a la mañana, y partía a recoger algas. Para sacarlas, tenía que meter las manos en el agua helada del mar, por lo que siempre las tenía resquebrajadas y adoloridas. Como si eso fuera poco, debía cocinar y cuidar a los niños; y aun así, siempre mantenía la casa limpia: quitaba el polvo, barría y, con un paño húmedo, limpiaba con sumo cuidado cada uno de los tatami (esteras) del piso. No era raro que cargara a uno de los niños sobre sus espaldas mientras lavaba la ropa a mano, o que remendara prendas hasta avanzadas horas de la noche.

Jamás la vi tomar un descanso o dormir una siesta. Creo que estaba demasiado ocupada para detenerse a reflexionar sobre el sentido de su vida. Pero dio lo mejor de sí como ama de casa. Ella nunca habría podido realizar tantas labores hogareñas ni mantenernos alimentados y vestidos pulcramente, si no hubiese sido una mujer muy bien organizada y metódica. Su trabajo era tan eficiente, que era casi un arte. Jamás actuaba infructuosamente, y la distribución que daba a cada cosa en el hogar tenía un sentido y un propósito. Mi madre no fue en modo alguno alguien excepcional, pero considero que fue una gran mujer.

En aquella época existía un claro dominio masculino dentro de la sociedad, por lo que las mujeres tenían escasas oportunidades y ningún poder de decisión. Sin embargo, pese a lo difícil de las circunstancias, mi madre siempre sacó fuerzas de su interior y se entregó sin descanso al bienestar de su familia. Ella, que jamás se quejaba de nada, solía decir, con su eterno buen humor, que éramos los "campeones de la pobreza". Cualquiera fuese mi circunstancia, su presencia me llenaba de esperanza y de coraje.

Llevo eternamente grabadas las palabras de mi madre en el corazón. A veces, parecen resplandecer como si una refulgente luz brotara de un diamante. Aún puedo sentir que me habla con una voz cálida y cariñosa, que apacigua mi espíritu y me otorga nuevo vigor. Una voz que me alienta a hacer lo correcto y me ayuda a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Recuerdo vívidamente sus palabras sencillas, nada extraordinarias: “Nunca hagas algo que les cause problemas a los demás”; “no mientas”. Y cuando comenzamos a asistir a la escuela, nos advirtió: “Una vez que decidan hacer algo, asuman la responsabilidad y háganlo".

También aprendí de sus acciones. A pesar de que éramos tantos los niños con los que tenía que lidiar en todos los aspectos, desde distribuir la comida para ellos hasta intervenir en nuestras peleas, siempre se mostraba justa e imparcial. De hecho, era una jueza y árbitra muy diestra.

Recuerdo una ocasión en que estábamos cortando una sandía para compartirla. Uno de los niños, que ya había terminado su porción, le dijo a mi madre: “Yo sé que a ti no te gusta la sandía; ¿puedo comerme tu pedazo?”. Ella le respondió: “Ah, es que de pronto comenzó a gustarme”, y apartó una porción para otro de los niños, que estaba ausente. La voz y la expresión de mi madre en aquel momento han quedado grabadas de manera indeleble en mí. Recuerdo cuánto me conmovió la imparcialidad de su amor. A pesar de ser una mujer adulta, nunca olvidaba lo importantes que resultaban esas pequeñas cosas para los chicos.

Un incidente ocurrido durante la guerra me mostró la gran fuerza interior de mi madre. En marzo de 1944, cuando arreciaban los bombardeos en Tokio, recibimos la orden de evacuar la casa donde habíamos crecido, pues tenían que demolerla para hacer un cortafuegos. Apenas habíamos logrado trasladar nuestras pertenencias a la casa de mi tía y estábamos a punto de mudarnos, cuando comenzó una incursión aérea sobre el vecindario. El lugar quedó envuelto en llamas, y la casa de mi tía, que recibió un impacto directo, se incendió totalmente. Lo único que mi hermano menor y yo pudimos rescatar de las llamas fue un viejo baúl. A la mañana siguiente, bajo la bruma del nuevo día, abrimos el baúl, nuestra única posesión.

Lo que encontramos adentro fue una sombrilla y unas muñecas decorativas que en el Japón suelen colocarse para celebrar el Día de las Niñas, el 3 de marzo. “¡Sólo se salvaron del fuego estas cosas inútiles!”, nos lamentamos desilusionados. Pero, a pesar de que debió de haber sentido la misma profunda frustración, mi madre se negó a entregarse al desánimo: “Algún día, volveremos a vivir en una hermosa casa donde exhibiremos las muñecas como corresponde”. Sus palabras nos arrancaron una sonrisa, y luego, francas risas. En esas risas encontramos la esperanza.

Guardo claramente en mi memoria otro episodio de la guerra. Fue cuando vi un B-29 estadounidense que había sido alcanzado por una descarga de fuego de ofensiva. Quedé paralizado cuando observé al joven piloto del avión lanzarse a tierra en su paracaídas. Supe después que, cuando descendió, una multitud de vecinos comenzó a atacarlo, hasta que finalmente intervino la policía y se lo llevó. Corrí a casa y le conté a mi madre lo que había visto. Sinceramente acongojada, dijo: “¡Qué terrible, su madre debe de estar muy preocupada por él!”. Para ella no tenía la menor importancia que el piloto fuera o no enemigo. Su respuesta me impresionó profundamente.

Mi madre fue una persona común, que siempre se sintió a gusto con la tranquila existencia que llevaba en su pequeño rincón del mundo. Así y todo, de esa vida sencilla y sin pretensiones que ella vivió, yo aprendí muchas cosas importantes. Gracias a su ejemplo, comprendo claramente que no hay razón para que una madre se sienta disminuida o piense mal de sí misma por no haber recibido una gran educación. Una mujer que trata de aprender de todo lo que la rodea y que sabe utilizar plenamente la sabiduría que va adquiriendo en su vida cotidiana, es un ejemplo irremplazable para sus hijos.

Apenas una semana antes de morir, mi madre me dijo: “He triunfado en la vida”. ¿Cuántas personas podrían afirmar otro tanto sin temor a equivocarse?