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Para honrar a la madre

[IKEDA, Daisaku: Soka Fujin Shimbun, Tokio, febrero 1995. El poema fue escrito el 2 de enero de 1995.]

¡Madre!
Sublime, noble, indomable...

Aunque eres suave,
¡nadie hay tan fuerte!
Aunque sonríes,
aunque cautivas con tu gracia,
también sabes intimidar.

Quizá te muestres simple
como los niños,
pero eres, en verdad,
una perspicaz alumna de la vida,
una “doctora en Asuntos Cotidianos”.

¡Qué oscuro sería el mundo, sin ti!
¡Qué tibio, en las cuatro estaciones,
lo es, contigo!
Haces que sople la brisa más fragante,
haces que florezca el más armonioso jardín.

Tu corazón es el de un bodhisattva,
tu alma, la de un buda.
Y en tu forma de guiar, de conducir,
lo que despliegas es arte y maestría.

Podrás sufrir, estar triste o deleitarte:
de todas formas siempre sabes
cómo crear un mundo
seguro y digno de disfrutar.

Eres un médico brillante
cuando hay que curar las heridas del alma.

Y tu corazón,
tan hondo como el océano...
Y tus ojos, siempre abiertos,
que buscan y buscan la verdad...
Y tu mirada, familiar y cálida...

Día tras día,
en la cresta del alba,
al nadir de la noche,
tus palabras sin palabras nos dicen:
“No he de abandonarlos; no, todavía...”.

Ese alma prodigiosa
que arde, empurpurada,
como el Sol...
¡cúanto nos nutre con su luz espléndida...!

¡Esa lumbre, transida de amor,
que nos toca y nos inunda,
ahuyentando la sombra y la tiniebla!
No hay día que no marques el rumbo,
que no guíes al pueblo
hacia las nobles alturas de la paz.

Sabes crear lazos de alegría
con todos los que encuentras:
la tuya es la lucha más compasiva
por los derechos del hombre,
por la paz, por el avance sin pausa
--paso tras paso--
hacia un mundo mejor.

¿Quién podría igualarte
o dejarte atrás?
Ningún político, por cierto,
ningún famoso,
ninguno encumbrado en el poder.

Es tal tu grandeza,
que has acopiado un cofre ilimitado
de recuerdos
de valor y de profundidad sin par.

¿Qué pueden importarte a ti las riquezas?
En cambio, allí está tu sonrisa,
serena, imperturbable...

Entre risas,
alabas tus propios y sencillos manjares,
“¡mejores de los del mejor restaurante!”.

Festejas tu casa pequeña y atestada,
“¡más práctica y mucho más fácil de limpiar!”.
Te elevas por sobre toda la malicia;
nunca puede alcanzarte la crítica mendaz.

Eres la protagonista de la realidad:
¿hay alguna celebridad que te iguale en sabiduría?
En el escenario más grandioso,
en las más sublimes alturas,
tú danzas junto a los budas
de las tres existencias,
mientras te envuelve el aplauso
estruendoso de las deidades budistas.
¡He aquí verdadera popularidad!

Sin dar crédito a calumnias
ni a críticas infundadas,
sabes muy bien quién es hipócrita,
quien vive consumido por los celos,
quien se entrega a la mentira.
No se me ocurre que haya un fiscal
que se atreva a ser el rival
de tan recta perspicacia...

Nunca te rindes bajo el yugo de la autoridad,
jamás cedes ante la mendacidad maligna;
eres madre,
¡madre de la verdad y de la justicia!

Para ti, mi gratitud.
Para ti, mi más profunda reverencia.