header
Loading
a+ a- print

¡Que flamee, intrépido, el estandarte de los jóvenes!

[IKEDA, Daisaku: Seikyo Shimun, Tokio, 10 de junio de 1998.]

Dedicado a nuestros sucesores, los amados miembros de la División de Jóvenes, tesoros de la SGI.

¡Que soplen, furiosos, los vientos!
¡Que crezcan, bravías, las olas!

Yo soy la juventud,
la insignia escarlata que flamea en la tormenta:
nada me intimida,
nada me doblega.

El preciso lugar donde me erijo
es el punto inicial de todas mis campañas;
el instante actual, el hoy,
es el llamado perpetuo de los nuevos desafíos.
Cuando pienso en el futuro,
siento arder flamígero en mis venas
un torrente de valor y de fuerza ilimitada.

¡Vendavales y olas!
Soy joven y audaz;
con bravura lucharé
y opondré temible resistencia
a sus embates inclementes.

Tú, amigo, ve por mar,
que yo marcharé por tierra.

Intrépido me he de erguir
ante la contienda de mi vida;
zarparé rumbo al norte que he escogido
como objetivo de mi existencia
con inquebrantable decisión
para emprender, sin dudar, la misión más loable.

Soy el joven que se lanza a la tormenta
sobre las alas gloriosas de la libertad.

Con ellas, llego más alto
que los veteranos líderes de las naciones.
Con ellas, miro lo esencial
con más sagacidad que los políticos astutos.

Tan rotunda es la preeminencia de los jóvenes,
que nada la puede desintegrar,
pues abrazamos la estrella de un destino eterno,
decidida la vida a brillar.
Así es nuestra juventud,
amplia en su despliegue sobre la escena del mundo.
¿No es la juventud, entonces,
el tesoro de la humanidad?

¿No son los jóvenes, acaso,
de la paz la verde pradera?
Cuando nos unimos tras una misma meta,
resuena un trueno ensordecedor
que condena los abusos del poder arrogante.

Su porte gallardo,
sus ojos brillantes
rebosan de vida,
de energía inextinguible,
con la cual, sin límite,
avanzan los jóvenes.
Y cada una de sus manifestaciones
exhibe los nobles rasgos de la esperanza.

La juventud así no arredra
ante los obstáculos ni el dolor,
ni arredra ante la pena;
por el contrario,
unos a otros los jóvenes se alientan;
vuelcan cada palmo de sus fuerzas
para erigir, en su propia existencia,
un Arco del Triunfo colosal.
Allí flamea, intrépida,
la insignia escarlata de la victoria más brillante.

¡Sin falta avanzaré!
¡Esta es la prueba que dejaré,
en esta existencia,
de una juventud insuperable!

"¿Cuál es el propósito de cada cosa?"
He aquí mi constante pregunta
que, en busca de respuestas,
se traduce en lucha interminable.

Cuando en la noche brame la tempestad furibunda,
cuando azoten las olas, con saña sin cuartel,
yo sabré sólo avanzar,
resuelto e indomable.
Mis ojos no buscarán más que al primer sol,
ése que majestuoso, sobre el cielo del Levante,
nunca deja de ascender.

¡Jóvenes, entrañables amigos!
¡Con sagaz discernimiento,
agucen la mirada, hablen con valor,
marchen siempre sin dudar!
Recuerden que, allende el horizonte,
vendrán seguidores por miles,
buscando la luz intemporal del Sol.

¡Ah, jóvenes amigos,
prepárense para montar
sus raudos corceles blancos!
Marchen,
a la vanguardia del pueblo,
consagrados a la misión
que el Buda nos propuso concretar.

¡Es hora de salir al galope,
puro avance, pura valentía!
Surquen montañas y valles,
crucen millas y leguas con alegría,
sin que nada sea obstáculo.
En alas de la dicha exultante,
marchen junto a sus pares en la fe,
por la vasta extensión del mundo.

¡Atraviesen la lóbrega penumbra!
Pues cada gota preciada de sudor
y cada palmo de su esfuerzo
los llevarán al escenario de oro de la época nueva
con la que todos venimos soñando.

¡Bien alta la cabeza, jóvenes!
¡Bien erguido el porte, mis amigos!
En cada contienda, elijan la línea del frente,
y que su presencia se dé a conocer.

Nada ni nadie es contrincante
capaz de vencer a la juventud.
¿De qué se trata la victoria, en suma?
De no rendirse nunca,
de no darse por vencido jamás.

Los jóvenes no conocen el desaliento.
Pues al que nunca baja los brazos,
ni sumido en la peor adversidad,
le espera un escenario restallante.

¡Obsérvenme!
Cuando despierte,
cuando despliegue mi verdadero potencial,
nacerá por fin el tiempo nuevo,
y asomarán los rayos de una gran revolución.

Soy la mirada que refleja el porvenir,
soy el relámpago de la elocuencia inspirada
que desbroza la mentira de la verdad.
Soy la filosa espada de la justicia
que cercena y corta el mal,
que eternamente lucha
para que la sociedad despierte.
Así es la juventud.

¡Qué se encienda la luz en los ojos de los jóvenes!
¡Qué se adueñe la fortaleza de los jóvenes corazones!

Se cierra el telón sobre ti,
siglo sangriento de muerte y de horror.
¡Qué heridas dolorosas has dejado!
¡Qué amargo legado de pena y de terror!
Has hecho temblar a la humanidad
bajo la sombra de las armas más perversas;
la has dejado, estremecida y trémula,
bajo las nubes más negras
que han poblado el horizonte.
¡Qué lúgubre y opresivo se ha vuelto
este clima finisecular!

Los acordes de la destrucción
se apoderan de la sinfonía del siglo viejo:
ay, el son ominoso de los bombardeos,
ay, el ruido nefasto de las metrallas,
y los gritos de los niños,
y los gritos de las madres,
lamento malhadado de los que buscan refugio
y no lo hallan...

"Ay, amigos,
¡no más estos sonidos!",
imploraba Beethoven.

El canto imponente de la juventud
revitalizará la historia
y cerrará la ominosa memoria
de tanto sufrimiento humano.

Cuando arribe, por fin, la nueva época,
serán ustedes, los jóvenes,
quienes dirigirán la sinfonía colosal
que habrá de resonar por el vasto universo.

¡Mis amigos:
a cantar, a danzar, a regocijarnos juntos!

Se eleva el telón:
¡que comience la obertura más digna y grandiosa!
Es que ya se escuchan los acordes
de una portentosa orquesta sinfónica.
¿Quiénes son sus músicos? La heroica juventud.

Ha sonado la campana que anuncia la partida.
¡A levar las pesadas anclas!
¡A izar las velas!
Es hora de que zarpen los jóvenes
y emprendan su magna travesía incesante,
envueltos en la luz brillante
de una miríada de estrellas.

¡Camaradas de las tres existencias!
¿Están listos para la victoria?
No descuiden, jamás, ni el mínimo detalle.
Pero cuando hayan dejado el muelle atrás,
tampoco vuelvan hacia tierra la mirada.

¡Apróntense ya!
Encuentren la ruta certera sobre las aguas,
como orcas majestuosas;
piensen en las gigantescas olas que suben y bajan
como la caricia mansa de una mecedora;
recuerden que la osadía y el valor
son, para la victoria, las claves esenciales.

¡Les hablo a cada uno de ustedes!
Obren para conseguir que todos,
amigos y contrincantes,
lleguen hasta la orilla
de la dicha y de la paz,
todos, sin excepción,
todos, sin falta.

Sean, a veces, la proa del navío,
primera siempre en campear vientos y olas.
Sean, a veces, el motor rugiente
o sus turbinas propulsoras.

Y sean, también, los que trabajan día y noche
en la sala de máquinas,
cubiertos de grasa y de tizne.

¡Les hablo a cada uno de ustedes!
Surquen los mares tempestuosos
con energía y pasión,
y concreten el periplo del perfeccionamiento humano;
láncense a explorar una ruta sin mapas,
enmarañada por la espesura virgen,
y busquen con arrojo las costas lejanas.

La vida es una lucha.
La vida es una contienda que dura hasta el final.
Nadie puede escabullirse,
nadie la puede evitar.

Yo soy un guerrero valeroso;
así esté solo,
invariablemente me he de levantar.
Mi corazón nunca se aleja del campo de batalla;
de ese campo donde el descanso no existe.

Estoy de pie en el escenario
de la contienda más encarnizada,
que pone frente a frente fuerzas opuestas:
la esperanza y la desesperación,
el valor y la cobardía,
la inacción y el desafío.

Aunque la tierra sea mi único alimento,
aunque las uñas sean lo único que me sostenga
del peor precipicio,
yo seguiré avanzando,
de a pulgadas, de a centímetros,
decidido a quebrar la adversidad.

¡Amigos, luchen ustedes también,
con postura de noble heroísmo!
Recuerden las palabras del Daishonin:
"¡Los discípulos de Nichiren nada lograrán
si se rinden a la cobardía!".
Recuerden lo que dijo Nikko, su sucesor:
"Hasta que logremos el kosen-rufu,
propaguemos la Ley con toda nuestra capacidad,
empeñando en ello el alma y la vida".

¡Ustedes, jóvenes amigos,
conocen una filosofía de suprema profundidad!
¡No se dejen engañar por la hipocresía,
no muerdan el tentador anzuelo de la ilusión!
¡Desenvainen la espada espiritual de la justicia
y luchen, hasta que ya no quede en pie
ni un solo asomo de tiranía!

¡Que resoplen los vientos del coraje,
que tañan cada día,
bien sonoras las campanas del avance!
¡Y que ensordezca el rugido formidable
de los camaradas, pletóricos de fuerza,
invencibles en la unión!

¡No teman al aullido de los lobos!
¡Háganles oír el rugido del león!

En el mundo en que vivimos
prevalecen las cinco impurezas.
Sólo hay lugar para el avance, entonces,
hasta abrir las compuertas del dique
que contiene nuestra indignación
frente a aquellos que destruyen la justicia.
Que sepan, de una vez por todas,
cuán eterno y cuán amargo
habrá de ser su remordimiento.

¡Triunfemos!
¡Hasta derramar, juntos,
lágrimas de júbilo y de alegría!
¡Jamás nos rindamos
ante la impostura y la opresión!

¡Y les digo, jóvenes,
en el transcurso de nuestra lucha,
infaliblemente
derribemos a cada enemigo del Buda!
¡Seamos el sol cuya lumbre magnífica
libere a los pueblos de todo temor!
En La ciudad eterna,
la célebre novela de Hall Caine,
dos jóvenes camaradas llamados Rossi y Bruno,
unidos por su mutua confianza,
luchan hasta los límites de su ser,
firmes y sin que el miedo los detenga en su causa.
Ni la amenaza de la muerte les podrá impedir
que construyan una "ciudad eterna" del corazón.

Mis jóvenes amigos,
construyan ustedes también
su propia ciudad eterna,
unidos en pos de un objetivo
y haciendo gala de una consagración
tan bellamente unida e inseparable,
que supere, incluso, a la de aquellos héroes.
Que la ciudad eterna construida por ustedes
perdure a través del pasado, el futuro y el presente.
Esta tarea es su misión:
su nombre es kosen-rufu.

Hasta que ese objetivo se concrete,
únanse con solidez
y no cesen de avanzar.

Hay incontables jóvenes,
innumerables compañeros
que comparten esta filosofía de paz,
no sólo en el Japón,
sino en América del Norte,
en América del Sur y Central,
en Europa y Africa,
en toda Asia y Oceanía,
y en cada rincón del orbe.

Tomados de las manos
con los jóvenes del mundo entero,
extendamos una red sin límites ni trabas;
trabajemos en concierto
y construyamos, por fin, una ciudad eterna,
un reino de brillo indestructible,
que resplandezca en el siglo XXI.
3 de julio

En conmemoración del día en que mi maestro recuperó la libertad,
y de la fecha en que yo mismo fui encarcelado.