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Zhou Enlai

Un gran líder del pueblo

Encuentro con Zhou Enlai, premier de China (Pekín, diciembre de 1974)

(Traducción de un ensayo perteneciente a Obras completas de Daisaku Ikeda. 1)

Recibí la noticia de la muerte de Zhou Enlai cuando estaba en Kansai. Había acaecido lo inevitable. En mis oraciones, le dije: “Qué agotador habrá sido. Por favor, descanse en paz”. Era el 9 de enero de 1976. Yo había salido de Osaka para asistir a una reunión de la Soka Gakkai en Kioto. Los mil participantes de ese evento oramos juntos deseándole tranquilidad eterna. (La muerte del primer ministro de la China, Zhou Enlai, se produjo el 8 de enero, pero el hecho se dio a conocer el día siguiente.)

Zhou Enlai estudió en Kioto de joven. Antes de irse de Japón, decidió visitar el parque Maruyama y las pintorescas montañas del Arashiyama, en las afueras de la antigua capital. Era un día de primavera de 1919 y él tenía veintiún años. Cuando llegó a Arashiyama, encontró el cielo encapotado por la lluvia. El agua chorreaba impetuosamente por los pinos verdes en las márgenes del río.

¿Cómo salvar al pueblo del sufrimiento? Ese era el pensamiento que rondaba en su mente. Vino al Japón en busca de respuestas, pero pronto comprendió que tras una aparente prosperidad columbraba el decaimiento de una población empobrecida que menopreciaba a los demás pueblos asiáticos.

“Es hora de volver. Regresaré a mi patria”, se dijo. Cuando elevó la mirada había escampado. Los cerezos de las colinas verdes relucían como antorchas, etéreas, en medio del atardecer.

El parque Maruyama estaba repleto de gente que intentaba disfrutar de la vista nocturna de las flores de cerezo. Las copas de los cerezos iluminadas por los faroles derramaban destellos rosáceos. Era un paisaje idílico.

El día que estuve con Zhou Enlai, le propuse: “Por favor, vuelva al Japón en la época de los cerezos”.

“Me encantaría, pero creo que será imposible”, respondió.

Esa conversación tuvo lugar el 5 de diciembre de 1974, un año antes de su deceso, cuando ya estaba gravemente enfermo.

Apenas nos vimos, lamentó no haber concretado nuestra reunión durante mi primera visita a China. Fue impedido por su salud.

Ikeda con su esposa, Kaneko, deteniéndose en la estación de Guangzhou durante su primera visita a China (mayo de 1974)

Ikeda (3º por la derecha) con su esposa, Kaneko (derecha), deteniéndose en la estación de Guangzhou durante su primera visita a China (mayo de 1974)

Yo había estado por primera vez en su país seis meses antes. A los dos días de mi arribo a Pekín, el 1 de junio de 1974, el primer ministro fue hospitalizado para una intervención quirúrgica. Le habían diagnosticado un cáncer en el verano de 1972. En los meses siguientes, estuvo setenta y dos días internado, pero aún así continuó ejerciendo su extenuante labor. A inicios de 1974, su condición se agravó. Como no podía permitirse un descanso, siguió trabajando dieciocho horas diarias, y a veces, hasta treinta horas corridas sin dormir. En abril, sufrió un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda. El problema volvió a presentarse tres veces en mayo, por lo que tuvo que recurrir al inhalador y guardar reposo. Fue después de eso que, finalmente, aceptó ser operado.

El premier Zhou había tenido la delicadeza de preparar con esmero mi primer viaje a su país. Indagó sobre mis hábitos a través de su equipo de colaboradores con el fin de hacer grata mi estancia: mis comidas preferidas, si era fumador o no, y toda suerte de detalles. Le pedí que no se tomara tantas molestias ya que su gesto era más que suficiente y yo estaría gustoso de adaptarme a las costumbres y normas de mis anfitriones. Fue tan amable que hasta dispuso que cambiaran las cortinas de la habitación en que me hospedaría por unas más pesadas para que durmiese mejor. En cada lugar, encontré muestras de su consideración.

En setiembre de 1974, hice mi primer viaje a Moscú para sostener un encuentro con el premier soviético Aleksey N. Kosygin. El clima de tensión entre la China y la Unión Soviética era agudo. Sin embargo, al conversar en persona con el primer ministro Kosygin, comprendí que él respetaba a Zhou Enlai por su talla humana y confiaba en que la disyuntiva con China se resolvería mientras estuviese su homólogo.

Zhou Enlai cae gravemente enfermo

Pero el gran árbol que daba su sombra protectora a China cayó enfermo. Desde su hospitalización en junio, hasta su muerte dieciocho meses después, Zhou Enlai fue sometido a quince operaciones, es decir, a una cada cuarenta días. Siete de las intervenciones fueron sumamente delicadas. Necesitó más de cien transfusiones sanguíneas. A pesar de las circunstancias, no dudó en transformar su cuarto de hospital en un despacho, preocupado por el bienestar de sus mil millones de compatriotas. “Todavía puedo escuchar y pensar”, decía. Rehusó tomar calmantes porque quería mantenerse lúcido y evitó exteriorizar su agonía a base de fuerza de voluntad y determinación.

La Revolución Cultural estaba en su auge y China lo necesitaba. La Banda de los Cuatro pretendía deshacer lo que incontables ciudadanos habían construido con tanto esfuerzo, unión y sacrificio. Con el fin de conseguir sus propósitos, la Banda de los Cuatro y sus partidarios recurrieron a toda suerte de maniobras: traición, violencia, acoso, extorsión... El gemido de millones llegaba a los oídos de Zhou Enlai que, languideciente, hizo todo cuanto pudo para ayudar al pueblo. La gente acudía a él porque era el único capaz de detener los atropeyos.

Para la Banda de los Cuatro, Zhou Enlai era un acérrimo enemigo, una piedra en el zapato. Si no fuese por él, tendrían el libre control del gobierno. Intentaron de todo para derribarlo. Incluso trataron de perjudicarlo indirectamente maquinando incesantes ataques mediante una campaña de crítica contra Lin Biao y Confucio.

La Banda de los Cuatro incluso intentó obstaculizar su tratamiento médico. Un día Zhou Enlai recibió una llamada telefónica en plena transfusión de sangre. Se trataba de uno de los dirigentes de la banda. El sujeto ordenó: “Comuníquenme con él ahora mismo. No me hagan esperar”. Aunque Zhou Enlai estaba sedado, los médicos tuvieron que interumpir la transfusión, despertarlo y llevarlo al teléfono. En cierta ocasión, otro de ellos llegó al hospital exigiendo ver al premier a pesar de que estaba en medio de un tratamiento. Era una burda excusa para importunarlo ya que no tenía ninguna necesidad apremiante. El hombre charló de cosas triviales unos minutos y se marchó. ¿Cuál era su intensión? Debilitar al primer ministro en mente y cuerpo.

Yo conocí a Zhou Enlai en el momento álgido de esa tormenta. Los ataques se agravaron notoriamente en diciembre. En enero de 1975 se celebraría el Congreso Nacional del Pueblo luego de diez años. La Banda de los Cuatro quería adquirir el control del país desesperadamente. Si eso sucediese sería el fin. La condición física de Zhou Enlai era delicada. Tenía tanto por hacer, pero le quedaba poco tiempo. Su esposa Deng Yingchao era la única que conocía los sacrificios descomunales de Zhou Enlai y su devoción absoluta al pueblo chino.

Contra las indicaciones de los médicos

Encuentro con el primer ministro Zhou Enlai. De izquierda a derecha: Lin Liyun (intérprete del premier), Zhou Enlai, Daisaku Ikeda y Kaneko Ikeda

Encuentro con el primer ministro Zhou Enlai. De izquierda a derecha: Lin Liyun (intérprete del premier), Zhou Enlai, Daisaku Ikeda y Kaneko Ikeda

Nuestra cita fue planeada a último momento. El primer ministro Zhou Enlai estaba aguardando que mejorara su salud pero eso no sucedía. Finalmente, llegó mi último día en China.

En Pekín, la delegación de la Soka Gakkai ofreció un banquete para agradecer a los anfitriones. Cuando el evento estaba por culminar, el presidente de la Asociación de la Amistad Sino-Japonesa, Liao Chengzhi, se me acercó y susurró: “Presidente Ikeda, necesito hablar con usted un segundo”. Lo seguí hasta otra sala, donde me dijo: “El primer ministro Zhou lo espera”.

Sabía que el primer ministro estaba enfermo, así que rehusé: “De ninguna manera podría aceptar. No quisiera afectar su estado. No quiero causarle molestias. Por favor, dígale que estoy profundamente agradecido por su gesto”. Desconocía los detalles, pero esa mañana, el vice primer ministro Deng Xiaoping me había comentado que la salud del mandatario era delicada.

El rostro del presidente Liao se nubló ante mi negativa. Me explicó que, como fiel colaborador de Zhou Enlai, no podía dejar de cumplir la misión que le había encomendado. Entonces decidí aceptar. Y acoté: “Iré. Pero no quiero molestarlo demasiado. Serán solamente dos o tres minutos”.

Guiados por el señor Liao, yo y unos cuantos acompañantes míos nos movilizamos en automóvil. Luego de viajar quince o veinte minutos, llegamos a un edificio sencillo. Se trataba del Hospital 305 en donde estaba internado Zhou Enlai.

Más tarde, su esposa Deng Xiaoping le contaría a un amigo japonés: “El camarada Zhou Enlai quería encontrarse con el presidente Ikeda a toda costa. Pero el equipo de médicos que lo atendía en el Hospital 305 se opuso tajantemente por temor a que se agravase su condición. Le dijeron que podía costarle la vida; si quería hacerlo, tendría que asumir las consecuencias. Pero como el camarada Zhou insistió en que debía hacerlo a cualquier costo, los doctores vinieron a verme para pedirme que lo convenciera. Yo les dije que si el camarada Zhou estaba tan empecinado en ver al presidente Ikeda, deberían pemitírselo. Así fue como esa misma noche se vieron”.

Ese era el grado de comprensión mutua que había entre Zhou Enlai y Deng Yingchao.

En Pekín hacía mucho frío. Tanto que la intérprete Lin Liyun le ofreció su abrigo a mi esposa. El frío se intensificó entrada la noche. A pesar de las gélidas temperaturas, el primer ministro Zhou Enlai estaba esperándonos de pie en el vestíbulo. Cuando me acerqué me dijo: “Gracias por venir”. Extendió el brazo y estrechó mi mano vigorosamente.

Me observó fijamente durante un buen rato. Tenía una mirada penetrante pero bondadosa que no dejaba escapar nada. Era un hombre que desprendía un aura inexpresable. A pesar que era nuestro primer encuentro, sentí como si ya nos conociéramos. Era una conexión de vida a vida. Zhou Enlai era como me lo había imaginado.

“Tomémonos una foto”, sugirió. Ya estaba todo preparado, así que subimos a una plataforma con él.

Su espíritu resuelto: “Entre el pueblo, con el pueblo”

Fotomontaje conmemorativo oficial con el primer ministro Zhou (primera fila, 2º por la derecha), flanqueado a la izquierda por Ikeda y a su derecha por la esposa de Ikeda, Kaneko

Fotomontaje conmemorativo oficial con el primer ministro Zhou (primera fila, 2º por la derecha), flanqueado a la izquierda por Ikeda y a su derecha por la esposa de Ikeda, Kaneko

Yo había recibido varios mensajes del primer ministro Zhou Enlai a lo largo de casi una década antes de nuestro encuentro. Mantuvimos una comunicación cordial gracias al intermedio del estadista Tatsunosuke Takasaki, que fungía como director de la Agencia de Planificación Económica, y la escritora Sawako Ariyoshi, ambos activos promotores de la amistad sino-japonesa.

Uno de los lemas del premier era “entre el pueblo, con el pueblo”. Zhou Enlai sabía que la Soka Gakkai era una organización nacida del seno del pueblo y que había sido blanco de la opresión gubernamental japonesa por haberse opuesto al militarismo durante la guerra. Él había estado atento a los individuos y las entidades que discrepaban con el nacionalismo.

Zhou Enlai consideraba que el factor más importante de las relaciones amistosas entre China y Japón eran sus ciudadanos. Los tratados y las promesas en papel podían ser violados o eludidos fácilmente si cambiaban los intereses. Sabía que la auténtica amistad bilateral se lograría cuando los pueblos de ambos países se entendieran y confiaran mutuamente.

Basado en esa convicción, en 1968, insté normalizar las relaciones diplomáticas entre los dos países. No era materia de decisión de dambos gobiernos, sino de ambos pueblos. No habría reconciliación sin visión ciudadana. Mi discurso provocó una reacción virulenta. Las críticas decían: “¿Porqué de pronto un líder religioso viste la camiseta roja?”.

En marzo de 1970, el estadista japonés Kenzo Matsumura me pidió acompañarlo a China. A pesar de sus reiteradas invitaciones, decliné por mi posición como líder de la Soka Gakkai, que es una organización religiosa budista laica. Sabía que la vía política era imprescindible para restablecer los lazos diplomáticos por lo que le propuse contactar al Komeito (partido por un gobierno limpio, en japonés) que yo había fundado, para que ellos fueran con él. El señor Matsumura me dijo que informaría al primer ministro Zhou Enlai sobre mí y el partido Komei. Me sentí honrado de que Zhou Enlai confiara en los representantes del partido que yo había creado, asignándoles un papel crucial como puente de la restauración.

Cuando terminamos de tomarnos las fotos, el primer ministro me dijo: “Por favor, acompáñeme”. Cuando se puso de pie y caminó, noté su extrema delgadez bajo los pliegues de su túnica. Lo sostenía su fuerza de voluntad. Para no agotarlo demasiado, decidí que sólo mi esposa y yo entraríamos a la sala adonde nos conducían. Entramos a un cuarto sencillo y sobrio, iluminado tenuemente para no herir sus ojos. Me limité a convesar sólo de lo necesario.

Zhou Enlai departió de muchos temas y manifestó su honda preocupación por el devenir de las cosas. Su mayor desvelo era lo que sucedería después de su muerte. Señaló: “Los últimos veinticinco años de esta centuria serán fundamentales para el mundo. Todos los países deben coadyuvarse mutuamente como partícipes homogéneos”. Estaba dispuesto a trazar un sólido camino por la paz en ese cuarto de siglo, en bien de Asia y del mundo. Deseaba que China y Japón lograsen una relación de paz y amistad en el siglo XXI. Era su voluntad testamentaria.

Años atrás, Zhou Enlai había dicho en un discurso:

“Cuando llegue ese día, todos disfrutarán del trato igualitario y la ayuda recíproca. Todos los seres humanos son hermanos y hermanas sin distinción de color u origen. Cuando eso suceda [cuando se reconozca la autonomía de todos los países], desaparecerá el imperialismo y habrá vida en armonía. Probablemente eso no ocurrirá hasta el siglo XXI. Entonces ya no estaré para verlo. (...) Empero, la juventud será testigo de ello”.2

El primer ministro Zhou Enlai me dijo: “Usted es joven; por eso valoro nuestra relación”. Él tenía setenta y seis años de edad y yo cuarenta y seis.

Señaló: “China jamás será una superpotencia. (...) Pero si eso ocurriese, e intentase dominar el mundo, las demás naciones deberán ponerse de pie y unirse al pueblo chino para destituir ese régimen”. Agregó: “China no ha alcanzado el bienestar económico”. Pero él sabía que cambiaría y que el mañana sería distinto.

En enero de 1975, un mes después de nuestro encuentro, el primer ministro Zhou Enlai anunció un conjunto de metas específicas del programa de las Cuatro Modernizaciones con miras al siglo XXI. Su labor política estuvo centrada en mejorar la condición de vida de la población.

Visión amplia y penetrante

El primer ministro Zhou Enlai tenía una visión de alcance extraordinario como un telescopio. Veía la historia universal en toda su inmensidad. Y a la vez, tenía una visión muy aguda sobre las sutilezas del sentimiento humano como un microscopio. A menudo, yo me refería a él como el Chuko K’ung-ming (Zhuge Liang) del presente, en alusión al heroico estratega del Romance de los tres reinos. Zhou Enlai había asumido una responsabilidad inmensa sin afán de poder ni rédito personal. Fue un general invencible, un diplomático flexible y talentoso y un administrador consumado. Su férreo compromiso le permitió lograr muchas cosas.

Zhou Enlai era el eje y el engranaje de una nación que avanzaba hacia nuevos tiempos. Estaba decidido a transformar el panorama de caos para que China fuese “pacífica y próspera”. Aunque su cuerpo agonizaba por el peso de la carga, él continuó con su tarea con gallardía y orgullo. Nunca le importó la gloria personal. Todo lo que hacía, lo hacía por el pueblo chino. Estaba dispuesto a sacrificarse en cuerpo y alma por el pueblo.

Cuando conversamos, Zhou Enlai aseveró que ansiaba ver la pronta firma de un acuerdo de paz y amistad entre China y Japón. Le prometí que transmitiría su deseo a las partes incumbentes de mi país. Me pareció significativo que mencionara “un acuerdo de paz y amistad” y no meramente “un acuerdo de paz”. Hace un lustro, yo también había propuesto la rúbrica de un tratado de ese tipo en mi novela La revolución humana (en junio de 1969). Nuestro sueño se cristalizó a los cuatro años de nuestro encuentro.

El día que hablamos, comprobé la increíble energía y entusiasmo de Zhou Enlai. Su fortaleza interior era tal que podía haber seguido charlando durante horas. Pero no quería agotarlo así que me mantuve atento al reloj. Cada vez que le hacía señas al presidente Liao Chengzhi para transmitirle que ya era conveniente retirarnos, él me sugería quedarme un rato más. Prácticamente, terminamos conversando una media hora. Nunca olvidaré que, a pesar de su salud, Zhou Enlai se puso de pie y nos acompañó hasta la puerta del edificio.

Hay un refrán que dice: “Atesora cada encuentro porque jamás se repetirá”. Para Zhou Enlai y yo, esa fue nuestra primera y última vez.

Ese día que nos vimos, le regalé un cuadro. Posteriormente, supe que colgó la pintura en su habitación de hospital, retirando la que ya había.

Unos meses después, en la primavera de 1975, llegó el primer grupo de alumnos de intercambio de China a Japón. Cuando el primer ministro Zhou Enlai vivió de joven en Japón sufrió una serie de adversidades, tales como la de no ser admitido en ninguna universidad. Yo quería reparar ese penoso hecho.

Así llegaron seis estudiantes chinos a la Universidad Soka. Un día dije en frente de los alumnos: “El primer ministro Zhou me comentó que le gustaría volver al Japón cuando florecieran los cerezos. Tal parece que será difícil. Por eso les propongo que plantemos un cerezo en su honor, en el campus de nuestra universidad. Será el primer paso de una amistad imperecedera entre China y Japón, que durará toda nuestra existencia y a lo largo de las generaciones a venir”.

En noviembre de ese mismo año, plantamos el Cerezo Zhou Enlai.

Palabras indelebles

Dos meses después, el mundo quedó conmocionado con la noticia del fallecimiento del primer ministro Zhou Enlai.

Llevaba una insignia en su solapa que decía: “Servicio al pueblo”.

Supe que en el quirófano, jadeante, dio instrucciones concernientes al bienestar de los mineros de una región de China. Los hombres ilustres son ajenos al egoísmo. El pueblo copaba la mente y el corazón de Zhou Enlai. Por eso, en sus últimos días, les dijo a los doctores: “No hay nada más que puedan hacer. No pierdan su tiempo en mí. Otros pacientes los necesitan más que yo”.

Hombres y mujeres lloraron su muerte. Zhou Enlai había sido un padre y una madre para el pueblo chino. ¿Quién velaría por ellos como él lo hizo? Montañas y ríos se estremecieron de dolor. El viento invernal sopló lastimero por toda la nación. La Banda de los Cuatro intentó en vano silenciar los lamentos del pueblo. Todo el territorio cayó en duelo.

En abril, cuando llegó el día de los muertos, conocido como el Festival de Qingming, grandes multitudes colocaron flores en memoria de Zhou Enlai en la plaza de Tiananmen. La Banda de los Cuatro ordenó retirarlas, pero la gente siguió ofreciendo flores y la plaza quedó inundada de su muestra de dolor. Las flores parecían susurrar: “Son coronas para usted, de amor y gratitud, que nadie podrá borrar”.

La Banda de los Cuatro siguió infligiendo implacables ataques a la figura de Zhou Enlai, y eso generó indignación en el pueblo. La gente sintió que se enlodaba su reputación. Era imperdonable. Entonces, las multitudes se alzaron para derribar la banda. Ya nadie podía someter la ira popular. El difunto Zhou Enlai vencía a sus enemigos porque el pueblo fue el eje de su vida y la razón de su entrega.

Una delegación de la Liga de Liberación de los Buraku3, que agrupa a las minorías discriminadas del Japón, había visitado China en 1962. Cuando el jefe de la delegación agradeció a Zhou Enlai por el encuentro a pesar de su ocupada agenda, el primer ministro respondió: “No tiene por qué apenarse. Quien se niegue a atender a los más oprimidos y afligidos no merece ser llamado primer ministro de China”.4

Para Zhou Enlai, el pueblo no se limitaba a sus connacionales. Su postura fue evidente también en la cuestión del pago de la indemnización de guerra a China impuesta al Japón. La invasión había cobrado treinta y cinco millones de vidas y había provocado daños directos e indirectos estimados en seiscientos mil millones de dólares. Las víctimas de la devastación necesitaban ser compensadas, así fuese con un porcentaje. Cuando concluyó la conflagración, la mayoría de la población reclamó la prohibición de la industria pesada japonesa. Y para revitalizar al país, también pidieron el desmantelamiento del setenta porciento de las plantas industriales del Japón y su correspondiente traslado a China.

El primer ministro Zhou Enlai objetó: “China no busca indemnizaciones. La población de ambos países son víctimas del militarismo japonés. El resarcimiento económico infligirá mayor sufrimiento y dolor a los damnificados japoneses”.

Los cálculos más precisos sugieren que el pago de cincuenta mil millones le habría llevando cincuenta años al Japón. De haber sido así, no sería una potencia económica. Ningún japonés debe olvidar este hecho. Es vergonzoso que Japón se jacte de su economía sin mostrar el debido respeto a China, a quien debe su prosperidad.

Árboles de cerezo: Símbolo de amistad eterna

Una roca conmemorativa grabada que marca la localización del árbol de cereza de Zhou en el campus de la Universidad Soka. Plantado el 2 de noviembre de 1975, con oraciones por la salud del entonces enfermo premier de China, el árbol simboliza el deseo de una paz y amistad chino-japonesas duraderas

Una roca conmemorativa grabada que marca la localización del árbol de cereza de Zhou en el campus de la Universidad Soka. Plantado el 2 de noviembre de 1975, con oraciones por la salud del entonces enfermo premier de China, el árbol simboliza el deseo de una paz y amistad chino-japonesas duraderas

En 1978, volví a ver a la señora Deng Yingchao. Habían pasado dos años de la muerte de Zhou Enlai, pero sentí que hablaba con él. Eran idénticos en espíritu. Ella me comentó sonriente: “Me gustaría ir a Japón el próximo año, en la época de los cerezos”. Quería hacer realidad el deseo de su esposo.

Y así lo hizo, cumpliendo su palabra en la primavera de 1979. Exactamente seis décadas después de que su esposo se despidiera de los cerezos de Kioto, ella arribó a Japón como huésped oficial del gobierno.

Desafortunadamente, los cerezos de Tokio habían florecido prematuramente y una tormenta había desprendido los pétalos antes de que ella llegara. Para que ella disfrutara de la belleza de las flores, fui a visitarla en el palacio de huéspedes de honor con unas ramas de cerezos de floración tardía, henchidas de capullos dobles, así como también, con un álbum de fotografías de los cerezos de la Universidad Soka dedicados al matrimonio y de los alegres alumnos chinos que estudiaban en nuestra universidad.

Su rostro se iluminó cuando vio las imágenes de los árboles y declaró que eran una hermosa muestra de nuestra amistad.

Los cerezos en homenaje a Zhou Enlai y Deng Yingchao de la Universidad Soka crecen uno al lado del otro. Yo sabía que los esposos tenían un par de cerezos en su jardín, pero uno de ellos se había marchitado. La señora Deng lamentaba no haberse sacado una foto con su esposo bajo la copa de esos árboles. Yo había plantado esos retoños de cerezo en su honor dentro de la Universidad Soka para alegrarla.

Luego, volví a ver a la señora Deng Yingchao unas cuantas veces más. La última ocasión fue en Pekín, en mayo de 1990. El retrato del matrimonio que yo les había obsequiado estaba colgado en una de las paredes de su hogar. Me dijo: “Cada vez que recibo amigos extranjeros aquí, les muestro el cuadro y les hablo del primer ministro Zhou. Les cuento de la amistad que ustedes mantuvieron. Nunca recibí un regalo tan maravilloso. Estoy segura de que a mi esposo también le gustó”.

Le mostré unas fotos recientes de los cerezos a Zhou Enlai y Deng Yingchao y ella quedó sorprendida por lo grande que estaban. Cuando ya me iba, me entregó un abrecartas de marfil de su esposo. Rehusé aceptar algo tan valioso, pero ella insistió: “Conozco muy bien la afinidad que mi esposo sintió hacia usted. Por eso quiero obsequiarle este artículo personal de mi esposo como recuerdo de su amistad. Cada vez que lo vea, piense en él”. Luego, me entregó un portaplumas de jade que le pertenecía a ella. Tal parece que ella sabía que sería nuestro último encuentro.

El triunfo de Zhou Enlai y Deng Yingchao

Hay un viejo refrán chino que dice: “Si quieres hablar con alguien, háblale a su corazón. Si quieres regar un árbol, riega sus raíces”. El primer ministro Zhou Enlai conocía el secreto del buen gobierno: valorar el sentir popular y ser digno de su confianza.

Recuerdo claramente la voz, la mirada, el espíritu de Zhou Enlai. Fue un Coloso de Asia que avanzó en el sino adverso. Estuvo acechado por enemigos hasta el final de sus días, pero, al final, triunfó. Hizo esfuerzos sobrehumanos para preparar internamente la reforma y la atonomía de China y labrarle un lugar en la comunidad internacional. Creó las condiciones para restablecer los vínculos con Japón y Estados Unidos. Se fue sólo después de haber concluido esa magna empresa.

China ha dejado atrás toda una centuria de opresión y sufrimiento. Ahora, está dando pasos gigantescos hacia la prosperidad en el siglo XXI, siguiendo el camino allanado por Zhou Enlai. Él imprimió una gran victoria. Se consagró con altruismo a su pueblo, capeó obstáculos y adversidades, y ganó.

El monumento de piedra del Cerezo Zhou Enlai de la Universidad Soka mira en dirección a China. Cada vez que alzo la mirada hacia el cielo occidental, hacia esa tierra inmensa, encuentro los rostros sonrientes de Zhou Enlai y Deng Yingchao.