«Este momento jamás volverá a repetirse. Es un instante vital que llega y se va, todo al mismo tiempo. Y porque sabemos cuán valioso es dicho instante, apretamos el disparador. La fotografía es un arte nacido en el apasionado amor por la humanidad.»
[Serie de ensayos, «Recuerdos de mis encuentros con figuras destacadas del mundo», Seikyo Shimbun, 9 de octubre de 1994]
Daisaku Ikeda fue un entusiasta fotógrafo aficionado que se dedicó a retratar la belleza y singularidad de las cosas más simples. Comenzó a tomar fotografías en la década de 1970, mientras se recuperaba de una enfermedad, después de que un amigo le obsequiara una cámara sugiriéndole que podría ayudarle a cambiar su ritmo de vida. Desde entonces, una parte de su obra fotográfica ha recorrido más de cuarenta países y territorios en una exposición titulada «Diálogo con la naturaleza».
«No soy ni nunca he sido un fotógrafo profesional. Debido a mi apretada agenda, termino tomando muchas de mis fotos en el trayecto de una cita a otra; a veces, detengo el automóvil el tiempo justo para capturar una imagen», decía Ikeda.
Sostenía que la fotografía era, probablemente, la forma de arte popular más accesible y democrática. La describió como una lucha espiritual, ya que implicaba el desafío de capturar lo eterno en lo momentáneo. Por ello, subrayó que cada imagen «refleja lo más profundo de la vida interior del fotógrafo». Los ensayos de la serie «Esta hermosa Tierra» que se presentan aquí plasman la sensibilidad poética y filosófica de su obra.
Ikeda expresó la esperanza de transmitir, a través de la fotografía, la alegría que experimentaba al sentirse en comunión con la naturaleza, a la que consideraba un espejo del corazón humano. Destacó que, en la agitada época actual, resulta esencial detenerse de vez en cuando, respirar hondo y reflexionar sobre uno mismo y el mundo que nos rodea. En ese mismo espíritu, explicaba que había aceptado presentar sus fotografías con el propósito de infundir esperanza y confianza a los espectadores.
Fue miembro honorario del Club de Fotografía de Val de Bièvres de Francia, miembro extranjero de la Asociación de Artistas de Viena (Weiner Künstlerhaus) y miembro honorario vitalicio de la Sociedad Fotográfica de Singapur.
Al abrir una ventana, la fragancia del mar penetra como una suave brisa. Como de costumbre, la playa de Waikiki está plena de vida y bullicio. Gritos alegres de niños. Voces de personas que llaman a sus amigos. Gente en coloridos trajes de baño que corre por la arena ardiente. Hay quienes descansan bajo la fresca sombra de las filas de palmeras. Personas de todos los confines se congregan en busca de ese paraíso del Pacífico y establecen relaciones amistosas unas con otras.
“¡Disfruta!”. ¡He ahí el espíritu de “Aloha”! Mis ojos se dirigen a un punto en la playa. Allí, desde la arena, emerge la figura de un caballo blanco. Me pregunto quién lo esculpió. Da la impresión de que estuviera a punto de lanzarse elegantemente al galope. Me inclino con respeto y aprecio por el desconocido artista que lo creó.
¿Quizás alguien había desenterrado un corcel hundido en la arena? ¿O este había emergido de las profundidades del corazón del artista?
Cuando la arena es trabajada por manos creativas, deja de ser solamente arena. Ya no es simplemente una cosa. Se convierte en la magnífica figura de un caballo, una fusión de materia y espíritu.
¡El momento en que algo invisible aparece ante los ojos es cuando nos encontramos frente al misterio de la creatividad!
Los seres humanos son obras de arte creadas por el universo con la misma materia de las estrellas.
¡El corcel al galope, de igual modo, fue creado a partir de los elementos universales de tierra, agua, fuego, viento y vacío! Todo lo que la naturaleza ha creado, incluido el ser humano, es una obra de arte.
El magnífico árbol de banyán. El hibisco carmesí. Los peces del color del arco iris. La naturaleza misma busca la belleza. La vida se esfuerza por la belleza. Nada de lo que rebosa de vida es feo.
El intenso sol del verano interminable arde sobre mi brazo mientras sostengo mi cámara. Un fuerte perfume flota en el aire seco. ¿Podría ser la fragancia del jengibre o tal vez, de las plumerias?
Si uno posee la capacidad de percibirlo, este mundo está colmado de belleza. Las olas, las nubes son grandes artistas.
La Tierra nos lanza su llamado: “¡Sean hermosos, fuertes, como yo! ¡Generen, hagan surgir algo de valor! ¡Sean espléndidos! ¡No se repriman! ¡Creen, creen algo maravilloso!”.
¡Generar algo es una alegría! ¡Crear es una alegría! Alentar a la gente es crear. Hacer amigos también es creación, como lo es forjar a personas capaces. ¡La dicha de la creación es el grito triunfal de la vida misma!
El historiador holandés Johan Huizinga se refiere al ser humano como “homo ludens”, el individuo que juega, y sostiene que la cultura surge del juego.
Superar el estado de vida que nos somete a la búsqueda de cosas materiales y crear algo con toda libertad es cultura. Eso es lo que significa ser humano.
Expresiones que denotan juego o gozo aparecen en muchos pasajes del Sutra del loto. Por ejemplo, podemos leer: “Pasear [retozar] por todos lados, sin el menor temor, como el rey león”. Y “subir a los carruajes enjoyados, conducir en todas direcciones, deleitándose y recreándose”. Encontramos también esta frase: “día y noche, durante innumerables kalpas, para hallar placer constante”.
Hay una figura en el sutra llamada bodhisattva Mundo del León Retozón.
Y el sutra habla del “solaz que crean los poderes trascendentales de El Que Así Llega”, y del mundo como un lugar “donde los seres vivos disfrutan a sus anchas”.
El Sutra del loto nos dice así que las personas nacen en este mundo para disfrutar.
También se refiere a un bodhisattva que “disfruta de partir a diversas tierras para librar a las personas del sufrimiento”.
De entre todos los mundos que colman este vasto universo, hemos elegido venir a esta Tierra para crear felicidad, Por ende, aunque haya épocas de sufrimiento, ¡sigamos avanzando como un surfista sobre la ola y disfrutemos de vencerla!
Cuando tenemos abundante fuerza vital, el mundo se transforma en un lugar para “disfrutar a nuestras anchas”. Podemos congregar el poder del “océano esmeralda” que existe dentro de nuestro corazón. El nombre “Waikiki” significa ‘primavera que brota’.
Cuando extraemos nuestra fuerza vital y la hacemos brotar como la primavera, ese momento y ese lugar se convierten en un paraíso, un jardín de delicias.
¡No se aflijan por cuestiones insignificantes!
¡No se conviertan en héroes trágicos!
¡Superen la congoja de su corazón!
¡Esa es la razón por la que nacimos!
¡Disfruten!
[Ensayo escrito por Daisaku Ikeda. Publicado en la serie “Esta hermosa tierra”, en el diario Seikyo Shimbun del Japón, el 31 de marzo de 1999.]
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