Esta
hermosa
Tierra

Fotografías de Daisaku Ikeda

Tokio, Japón (Abril, 1994)

Tokio, Japón (Abril, 1994)

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Flores de cerezo en un estanque

Hay un estanque que cada primavera se convierte en un espejo florido. Capullos esparcidos, pétalo por pétalo, cubren suavemente la superficie del agua como un delicado echarpe de seda impregnada de una dulce fragancia. Tal vez a las carpas del estanque les habrán parecido diminutas nubes que atravesaban el cielo. Los pétalos rosados sobre la superficie del agua deben de haberse visto como nubecillas escamadas de un tinte rosado como el ocaso. Transportada por la brisa, los pétalos de cerezo danzaban a la deriva como un cardumen que cambiaba interminablemente su forma como un caleidoscopio. El estanque, situado en un extremo de la sede central de la Soka Gakkai, se iluminaba con el brillo de un bello día primaveral.

Los peces y toda la escena primaveral semejaban un brocado finamente decorado. Las flores de cerezo adornaban la superficie del agua como incrustaciones de madreperla. Los reflejos de las ramas bailaban entre las suaves crestas del agua; el cielo de intenso azul parecía reflejarse desde el fondo del pequeño estanque. Pero no era en realidad pequeño; abarcaba el cielo y la tierra; nada faltaba en él. Era su propio universo, plenamente expansivo.

Hacia arriba, las nubes primaverales atravesaban el cielo, en su eterno deambular, como flores del firmamento. ¿Acaso las personas no viven en su propio pequeño estanque?

Los cerezos en flor
traen a mi memoria
recuerdos de otros tiempos.

Este poema de Basho, el famoso escritor del Japón, expresa cabalmente el sentir de la mayoría de los japoneses. Cada estación de cerezos representa un nuevo anillo de crecimiento en el transcurrir de nuestras vidas.

Cuando era niño, en nuestra casa del distrito de Kojiya, situado en Ota, Tokio, había un amplio patio en el que crecía un enorme cerezo. Cada primavera, tanto el suelo como el cielo se inundaban de capullos, y mi casa se convertía en la morada de miles de flores. Una vez que la vendimos, derribaron el cerezo. Durante la guerra, el lugar se usó como fábrica de municiones. Sometido al fuego de los bombardeos diarios, Tokio se convirtió en una ruina.

Un día salí a caminar por un lugar del distrito de Kamata que había escapado a la destrucción. Era la primavera de 1945, último año de la guerra, aunque esta aún continuaba. Mientras paseaba, perdido en mis pensamientos, algo brillante apareció ante mis ojos. Unos pocos cerezos se habían salvado y estaban en plena floración. La imagen colorida se recortaba como un punto luminoso en medio de la ciudad en ruinas. La vida colmaba cada rama florecida, cada copa de árbol. En ese momento, los cerezos representaban la riqueza de la vida. Al mismo tiempo, sin embargo, las autoridades militaristas de Japón estaban usando el árbol de cerezo como un símbolo de muerte. Con el lema de “Gallardamente [entreguen su vida] como los pétalos que se dispersan”, enviaron a millones de jóvenes en la flor de su vida hacia la muerte. Así se dispersaron mis amigos y mis hermanos en los distantes mares meridionales.

Ah, los capullos de cerezo…
Se dispersan algunos
mientras otros permanecen
para caer al último.

Yo tenía diecisiete años y permanecí, sin perderme en los vientos de la guerra. Año tras año, los capullos florecen y caen: son las flores de cerezo de la vida. A menudo reflexionamos sobre nuestra vida con la caída de las flores.

El presidente Josei Toda amaba las flores de cerezo. Él solía decir: “Cuando los cerezos estén en flor”, y “vayamos por la senda del cerezo”. Una vez, caminábamos juntos desde Ichigaya para observar los árboles en plena floración. De pie sobre el borde de un foso, mi maestro dijo: “¡Estos cerezos han soportado el lacerante invierno para florecer nuevamente!”. La imagen de esos árboles reflejaban los capullos de felicidad que se habían acumulado en el corazón del señor Toda, luego de enfrentar el amargo invierno de la prisión durante la guerra.

“¡El invierno se convertirá sin falta en primavera!”, solí declarar. Y afirmaba también: “Quiero morir cuando los cerezos estén en flor”. Su deseo se cumplió. Luego de haber colmado el corazón de innumerables personas con la fragante primavera de la felicidad, gallardamente, con serena nobleza, lanzó su vida al viento junto con las flores de cerezo. Y como los capullos que caían, la vida de mi mentor se apagó con dignidad y esplendor.

Las carpas saltaban y caían ruidosamente en el agua. Los pétalos adoptaban miles deformas. Las flores recién caídas danzaban en la brisa. Cada una parecía fulgir con nueva vida, mientras descendían gozosas hacia el “cielo” del estanque. Aunque desprendidas del árbol, parecían florecer nuevamente sobre la superficie del agua. Ahora, en la cúspide de su vida, se ofrecían como obsequio a la tierra. Su descenso no era un fin sino una emanación de vida.

Tomé esta foto en abril de 1994. Esa noche, había recibido a la delegación de la Asociación de China Popular para el Fomento de la Amistad. Habían viajado para inaugurar una exhibición de obras maestras de pintura y caligrafía de renombrados artistas chinos modernos. La muestra se llevaba a cabo para conmemorar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre nuestros dos países. Ese fue el arte del “movimiento de las cien flores”, impregnado del espíritu de paz. La vicepresidenta de la Asociación, Wang Xiaoxian, habló de mi relación con Zhou Enlai y su esposa y de la estación de los cerezos en flor.

El primer ministro Zhou me contó que hace cincuenta años, había partido de Japón [después de estudiar allí] cuando los cerezos estaban florecidos. Yo lo había invitado diciéndole: “Por favor vuelva usted cuando los cerezos florezcan”. Posteriormente, en cumplimiento del deseo del señor Zhou, su esposa visitó Japón en plena estación del cerezo. “Cuando florezcan nuevamente los cerezos”, fueron las últimas palabras que el señor Zhou me dijo.

Capa sobre capa, los pétalos llenan una canasta de recuerdos que adornan mi vida. Oro para que lo mismo suceda con todos mis amigos.

Monarca entre las flores, la flor de cerezo simboliza el espíritu de un héroe de la vida, que vive en plenitud hasta el fin.

[Ensayo escrito por Daisaku Ikeda. Publicado en la serie “Esta hermosa tierra”, en el diario Seikyo Shimbun del Japón, el 11 de abril de 1999.]