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Pobreza extrema: La violación más grave de los derechos humanos

[Artículo de opinión de Daisaku Ikeda, publicado en el diario The Japan Times, el 14 de diciembre de 2006.]

El 10 de diciembre fue el Día de los Derechos Humanos. Creo que la cuestión más apremiante que se plantea en el mundo de hoy es la pobreza extrema. La indigencia pone en absoluto riesgo el derecho a la vida de todo individuo y hace que sea imposible transcurrir una existencia basada en los atributos y libertades esenciales de la condición humana.

La realidad es que casi veinticuatro mil personas mueren cada día a causa de la pobreza, víctimas de la consecuente desnutrición, la imposibilidad de acceder al agua potable y de contar con la asistencia médica básica. En la próxima hora, otras mil vidas se perderán.

Si hiciéramos una comparación descarnada, esa cantidad de víctimas sería el equivalente a las que habría a bordo de aviones con quinientos pasajeros cada uno –la mayoría de ellos, niños de cinco años o menos— que se estrellaran uno tras otro, cada treinta minutos.

En setiembre de 2001, dirigentes mundiales se reunieron en las Naciones Unidas y adoptaron una serie de objetivos que luego se formalizaron como los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Los puntos consignados que deberían concretarse hacia el 2015 incluyeron la reducción a la mitad el porcentaje de habitantes del planeta cuyos ingresos sean inferiores a un dólar por día o que fueran víctimas del hambre. Pese a los solemnes votos que se hicieron en aquel momento, si se sigue avanzando a un paso tan lento, esas metas se tornarán inalcanzables.

Kemal Dervis, administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), advierte enérgicamente acerca del altísimo costo de no poder disminuir la pobreza: “Sería una tragedia, sobre todo, para los pobres del mundo; pero los países ricos tampoco quedarían indemnes. En un sistema global interdependiente, nuestra prosperidad y seguridad colectivas dependen decisivamente del éxito que obtengamos en la guerra contra la pobreza”.

A la sombra de quienes viven en la abundancia y el confort, agotando enormes cantidades de recursos, incontables habitantes de la Tierra padecen los tormentos del hambre y la devastación de su dignidad humana. Es necesario comprender cabalmente cómo juega esa terrible e injusta desigualdad en las reacciones en cadena de odio y de violencia que se generan en el mundo.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos esclarece esa conexión en su preámbulo: “Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad…”.

El principio de la interdependencia es crucial dentro del budismo, filosofía que sostiene que todas las cosas adquieren entidad a través de la acción recíproca de diversas causas y condiciones.

Nadie puede vivir absolutamente desconectado de los demás, y ningún país o sociedad existen en aislamiento. El budismo ilustra esa interdependencia mediante el ejemplo de dos haces de juncos. Si se apoya uno en el otro, ambos se sostienen erguidos; del mismo modo, el colapso de uno cualquiera hará que los dos se desplomen.

Es imperativo que adquiramos una verdadera conciencia, como ciudadanos de la Tierra que están unidos por lazos indisolubles. Cuando somos capaces de reconocer claramente esa realidad y actuar a partir de ella, nos vemos obligados a reconsiderar estrictamente nuestro modo de vida.

Bien podría afirmarse que las personas cuya vida y dignidad están bajo constante amenaza, a causa de todos los males que trae consigo la pobreza, son víctimas de la “violencia de la apatía” impuesta por la comunidad internacional. No hacer nada al respecto, aun cuando existe una clara conciencia de ese horrible sufrimiento, solo se puede llamar cobardía.

Recordemos las palabras de Martin Luther King (h): “La justicia que se posterga es justicia que se niega”.

Sin embargo, hay esperanza. Existen formas de acción. Muchas organizaciones no gubernamentales, instituciones y gente de buena voluntad están librando una batalla contra la pobreza. Los microcréditos, préstamos en pequeños montos a personas de escasos recursos para que puedan financiar proyectos laborales, han tenido un gran éxito bajo la conducción de Muhammad Yunus, laureado este año con el Premio Nobel de la Paz. La labor llevada a cabo por tanta gente ha permitido que muchas personas salgan por sí mismas del estado de pobreza. Todo ello constituye un modelo para nuevos modos de acción.

Sigue siendo una cruda realidad, no obstante, que los pueblos de las regiones más pobres del planeta están tan exhaustos, que los peldaños iniciales dentro de la escala de desarrollo quedarán siempre fuera de su alcance, a menos que se cuente con la ayuda de la comunidad internacional. Una respuesta adecuada al problema requiere una acción imaginativa y cuidadosa por parte de las agencias gubernamentales, para lo cual dichas entidades deberán movilizar recursos a una escala solo accesible para ellas y trabajar junto con las agencias de las Naciones Unidas y las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales de cada zona.

De acuerdo con el PNUD, el costo de eliminar la pobreza en todo el mundo sería menor que el uno por ciento de los ingresos mundiales. En franco contraste, los gastos militares globales alcanzan actualmente a un billón de dólares. Mediante la corrección de ese grotesco desequilibrio, comenzaremos a satisfacer las verdaderas necesidades que otorguen seguridad a la familia humana.

La ayuda que se brinda a los países pobres no debe tener el sello de la piedad o la conmiseración. Se trata de asistir a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que mantienen su orgullo como individuos y luchan con todas sus fuerzas para vivir en medio de las más atroces circunstancias que podamos imaginar. Son personas que se ven forzadas a subsistir en el miedo y en la inseguridad, lo que significa una violación a sus derechos más esenciales.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.

El segundo secretario general de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, lo expresó de la siguiente manera: “Se podría afirmar que la ‘liberación del temor’ resume completamente la filosofía de los derechos humanos”.

Los procesos de globalización económica han profundizado aun más los lazos indisolubles que nos unen al resto del mundo. Tal cosa, por un lado, nos exige reconsiderar nuestro modo de vida diario en el marco de ese contexto más vasto y, además, nos brinda mayores oportunidades de hacerlo. ¿Cuál es la influencia, el impacto de nuestras acciones sobre la gente que vive en países distantes? ¿No existe nada que podamos aprender del modo de vida de los demás? Si comenzamos a reflexionar sobre esas cuestiones, nos será fácil darnos cuenta de que podemos hacer mucho para resolver la crisis de la pobreza.

La historia del hombre ha esperado por largo tiempo el momento en que una nueva esperanza y creatividad emerjan de entre los más subyugados y oprimidos. Cuando los pueblos que han experimentado toda clase de abusos recobren su energía y poder, y ocupen su lugar en el corazón de la sociedad internacional, cuando su bienestar se convierta en el centro de nuevas ideas y de un nuevo pensamiento, lograremos enriquecer nuestro mundo con un inmensurable caudal de bienes, tanto materiales como espirituales.