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Revolución humana

(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.)

La vida consiste en expresar y desarrollar nuestra individualidad en el mayor grado posible y lograr la autorrealización. Este proceso es para mí lo que llamo la “revolución humana”.

Existen muchas clases de revoluciones: políticas, económicas, industriales, científicas, artísticas y de otra índole. Pero, por mucho que cambien los factores externos, nunca se logrará una verdadera transformación del mundo mientras el egoísmo y la apatía sigan dominando a los seres humanos. Dijo John F. Kennedy en 1963: “Nuestros problemas son causados por el hombre, por lo tanto, pueden ser resueltos por él. Y el hombre puede ser tan grande como él quiera”.

El profundo cambio interior de tan solo una persona es suficiente para poner en marcha el proceso de fortalecer a la humanidad y de hacer surgir su sabiduría. Tengo la profunda certeza de que esta “revolución humana” es la más fundamental y vital de todas las revoluciones. Comprende un proceso de reforma interior, absolutamente pacífico, y libre de derramamiento de sangre, en el que todos ganan, y no hay víctimas.

La vida es una lucha continua con nosotros mismos, una intensa puja entre avanzar y retroceder, entre la felicidad y la desdicha. Si bien vivimos en un estado de cambio constante, el tema crucial es si cambiamos para bien o para mal, si logramos expandir nuestra estrechez de miras y asumir una visión más amplia y abarcadora, que trascienda nuestro proverbial egocentrismo.

Todos los días nos vemos obligados a tomar un sinfín de decisiones. En tales circunstancias, tenemos que elegir aquel camino que nos permita sentirnos bien con nosotros mismos y convertirnos en mejores individuos, de espíritu más generoso. Si nos dejamos gobernar por la fuerza del hábito, es decir, si reaccionamos de la manera en que siempre lo hemos hecho ante una determinada situación, significa que hemos elegido el camino del menor esfuerzo, y que nuestro crecimiento como personas se estanca irremediablemente.

Pero si logramos desafiarnos en lo más profundo de nuestro ser, ya no seremos como hojas al viento, a merced del ambiente o de los demás, sino individuos fuertes, capaces de influenciar positivamente nuestro entorno. En realidad, es mediante las infinitas elecciones que hacemos cada día como vamos confiriéndole a nuestra vida su forma única.

La personalidad y el carácter nunca llegan a florecer completamente sin un trabajo arduo. Creo que es un error pensar que lo que somos actualmente es en realidad todo lo que podemos llegar a ser. Si uno decide: “Soy una persona tranquila, de manera que viviré mi vida sosegadamente”, nunca podrá desarrollar a fondo su potencial único. De hecho, no es necesario cambiar el carácter para lograrlo; uno puede ser por naturaleza una persona de pocas palabras que sea capaz de decir lo correcto en el momento preciso, con verdadera convicción. De la misma forma, una inclinación hacia la impaciencia podría transformarse, por ejemplo, en una cualidad útil para lograr que las cosas se hagan rápida y eficientemente.

Pero nada es más difícil que enfrentarse con uno mismo y transformar los aspectos negativos. Siempre resulta tentador decidir: “Yo soy así y punto”. Esa clase de tendencia, si no se la combate a tiempo, va cobrando fuerza con los años. Estoy seguro de que vale la pena esforzarse en ese sentido, pues nada produce una satisfacción más profunda que lidiar exitosamente con las propias debilidades. Como manifestó el escritor ruso León Tolstoi (1828-1910): “La felicidad suprema es encontrar que, al final del año, uno es mejor persona de lo que era al comienzo”.

La revolución humana no es un evento extraordinario, ni divorciado de nuestra vida diaria. A menudo comienza de manera muy sencilla. Tomemos el ejemplo de un hombre que solo piensa en sí mismo, su familia y sus amigos. De pronto un día, hace un pequeño movimiento para romper su estrecho límite, y se acerca a ayudar a un vecino que sufre. Ese es el comienzo de su revolución humana.

De hecho, no podemos emprender un proceso así al margen de los demás. Solo mediante nuestra interacción con otros seres humanos pulimos nuestra vida y crecemos como personas. En el Japón, las papas taros (yautía), que crecen en las montañas, son ásperas y sucias cuando se las recoge; pero al colocarlas en un cubo con agua corriente y hacerlas rodar unas contra otras, van soltando esa piel áspera hasta quedar relucientes y listas para la cocción. La única manera de perfeccionar y pulir nuestro carácter es a través de la relación que establecemos con nuestros congéneres.

Cuando realizamos acciones en bien de los demás y cultivamos vínculos positivos con ellos, adquirimos un mayor control sobre nosotros mismos y mejoramos en todo sentido. Pero ese esfuerzo de contribuir a la felicidad de otros no implica que debamos postergarnos en lo personal o dejar a un lado nuestra propia felicidad. La dicha y el bienestar que vamos generando como individuos y los fuertes lazos que forjamos unos con otros serán el origen, a su vez, de la dicha y el bienestar de toda la humanidad.

Transformar nuestra existencia en el nivel más fundamental es la clave para transformar a su vez la sociedad. Una profunda reforma de nuestra visión interior produce grandes cambios en nuestra vida, en otras personas y en toda la comunidad.

Creo firmemente que la gran revolución humana de tan solo un individuo puede contribuir a lograr un cambio en el destino de una nación y más aun, en el de toda la humanidad

La vida del Mahatma Gandhi (1869-1948) no hace sino confirmar este punto. De niño, él era terriblemente tímido. Siempre lo asaltaba el temor de que la gente lo ridiculizara. Aun después de obtener su título de abogado, seguía siendo una persona retraída. Cuando, en ocasión de su primer desempeño en la corte de justicia, se puso de pie para presentar los argumentos de apertura, su mente se puso en blanco a causa de los nervios, y tuvo que abandonar la audiencia.

Pero un cambio fundamental ocurrió mientras se encontraba en Sudáfrica, donde los residentes hindúes enfrentaban una severa discriminación. Gandhi viajaba en tren, en primera clase, cuando se le ordenó retirarse al vagón de carga. Como se negó a hacerlo, finalmente lo obligaron a bajar del tren. Permaneció despierto toda la noche en la estación del lugar, debatiéndose entre la opción de regresar a la India o la de asumir la difícil tarea de luchar por los derechos humanos. Finalmente comprendió que sería un acto de cobardía ceder ante sus temores e ignorar las necesidades de quienes tenían que soportar la misma discriminación que él sufría.

A partir de ese momento, Gandhi confrontó de lleno su naturaleza tímida y la sometió a prueba, decidido a vencer la injusticia. Su transformación interna fue la chispa que originó uno de los avances más grandes del siglo XX: el movimiento para el cambio social mediante la práctica de la no violencia.

Cada persona, sin excepción, posee un enorme potencial que permanece en gran medida inexplorado. Mediante la ardua labor que significa emprender la propia revolución humana, uno comienza a revelar ese potencial y a establecer un yo independiente, indoblegable. Puede así manejar de manera creativa cualquier situación que deba enfrentar en el transcurso de su existencia. Ese proceso perpetuo nos permite a los seres humanos seguir creciendo y desarrollándonos a lo largo de la vida e incluso más allá de la vida. No hay estancamiento posible en nuestra travesía eterna de autorrealización.