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Artículo (Dic, 2007)

Las manos del alfarero

Los primeros tres presidentes y la creación de la Soka Gakkai Internacional

Por Clark Strand

[Artículo de Clark Strand publicado en diciembre de 2007. Clark Strand se desempeñó como editor de la revista de budismo Tricycle de los Estados Unidos. Es autor de artículos y obras sobre práctica religiosa.]

(c) Dion Ogust

(c) Dion Ogust  

NADIE SABE POR QUÉ, pero por alguna razón los fundadores de los movimientos religiosos tienden a presentarse en tríos. Shakyamuni, Kashyapa y Ananda vienen a la mente cuando pensamos en el budismo antiguo. Mientras que Nichiren, Nikko y Nichimoku son representativos, cuando pensamos en la tradición japonesa. En el caso contemporáneo, podríamos considerar a los tres primeros presidentes de la Soka Gakkai –Tsunesaburo Makiguchi, Josei Toda y Daisaku Ikeda— como las más representativas tres personas que fueron necesarias para establecer una tradición perdurable. Al parecer, existe una progresión natural de sucesos en la creación, el desarrollo y la estabilización de una religión nueva, y cada etapa requiere del talento de individuos con temperamentos distintos. De tal manera, la persona que inicia el movimiento es totalmente distinta de la persona cuyo rol es modelar y configurar, mientras que la persona que le toca refinar y desarrollar las enseñanzas es mucho más diferente aún. Probablemente, por ello, siempre existen tres fundadores. Incluso al comienzo, la religión es un esfuerzo colectivo. No podemos crear algo de valor común por nosotros mismos.

El fundador inicial de un movimiento religioso asume grandes riesgos. Esa es la razón por la cual él o ella es por lo general perseguido/a y, a veces, incluso martirizado/a. Jesucristo es un ejemplo, y si desarrollamos el modelo e incluimos movimientos filosóficos, Sócrates es otro ejemplo. Y, Tsunesaburo Makiguchi, el primer presidente de la Soka Gakkai, es también otro.

Frecuentemente, uso la metáfora de la elaboración de una vasija de arcilla para explicar cómo se hace un movimiento religioso con éxito. Al comienzo, el proceso de creación puede ser bastante violento. La arcilla es cortada en trozos varias veces, ya sea haciendo uso de un cuchillo o un alambre. Luego, la masa de barro se tira fuertemente sobre el torno. Cuando pensamos en el significado que esto tiene para el iniciador de un movimiento religioso, podemos comprender que se requiere de alguien especial que se preste a ser tratado de esa manera en aras de algo que, al principio, suele ser un mero ideal. En el inicio, posiblemente se vea una organización sencilla, un grupo de seguidores comprometidos, un calendario de reuniones e incluso un plan general. Sin embargo, una vez que comienzan los problemas, como siempre ocurre, todo ellos se derrumba prácticamente.

La noche en que le detuvieron, todos los discípulos de Jesús le abandonaron, y cuando Nichiren Daishonin sufrió la cólera de las poderosas fuerzas armadas del gobierno de Kamakura, tan sólo el más firme de sus nuevos conversos se atrevió a permanecer a su lado. Qué sencillo hubiera sido que cualquiera de esos hombres se hubiera retractado de sus enseñanzas en ese momento, dejando a sus discípulos marchar fácilmente y ahorrándose heridas e incluso la muerte.

Por esa misma razón, siempre llega el momento de la verdad en la creación de una nueva tradición religiosa: el momento en el que su iniciador elige (no por lo que ocurre en ese momento presente, sino por lo que vendrá) mantenerse firme ante las persecuciones, soportando lo que bien fácilmente podría evitar si simplemente hubiera callado.

A Tsunesaburo Makiguchi se le ofreció la libertad varias veces cuando fue arrestado acusado de “crímenes ideológicos” contra el gobierno durante la Segunda Guerra Mundial. Y siempre dijo no. Como todos los verdaderos fundadores, el presidente Makiguchi había experimentado una profunda conversión religiosa. En el Sutra del loto, a tal conversión suele llamársele “alcanzar el estado de no retorno”, el punto del propio desarrollo espiritual donde se hace imposible dar la vuelta para volver al mundo que se conocía con anterioridad. En el budismo, el mundo anterior suele definirse como el mundo de las “opiniones al revés”.

Según la lógica de ese mundo anterior y engañoso, la libertad significa ser libre de ir y venir como nos plazca. Tal definición de la libertad resulta muy útil para un régimen opresivo, puesto que la libertad, así definida, se convierte en algo que se nos puede arrebatar si nos oponemos al mismo. El presidente Makiguchi dijo que no cuando se le ofreció la libertad, porque la oferta en sí era un engaño. Sus captores pensaban que eran libres, pero en realidad eran “prisioneros de pensamiento” de un gobierno opresivo, y por tanto no tenían nada que ofrecerle. Él ya era libre. Igual que Nichiren antes de él, su voluntad de morir por el Sutra del loto implicaba una libertad inexpugnable por cualquier autoridad o poder terrenal. Igual que Jesús antes de él (y unas décadas después Nelson Mandela, y después, cuando el movimiento por los derechos civiles se expandió mundialmente, muchos, muchos otros), Tsunesaburo Makiguchi encontró en la prisión algo que, en ese momento, no podía conseguir fuera de esos muros: la verdadera libertad, con la facultad de cambiar el mundo.

El primer fundador de cualquier movimiento religioso debe encontrar esa libertad y esa facultad, y ello siempre significa que debe estar dispuesto a enfrentarse a las fuerzas del engaño en la sociedad. Ello significa ver el mundo correctamente, y declarar dicha verdad a todo el que le escuche. El segundo fundador recibe esa visión correcta de su mentor, y crea una organización basada en sus principios, declarando y difundiendo la misma libertad y poder a una sociedad que, aunque se resista todavía a que le digan la verdad, a un nivel muy profundo esté predispuesta a ello al ser testigo de las acciones de un Jesús o un Nichiren, un Mandela o un Makiguchi. Dicha tarea sigue siendo ardua y requiere mucha energía, pero no es en solitario.

La energía del presidente Toda aplicada a la propagación del budismo de Nichiren es ahora, obviamente, casi legendaria, y si tenemos en cuenta su carácter (su sólida determinación de transformar la sociedad japonesa de posguerra mediante la fe en el Gohonzon y la creatividad y arrojo que inspiró a la tarea de modernizar el budismo de Nichiren), es fácil ver la mano de un alfarero a la obra. Como el alfarero, Josei Toda dio a la Soka Gakkai la forma básica que tiene hoy día, una forma que ha demostrado ser tan útil a la gente moderna que ha trascendido al nacionalismo japonés de la posguerra y se ha expandido a incontables países en el resto del mundo. Allí, la gente lo ha acogido, no se trata tan sólo de una variante especialmente moderna del budismo, sino de una religión moderna.

En la Soka Gakkai, tal y como lo concibió Josei Toda, vemos una filosofía de vida dinámica y práctica que, por primera vez en la historia de la humanidad, superpone a la vida sobre la religión, antes que a la religión sobre la vida. Toda creó una religión que respondía a los aspectos de la vida de la gente común, y por eso, su religión creció. Funcionó; por tanto, se propagó rápidamente y sigue difundiéndose casi medio siglo después de su muerte.

Pero aquí no acaba el proceso, como cualquier buen alfarero sabe. Incluso una vasija con una forma útil no durará a menos que haya sido barnizado por el alfarero y después sometida al calor prolongado del proceso de cocción. Tan sólo así la vasija será útil. Tan sólo así perdurará lo suficiente como para sobrevivir a la manipulación constante que probablemente sufra durante el transcurso de la rutina diaria.

Al tercer presidente de la Soka Gakkai, Daisaku Ikeda, le correspondió la tarea de conseguir una belleza perdurable para la Soka Gakkai. Esa fase de la creación, como otras supervisadas por sus antecesores, no se vio libre de obstáculos. Daisaku Ikeda, un hombre con una gran energía y una aparentemente interminable bondad, consiguió muchas cosas durante su carrera, primero como presidente de la Soka Gakkai y después como presidente de la Sokka Gakkai Internacional, pero entre sus logros, creo que dos persisten en la esencia de su misión. Y, de nuevo, tienen que ver con lograr un esmaltado que no sea sólo bonito, sino que muy, muy resistente.

Ikeda consiguió realizar un proceso de embellecimiento de la única manera posible que un líder que se encuentra en la cúspide de una era global. Ha llegado a personas de todo el mundo con un mensaje de paz, cultura y educación que trasciende las diferencias de raza, religión y nacionalidad. En este sentido, ha ensalzado los valores humanos básicos que nos unen a todos y ha contribuido a preparar al mundo para los desafíos que nos esperan en el nuevo milenio: desafíos como el calentamiento global, la proliferación nuclear global, la explosión demográfica global, la pobreza mundial y el expansionismo económico global. Hay desafíos para los que los modelos religiosos que han existido hasta ahora, con su ideología tribal y tradicional, no nos han preparado. Tan sólo un proceso de “revolución humana” hará posible que imaginemos enfrentarnos a temas que deben solucionarse, no sólo a nivel del individuo, de una nación o una religión, sino por la humanidad como ente global. Dichas inquietudes han hecho de la Soka Gakkai una religión "bella" para aquéllos que se adentran en una era de inquietudes globales, y ha vuelto a redefinir el kosen-rufu a nivel mundial como un objetivo que puede adaptar cualquiera, en cualquier parte y con total libertad. No puede haber sido fácil transformar las doctrinas religiosas nacionalistas a una visión humanitaria internacionalista, pero Ikeda lo ha conseguido a lo grande, y todavía persiste su misión.

La última tarea es, en mi opinión, la más arriesgada, puesto que el proceso de cocción siempre lo es. Existe siempre la posibilidad, independientemente de cuán útil pueda ser la forma de una vasija, o de cuán bella haya sido esmaltada su superficie, de que aún así se rompa durante el largo proceso de cocción. Durante ese proceso, el calor deberá mantenerse a una temperatura constante. De la misma manera, una vez finalizado, el proceso de enfriado debe ser natural. Si no, se hará añicos. Durante este proceso, la vasija es casi invisible. Está escondida dentro del horno, y por tanto el alfarero debe tener fe y confianza de que sus esfuerzos se vean recompensados. Ante todo, el ceramista debe creer en todo el proceso. Y es difícil, dada la cantidad de presiones a la que se ve expuesta la vasija dentro del horno. Sería fácil rendirse ante la ansiedad o el miedo.

Si observamos el proceso de formación que ha sufrido, en primer lugar la Soka Gakkai y después la Soka Gakkai Internacional, resulta fácil adivinar que el proceso de cocción ha sido ejecutado en gran parte a través de la palabra. Si el presidente Ikeda ha sido infatigable en sus viajes y su lucha por llegar a la gente de diversas culturas y nacionalidades en todo el mundo, no ha tenido miedo alguno en la batalla de la definición de las enseñanzas de la Soka Gakkai para que quede claro de dónde procede, qué representa y (algo cuya importancia es imposible exagerar), lo que es.

A través de sus varios libros, discursos, propuestas y diálogos, Daisaku Ikeda ha sometido a la acción del horno el esmalte de la vasija de la Soka Gakkai de manera continuada a lo largo de todos estos años en el convencimiento de que él debe perpetuar sus enseñanzas mientras él viva. Y lo que es más, me parece obvio que no pretende dejar este proceso a medias, y por tanto a la vasija sin proteger, cuando se marche. Pero ahora, la cocción está casi a punto de terminar y el proceso de creación pronto habrá acabado. Una vez vidriada y templada, la vasija no necesitará otra cocción. De hecho, no puede volver a ser expuesta al fuego. La tarea que les queda a otros es la de compartirla libremente con el mundo.