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Mi esposa

(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.)

Mi esposa Kaneko es una mujer que me llena de admiración. Ella es mi pareja y mi compañera; a veces, es mi enfermera y secretaria, y otras, también mi madre, amiga o hermana. Pero por sobre todo, es la mejor y más cercana camarada que jamás he tenido. Juntos hemos librado todas las batallas que se nos presentaron en la vida.

En cierta oportunidad, alguien que me entrevistaba para una revista femenina me preguntó qué pondría en el diploma de reconocimiento que le ofrecería a mi esposa por todo el apoyo que me había brindado a lo largo de tantos años. ¡Qué difícil fue responder esa pregunta! Lo primero que dije fue que la distinción se llamaría “Premio a la Sonrisa”. Luego, como volvieron a preguntarme cuáles serían mis palabras de agradecimiento hacia ella, les dije: “Mi matrimonio es la felicidad más grande y más valiosa que he tenido en la vida. Le diría a mi esposa que, en existencia tras existencia, desearía estar casado con ella una y otra vez, por toda la eternidad”.

Mi esposa me conoce mejor que cualquier otra persona en el mundo, y a mi vez, creo conocer su paciencia y devoción como nadie. De manera que quisiera pedirle que se mantuviera siempre a mi lado. ¡Pero eso tal vez suene más como una solicitud que como un mensaje de agradecimiento!

Por lo general, los hombres japoneses son más bien torpes para expresarles agradecimiento o palabras de afecto a sus esposas. Espero que en otros países no sea ese el caso. Un entendimiento mutuo rodeado de silencio puede ser suficiente por momentos; sin embargo, creo que expresar con claridad lo que uno siente hace que la relación entre marido y mujer se torne mucho más rica y satisfactoria. Cuando uno habla abierta y francamente, desde el corazón, acerca de las cosas que más importan, muestra su verdadera naturaleza, y permite así que los demás lo aprecien y lo comprendan mejor.

Después de todo, el matrimonio comienza con un par de personas ajenas que han decidido unirse. Si uno deja de tener en cuenta ese simple hecho, comienza a esperar más y más del otro, lo cual genera gran insatisfacción y, con el tiempo, severas fricciones dentro de la pareja. El lazo que une a dos individuos en el matrimonio tiene que forjarse de manera tal, que llegue a ser incluso más profundo que el de las relaciones consanguíneas. Una clase de vínculo así solo puede basarse en lo más íntimo de la naturaleza de cada persona.

Pienso que lo que se requiere dentro el matrimonio son cosas muy sencillas, como las atenciones y la consideración. Tal como el Sol, que surge por el este cada día, es necesario que existan en la vida cosas simples y constantes. Después de todo, no hay una fórmula mágica o instantánea para lograr un buen matrimonio. Considero que nuestra relación está, de alguna manera, construida sobre bases muy comunes y corrientes.

Llevo una vida muy atareada, y Kaneko me ayuda guardando un registro de todo lo que me ocurre. Ella solía decirme: “Hace exactamente un año pasó esto y aquello”, o “lo mismo pasó hace dos años”. Al principio me impresionaba mucho su buena memoria. ¡Después me di cuenta de que el secreto era que llevaba un diario!

Suelo llamarla “teniente”, pues siempre me aconseja y me advierte sobre las cosas. Las mujeres son más prácticas que los hombres y todo lo ven con fortaleza y el realismo propio de lo cotidiano. Ningún hombre puede igualar esa aguda intuición femenina que les permite a las mujeres llegar a la esencia de las cosas; tampoco pueden rivalizar con su profunda sabiduría ni con la capacidad que tienen para ponerse en acción con serenidad y compostura.

Con frecuencia, mi esposa se preocupa por mi salud y por mi tendencia a trabajar en exceso. Cuando éramos jóvenes y nos casamos, yo padecía de tuberculosis, por lo que mis expectativas de vida no superaban los treinta años. De manera que ha sido maravilloso para mí recibir sus cuidados durante todos estos años. Muchas veces, la constante compañía de su sonrisa me hacía sentir mejor que cualquier medicina.

Kaneko siempre tiene una sonrisa a flor de labios. Y su optimismo jamás deja de asombrarme. Ella suele decir: “He aprendido tanto de las dificultades que he vivido contigo, que ya nada me sorprende, pase lo que pase”.

Cuando nos casamos, mi maestro, Josei Toda, el segundo presidente de la Soka Gakkai, le dio a Kaneko el siguiente consejo: “Por muy desagradables que se presenten las cosas, despídelo y recíbelo siempre en casa con una sonrisa”. Ese puede parecer un consejo simple, pero pienso que, para llevarlo a la práctica, como lo ha hecho Kaneko, se requieren grandes reservas de fortaleza y de sabiduría. No tengo palabras para describir la influencia enormemente positiva que su sonrisa ha ejercido sobre mí, especialmente, cuando me he sentido exhausto o agobiado por las tensiones del trabajo. Según ella, al contrario de lo que muchos piensan, una sonrisa no es el resultado de la felicidad, sino la causa de la felicidad.

Todo lo que logró al poner en práctica las palabras de mi mentor proviene de su profunda comprensión de la vida. Creo que si mi esposa no fuese en verdad fuerte, no habría sido capaz de mantener ese constante optimismo que la caracteriza. Su lema es: “Puede que no siempre ganes, pero jamás te des por vencido, sean cuales fueren las circunstancias”. Su constante respaldo y sus cuidados me han permitido superar grandes obstáculos. De hecho, siento que la historia de nuestro matrimonio es, en realidad, la crónica de los triunfos diarios de mi esposa.

Nuestra vida en común no ha sido fácil. Me he dedicado a la batalla de crear una nueva era en que el valor de la existencia y de la felicidad humanas estuviera por encima de todas las cosas. En esa lucha, cada día ha sido un torbellino colmado de eventos. Incontables veces me han hecho objeto de calumnias y de críticas infundadas; una vez fui encarcelado bajo falsos cargos; siempre estoy rodeado de gente, y hay muchas cosas que exigen mi atención y mi tiempo. Aun así, de alguna manera, cuantos mayores fueron las dificultades que debimos enfrentar, con mayor solidez pudimos fortalecer nuestros lazos como compañeros, como seres humanos y como pareja. Nuestra unión se profundiza cada día más, y sé que así seguirá sucediendo por siempre.

He tratado de escribir poemas acerca de mi esposa y de tomarle fotografías; pero lo que suele ocurrir es que, cuando nos miramos, nos echamos a reír, o ella empieza a regañarme.

Sin embargo, finalizaré con unos versos que le escribí hace algunos años:

Junto a ti,
abro un nuevo camino,
mi inseparable apoyo y compañera.