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Un hombre de visión

(Ensayo de Daisaku Ikeda publicado en 1998, en la revista de Filipinas Mirror.)

En la tarde del tercer día de julio de 1945, tres personas de aspecto anhelante y esperanzado aguardaban inquietamente cerca del imponente portón de hierro de la prisión de Toyotama. Los rayos del atardecer iluminaban nostálgicamente la desolada calle y los elevados muros de concreto del presidio se erigían hostiles.

Un hombre alto, delgado, en sus cuarenta años, surgió por una pequeña puerta lateral. Era Josei Toda, quien jugaría un papel importante en la posguerra del Japón, aunque nadie podría imaginarlo entonces… Llevaba consigo una alforja grande. Lucía macilento pero con la moral impertérrita. Sus gruesos lentes dejaban ver unos ojos lustrosos, atentos y penetrantes. Al verlo, los tres se precipitaron hacia él, voceando emocionados.

Camino a casa con su esposa y su familia, Toda, sumido en sus pensamientos, reflexionaba sobre la atroz guerra que había traicionado el anhelo colectivo de la humanidad de paz y felicidad. Sin importar las causas, la guerra, que traía tanta destrucción y miseria, no podía ser otra cosa que un mal absoluto.

Josei Toda estaba libre ahora. Si bien la muerte de su mentor, Tsunesaburo Makiguchi, encarcelado dos años antes al mismo tiempo que él, lo había afectado profundamente, no se consideraba derrotado. Tenía una gran tarea que realizar. Tras el encarcelamiento y la pérdida de su maestro decidió luchar, no contra las fuerzas militares, sino contra la cruel y opresora naturaleza humana, autora de la pérdida de infinitas vidas y de la devastación del Japón y numerosos países de Asia.

En una nación carente de auténticas convicciones filosóficas y religiosas, la presencia de Toda destacaba con prominencia, pues se había mantenido fiel a sus convicciones, a pesar de ser encarcelado por oponerse al régimen militarista promotor de la guerra. Su experiencia en prisión había profundizado sus convicciones religiosas. Toda había observado con horror la mansa disposición del pueblo japonés con la que consintió los caprichos de las autoridades castrenses. La historia se repetiría si el corazón de las personas no cambiaba desde sus raíces; el pueblo debía fortalecerse y acendrar su sabiduría para comprender la futilidad de la guerra.

Aún recuerdo las palabras de Josei Toda sobre su visión de un mundo nuevo, lleno de esperanzas. Dijo: “Tenemos que llevar a cabo una gran revolución. No me refiero a una revolución a base de armas y fuerza. Vamos a realizar una ‘revolución humana’, una reforma pacífica, sin sangre ni víctimas, en la que todas las personas salgan ganando. Esa es la auténtica revolución que necesitamos hacer”. Lo que él llamó “revolución humana” era el proceso de transformación interior del individuo, mediante la cual todas las personas, hasta las más vulnerables de la sociedad, podían fortalecerse, reconstruir sus vidas y dar dirección a su propio destino.

Toda tenía la convicción que las personas debían dominar su destino y no estar supeditadas a las ideologías; pero para ello, consideraba imprescindible que las personas adoptaran una nueva perspectiva filosófica.

Aunque el Japón había adoptado simbólicamente el sistema democrático después de la guerra, funcionaba bajo un régimen “concedido” por las fuerzas de ocupación, que no había sido conquistado por el pueblo mismo. Las reformas estructurales no son suficientes para impulsar cambios de alcance duradero. Tanto la construcción de un mundo de coexistencia pacífica, como la diseminación de los gérmenes de la guerra y la destrucción son ambas obras del ser humano. Si no se genera una transformación interior en las personas, toda reforma acabará siendo superficial y difícil de sostener.

Por ello, cuando finalizó la guerra, Toda no perdió tiempo en llevar esperanza y fortaleza a las personas comunes sumidas en la máxima desesperación y la pobreza. Actuaba con amor compasivo porque creía en el potencial ilimitado de cada ser humano.

Así, al mando de la Soka Gakkai, fue alentando a los más débiles y oprimidos de la sociedad japonesa. Mientras tanto, la gente se burlaba de la Soka Gakkai como una agrupación de pobres y enfermos. Pero él estaba orgulloso de ello.

Pronto, Toda se convirtió en el líder del movimiento religioso de más rápido crecimiento en el Japón. La sociedad empezó a admitir su carisma y sus capacidades organizativas, pero catalogaba a los miembros como prosélitos sumisos. A pesar de las opiniones, Toda era un hombre sencillo y accesible. Atraía a las personas con un profundo amor compasivo y con su sincera preocupación en la felicidad ajena. Toda alentaba a las personas a enfrentar las dificultades con valentía y a extraer la sabiduría necesaria para solucionar concretamente los problemas.

De la misma manera, la calidez, el coraje y la fortaleza de Josei Toda, sus cualidades humanas, acapararon mi atención, aún cuando al principio no estaba interesado en el budismo ni tenía idea de lo que era.

Toda detestaba el elitismo. Tenía una inteligencia penetrante y un buen sentido del humor. Su risa era vigorosa y disfrutaba beber. Pero nunca perdía el control ni se equivocaba en su juicio. Cuando ocurría algo preocupante, intervenía inmediatamente dando indicaciones con precisión. Desenmascaraba fácilmente las mentiras y odiaba la lisonja, especialmente, de un joven.

Era un hombre visionario y perspicaz. Visualizó la unión de la familia humana allende las fronteras nacionales, y por ello, adelantándose a los tiempos, en medio de la Guerra Fría, abogó por un sentido de ciudadanía mundial. La visión de ciudadanía mundial solidaria, esencia de las actividades por la paz de la Soka Gakkai Internacional (SGI) que actualmente promuevo es el legado filosófico de Toda.

Josei Toda lamentaba profundamente el sufrimiento que el Japón había impuesto a las naciones de Asia durante la guerra, debido a eso, decidió luchar para que los pueblos del continente asiático resplandecieran de paz, esperanza y felicidad. Además, estaba convencido que el Japón sólo llegaría a ser una nación auténticamente pacífica cuando recuperase la confianza de sus vecinos.

Lo que Toda trató de concretar, tal vez no fue comprendido por las personas de su época. Sin embargo, hoy, su sueño y su visión perviven en los creyentes de la SGI, que practican su filosofía en ciento veintiocho países y territorios del orbe entero. Yo también, como sucesor de Josei Toda, me siento orgulloso de llevar a la práctica el pensamiento de este gran hombre. [Nota del traductor: Este ensayo fue escrito en 1998. Según el registro de 2008, la SGI está representada en ciento noventa y dos países y territorios del mundo.]