a+ a- print

Wangari Maathai

El espíritu de reverenciar la vida

(Tomado de una serie de ensayos de Daisaku Ikeda en los que reflexiona sobre sus encuentros con varias destacadas figuras a nivel mundial.)

Reunión de la Dra. Maathai con el Presidente de la SGI Ikeda en Tokio, febrero de 2005

Reunión de la Dra. Maathai con el Presidente de la SGI Ikeda en Tokio, febrero de 2005

La doctora Wangari Maathai viaja alrededor del mundo para transmitir la importancia de proteger nuestro ambiente natural, y suele proclamar el concepto japonés del mottainai como lema de su convocatoria. ¿Por qué interesó tanto a la doctora Maathai esta expresión que significa ‘¡No desperdiciemos!’ ? Cuando nos reunimos a dialogar, en febrero de 2005, y vi su sonrisa luminosa y franca, de inmediato entendí la razón: ¡porque es una madre, y representa a todas las madres africanas!

A la doctora Maathai también se la conoce como la madre del Movimiento del Cinturón Verde, una iniciativa popular de amplia base que promueve la plantación de árboles en muchos países africanos. En los últimos treinta años, las mujeres de escasos recursos de las zonas rurales se unieron a esta líder y forestaron el continente con más de treinta millones de árboles. Son mujeres que deben levantarse temprano cada mañana y recorren a pie muchos kilómetros en busca de leña y de agua, cargando a sus hijos pequeños a las espaldas. Este movimiento para mejorar la condición de vida y, al mismo tiempo, para proteger el ambiente natural es, sin duda alguna, un logro de las madres, por las madres y para las madres.

Es lógico que la doctora Maathai, que lleva décadas liderando un movimiento así, se sienta impresionada por la sabiduría de las madres japonesas, que encarnaron con su ejemplo el espíritu de la expresión mottainai.

A las personas de mi generación, que padecimos la Segunda Guerra Mundial, la palabra mottainai nos hace pensar en nuestras madres. Sus manos laboriosas convertían cualquier sobra de alimentos y resto de comida en una deliciosa invención casera que llenaba el estómago de los hijos hambrientos. Hacían encurtidos con las hojas sobrantes de los nabos; picaban las cáscaras de los vegetales e ideaban sabrosos acompañamientos; nos preparaban meriendas con fetas de pescado asado… Los niños nos sentíamos orgullosos de llevar en los pantalones los creativos remiendos que nuestras madres nos cosían en las rodillas. Eran verdaderas maestras nutricionistas basadas en el amor, y auténticas economistas basadas en el ingenio y el ahorro inteligente.

Ese espíritu de tierno cuidado, que excluía el desperdicio y la prodigalidad, fue una de las virtudes más admirables de los japoneses de esa época; se relacionaba íntimamente con una sólida cultura de reverencia a la vida y de consideración a los demás. Creo no ser el único en echar de menos ese “corazón maternal”, cuya ausencia es tan notoria en el mundo actual falto de cálido humanismo.

Mi esposa, quien también sufrió las privaciones de la guerra y la posguerra, siempre puso mucho empeño en no desperdiciar las cosas y en manejar con ingenio la economía familiar. No desperdiciaba ni un grano de arroz; todo lo que sobraba en la cena reaparecía al día siguiente transformado en un sorprendente manjar. El reciclado, para ella, era una actitud natural; era común verla guardar un sinfín de elementos aprovechables, como papel para envolver o cintas de empaque.

Esta creatividad de recursos podrá parecer algo insignificante, que no vale la pena encomiar, pero las madres de todo el mundo han empleado esta sabiduría hogareña y este amor ingenioso como herramienta eficaz para mantener y proteger a sus familias.

Mi maestro, el segundo presidente de la Soka Gakkai Josei Toda, usó y atesoró toda su vida una chaqueta acolchada que le había cosido su madre. Cuando a los diecinueve años partió de su remoto pueblo natal del norte de Japón para irse a vivir a Tokio, su madre le dijo: “Por difíciles que se pongan las cosas para ti, si usas esta chaqueta, podrás lograr cualquier cosa”. El señor Toda no olvidó jamás, ni por un instante, el profundo amor de su madre. Cada vez que se encontraba ante un obstáculo, resuelto a agradecer y retribuir el amor materno, se alentaba a sí mismo diciéndose: “Me las arreglaré, mientras conserve conmigo esta chaqueta”.

xxx

Reunión de la Dra. Maathai con estudiantes, Universidad Soka, Tokio, febrero de 2005

La doctora Maathai también concibió el Movimiento del Cinturón Verde inspirada en su amor y su preocupación por el futuro de sus hijos y de su patria. Ella elogia a las mujeres nobles y anónimas que participan a su lado diciendo que son “silvicultoras sin título”. La solidaridad, el compromiso y el trabajo que ellas realizan en su comunidad no sólo previenen la desertificación de África, sino que sirven también para crear conciencia ambiental en otros pueblos del mundo. Su servicio al género humano y a la Tierra es muy superior al de cualquier gobernante. Los legisladores deberían tomar nota de este hecho, y reconocer la sabiduría, el espíritu y las acciones de las personas comunes, con el debido respeto que ellas merecen. Desafortunadamente, las elites que rigen a las naciones del mundo —políticos, burócratas, académicos— tienden a menospreciar los movimientos populares de esta índole.

En el discurso que dio en la Universidad Soka en febrero de 2006, la doctora Maathai dijo que los políticos fácilmente trataban de aprovecharse del pueblo; así pues, era esencial que los ciudadanos lo impidieran involucrándose en el gobierno. Es muy cierto. Creo que la democracia, en el siglo XXI, necesita basarse en el respeto a la sabiduría de las madres, representantes del pueblo, y aprovechar al máximo la inteligencia de la mujer.

Mi madre también es el punto de partida de mis actividades por la paz. Se mantuvo firme y sin perder la compostura cuando vio que le arrancaban a cuatro de sus cinco hijos varones, uno tras otro, para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando, finalizada la guerra, le dijeron que su hijo mayor había muerto en el frente, se quebró de dolor. Jamás, mientras viva, olvidaré su pesar y su desgarramiento.

La angustia de una madre bondadosa es la angustia de millones de madres. La guerra no debería existir, en ninguna circunstancia, pues impone a las madres del mundo la más terrible sumisión y las somete al hambre, y al dolor de las pérdidas. La guerra es una perversión diabólica… Pienso que una sociedad realmente feliz será aquella que elimine por completo el sufrimiento de las madres.

Los jóvenes son la esperanza

Los bombardeos aéreos, en la Segunda Guerra Mundial, destruyeron gran parte de los árboles del vecindario en que nací y me crié, en Tokio. Los pocos que quedaron en pie fueron talados como combustible para la guerra. El inmenso cerezo que se erguía en nuestro terreno también cayó víctima del hacha cruel; en el lugar donde antes extendía sus ramas se levantó una fábrica de armamentos…

Curiosamente, en un lugar de nuestra vecindad se salvaron unos cuantos cerezos, en medio de un páramo desolado. Después de la guerra, los árboles se llenaron de brotes y volvieron a florecer profusamente, como alentando a los transeúntes que pasaban bajo sus ramas. Recuerdo la expresión de gozo con que mi madre alzaba los ojos para admirar esas copas floridas…

En ese momento, tomé una decisión: en el futuro, plantaría cerezos en todo el Japón. He sido fiel a este juramento de mi época juvenil; he plantado árboles alusivos en los suelos fértiles de muchísimas naciones, siempre orando por el crecimiento y el desarrollo de cada país y por la salud de mis amigos que vivían en esos lugares.

Mujeres del Movimiento del Cinturón Verde (De la película Una revocluión silenciosa)

Mujeres del Movimiento del Cinturón Verde (De la película Una revocluión silenciosa)

Plantar un árbol es plantar vida; es forjar el porvenir y construir la paz… Estas son las creencias que la doctora Maathai descubrió en común conmigo cuando nos reunimos.

Pedí a un grupo de jóvenes que me acompañaran dándole la bienvenida a la doctora Maathai, madre de la protección ambiental en África, así como antes habían recibido junto a mí al presidente sudafricano Nelson Mandela, padre de los derechos humanos de África (en octubre de 1990). Lo hice con el deseo de transmitir a las futuras generaciones el pensamiento y la conducta de ambos líderes. Quería que los jóvenes grabaran en lo más hondo de su corazón la plegaria de todas las madres anónimas.

La doctora Maathai dijo: "No importa lo desesperanzada que parezca la situación, la luz de la esperanza puede brillar". ¡Qué fuerza, qué optimismo! La esperanza a la que se refirió es, sin duda, la gente joven en la que ella tiene tantas expectativas.

[Cortesía de SGI Quarterly, April de 2008]