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El vuelo de la creatividad (Universidad de Bolonia, Italia, 1994)

[IKEDA, Daisaku: El nuevo humanismo, España, IEDDAI-Instituto Ikeda / Ediciones Civilización Global, 2020, págs. 37-48. Disertación pronunciada en la Universidad de Bolonia, en Italia, el 1º de junio de 1994].

Agradezco profundamente el honor de recibir el doctorado honorario de la Universidad de Bolonia, ilustre centro del saber que ostenta la más venerable y rancia tradición del mundo. Si me permiten, desearía agradecer al rector Fabio Roversi-Monaco por las generosas palabras con que ha anunciado mi discurso, y a todos los integrantes de la comunidad universitaria que hoy se han dado cita aquí para escucharme. Me han pedido que transmitiera algunas de mis reflexiones sobre las Naciones Unidas; en efecto, no se me ocurre un sitio más apropiado que la Universidad de Bolonia para debatir estas cuestiones. Es que, durante sus nueve siglos de historia, este lugar corporificó la perspectiva global que hoy pregona la ONU, y que trasciende los intereses particulares de los países que la integran.

En los siglos xiii y xiv, este centro académico albergó a numerosos estudiantes de toda Europa que acudieron a él atraídos por su excelente reputación y por su selecta comunidad de académicos. Ellos construyeron una ciudad universitaria, cosmopolita e independiente. Amenazados por la invasión de Federico II (1194-1250), los alumnos de este recinto replicaron: «No somos juncos en una ciénaga, que tuerce la más débil ráfaga de viento. Si venís aquí, lo descubriréis por vosotros mismos». [1] Esto demuestra su nobilísimo espíritu, columna vertebral de un verdadero ciudadano del mundo, tanto en aquellas épocas como ahora.

Respaldo a las Naciones Unidas

La Soka Gakkai Internacional (SGI), en su carácter de organización no gubernamental registrada en la ONU, ha participado en numerosas actividades de este organismo y brinda apoyo constante a su labor. Desde 1982, hemos coauspiciado diversas exhibiciones junto a la ONU en decenas de ciudades del mundo; entre ellas, «Armas nucleares: Una amenaza a nuestro mundo», «La guerra y la paz: De un siglo de guerras a un siglo de esperanza» y «Hacia el siglo de la vida: Medio ambiente y desarrollo». El propósito de estas muestras es provocar un llamado de atención sobre la necesidad de aunar nuestra sabiduría colectiva para hallar solución a los problemas mundiales que hoy nos aquejan.

Además, hemos patrocinado conjuntamente exposiciones para promover la causa de los derechos humanos. En diciembre de 1993, llevamos a cabo la muestra «Hacia un siglo de la humanidad: Panorama de los derechos humanos en el mundo actual», en el Palais des Nations, en Ginebra, para conmemorar el 45º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. En febrero de 1994, se la volvió a presentar al público en dicho lugar, en ocasión de la asamblea convocada por el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

A la par, la Conferencia de Mujeres de la Soka Gakkai para la Paz y la Cultura también patrocinó actividades referidas a la juventud, heredera del siglo xxi. Sus exposiciones, «Los derechos humanos de los niños y niñas» y «UNICEF y los niños del mundo» han recibido una calurosa acogida. Por añadidura, los jóvenes de nuestra organización también llevan a cabo enérgicas campañas de ayuda a los refugiados. Su esfuerzo ha redundado en una colecta de trescientos mil aparatos de radio portátiles que se han enviado a Camboya para apoyar la gestión del UNTAC (Autoridad de Transición de la ONU en Camboya), destinada a informar a los votantes sobre el proceso de elecciones generales. En lo personal, he presentado propuestas a tres períodos extraordinarios de sesiones de la Asamblea General dedicados al desarme, así como detalladas sugerencias para el establecimiento y la preservación de la paz, y enfoques viables para encarar una reforma estructural de las Naciones Unidas.

La SGI no es una organización política ni una agrupación social como otros. En esencia, es un movimiento basado en la filosofía del budismo que busca promover la transformación interior de la vida. En consecuencia, hoy quisiera referirme no a las posibles reformas concretas que necesita la ONU, sino a los ideales que esta debería tener por meta; a la base espiritual desde la cual este parlamento de la humanidad podría revitalizarse, y al etos de la ciudadanía mundial que, sin duda, modelará su futuro.

La esencia del sistema global representado por las Naciones Unidas yace en la cooperación y el diálogo. En otras palabras, en lo que llamo el «poder moderado» (soft power), cuya fuerza de persuasión es de índole espiritual y filosófica. Aunque ciertas situaciones —como la de Bosnia— hayan reclamado el uso del «poder duro» o militar como último recurso, no caben dudas de que la misión primordial de las Naciones Unidas es lograr sus fines mediante el soft power.

Después de todo, la historia de esta entidad es aún muy reciente; el año próximo celebrará sus primeros cincuenta años de vida. En comparación con la larga trayectoria de la humanidad, podría decirse que la ONU acaba de ser fundada. Sin embargo, cuando consideramos la brevísima e infortunada vida de su predecesora, la Liga de las Naciones, advertimos que no se puede minimizar el medio siglo de lucha que lleva la ONU sobre sus hombros.

Desde que terminó la guerra fría, esta entidad fue destinataria de grandes expectativas; hoy se espera que adopte un papel mucho más activo en el mundo en bien de la paz. Parece ser que este organismo internacional gradualmente comienza a funcionar con el espíritu con que fue fundado. De tal manera, todas las personas de buena voluntad debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para que esta tendencia incipiente desemboque en un siglo xxi colmado de esperanzas.

Un humanismo cósmico

Hace cinco décadas, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt (1882-1945), participó activamente en la creación de las Naciones Unidas. Este dignatario heredó el legado de otro predecesor suyo en el cargo, Woodrow Wilson, arquitecto de la Liga de las Naciones. Al igual que Wilson, Roosevelt proclamó una visión idealista y humanitaria que incluía a la vez los intereses nacionales e internacionales. Como todos bien sabemos, esta inspiración se convirtió en el espíritu fundacional y en la fuerza motriz de la ONU.

Roosevelt persuadió enfáticamente a otros líderes mundiales —como Josef Stalin y Winston Churchill— sobre la importancia de la seguridad global. Algunos historiadores han restado valor a las aspiraciones de Roosevelt —que representaban un humanismo de magnitud monumental— llamándolas, despectivamente, «humanismo cósmico». Hay que reconocer la virtual parálisis de muchas funciones vitales de la ONU durante la guerra fría. Hoy, no obstante, vemos un clamor cada vez más imperioso de que la ONU regrese a su espíritu fundacional —el anhelo de concretar la paz mundial y la seguridad universal—; esto parece demostrar que el humanismo de orden cósmico ya no es una extravagancia ni una ilusión.

A medida que consideraba estas y otras cuestiones afines, venía a mi mente con toda claridad la imagen del gran hombre del Renacimiento, Leonardo da Vinci (1452-1519). Quizá se piense que, en algunos sentidos, mi idea de relacionar a Leonardo con las Naciones Unidas es algo forzada: ambos términos pertenecen a dos dimensiones totalmente distintas. Después de todo, en su sereno e independiente avance por la vida, Leonardo pareció haber trascendido los conceptos sobre el bien y el mal, mientras que la ONU, por su naturaleza, no ha dejado de librar una lucha tortuosa entre intereses nacionales en perpetuo conflicto.

Por otro lado, debemos ver todas las cosas de cerca y también a la distancia. Con un enfoque más lejano y amplio, el filósofo alemán Karl Jaspers (1883-1969) dijo: «Leonardo y Miguel Ángel marcan dos mundos entre los cuales hay poco contacto: Leonardo fue un cosmopolita; Miguel Ángel, un patriota».[2] Esta observación pone de relieve la pertinencia de vincular a Da Vinci con las Naciones Unidas y nos sugiere que nunca hubo una época tan necesitada de las perspectivas de Leonardo como este tiempo en que vivimos.

La primera lección que creo haríamos bien en aprender de Leonardo es el dominio de la propia vida. Leonardo fue un individuo totalmente libre e independiente, no solo liberado de las ataduras de la religión y de la ética, sino también emancipado de lazos que pudiesen atarlo a su nación, familia, amigos y conocidos. Fue un ciudadano del mundo, incuestionable e imposible de igualar.

Es un hecho bien conocido que fue hijo ilegítimo y que no se casó en toda su vida. Quizá como resultado de ello, se sabe poco sobre su familia; los vínculos que lo ligaban a la república de Florencia, su tierra natal, eran más bien débiles. Luego de acabar su período de formación como aprendiz, en Florencia, partió sin la menor vacilación rumbo a Milán, donde empleó diecisiete años trabajando bajo el mecenazgo del duque del lugar, Ludovico Sforza. Cuando este cayó del poder, Leonardo pasó una breve estadía trabajando para el poderoso duque de Romaña, César Borgia, tras lo cual se trasladó a Florencia, Roma y Milán, en la medida en que se lo fueron requiriendo sus proyectos e intereses. En los últimos años de su vida, viajó a Francia por invitación de Francisco I, y fue allí donde murió. Leonardo no fue una persona desprovista de emociones ni de virtud, pero su vida estuvo encuadrada por la trascendencia de lo mundano y por la búsqueda concentrada, pura y directa de su vocación.

Cualesquiera hayan sido sus circunstancias o caminos, Leonardo mostró siempre escaso interés por las divisiones que solía imponer lo que, en su tiempo, se entendía por patriotismo, lealtad, bondad, belleza o beneficio; en cambio, aspiraba a un estado de vida que le permitiese observar todas las cosas sin apegos. No se dejaba tentar por la fama ni por la riqueza; sin embargo, tampoco se rebelaba contra la autoridad. De singular devoción a sus intereses, era imperturbable a las convenciones mundanas.

Leonardo, el pintor de la Mona Lisa y de su sonrisa misteriosa, también es el que retrató a los soldados de la Batalla de Anghiari, feroces, fuertes y belicosos. El mismo Leonardo que estudiaba hidrodinámica, fisiología botánica y el vuelo de las aves también se interesaba ávidamente por la anatomía humana. Se podrá decir mucho sobre él, pero la magnitud de sus manos y de su mente era tan grandiosa que las normas de la sociedad incluso hoy resultan un patrón de medida insuficiente para evaluarlo. Además, la libertad con que trascendía todas las inquietudes y limitaciones terrenales nos permite vislumbrar la esencia de un ciudadano del mundo auténticamente flexible. La vida de Leonardo expresa perfectamente el espíritu peculiar del Renacimiento italiano, pletórico de libertad y de vigor.

Tal vez Leonardo haya podido alcanzar dicha desenvoltura justamente porque fue maestro de su propia vida. Él mismo se ocupó de escribir: «No puede haber dominio más grande ni más pequeño que el que se tiene sobre uno mismo».[3] Es claro que, para Leonardo, el dominio de la propia vida era el principio primordial del cual derivaban todos los demás. A partir de dicha maestría sobre sí mismo, podía responder libremente a cualquier realidad, mientras que todas las convenciones que dicha realidad le mostraba —lealtad, bondad, belleza— le eran solo de valor secundario o aun terciario. Leonardo no tuvo pruritos en aceptar la invitación del Rey de Francia, quien había provocado la caída de su anterior mecenas, Sforza. ¿Lo suyo fue una falta de escrúpulos, una traición? Yo prefiero ver, en las acciones de este individuo colosal, su inmensa generosidad de espíritu y su abierta tolerancia.


Leonardo y la filosofía budista

Este distanciamiento de las convenciones es bastante similar a la enseñanza budista de «trascender el mundo». El «mundo» se refiere al plano de las distinciones, de las diferencias entre beneficio y detrimento, amor y aversión, belleza y fealdad, el bien y el mal… «Trascender el mundo» significa liberarnos de los apegos a esta clase de distinciones.

El Sutra del loto, la enseñanza más elevada del budismo, habla de la necesidad de «guiar a los seres vivos y hacer que renuncien a sus apegos».[4] El comentario más profundo sobre esta escritura instruye: «Debemos interpretar la palabra “renuncia” en el sentido de la “pertinencia con el logro de la iluminación”».[5] Ello significa que no se trata de una simple liberación de los apegos: luego de trascenderlos, debemos examinarlos claramente, verlos tal como son y aprender a hacer un empleo correcto de ellos. «Trascender el mundo», por tanto, supone la formación de una poderosa subjetividad interior que nos permita utilizar los apegos de manera positiva.

Friedrich Nietzsche (1844-1900), otro individuo que supo trascender los conceptos del bien y el mal, declaró que Leonardo «conocía el Oriente».[6] Esto alude, en mi opinión, a la semejanza entre el espíritu de Leonardo y la filosofía oriental. El Sutra del loto y Leonardo son como un espejo perfectamente pulido, en la medida en que ambos pueden reflejar la realidad claramente y, a la vez, irradian un espíritu capaz de trascender lo mundano.

La biografía de Leonardo escrita por el autor ruso Dimitri Merezhkovsky (1866-1941), La saga de Leonardo da Vinci, contiene un pasaje inolvidable que demuestra este dominio de sí mismo al que yo antes me refería. De pie en una colina con su discípulo predilecto, Francesco Melzi, Leonardo observa la batalla que transcurre a sus pies: las fuerzas de su mecenas Sforza están siendo derrotadas por el ejército francés.

—Todo lo que aquí ves, Francesco, fue, hace tiempo, el lecho de un océano que cubría una gran parte de Europa, África y Asia…

Nuevamente miró las distantes volutas de humo que escupían los cañones a cada disparo. A él le parecían tan ínfimas, en la distancia remota, tan tranquilas y sonrosadas bajo el resplandor del crepúsculo, cuya luz era como la de una antorcha sagrada, que le costaba creer que allí se estaba librando un combate furibundo, donde los hombres se masacraban unos a otros. […]

¿Qué le importaba a él quién saliese vencedor? […] La madre patria, la política, la gloria, la guerra, la caída de reinos enteros, el surgimiento de las naciones —todo eso que a los hombres parecía grande e imponente— ¿acaso no se asemejaban, en el marco eterno y sereno de la naturaleza, a esa columna de humo que se desvanecía en la luz del ocaso? [7]

La realidad de la guerra es pequeña e insignificante, cuando se refleja, como en un espejo, en la mente de quien logró ser maestro de su propia vida. En esta viñeta que muestra el desapego de Leonardo, Merezhkovsky supo captar hábilmente el humanismo de orden cósmico.

La SGI se basa en las enseñanzas budistas de Nichiren. Nuestra filosofía de la revolución humana tiene una profunda consonancia con el dominio propio que adquirió Leonardo. Como expresión concreta de nuestras convicciones, apoyamos a las Naciones Unidas y llevamos a cabo muchas otras actividades en pro de la paz y de la cultura. Con esta labor, aspiramos a contribuir a la sociedad, sin dejar de recalcar la importancia de la transformación interior e individual.

A medida que se acerca el fin de este atribulado siglo xx, conmovido en años recientes por la tragedia de violentos conflictos étnicos, parecería que no nos ha ido bien aplicando, como hasta ahora, un enfoque centrado solo en lo externo, en los sistemas y en las circunstancias. Para resolver los problemas que hoy nos acucian, creo yo, será cada vez más importante adoptar puntos de vista semejantes a los de Leonardo, que den prioridad a lo interno, al dominio de la propia vida.

No hay labor capaz de extenuarme

Leonardo soñaba que, algún día, las personas pudiésemos volar igual que los pájaros. Desde luego, nunca llegó a ver ese sueño hecho realidad. Pero su propio espíritu se remontó hasta las alturas del vuelo creativo durante toda su existencia. Basta con sentir, en este fragmento, la energía y la tenacidad extraordinarias que caracterizaron su vida:

Así te empeñarás durante tus días de juventud… El desuso herrumbra el metal; el agua estancada pierde su pureza y se congela a bajas temperaturas; del mismo modo, la inacción corroe el vigor de la mente […]. Más vale la muerte que el tedio […]; no hay labor capaz de extenuarme.[8]

Mientras pintaba La última cena, Leonardo a veces solía entregarse al trabajo desde el alba hasta la medianoche, sin detenerse ni siquiera para comer ni beber. Luego, por tres o cuatro días, no tocaba la tela: profundamente absorto en sus pensamientos, iba y venía por la recámara. A pesar de esta concentración sorprendente, de esta devoción absoluta al acto creativo, Leonardo finalizó relativamente pocas de sus obras. La mayoría de sus cuadros, aun laboriosamente bocetados y pensados, quedaron inconclusos.

Genio polifacético de talentos múltiples, Leonardo se dedicó —además de pintar— a la escultura, la invención mecánica, el diseño de armas militares, la ingeniería civil. En todos los campos exhibió una increíble versatilidad y amplitud de intereses. La mayoría de su trabajo, como en el caso de la pintura, quedó bocetado en el plano de las ideas y de los proyectos, sin materializarse. Pero es interesante notar que esto nunca perturbó a Leonardo. Él no consideraba estas creaciones incompletas como fracasos o causa de frustración; sin apegos, se dirigía hacia el proyecto siguiente, antes de haber completado el que tenía entre manos. Cosas que, para otros, podrían haber sido inconclusas eran, para él, algo completo, en cierto sentido. Si esto no fuera verdad, sería muy difícil conciliar la pasión de Leonardo por lo creativo con el inmenso número de obras incompletas que dejó. Por cierto, su creatividad haya surgido de la sinergia entre lo completo y lo inconcluso. De ser así, personificó un concepto complejo pero significativo: lo acabado de lo inacabado es, al mismo tiempo, lo inacabado de lo acabado.

Suele decirse que el espíritu renacentista se caracteriza por su visión de lo integral, más que de lo parcial. Leonardo, sin duda, percibió el mundo de esta manera. Como Jaspers observa, «consideró su obra como una totalidad y sostuvo que todo lo que había hecho debía quedar subordinado a dicha totalidad».[9] La creatividad de Leonardo —se trate de pintura o de escultura, de invención, arquitectura o ingeniería— fue un proceso en el que dio libre cauce a su talento prodigioso, para incorporar el mundo de la totalidad universal al ámbito de lo particular. En otras palabras, fue el proceso de volver visible el mundo invisible. Como resultado de ello, por muy perfectas que fuesen sus creaciones magistrales, no podían eludir la suerte de quedar inacabadas, en tanto eran hechos pertenecientes al orden de lo particular. Nuestra actitud no debe ser quedarnos con conformismo en dicho plano, sino mantener el vuelo constante, avanzar en forma continua e infatigable hacia la creación siguiente.

Las últimas palabras que pronunció el buda Shakyamuni fueron: «Todos los fenómenos son efímeros. Perfeccionen su práctica, jamás se dejen ganar por la negligencia». La enseñanza esencial del budismo Mahāyāna también nos exhorta así: «Fortalezcan su fe día tras día y mes tras mes. Si su determinación flaquea tan solo un instante, las funciones demoníacas sacarán ventaja».[10] Otra cita señala la verdad más profunda de la vida:

Es como el caso de un espejo percudido, que, una vez lustrado, refulge como una joya. Una mente nublada por las ilusiones provenientes de la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo percudido; pero una vez pulida, sin falta se convierte en un espejo impecable, que refleja la naturaleza esencial de los fenómenos y el verdadero aspecto de la realidad.[11]

Partir de lo acabado en lo inacabado para llegar a lo incompleto de lo completo… La sinergia de estas dos perspectivas es el origen de la creatividad infinita que hay en la vida, y del dinamismo de la existencia.

La cosificación del lenguaje

Según sus propias palabras, Leonardo fue discípulo de la experiencia; siempre buscó observar la realidad sin preconceptos, exactamente tal como era; así pues, la función reificadora del lenguaje —que tiende a recortar la experiencia y a congelarla como algo fijo— le inspiraba sospechas y hasta hostilidad. El énfasis que ponía en la imagen visual y su escepticismo del lenguaje me recuerdan el pensamiento de Nāgārjuna, el gran pensador del budismo Mahāyāna que vivió en el segundo o tercer siglo de esta era.

En su Doctrina media, Nāgārjuna (c. 150-c. 250 d. C.) critica la función reificadora del lenguaje, que tiende a cosificar nuestras experiencias y a otorgar sustancia a algo que, por naturaleza, carece de ella. Nāgārjuna declara, en relación con la doctrina del origen dependiente y el concepto de la no sustancialidad:

El Buda enseñó que la naturaleza del origen dependiente no se extingue ni se genera, no es momentánea ni eterna, no es simple ni compuesta, no viene ni va; trasciende la vanidad de las palabras y es la felicidad suprema.[12]

La cualidad cosificadora del lenguaje destruye la sinergia dinámica de lo completo y lo incompleto, y crea la ilusión de que un estado de estabilidad temporal es de índole eterna. Tanto Leonardo como Nāgārjuna advirtieron que esta falsa estabilidad o seguridad alentaba la complacencia de buscar el camino del menor esfuerzo. Leonardo ha dejado una sucinta admonición, «La impaciencia es madre de la insensatez»,[13] que resulta especialmente significativa cuando la analizamos en este contexto. También esclarece el peligro del radicalismo que nace cuando uno confunde los ideales con la sustancia y se apresura a poner en práctica las creencias sin comprender correctamente ni una ni otra.

El radicalismo es un grave problema, tanto en política como en asuntos sociales. No hay lugar para esta vía en nuestra labor para revitalizar instituciones como las Naciones Unidas. Las esperanzas desmedidas en el papel de la ONU, resultantes de sobreestimar la capacidad de este organismo para resolver conflictos, pueden fácilmente convertirse en desconfianza en cuanto los hechos se apartan de dichas expectativas aun en grado pequeño. Para evitar el desencanto, debemos recordar que, como enseñó Leonardo, «la impaciencia es madre de la insensatez».

Jacob Burckhardt, un académico suizo del siglo xix experto en arte y cultura renacentista, escribió: «Un hombre grande es […] aquel sin el cual el mundo nos parecería incompleto».[14] Esto describe correctamente a Leonardo da Vinci, quien alumbró el Renacimiento italiano con su genio. En medio del caos que parece cundir en este final de siglo xx, no se me ocurre otra época de la historia tan necesitada de personas independientes y nobles como Leonardo. La creación de un nuevo orden mundial, centrado en un organismo supranacional, finalmente dependerá de la cantidad de valores humanos auténticamente cosmopolitas que podamos convocar para llevar a cabo tan compleja tarea.

Como declaran los primeros renglones de la Carta de las Naciones Unidas —«Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas…»—, en la búsqueda de la paz y de la estabilidad mundial son los pueblos, las personas, lo más importante. Todo, en última instancia, depende de los sujetos. Por eso, la ONU debe desarrollar aún más sus funciones, con mayor apoyo y participación de todos los ciudadanos del mundo, hasta ser un parlamento del género humano donde se escuche la voz de todos los pueblos.

¿Dónde yace la prueba de la vida? ¿Cuál es el valor de una persona? ¿Qué es lo más importante a la hora de entablar amistad entre las naciones y los pueblos? Para tratar estas cuestiones hace falta un elemento esencial: un nuevo pulso de humanismo que fluya por debajo de todas nuestras actividades y acuerdos, que nutra el desarrollo cultural y ahonde los intercambios entre culturas, sin dejar de reconocer y de aceptar las diferencias que las vuelven únicas. Este es el ideal proclamado por la Carta Magna de las Universidades Europeas, firmada por instituciones de educación superior de todo el mundo —entre las cuales se contó nuestra Universidad Soka—, cuando esta digna Universidad de Bolonia cumplía novecientos años de trayectoria. Como budista, estoy decidido a mantener el legado de Leonardo y a seguir avanzando, junto a todos ustedes, hacia la nueva alborada de la historia humana que se extiende ante nosotros.

Para finalizar, quisiera recitar unos versos del gran Dante Alighieri:

Nada temas —me dijo—: cerca moras
del punto ansiado; aliento más seguro,
y reanima tus plantas vencedoras[15]

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