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El vuelo de la creatividad (Italia, 1 de junio de 1994)

[IKEDA, Daisaku: El nuevo humanismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, págs. 51-63. Conferencia brindada en la Universidad de Bolonia, Italia, el 1º de junio de 1994.]

Agradezco profundamente el honor de recibir el doctorado honorario de la Universidad de Bolonia, ilustre centro del saber que ostenta la más venerable y rancia tradición del mundo. Si me permiten, desearía agradecer al rector Fabio Roversi-Monaco por las generosas palabras con que ha anunciado mi discurso, y a todos los integrantes de la comunidad universitaria que hoy se han dado cita aquí para escucharme. Me han pedido que transmitiera algunas de mis reflexiones sobre las Naciones Unidas; en efecto, no se me ocurre un sitio más apropiado que la Universidad de Bolonia para debatir estos tópicos. Es que, durante sus nueve siglos de historia, este lugar corporificó la perspectiva global que hoy pregonan las Naciones Unidas, y que trasciende los intereses particulares de los países que las integran.

En los siglos XIII y XIV, este centro académico albergó a numerosos estudiantes de toda Europa que acudieron a él atraídos por su excelente reputación y por su selecta comunidad de académicos. Ellos construyeron una ciudad universitaria, cosmopolita e independiente. Amenazados por la invasión de Federico II (1194-1250), los alumnos de este recinto replicaron: “No somos juncos en una ciénaga, que tuerce la más débil ráfaga de viento. Si venís aquí, lo descubriréis por vosotros mismos”. (1) Esto demuestra su nobilísimo espíritu, columna vertebral de un verdadero ciudadano del mundo, tanto en aquellas épocas como ahora.

Respaldo a las Naciones Unidas

La Soka Gakkai Internacional (SGI), como organización no gubernamental registrada en la ONU, ha participado en numerosas actividades de esta entidad y ha brindado un apoyo constante a su labor. Desde 1982, hemos auspiciado en forma conjunta varias exhibiciones junto a la ONU, en decenas de ciudades del mundo: “Armas nucleares: Una amenaza a nuestro mundo”, “La guerra y la paz: De un siglo de guerras a un siglo de esperanza” y “Hacia el siglo de la vida: Ambiente y desarrollo”. El propósito de estas muestras es provocar un llamado de atención sobre la necesidad de aunar nuestra sabiduría para hallar solución a los problemas mundiales que hoy nos aquejan.

Además, hemos auspiciado conjuntamente exposiciones para promover la causa de los derechos humanos. En diciembre del año pasado, llevamos a cabo la muestra “Hacia un siglo de humanismo: Una visión general sobre los derechos humanos en el mundo actual”, en el Palais des Nations, en Ginebra, para conmemorar el 45º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. En febrero, se la volvió a presentar al público en dicho lugar, en ocasión del cónclave que celebró la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. La exhibición también cumplió un ciclo en Londres, hasta fines de mayo de 1994.

El Congreso Femenino de la Soka Gakkai para la Paz y la Cultura también abordó temas referidos a la juventud, heredera del siglo XXI. Sus exposiciones, “Los derechos humanos de la infancia” y “El UNICEF y los niños del mundo” han recibido una calurosa acogida. Los jóvenes de nuestra organización, por su parte, también están llevando a cabo enérgicas campañas de ayuda a los refugiados. Su esfuerzo redundó en una colecta de trescientos mil aparatos de radio portátiles que se enviaron a Camboya para apoyar la gestión de la Autoridad de Transición de la ONU en Camboya (UNTAC), destinada a brindar información pública sobre el proceso de elecciones generales. En lo personal, he presentado, por un lado, propuestas a tres sesiones especiales de la ONU sobre desarme y, por otro, detalladas sugerencias sobre cómo lograr y preservar la paz, y sobre distintas formas viables de encarar una reforma estructural de las Naciones Unidas.

La SGI no es una organización política ni un simple movimiento social. Es, en su esencia, un movimiento basado en la filosofía del budismo que busca promover la transformación interior de la vida humana. En consecuencia, hoy quisiera referirme no a las posibles reformas concretas que necesita la ONU, sino a los ideales que ésta debería tener por meta, a la base espiritual desde la cual se podría revitalizar este parlamento de la humanidad, y al ethos de la ciudadanía mundial que, sin duda, modelará su futuro.

La esencia del sistema global representado por las Naciones Unidas yace en la cooperación y el diálogo. En otras palabras, en el poder moderado (soft power), cuya fuerza de persuasión es de índole espiritual y filosófica. Aunque ciertas situaciones --como la de Bosnia-- hayan reclamado el uso del poder duro o militar como último recurso, no caben dudas de que la misión primordial de las Naciones Unidas es lograr sus fines mediante el poder moderado.

Después de todo, la historia de esta entidad es aún muy reciente: el año próximo celebrará sus primeros cincuenta años de vida. En comparación con la larga trayectoria de la humanidad, podría decirse que la ONU recién ha sido fundada. Sin embargo, cuando consideramos la brevísima e infortunada vida de su predecesora, la Liga de las Naciones, advertimos que no se puede tomar a la ligera el medio siglo de lucha que lleva la ONU sobre sus hombros.

Desde que terminó la Guerra Fría, esta entidad fue destinataria de grandes expectativas; hoy se espera que adopte un papel mucho más activo en el mundo, en bien de la paz. Parece ser que este organismo internacional gradualmente comienza a funcionar con el espíritu con que fue fundado. Por tanto, todas las personas de buena voluntad debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para que esta tendencia incipiente desemboque en un siglo XXI colmado de esperanzas.

Un humanismo cósmico

Hace cinco décadas, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, tuvo una activa participación en el establecimiento de las Naciones Unidas. Este dignatario heredó el legado de otro predecesor suyo en el cargo, Woodrow Wilson, figura clave en la creación de la Liga de las Naciones. Al igual que Wilson, Roosevelt ostentó una visión idealista, humanitaria e internacional. Como todos bien sabemos, esta inspiración se convirtió en el espíritu fundacional y en la fuerza motriz de la ONU.

Roosevelt persuadió sin desmayo a otros líderes mundiales –como José Stalin y Winston Churchill— de la importancia que poseía la seguridad del planeta. Algunos historiadores restan valor a las aspiraciones de Roosevelt –humanistas en un orden global y, hasta podría decirse, cósmico— y las califican de irreales. Hay que reconocer la parálisis de muchas funciones vitales de la ONU durante la Guerra Fría. Sin embargo, el clamor cada vez más imperioso de que la ONU regrese a su espíritu fundacional –concretar la paz mundial y la seguridad universal— demuestra que el humanismo de orden cósmico ya no es una extravagancia ni una ilusión.

A medida que consideraba estas y otras cuestiones afines, venía a mi mente con toda nitidez la imagen del gran Leonardo da Vinci, inmediata y contundente como la silueta de un objeto cuando uno, de pronto, ajusta el foco de una lente fotográfica. Quizá más de uno piense que mi idea de relacionar a Leonardo con las Naciones Unidas sea algo forzada: ambos términos pertenecen a dos dimensiones totalmente distintas. Después de todo, en su sereno e independiente avance por la vida, Leonardo pareció haber trascendido los conceptos sobre el bien y el mal, mientras que las Naciones Unidas, por su naturaleza, no han dejado de librar una lucha tortuosa entre intereses nacionales en perpetuo conflicto.

Pero creo que debemos ver todas las cosas de cerca y también a la distancia. Con un enfoque más lejano y amplio, el filósofo alemán Karl Jaspers dijo: “Leonardo y Miguel Ángel marcan dos mundos entre los cuales hay poco contacto: Leonardo fue un cosmopolita; Miguel Ángel, un patriota”. (2) Concuerdo con Jaspers y creo que nunca hubo una época tan necesitada como la nuestra de las perspectivas que postuló Leonardo da Vinci.

La primera lección que, creo, haríamos bien en aprender de Leonardo es el dominio de la propia vida. Leonardo fue un individuo totalmente libre e independiente, no sólo liberado de las ataduras de la religión y de la ética, sino también emancipado de lazos que pudiesen atarlo a una nación, familia, amigos y conocidos. Fue un ciudadano del mundo, intocable e imposible de igualar.

Es un hecho bien conocido que fue hijo ilegítimo y que no se casó en toda su vida. Quizá como resultado de ello, se sabe poco sobre su familia; los vínculos que lo ligaban a la república de Florencia, su tierra natal, eran más bien débiles. Luego de acabar su período de formación como aprendiz, en Florencia, partió sin la menor vacilación rumbo a Milán, donde empleó diecisiete años trabajando bajo el mecenazgo del duque del lugar, Ludovico Sforza. Cuando éste cayó del poder, Leonardo pasó una breve estadía trabajando para el poderoso duque de Romania, César Borgia, después de lo cual se trasladó a Florencia, Roma y Milán, en la medida en que se lo fueron requiriendo sus proyectos e intereses. En los últimos años de su vida, viajó a Francia por invitación de Francisco I, y fue allí donde murió. Leonardo no fue una persona desprovista de emociones ni de virtud, pero su vida estuvo signada por la trascendencia de lo mundano y por la búsqueda concentrada, pura y directa de su vocación.

Cualesquiera hayan sido sus circunstancias o caminos, Leonardo mostró siempre escaso interés por las divisiones que solía imponer lo que, en su tiempo, se entendía por patriotismo, lealtad, bondad, belleza o beneficio; en cambio, aspiraba a un estado de vida que le permitiese observar todas las cosas sin apegos. No se dejaba tentar por la fama ni por la riqueza; sin embargo, tampoco se rebelaba contra la autoridad. De singular devoción a sus intereses, era imperturbable a las convenciones mundanas.

Leonardo, el pintor de la Mona Lisa y de su sonrisa misteriosa, también es el que retrató los soldados de la Batalla de Anghiari, feroces, fuertes y belicosos. El mismo Leonardo que estudiaba Hidrodinámica, Fisiología botánica y el vuelo de las aves también se interesaba ávidamente por la anatomía humana. Se podrá decir mucho sobre él, pero la magnitud de sus manos y de su mente era tan grandiosa, que las normas de la sociedad resultan un patrón de medida insuficiente para evaluarlo. Además, la amplitud con que trascendía todas las inquietudes y limitaciones mundanas nos permite vislumbrar la esencia de un ciudadano del mundo verdaderamente liberado. La vida de Leonardo expresa perfectamente el espíritu peculiar del Renacimiento italiano, pletórico de libertad y de vigor.

Acaso Leonardo haya podido alcanzar dicha emancipación justamente porque fue maestro de su propia vida. Él mismo se ocupó de escribir: “No puede haber dominio más grande ni más pequeño que el que se tiene sobre uno mismo”. (3) Es claro que, para Leonardo, el dominio de la propia vida era el principio primigenio del cual derivaban todos los demás. A partir de dicha maestría sobre sí mismo, podía responder libremente a cualquier realidad, mientras que todas las convenciones que dicha realidad le mostrase --lealtad, bondad, belleza-- le eran sólo de valor secundario o aun terciario. Leonardo no tuvo pruritos en aceptar la invitación del Rey de Francia, quien había provocado la caída de su anterior mecenas, Sforza. ¿Lo suyo fue una falta de escrúpulos, una traición? Yo prefiero ver, en las acciones de este individuo colosal, su inmensa generosidad de espíritu y su abierta tolerancia.

Leonardo y la filosofía budista

Este distanciamiento de las convenciones es bastante similar a la enseñanza budista de “trascender el mundo” (en japonés, shusseken). El “mundo” se refiere al plano de las distinciones, de las diferencias --entre beneficio y detrimento, entre amor y aversión, entre belleza y fealdad, entre el bien y el mal--. “Trascender el mundo” significa liberarnos de los apegos a esta clase de distinciones.

El Sutra del Loto, la enseñanza más elevada del budismo, habla de la necesidad de “guiar a los seres vivientes y de hacer que renuncien a sus apegos”. (4) El comentario más profundo sobre el Sutra del Loto instruye: “La palabra 'renuncien' debe leerse como 'perciban'”. (5) Ello significa que no se trata de un simple liberarse de los apegos: luego de trascenderlos, debemos examinarlos claramente, verlos tal como exactamente son y aprender a hacer un uso correcto de ellos. “Trascender el mundo”, por tanto, indica la formación de una poderosa identidad interior que nos permita llegar a emplear los apegos positivamente.

Friedrich Nietzsche, otro individuo que supo trascender los conceptos del “bien” y del “mal”, declaró que Leonardo “conocía el Oriente”. (6) Esto alude, en mi opinión, a la semejanza entre el espíritu de Leonardo y la filosofía oriental. El Sutra del Loto y Leonardo son como un espejo perfectamente lustrado, en el sentido de que ambos pueden transmitir la realidad claramente y, a la vez, irradian un espíritu capaz de trascender lo mundano.

La biografía de Leonardo escrita por el autor ruso Dimitri Merejkowski, La saga de Leonardo da Vinci, contiene un fragmento inolvidable que demuestra este dominio de sí mismo al que yo antes me refería. Éste, de pie en una colina, con su discípulo predilecto, Francesco Melzi, observa la batalla que transcurre a sus pies: las fuerzas de su mecenas Sforza están siendo derrotadas por el ejército francés.

--Todo lo que aquí ves, Francesco, fue, hace tiempo, el lecho de un océano que cubría una gran parte de Europa, África y el Asia...
Nuevamente miró las distantes volutas de humo que escupían los cañones a cada disparo. A él le parecían tan ínfimas, en la distancia remota, tan tranquilas y sonrosadas bajo el resplandor del crepúsculo, cuya luz era como la de una antorcha sagrada, que le costaba creer que allí se estaba librando un combate furibundo, donde los hombres se masacraban unos a otros.
[...] ¿qué le importaba a él quién saliese vencedor? La madre patria, la política, la gloria, la guerra, la caída de reinos enteros, el surgimiento de las naciones --todo eso que a los hombres parecía grande e imponente--..., ¿acaso no se asemejaban, en el marco eterno y sereno de la naturaleza, a esa columna de humo que se desvanecía en la luz del ocaso? (7)

La realidad de la guerra es pequeña e insignificante, cuando se refleja, como en un espejo, en la mente de quien logró ser maestro de su propia vida. Aquí Merejkowski supo capturar hábilmente el humanismo de orden cósmico.

La SGI se basa en las enseñanzas budistas de Nichiren. En nuestra filosofía de la revolución humana, resuena con ecos profundos el mismo dominio propio que desplegó Leonardo. Para poner en práctica nuestras convicciones, apoyamos a la ONU y llevamos a cabo muchas otras actividades en pro de la paz y de la cultura. Mediante esta labor, aspiramos a contribuir a la sociedad, pero, paralelamente, siempre recalcamos la importancia de la transformación interior e individual.

A medida que nos vamos acercando al término de este siglo atribulado, conmovido en años recientes por la tragedia de violentos conflictos étnicos, parece que no nos ha ido bien aplicando, como hasta ahora, un enfoque centrado sólo en lo externo, en los sistemas y en las circunstancias. Para resolver los problemas que hoy nos acucian, creo yo, será cada vez más importante adoptar puntos de vista semejantes a los de Leonardo, que den prioridad a lo interno, al dominio de la propia vida.

“No hay labor capaz de extenuarme”

Leonardo soñaba que, algún día, los seres humanos pudiésemos volar igual que los pájaros. Desde luego, nunca llegó a ver ese sueño hecho realidad. Pero su propio espíritu se remontó hasta las alturas del vuelo creativo, durante toda su existencia. Basta con sentir, en este fragmento, la energía y la tenacidad extraordinarias que caracterizaron su vida:

Así te empeñarás durante tus días de juventud... El desuso herrumbra el metal; el agua estancada pierde su pureza y se congela a bajas temperaturas; del mismo modo, la inacción corroe el vigor de la mente [...]. Más vale la muerte que el tedio [...]; no hay labor capaz de extenuarme. (8)

Mientras pintaba La última cena, Leonardo a veces solía entregarse al trabajo desde el alba hasta la medianoche, sin detenerse ni siquiera para comer ni beber. Luego, por tres o cuatro días, no tocaba la tela: profundamente absorto en sus pensamientos, iba y venía por la recámara. A pesar de esta concentración sorprendente, de esta devoción absoluta al acto creativo, Leonardo finalizó relativamente pocas de sus obras. La mayoría de sus cuadros, aun laboriosamente bocetados y pensados, quedaron inconclusos.

Genio polifacético de talentos múltiples, Leonardo se dedicó --además de pintar-- a la escultura, la invención mecánica, el diseño de armas militares, la ingeniería civil. En todos los campos exhibió su increíble versatilidad y amplitud de intereses. La mayoría de su trabajo, como en el caso de la pintura, nunca se concretó; quedó en el plano de las ideas y de los planes. Pero es interesante notar que esto nunca perturbó a Leonardo. Él no consideraba estas creaciones incompletas como fracasos o causa de frustración; sin apegos, se dirigía hacia el proyecto siguiente, antes de haber completado el que tenía entre manos. Cosas que, para otros, podrían haber sido inconclusas eran, para él, algo completo, en cierto sentido. Por cierto, acaso hayan tenido una sinergia: lo acabado que existe en lo inacabado. Si esto no fuera verdad, sería muy difícil conciliar la pasión de Leonardo por lo creativo con el inmenso número de obras incompletas que dejó. Lo acabado de lo inacabado es, al mismo tiempo, lo inacabado de lo acabado.

Suele decirse que el espíritu renacentista se caracteriza por la totalidad, por lo universal e integral. Leonardo, sin duda, percibió el mundo de esta manera, como una creatividad infinita; como una totalidad y un universalismo que podríamos designar “vida cósmica”: un reino que todo lo abarca, al que Jaspers se refirió cuando dijo: “Leonardo consideró su obra como una totalidad y sostuvo que todo lo que había hecho debía quedar subordinado a dicho todo2. (9) La creatividad de Leonardo --se trate de pintura o de escultura, de invención, arquitectura o ingeniería-- fue un proceso en el que dio libre cauce a su talento prodigioso, para incorporar el mundo de la totalidad universal al ámbito de lo particular. En otras palabras, fue el proceso de volver visible el mundo invisible. Como resultado de ello, por muy perfectas que fuesen sus creaciones magistrales, no podían eludir la suerte de quedar inacabadas, en tanto eran hechos pertenecientes al orden de lo particular. Nuestra actitud no debe ser quedarnos pacíficamente en dicho plano, sino mantener el vuelo constante, avanzar en forma continua e infatigable hacia la creación siguiente.

Las últimas palabras que pronunció el buda Shakyamuni fueron: “Todos los fenómenos son efímeros. Perfeccionen su práctica, jamás se dejen ganar por la negligencia”. La enseñanza esencial del budismo mahayana también nos exhorta así: “Fortalezcan su fe día tras día y mes tras mes. Si su determinación se debilita tan sólo un instante, los demonios sacarán ventaja”. (10) Otro fragmento señala:

Hasta un espejo percudido brilla como una gema, si se lo lustra. Una mente nublada por las ilusiones que se originan en la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo percudido, pero, cuando se la pule, se vuelve clara y refleja la iluminación de la verdad inmutable. (11)

Partir de lo acabado en lo inacabado para llegar a lo incompleto de lo completo... La sinergia de estas dos perspectivas es el origen de la creatividad infinita que hay en la vida, y del dinamismo de la existencia.

La “cosificación” del lenguaje

Según sus propias palabras, Leonardo fue discípulo de la experiencia; siempre buscó observar la realidad sin preconceptos, exactamente tal como era; así pues, la función “cosificadora” del lenguaje --que tiende a capturar la experiencia y a congelarla como algo fijo-- le inspiraba sospechas y hasta hostilidad. El énfasis que ponía en la imagen visual y sus críticas al lenguaje me recuerdan el pensamiento de Nagarjuna, el gran pensador del Budismo mahayana que vivió en el segundo o tercer siglo de esta era.

En su obra La doctrina media, Nagarjuna criticó el lenguaje por su tendencia a “cosificar” o “reificar” nuestras experiencias y a otorgar sustancia a algo que, por su esencia, carecía de ella. Nagarjuna declaró, en relación con la doctrina del origen dependiente (en japonés, engi) y el concepto de no-sustancialidad (en japonés, ku):

El Buda enseñó que la naturaleza del origen dependiente no se extingue ni se genera, no existe momentánea ni eternamente, no es simple ni compuesta, no viene ni va; trasciende la vanidad de las palabras y es la felicidad suprema. (12)

La cualidad “cosificadora” del lenguaje destruye la sinergia dinámica de lo completo y lo incompleto y crea la ilusión de que un estado de estabilidad temporal es de índole eterna. Tanto Leonardo como Nagarjuna advirtieron que esta falsa estabilidad o seguridad alentaba la complacencia de buscar el camino del menor esfuerzo. Leonardo ha dejado una sucinta admonición, --“La impaciencia es madre de la insensatez”— (13), que brilla con colores auténticos y gloriosos, cuando la analizamos dentro de este contexto. También esclarece el peligro del radicalismo que nace cuando uno confunde los ideales articulados con la sustancia y se apresura a ponerlos en práctica, sin una correcta evaluación.

El radicalismo es un grave problema, tanto en política como en asuntos sociales. No hay lugar para esta vía, en nuestra labor para revitalizar las Naciones Unidas. Las esperanzas desmedidas en el papel de la ONU pueden fácilmente convertirse en desconfianza, cuando los hechos se apartan de dichas expectativas aun en un grado pequeño. Para evitar el desencanto, debemos proceder como habría hecho Leonardo y recordar que “la impaciencia es madre de la insensatez”.

Jacob Burckhardt, un académico suizo del siglo XIX experto en arte y cultura renacentista, escribió: “Un hombre grande es [...] aquel sin el cual el mundo nos parecería incompleto”. (14) Esto describe correctamente a Leonardo da Vinci, quien alumbró el Renacimiento italiano con una luz imperecedera. En medio del caos que parece cundir en este final de siglo, no se me ocurre otra época de la historia tan necesitada de personas independientes y nobles como Leonardo. La creación de un nuevo orden mundial, centrado en las Naciones Unidas, finalmente dependerá de la cantidad de valores humanos auténticamente cosmopolitas que podamos convocar para llevar a cabo tan compleja tarea.

Como declaran los primeros renglones de la Carta de las Naciones Unidas --“Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas...”—, en la búsqueda de la paz mundial son los pueblos, las personas, lo más importante. Todo, en última instancia, depende de los hombres. Por eso, la ONU debe desarrollar aún más sus funciones, con mayor apoyo y participación de todos los ciudadanos del mundo, hasta ser un parlamento del género humano, donde se escuche la voz de todos los pueblos.

¿Dónde yace la prueba de la vida? ¿Cuál es el valor de un ser humano? ¿Qué es lo más importante a la hora de entablar amistad entre las naciones y los pueblos? Para tratar estas cuestiones hace falta un elemento esencial: un nuevo pulso de humanismo que fluya por debajo de todas nuestras actividades y acuerdos, que nutra el desarrollo cultural y adonde los intercambios entre culturas sin dejar de reconocer las diferencias que las vuelven únicas. Éste es el ideal triunfalmente proclamado por la Carta magna de las universidades europeas, firmada por instituciones de educación superior de todo el mundo –entre las cuales se contó nuestra Universidad Soka—, cuando este digno establecimiento cumplió novecientos años de trayectoria. Como budista, estoy decidido a mantener el legado de Leonardo y a seguir avanzando, junto a todos ustedes, hacia la nueva alborada de la historia humana que se extiende ante nosotros.

Para finalizar, quisiera recitar unos versos del gran Dante Alighieri:

Nada temas --me dijo--: cerca moras
del punto ansiado; aliento más seguro,
y reanima tus plantas vencedoras. (15)

(1) ZACCAGNINI, Guido: La vita dei maestri e degli scolari nello Studiio di Bologna nei secoli XIII e XIV (Vida de los maestros y académicos de la Universidad de Bolonia en los siglos XIII y XIV), Leo s. Olschki, Ginebra, 1926, pág. 7.

(2) JASPERS, Karl: “Leonardo as Philosopher (Leonardo como filósofo)”, Three Essays (Tres ensayos), Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1964, pág. 56.

(3) The Notebooks of Leonardo da Vinci (Los cuadernos de Leonardo da Vinci), Nueva York, Geroge Braziller, 1958, vol. 1, pág. 90.

(4) Sutra del loto, Nueva York, University of Columbia Press, 1993, pág. 24.

(5) Nichiren Daishonin Gosho Zenshu (Obras completas de Nichiren Daishonin), Tokio, Soka Gakkai, 1952, pág. 773.

(6) JASPERS, Karl: Ib., pág. 53.

(7) MEREJKOWSKI, Dimistri S.: The romance of Leonardo da Vinci (La saga de Leonardo da Vinci), Nueva York, The Heritage Press, 1938, pág. 356.

(8) The Notebooks of Leonardo da Vinci, vol. 1, págs. 64, 89 y 92.

(9) JASPERS, Karl: ib., pág. 49.

(10) “Sobre las persecuciones acaecidas al Buda”, Los principales escritos de Nichiren Daishonin, Buenos Aires, Soka Gakkai Internacional de la Argentina, 1995, vol. 1, pág. 246.

(11) “Sobre el logro de la budeidad”, ib., pág. 5.

(12) NAGARJUNA: Mulamadhyamakakarika (La doctrina media).

(13) The Notebooks of Leonardo da Vinci, vol. 1, pág. 83.

(14) BURCKHARDT, Jacob: Reflections on History (Reflexiones sobre la historia), Indianápolis, Liberty Fund, 1979, pág. 271.

(15) ALIGHIERI, Dante: The Divine Comedy (La divina comedia), Nueva York, Penguin Books, 1985, vol. 2, pág. 97.