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Transformar la historia humana: Un haz de luz hacia la paz y la dignidad (Propuesta de paz 2022)

Daisaku Ikeda
Presidente de la Soka Gakkai Internacional (SGI)

26 de enero de 2022

A casi dos años de haberse declarado oficialmente la pandemia del nuevo coronavirus (COVID-19), continúan surgiendo nuevas variantes y, de la mano de ellas, nuevas olas de contagio que crean difíciles condiciones en numerosos países. Es doloroso ver la cantidad de personas en el mundo que, privadas de acompañamiento o de apoyo, cargan el peso de haber perdido su salud, sus medios de subsistencia o su sentido de propósito, o que aún no han podido superar la muerte de familiares y de amigos.

La vida diaria prosigue sin que veamos claramente adónde conduce el camino, pero todo parece indicar que los efectos de la pandemia serán duraderos y a largo plazo. Se ha llegado a plantear, incluso, que será una divisoria de aguas en el devenir de la humanidad y que se hablará del mundo antes y después de la COVID-19. No hay cómo negar que la pandemia ha significado una amenaza sin precedentes; pero, puestos a considerar los hechos y las tendencias que marcan los períodos históricos, no es menos cierto que debemos actuar para que el sufrimiento ante las pérdidas devastadoras no sean el signo de esta época. Lo digo porque estoy convencido de que el factor determinante que habrá de definir el rumbo de la historia no será un virus, sino nosotros, los seres humanos.

Es natural que la gente tienda a destacar los factores negativos, ya que nos encontramos ante situaciones hasta hace poco inimaginables, y esto genera incertidumbre y confusión. Pero es crucial hallar esperanza en las acciones positivas que se están tomando para resolver la crisis, y enfocarnos en apoyarlas y en darles más alcance.

Aunque se trate de una amenaza de distinta índole, el fundador y primer presidente de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi (1871-1944), reflexionaba de esta manera en noviembre de 1942, pensando en la clave para disipar el caos y el miasma impenetrable de esa época oscura, en las horas más sombrías de la Segunda Guerra Mundial. En su opinión, debíamos evitar, en un extremo, el «primer plano» que solo ve la realidad inmediata e ignora todo lo demás; y, en el otro, el «plano general» de las declaraciones vagas y vacías, que no se traducen en acciones transformadoras. Makiguchi consideraba que se debía adoptar un enfoque social «lúcido y equilibrado», que permitiera a la gente emprender acciones concretas en sus circunstancias reales, sabiendo cuál era el propósito de lo que hacían, y con qué fines o para quiénes se estaban esforzando.[1] Sostenía que esa clase de visión lúcida y balanceada —también necesaria para la vida cotidiana— no era algo que requiriese de conocimientos o de capacidades especiales.

Creo que, a través de esta crisis del coronavirus, frente al torbellino de trastornos y de desorden que ella ha ocasionado, muchos han llegado a comprender:

  • Que nuestra vida no es posible sin el apoyo de otros y sin el funcionamiento adecuado de la sociedad, y que las alegrías más profundas de la vida son las que se experimentan en relación con los demás.
  • Que los problemas del mundo están mutua y profundamente conectados; y que los peligros y retos que afligen a la gente en lugares lejanos no tardan en repercutir en los entornos locales.
  • Que el dolor de perder repentinamente a un ser querido o de echar en falta las cosas que daban sentido a nuestra vida es el mismo para las personas en todos los países; y que la tragedia humana, en esencia, tiene el mismo signo, aunque las circunstancias particulares varíen.

Lo más importante, entonces, es crear lazos solidarios a partir de esa conciencia de las interconexiones que esta crisis inédita nos ha permitido entender; y hacer de esa trama solidaria la base de un trabajo colaborativo para hallar salida a la tormenta.

Makiguchi apreciaba la máxima budista que dice: «Cuando el cielo se despeja, la tierra se ilumina»,[2] porque creía en la capacidad humana de disipar la densa bruma que se cernía sobre el mundo y de iluminar el camino hacia un futuro más esperanzado.

Aquí me gustaría analizar, desde tres perspectivas diferentes, los factores que considero esenciales para superar no solo la crisis del coronavirus, sino también los otros retos que nuestro mundo tiene por delante para dar paso a un nuevo capítulo de la historia humana.

Tejer nuevamente el entramado social

El primer desafío es tratar sin rodeos los problemas que esta pandemia ha visibilizado y volver a tejer el entramado social para que sea capaz de sustentar la vida de la población en los próximos años y décadas.

Si bien el azote del coronavirus ha tenido efectos adversos en todos los sectores y aspectos de la sociedad, estos han sido dispares según las condiciones de los sujetos afectados. Quienes ya estaban en situación vulnerable antes de la aparición de la COVID-19 hoy se encuentran en circunstancias mucho más desesperantes. La suma de dificultades que ha recaído sobre estas personas supera lo que cualquiera podría sobrellevar por sí solo, y esto se aplica incluso a quienes, previamente a la pandemia, tenían una existencia relativamente estable.

Así pues, la magnitud de los efectos depende de una combinación de factores. Por ejemplo, ¿cuentan estas personas con una red de apoyo en su entorno que las asista en caso de caer enfermas? ¿Disponen de medios para seguir trabajando, incluso si se implementan medidas estrictas para contener el contagio? ¿Están en condiciones de responder a cambios rápidos o drásticos en el ambiente donde viven?

Ante la necesidad imperiosa de reconstruir lo antes posible la vida social, si solo se hace hincapié en datos estadísticos —como el número de contagios o los indicadores económicos— podría darse lugar a vacíos éticos que dejarían excluidas a numerosas personas. Lo preocupante es que esos puntos ciegos acentúen las disparidades, agravando los efectos con brechas adicionales en los plazos y en el alcance de la recuperación.

La pandemia del coronavirus ha golpeado a todo el género humano: a diferencia de otros desastres cuyos efectos negativos se han focalizado en un área geográfica delimitada, en este caso no es posible concentrar a las personas necesitadas de asistencia en un mismo lugar o sitio de evacuación. Los esfuerzos de estos últimos años por evitar que el virus se diseminara nos han llevado a un estado de alerta, casi visceral, ante todos nuestros contactos e interacciones. Existe el riesgo de que, por añadidura, la necesidad de protegernos haya instalado en nosotros una suerte de «aislamiento subjetivo». Esto, por su parte, ha incrementado más aún nuestra dificultad para vincularnos y comprometernos con las cosas más allá de lo inmediato.

Con ánimo de buscar medios para eliminar las disparidades en los efectos negativos y en los niveles de la recuperación, quisiera referirme aquí a una conferencia que dio el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en julio de 2020, cuatro meses después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara el estado de pandemia en relación con la COVID-19. En esa oportunidad, en un acto para recordar el natalicio del fallecido presidente sudafricano Nelson Mandela (1918-2013), quien dedicó la vida a los derechos humanos y a la justicia social, el secretario general no centró su análisis en los peligros y amenazas de dicha enfermedad, sino en la gente real que sufría sus efectos. Observó entonces que las peores consecuencias del virus recaían en los sectores más vulnerables, en quienes viven en la pobreza, los adultos mayores, las personas con discapacidad y los que padecen afecciones preexistentes.[3]

A su vez, señaló que la COVID-19 podía compararse «con una radiografía que ha revelado las fracturas en el frágil esqueleto» de nuestras sociedades e invitó a desarrollar un nuevo contrato social para una nueva era.[4] Citó las siguientes palabras que el presidente Mandela había dirigido al pueblo de Sudáfrica y que sugieren un rumbo para concretar esa aspiración: «Uno de los desafíos de nuestro tiempo […] es volver a inculcar en la conciencia de nuestro pueblo ese sentido de solidaridad humana, de estar unos para otros en el mundo y por y a través de los demás».[5]

En dos ocasiones mantuve encuentros de diálogo con el presidente Mandela, y estas palabras me han hecho recordar su calidez y su presencia inspiradora y vivaz.

En mi propuesta de 2015, había analizado las limitaciones de la teoría del contrato social, una de las corrientes que han fundamentado el pensamiento político contemporáneo. En esa ocasión, en referencia a sus aspectos problemáticos, había citado las observaciones de la filósofa estadounidense Martha Nussbaum.

La teoría del contrato social se origina en las ideas de pensadores como Thomas Hobbes (1588-1679) y John Locke (1632-1704). En su libro Las fronteras de la justicia, Nussbaum observa: «Los teóricos clásicos asumieron en todos los casos que los agentes contratantes eran hombres más o menos iguales en capacidad y aptos para desarrollar una actividad económica productiva».[6] Como resultado de ello, a pesar de un fuerte hincapié en la idea del mutuo provecho, ese tipo de contrato ha excluido a los niños y niñas, las mujeres y la población anciana, y ha hecho poco por incluir en sentido pleno a otros, como las personas con discapacidad, en la vida de la sociedad. Es muy lamentable que, aun en medio de la crisis del coronavirus, esa forma de pensar siga ejerciendo una influencia tan poderosa.

En los ámbitos decisorios sobre las acciones de respuesta a la pandemia, la inclusión de las mujeres ha sido limitada; de hecho, se ha criticado que muchas de las medidas implementadas no han tenido una adecuada perspectiva de género. A la par de ello, el interés de los niños, niñas y adolescentes pocas veces recibe la atención debida; téngase presente que la COVID-19 ha significado una importante merma de oportunidades educativas, especialmente en los casos en que el desempleo, la enfermedad o la muerte de progenitores o de adultos responsables ha dejado en una intemperie de recursos a los más jóvenes a su cuidado.

Del mismo modo, muchas respuestas de emergencia han ignorado o relegado las necesidades de las personas mayores o enfermas, y buena parte de ellas se han visto privadas de servicios esenciales o sometidas a vivir en aislamiento durante largos períodos. Incluso sin que mediara una emergencia, la gente con discapacidad ha tenido problemas para acceder a los tratamientos y a la información que necesitaba; estos y otros aspectos de su vida se han visto aún más perjudicados por la pandemia.

Es vital mejorar las condiciones de los grupos vulnerables teniendo en cuenta debidamente a cada sujeto en forma individual. Ante la evidencia de estas realidades, ha llegado la hora de abandonar la idea clásica del provecho mutuo.

Puestos a considerar un cambio de paradigma, me parece valioso ponderar estas palabras del secretario general Guterres con motivo del Día Mundial del Refugiado, el pasado mes de junio: «Juntos, nos curamos cuando todos recibimos la atención necesaria».[7]

En el mundo actual, hay más de 82,4 millones de personas que han tenido que abandonar forzosamente sus hogares y sus lugares de pertenencia para escapar de peligros convergentes, como las guerras, la persecución y el cambio climático;[8] hoy, estos refugiados se encuentran viviendo en situaciones de exclusión, sin poder acceder a sistemas de bienestar social en sus países de acogida. El secretario general ha ejercido durante muchos años como Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados; por tal razón, su llamamiento en defensa de los refugiados y desplazados internos, cuya precaria situación se ha deteriorado más aún por la COVID-19, tiene especial peso.

En este tenor, no puedo sino sentir la afinidad entre este enfoque y la forma de vida ideal preconizada por la SGI: el compromiso a trabajar por la dignidad y la dicha de uno mismo y de los demás.

Un texto del budismo Mahayana, el Sutra Vimalakirti, narra un episodio que tiene mucho en común con esta cosmovisión y esta sensibilidad a la vida.

El mismo hace referencia a Vimalakirti, un discípulo de Shakyamuni —el buda histórico— respetado por su trato franco y cercano con personas de diversas condiciones, ajeno a toda clase de discriminación. En cierta ocasión, Vimalakirti cayó enfermo, y Shakyamuni, al enterarse, pidió que fuera a visitarlo a un gran contingente de seguidores, encabezado por Manjushri, otro de sus discípulos de confianza. Este último, después de transmitirle a Vimalakirti los saludos y deseos de salud de Shakyamuni, le preguntó cuánto tiempo llevaba con ese malestar, a qué obedecía su dolencia y qué remedio podría curarlo.

Vimalakirti respondió: «Porque todos los seres están enfermos, yo también lo estoy». Y, para hacerse entender cabalmente, propuso la siguiente analogía: «Es como el caso de un hombre rico que tiene un único hijo. Si ese hijo contrajera algún mal, el padre y la madre se sentirían de la misma manera; y si el hijo sanara, ambos progenitores experimentarían una mejora en su salud». Explicó que, habiéndose consagrado a la vida del bodisatva, sentía por sus semejantes lo mismo que un padre por sus hijos. Por eso, «si los seres enferman, el bodisatva enferma con ellos; si los seres se curan, el bodisatva sana también».[9]

En realidad, Vimalakirti no padecía ninguna dolencia. Su empatía —su sentimiento de pesar mancomunado, que no cedería mientras sus semejantes siguieran sufriendo— se manifestaba como un malestar físico. Pero para Vimalakirti compartir la aflicción de los demás no era una carga o un peso, sino la prueba de estar viviendo fiel a su auténtico deseo. Estaba alineado con la premisa vital de que nadie puede procurar su seguridad individual manteniéndose ajeno a las privaciones que padecen los otros.

Cuando consideramos la crisis del coronavirus desde la perspectiva budista, naturalmente nos preguntamos qué significa vivir sanos y felices en una época en que tantas personas del mundo están padeciendo los graves efectos y las consecuencias de la enfermedad.

En este contexto, recuerdo algo que refirió el economista John Kenneth Galbraith (1908-2006) durante nuestro diálogo. Mi interlocutor, académico de enorme prestigio, había sido testigo de numerosas crisis; entre ellas, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Profundamente afectado por las secuelas duraderas que había observado en la vida de la gente, siempre cuestionaba no solo el orden económico, sino también la propia organización social.

En ese intercambio, le pregunté cómo deberíamos configurar el mundo del siglo xxi y su respuesta fue «aspirando a crear un siglo en que la gente pueda decir: “Da gusto vivir en este mundo”».[10]

También dialogamos sobre la visión budista expresada en una frase del Sutra del loto que describe el mundo como un lugar donde «plácidos, gozan los seres».[11] En otras palabras, nacemos en esta existencia para experimentar el gozo de vivir. Ese intercambio tuvo lugar en 2003; en el tiempo transcurrido desde entonces, no he hecho más que reafirmar mi convicción en estas palabras que el profesor Galbraith dijo aquel día: Hoy, más que nunca, necesitamos construir una sociedad en que las personas puedan confrontar y superar juntas incluso los problemas más graves, y experimentar conjuntamente la alegría de estar vivas.

Este año, cumplen siete años de vigencia los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, cuyas metas se fijaron adoptando el 2030 como fecha límite. Pero el avance hacia el logro de los ODS se ha visto perjudicado por la crisis del coronavirus; para reiniciarlo y acelerarlo, me parece importante dar mayor impulso al espíritu que dio lugar a su proclama —la determinación de no dejar a nadie atrás— con la visión de construir un mundo donde cada habitante pueda disfrutar la dicha de estar vivo.

Después de un desastre, el sentimiento de no dejar a nadie atrás suele prevalecer espontáneamente. Pero, a medida que avanza la reconstrucción, esa conciencia solidaria tiende a diluirse. Asimismo, cuanto mayor es la magnitud de la crisis —tanto en el caso de la pandemia como del cambio climático— mayor es la probabilidad de que el factor causante del peligro concentre todo el interés y de que nuestro compromiso de no dejar a nadie atrás vaya desdibujándose con el tiempo, aun sabiendo que es un imperativo fundamental.

En tal sentido, las respuestas deben asegurar que las personas más afectadas y expuestas a las consecuencias de la crisis cuenten, en su entorno inmediato, con otros a quienes recurrir en busca de apoyo. Aquí me gustaría reexaminar el discurso de Makiguchi que antes cité, donde él analizaba la importancia de mantener una visión de la vida bien enfocada y balanceada.

En relación con la conducta de los integrantes de una sociedad, Makiguchi observaba que, tradicionalmente, se consideraba «gran bien» o «bien superior» el tipo de actos de gran alcance; por ejemplo, los de repercusión nacional. Pero, para él, lo importante no era la magnitud o la escala de las acciones. Si uno pudiera salvar la vida de alguien dándole un vaso de agua —argumentaba— ¿no sería eso algo que el dinero jamás podría comprar? En ese ejemplo, vemos la convicción de Makiguchi en que «el valor no se encuentra en las cosas, sino en las relaciones».[12]

No existe una «solución de talla única» que resuelva el enorme espectro de problemas que afectan a las personas. En tal sentido, la pregunta crucial que debemos hacernos es cómo ser, cada uno, esa mano solidaria extendida a los que están en problemas, cómo fortalecer el tipo de vínculos que nos permitan celebrar juntos la dicha de haber superado, cada uno, las circunstancias que lo afligían. En el Sutra del loto, la enseñanza donde se expone la esencia del budismo, hallamos las siguientes analogías: «Es como una fogata para el que pasa frío […], como el que encuentra un barco en el cual cruzar las aguas […], como alguien que da con un farol en medio de la oscuridad».[13]

Debemos aspirar a construir un orden social en que todos puedan experimentar palpablemente que su vida es digna y buena; donde las personas que han sufrido los peores reveses y se han entregado a la mayor desesperanza puedan, a través de la ayuda de otro, sentir el júbilo y el alivio de encontrar un refugio seguro.

Una conciencia solidaria de alcance global

El segundo reto que quisiera considerar es el de forjar una conciencia solidaria que se extienda al mundo entero.

Se dice que uno de los fenómenos sin precedentes que acompañó la respuesta global a la pandemia fue el reconocimiento colectivo de la crisis. En oposición a ello, el alcance de la cooperación internacional ha sido inadecuado; de hecho, la disparidad en el acceso a las vacunas ha sido flagrante. Aunque, a fines de 2021, muchos países ya estaban inoculando a sus ciudadanos con refuerzos, solo la mitad de los 194 Estados miembros de la OMS habían inmunizado como mínimo al 40 % de sus habitantes.[14] En África persiste una enorme dificultad para conseguir vacunas; solo el 8 % de la población del continente ha recibido la pauta completa de dosis.[15] Las falencias en la cooperación internacional que han dejado a muchas naciones en una prolongada espera para recibir vacunas deben ser subsanadas con absoluta urgencia.

Creo que las siguientes palabras del físico Albert Einstein (1879-1955) expresan lo que muchas personas de conciencia están pensando en las actuales circunstancias. En 1947, a dos años de haber terminado la Segunda Guerra Mundial y en momentos en que las tensiones de la Guerra Fría se estaban agudizando entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, Einstein exhortó al mundo a rechazar las divisiones y a avanzar por la vía de la solidaridad:

Sería diferente, por ejemplo, si una epidemia de peste bubónica amenazara a la humanidad. En un caso así, rápidamente los expertos y las personas lúcidas de todo el mundo se unirían e idearían juntas un plan inteligente para combatir la plaga. Habiéndose puesto de acuerdo sobre los medios y caminos correctos, presentarían su plan a los gobiernos. Y estos difícilmente se pondrían a buscar objeciones; antes bien, se aplicarían a adoptar las medidas con toda prontitud. No se les ocurriría gestionar la crisis buscando salvar solo a sus compatriotas y dejando que la peste diezmara a la población de otros países.[16]

Hoy, se ha establecido un «plan inteligente» y se dispone de «medios y caminos correctos», cuya expresión concreta es el Acelerador del Acceso a las Herramientas contra la COVID-19 (ACT), un marco internacional de respuesta coordinada, implementado en abril de 2020, solo un mes después de que la OMS decretara el estado de pandemia. Dentro del mismo, el mecanismo COVAX tiene el propósito de asegurar el acceso igualitario a las vacunas en países de ingresos medios y bajos.

Aunque, desde entonces, se han distribuido más de mil millones de dosis en 144 países y territorios,[17] la cifra está muy lejos de los dos mil millones de vacunas que COVAX se había propuesto suministrar inicialmente. El déficit es el resultado de demoras en la cooperación financiera y en la competencia registrada para tener acceso a la vacuna. En vista de ello, es imperioso fortalecer, lo antes posible, el apoyo a dicha iniciativa de colaboración global.

En la cumbre del G20 celebrada en Roma en octubre de 2021, se acordó acelerar la distribución de vacunas y de insumos médicos a los países en desarrollo. Como se recalcó en el Informe del Panel Independiente de Alto Nivel del G20 sobre Financiación de Bienes Comunes Globales en Preparación y Respuesta frente a las Pandemias, desde el punto de vista mundial no hay escasez de capacidad ni de recursos necesarios para reducir los riesgos generados por la crisis del coronavirus; tampoco faltan conocimientos científicos ni fuentes de financiamiento que permitan implementar una respuesta eficaz a la COVID-19.[18]

Ya que, en las actividades de COVAX y en el consenso del G20, encontramos un «plan inteligente», así como «medios y caminos correctos» como los que había imaginado claramente Einstein, lo que falta ahora para superar esta crisis es una conciencia solidaria global en cuyo marco los países no solo busquen protegerse a sí mismos de las amenazas, sino también a las demás naciones.

El establecimiento de la OMS se remonta al proceso de diálogo mantenido en la Conferencia de San Francisco entre abril y junio de 1945, donde los representantes de diversos gobiernos llegaron a un consenso sobre la Carta de las Naciones Unidas. La salud pública no era parte del temario; sin embargo, surgió en las deliberaciones como punto de gran interés; ello dio lugar a que, en el artículo 55 de la Carta, se la incluyera como una de las áreas en las cuales se promovería la cooperación internacional, mientras que en el artículo 57 se la definió como un asunto sobre el cual se crearía un organismo especializado dentro de la ONU.[19]

En la conferencia celebrada un año después para establecer la OMS, se invitó a los gobiernos a participar en calidad de observadores; entre ellos a los de las naciones que habían formado el Eje en la Segunda Guerra Mundial —Alemania, Italia y Japón—. La justificación fue que, más allá de las alianzas bélicas previas, el nuevo organismo necesitaría las aportaciones de todos los Estados. También cabe notar que, en el proceso de formación de la OMS, se estableció una vía para admitir, en la categoría especial de «Miembros asociados», a los numerosos territorios que seguían sujetos a un régimen colonial y que todavía no habían declarado su independencia.[20]

Más aún, se decidió que en el nombre del organismo especializado figurase la palabra «Mundial», en lugar de «Naciones Unidas», para evitar que su alcance estuviese limitado a los Estados miembros de la ONU. Este fue el contexto en que la Organización Mundial de la Salud inició su labor oficialmente, en abril de 1948.

En marzo de 1993, tuve oportunidad de visitar el sitio donde se realizó la histórica Conferencia de San Francisco y de presentar allí una alocución. En ese momento, destaqué las convicciones enunciadas por mi maestro Josei Toda (1900-1958), el segundo presidente de la Soka Gakkai, en las cuales se sustenta el trabajo de la SGI en apoyo de la ONU.

Toda salió de la cárcel a poco de redactarse la Carta de las Naciones Unidas; llevaba dos años preso por disposición del gobierno militar japonés y, una vez en libertad, se lanzó a reconstruir la Soka Gakkai como movimiento popular sin precedentes, promotor de un nuevo humanismo.

Los ideales de mi mentor tenían profunda afinidad con los de la Carta de las Naciones Unidas; en unos y otros palpitaba el hondo deseo de impulsar un cambio fundamental en el ciclo aparentemente interminable de violencia y de guerra de la historia humana. Inspirada en estos principios, la Soka Gakkai no ha cesado de expandir su red global de personas anónimas sustentadas en una filosofía de paz y de respeto a la dignidad de la vida.

Concluí mis palabras en San Francisco observando que Josei Toda nos había legado la tarea de apoyar a las Naciones Unidas —cristalización de la sabiduría colectiva más lúcida del siglo xx—, cuya existencia como baluarte de esperanza debía fortalecerse aún más y protegerse resueltamente a lo largo del siglo venidero.

Puesto a reflexionar sobre sus experiencias en tiempos de guerra y lo que había aprendido de ellas, Toda deseaba impulsar una transformación no solo de un país, sino en el rumbo del mundo. Hace setenta años, en febrero de 1952, mi mentor dio expresión conceptual a dicho anhelo. En ese momento, condensó sus convicciones en la frase chikyu minzokushugi, que se traduce literalmente como «nacionalismo global» y cuyo significado es lo que hoy se conoce como «ciudadanía global».[21]

En un período de crecientes tensiones internacionales, amplificado por la guerra de Corea y otros conflictos, Toda enunció este concepto como medio para que la humanidad se pudiese librar de los trágicos ciclos que caracterizaban su historia. A esa idea subyacía la convicción de que no era permisible imponer sufrimiento a los habitantes de ningún país; de que todos los pueblos del mundo debían ser capaces de coexistir juntos y de vivir en condiciones de dicha y de prosperidad.

Mientras reflexiono sobre los orígenes de la OMS en medio de esta prolongada pandemia, me sorprende reconocer cuánta coincidencia hay entre la «ciudadanía global» acuñada por Toda y el espíritu fundacional de dicho organismo, expresado en la inclusión de la palabra «mundial» en su nombre propio.

La importancia de la solidaridad global quedó afirmada de manera inequívoca en la «Declaración sobre el acceso universal y equitativo a las vacunas contra la enfermedad por coronavirus (COVID-19)», aprobada por la Asamblea General de la ONU el año pasado y refrendada por 181 Estados miembros:

Nos comprometemos a intensificar la cooperación y la solidaridad internacionales, atendiendo de manera igualitaria la necesidad de que todos los seres humanos, especialmente las personas en situaciones vulnerables, sean protegidos de la enfermedad por coronavirus, sin ningún tipo de discriminación y cualquiera sea su nacionalidad o el lugar donde se encuentren.[22]

Las medidas de respuesta a la pandemia deben centrarse en promover el trabajo conjunto de los gobiernos para superar la amenaza, y no en los medios para que cada Estado pueda sortear la crisis individualmente.

En mi propuesta del año pasado, escribí que cuando la atención se limitaba solo a datos de tenor negativo —como el aumento de contagios—, era más fácil priorizar enfoques cerrados, como la defensa del propio país, antes que las políticas solidarias de inclusión a los otros. En vez de ello, es importante adoptar un enfoque positivo y poner en el centro la cantidad de vidas que podemos salvar si trabajamos en colaboración; si todos los países tienen presente este criterio, se abrirán caminos para superar la pandemia.

En las enseñanzas budistas, hallamos esta reflexión:

Cuando uno, en mitad de la noche, enciende un farol para alguien, la luz no solo alumbra a esa persona sino también a uno mismo. Del mismo modo, cuando uno revitaliza el aspecto de alguien, también mejora su propio semblante; cuando da vigor a otro, acrecienta sus propias fuerzas, y cuando prolonga la vida de otra persona, también extiende la duración de su propia vida.[23]

Si, con este espíritu de cuidar a los propios y a los ajenos, creamos un nuevo círculo virtuoso, será más factible superar el actual clima de pesimismo, a medida que más naciones se sumen a la tarea colectiva de cooperar y de prestar asistencia recíproca. Este es el camino que nos permitirá establecer una conciencia solidaria global. Lo que necesitamos, precisamente, es la visión esclarecida y mancomunada que expresaba aquella aspiración política: proteger la vida de todas las personas por igual y sin ningún tipo de discriminación, cualquiera sea su nacionalidad o el lugar donde se encuentren.

Los textos budistas también expresan que, a la hora de salvar la vida de una persona, no deben trazarse distinciones de valor entre unas y otras. Ejemplo de ello son las crónicas de la abnegada labor realizada por el médico Jivaka, contemporáneo del buda Shakyamuni y oriundo del reino de Magadha, en la antigua India.

Habiéndose enterado de que en el reino de Taxila vivía un galeno de saber excepcional, Jivaka viajó hasta ese lugar para aprender todo lo que él pudiera enseñarle sobre el arte de la medicina. Al retornar a su tierra, dedicó el fruto de sus estudios a salvar numerosas vidas.

Jivaka atendió a su rey enfermo, y logró curar el mal que lo aquejaba. Tan preciados se tornaron sus servicios que el monarca le ordenó dejar de atender a otros, permanecer a su lado y solo tratar a unas pocas personas selectas. A pesar de ello, cada vez que Jivaka se enteraba de alguien que sufría en la ciudad, pedía permiso al soberano para ir a visitarlo y darle tratamiento. En una ocasión, enfermó un niño en el reino de Kaushambi, y Jivaka partió hasta allí a toda prisa para operarlo. En otra ocasión, luego de curar a otro monarca que sufría de dolores de cabeza, este le imploró que se quedara en sus dominios ofreciéndole una paga tentadora, pero el médico prefirió declinar. Eligió seguir curando a las multitudes, y ello lo volvió inmensamente respetable.[24]

Jivaka había estudiado medicina en un país particular, pero dedicó su existencia a salvar a personas de diferentes ciudades, aldeas y reinos, sin jamás limitar los beneficios de su tratamiento como un privilegio exclusivo para las élites. En sánscrito, su nombre significa «vida». Fiel a este apelativo, se consagró a cuidar y sanar la vida de la gente sin discriminar ni dar trato preferente por razones de nacionalidad o de lugar geográfico. Nichiren (1222-1282), quien enseñó y propagó el budismo en el Japón del siglo xiii y cuyas enseñanzas inspiran la práctica de la SGI, exaltó la figura de Jivaka declarando que había sido un tesoro de su época.[25]

No alcanzan nuestras palabras para agradecer a los incontables profesionales médicos y trabajadores sanitarios que están esforzándose sin descanso, día tras día, en medio de la pandemia actual. A la par de brindar un apoyo más resuelto a estos verdaderos tesoros de nuestra época, debemos reforzar la cooperación global en el ámbito de la seguridad sanitaria, con el espíritu de proteger igualitariamente a todas las personas, cualquiera sea su nacionalidad o lugar de residencia, sin ninguna clase de discriminación.

En mi propuesta del año pasado, sugerí adoptar una serie de pautas internacionales que no solo fuesen útiles para dar respuesta coordinada a la COVID-19, sino lo bastante firmes para brindar defensa ante futuros brotes de enfermedades transmisibles.

El mes pasado, en una sesión especial de la Asamblea Mundial de la Salud, se aprobó por unanimidad una resolución para establecer un organismo intergubernamental de negociación abierto a todos los Estados y miembros asociados, con el mandato de formular reglas internacionales de prevención y respuesta frente a las enfermedades infectocontagiosas.[26] La asamblea, tomando como referencia los aprendizajes de esta pandemia del coronavirus, convino en empezar a redactar un tratado u otro instrumento jurídico que estipulase medidas para el acceso igualitario a las vacunas y canales informativos. El primer encuentro de este órgano de negociación tendrá lugar el 1.° de marzo de este año.

Muchos expertos han señalado que la pregunta clave no es si habrá de producirse una nueva pandemia sino cuándo tendrá lugar. De ser así, insto con vehemencia a redactar sin demora un protocolo internacional como este, seguido de medidas que aseguren su aprobación y puesta en marcha.

El coronavirus ha mostrado que, hoy, una amenaza focalizada en una parte del planeta se convierte rápidamente en una problemática de gravedad internacional. Esta es la realidad que nos toca vivir. En su programa conjunto de acción global, los líderes del G7 que se dieron cita en el Reino Unido recalcaron, en junio de 2021, que en este mundo interconectado las amenazas contra la salud humana no se detenían ante las fronteras nacionales, y convinieron en que una de sus responsabilidades y funciones especiales era «mejorar la velocidad de respuesta desarrollando protocolos globales que pongan en marcha acciones colectivas ante la eventualidad de una pandemia futura».[27] A partir de esta cooperación mancomunada, los países del G7 deben tomar la iniciativa de negociar un tratado sobre pandemias que estipule protocolos internacionales de respuesta a futuras situaciones de esa índole y desarrolle activamente marcos de colaboración internacional que lo sustenten.

He propuesto, tiempo atrás, que el G7 acepte la inclusión de Rusia, la India y la China, con lo cual se posicionaría como una «cumbre de Estados responsables». Con ello no me refiero a sus obligaciones como potencias mundiales sino, antes bien, a su compromiso de responder solidariamente a las aspiraciones e inquietudes de los pueblos del mundo que buscan superar la crisis colectiva de la humanidad.

Si el enfoque primordial ante los problemas globales es la mera «gestión de riesgos», los países adoptarán una perspectiva estrecha y su involucramiento se limitará a las consecuencias directas que signifiquen dichas amenazas para su nación. Pero, más que esto, la humanidad necesita que los gobiernos trabajen juntos para cultivar y fortalecer un tipo de resiliencia que nos permita unirnos para superar grandes retos comunes a todos.

Asimismo, esta disposición solidaria brindará la energía y las bases necesarias para afrontar el vasto espectro de problemas que tenemos por delante, entre ellos, el cambio climático. Estoy seguro de que dejaremos un legado de enorme valor a las generaciones futuras si conseguimos que este espíritu solidario nutra nuestras acciones y si avanzamos hacia la creación de una sociedad global que no sea vulnerada por ninguna amenaza.

Una economía que ofrezca esperanza y dignidad

El tercer reto es construir una economía que dé esperanza a los jóvenes y permita a las mujeres vivir con dignidad.

Se calcula que, como resultado de la COVID-19 y de sus devastadores efectos en la economía mundial, se ha perdido el equivalente a 255 millones de puestos de trabajo.[28] En ese sentido, debe prestarse especial atención a las graves consecuencias que esto ha tenido en la juventud. Los datos más recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) indican que la desocupación ha aumentado a un ritmo más pronunciado en la franja de los menores de 25 años [29]que en los de mayor edad, y que el nivel de empleo juvenil en los países del G20 ha caído un 11 %.[30]

Si hemos de atenernos a las tendencias recientes, existe una alta probabilidad de que los jóvenes que consiguieron ocupación durante la crisis sufran de trastornos de angustia y de estrés laboral, a causa de los cambios repentinos en las condiciones de trabajo que ha impuesto la pandemia. Muchos de ellos han incursionado en el mundo del empleo desempeñándose en forma remota o en ambientes distintos del entorno tradicional, y continúan cumpliendo de ese modo sus tareas sin nadie que los apoye a su alrededor. A su vez, dado que esta crisis del coronavirus ha significado un agravamiento de las dificultades financieras para muchas familias, los jóvenes y en el caso particular de los estudiantes se han visto en mayor dificultad para cumplir con los pagos de sus matrículas y préstamos académicos, y con menos oportunidades de formarse para dedicarse a las carreras profesionales de su elección. Según ciertas investigaciones, cada vez son más los que ven con pesimismo sus perspectivas futuras; el 40 % de la gente joven contempla el mañana con incertidumbre y el 14 % teme lo que este pueda depararle.[31]

La recuperación de la economía es una necesidad impostergable, pero si el sentimiento de temor e inseguridad que afligen a tantos jóvenes no se alivia ni se enciende una luz de esperanza en sus vidas, tampoco se puede iluminar el panorama económico o mantener nuestras expectativas en un desarrollo social saludable.

Con respecto a este punto, me gustaría citar aquí las observaciones de Abhijit V. Banerjee y de Esther Duflo, profesores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), cuya labor fue reconocida en 2019 con el Premio Nobel de Economía, compartido con el profesor Michael Kremer de la Universidad de Harvard.

En el libro Buena economía para tiempos difíciles, reflexionan sobre el significado real de indicadores como el Producto Bruto Interno (PIB o PBI): «La clave, en última instancia, es no perder de vista el hecho de que el PIB es un medio, no un fin».[32]

Tras argüir que el foco excluyente en los indicadores de ingresos obra como una «lente que deforma» y suele conducir a decisiones equivocadas en materia de políticas, proponen que «devolver la dignidad a su lugar central […] activa un profundo replanteamiento de las prioridades económicas y de la manera en que la sociedad cuida de sus miembros, sobre todo cuando lo necesitan».[33] Esta obra vio la luz un año antes de la pandemia, pero creo que sus planteos sobre la construcción de una economía que sustente la dignidad humana son más relevantes que nunca.

No hay cómo insistir lo suficiente en la importancia de tener empleo, cuando consideramos las prioridades económicas con un enfoque lúcido y equilibrado sobre qué es lo que más cuenta para la dignidad humana, tema que fue claramente destacado por Banerjee y Duflo.

En la obra citada, Banerjee cuenta que, en su trabajo como integrante del Grupo de Personalidades Eminentes que asistió a las Naciones Unidas en la redacción de los ODS, tuvo ocasión de conocer a un miembro de una organización no gubernamental (ONG) internacional cuyas actividades le resultaron reveladoras. Al tiempo, ambos autores asistieron a una de las reuniones de esta entidad orientadas a ofrecer oportunidades de empleo a personas en situación de pobreza. Entre los concurrentes había una enfermera que llevaba muchos años sin trabajar, a raíz de un accidente que la había dejado en situación de discapacidad; una persona con depresión grave y un hombre que había perdido la tenencia legal de su hijo a causa del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).[34]

Esta ONG y sus actividades sugirieron a ambos profesores algunas claves para repensar las políticas sociales. Una de ellas es que «el trabajo no es necesariamente lo que sucede después de que se hayan solucionado todos los problemas y la gente esté “preparada”, sino que es parte del proceso de recuperación».[35] Mencionan que ese padre a quien habían conocido pudo recuperar la custodia de su hijo poco después de encontrar empleo y destacan el aliento que significó para él saber que su hijo se sentía orgulloso de su nueva realidad. De esa forma, el cambio en las circunstancias del hombre originó un oleaje de satisfacción que se transmitió a la familia entera. Uno de los ODS es lograr empleos dignos para todos, incluidos quienes viven con discapacidad; el ejemplo de esta familia ilustra, precisamente, el tipo de cambios positivos que las ONG están posicionadas para promover.

En la propuesta que presenté en 2012, cuando Banerjee integraba ese Grupo de Personalidades Eminentes de la ONU, hice hincapié en que las iniciativas para lograr los ODS debían centrarse no solo en el cumplimiento de objetivos, sino también en devolver la sonrisa a quienes sufrían situaciones angustiosas. Es una prioridad que no podemos perder de vista, en nuestro esfuerzo por reestablecer las economías deterioradas a causa de la pandemia.

Banerjee y Duflo citan la necesidad de cambiar la forma de ver a las personas que se sienten ignoradas y abandonadas por el entorno social y argumentan, al respecto:

Aunque pueden tener problemas, ellos no son el problema. Tienen derecho a ser vistos como quienes son y a no ser definidos por las dificultades que los acechan. Una y otra vez, hemos visto en nuestros viajes por países en desarrollo que la esperanza es el combustible que hace que la gente se ponga en marcha.[36]

No podría estar más de acuerdo. Facilitar a las personas el acceso a un tipo de trabajo o a un lugar de pertenencia que les permita desplegar su potencial único despeja el camino para que la luz de la dignidad alumbre nuestras urbes y sociedades.

La OIT ha previsto convocar, este año, un foro multilateral en torno a «una recuperación centrada en las personas». Propongo que dicha ocasión sea una plataforma para que los países intercambien buenas prácticas y aprendizajes incorporados durante la pandemia y prioricen las gestiones para asegurar empleos dignos y humanos para todos, con especial énfasis en mejorar las condiciones laborales de la juventud.

De manera similar, la tarea de reconstruir la economía debe sustentarse en promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer.

La pandemia ha impuesto una sobrecarga sin precedentes a los sistemas de salud; en cifras globales, el 70 % de quienes se ocupan de estas tareas son mujeres.[37] La crisis también ha obligado a muchas de ellas a interrumpir sus carreras o a solicitar licencias o excedencias sin goce de sueldo para atender a familiares o a seres cercanos enfermos. Además, las mujeres han representado una enorme proporción de la fuerza laboral que ha perdido su trabajo en la pandemia, y las consecuencias más gravosas del desempleo han recaído en madres con hijos pequeños.

La desigualdad de género ya era desde hacía mucho tiempo un problema de relevancia crucial. La crisis del coronavirus ha exacerbado este desequilibrio preexistente y ha intensificado, también, las voces en reclamo de una reforma fundamental. En ese ámbito, se destaca la iniciativa del Foro Generación Igualdad, convocado por ONU Mujeres y otras partes interesadas, que el año pasado se reunió en dos ocasiones.

La reunión celebrada en México, en marzo de 2021, contó con unos diez mil asistentes de 85 países, incluidas las participantes en línea, que mantuvieron debates sobre las formas de acelerar las acciones y los movimientos tendientes a la igualdad de género.[38] En el foro de seguimiento, celebrado en Francia en junio y julio, se dio a conocer un plan quinquenal de aceleración global para la igualdad de género.

Además de identificar cinco áreas de interés urgentes —entre ellas, la violencia por razones de género, y el uso de tecnologías e innovación para promover la igualdad—, el plan prioriza la justicia y los derechos económicos. Asimismo, toma nota de la disparidad de ingresos entre hombres y mujeres, y aborda reformas económicas con perspectiva de género para reducir el número de mujeres que viven en situación de pobreza. Y también, hace especial hincapié en mejorar las condiciones de las que trabajan en el sector económico de la prestación de cuidados.

Es innegable que, en muchos países, esta última ocupación suele ser un trabajo no remunerado, mayormente a cargo de las mujeres, en especial las tareas de apoyo a familiares y adultos mayores. El Plan de Aceleración Global para la Igualdad de Género, tomando debida nota de que las trabajadoras de este sector han soportado el peso más duro de esta pandemia, exhorta a los países a adoptar reformas integrales y propone, por ejemplo, que ellos destinen entre el 3 y el 10 % del ingreso nacional a incrementar las oportunidades de trabajo remunerado en el sector del cuidado y en mejorar las condiciones laborales de estas ocupaciones.[39]

Este punto también fue puesto de relieve en el Plan Feminista presentado por ONU Mujeres en septiembre pasado, en el cual se reclamó dar un lugar central a los cuidados, en el marco de una economía justa y sostenible.[40] Según muestran algunos estudios, en el mundo actual hay un inmenso número de habitantes que necesitan algún tipo de prestación de esta índole para poder llevar adelante su vida cotidiana. En esta cifra deben contarse los 1900 millones de niños menores de 15 años,[41] los 1000 millones de personas mayores de 60 años[42] y los 1200 millones de habitantes que viven con alguna clase de discapacidad.[43] La inversión pública en trabajos referidos al cuidado no solo reducirá el peso que recae sobre las mujeres, sino que tendrá, además, efectos de gran alcance; entre ellos, una mejor calidad de vida para muchos otros grupos demográficos, como los niños y niñas, la población anciana y las personas con discapacidad.

No olvidemos, además, el papel esencial que tienen las tareas de cuidado, ya que inciden directamente en el bienestar y en la dignidad de sus beneficiarios. Aunque el crecimiento económico adquiera la magnitud de una marea creciente, no podrá mantener a flote a ningún barco que esté gravemente averiado. Así y todo, estoy seguro de que podremos construir sociedades que sustenten la vida, la satisfacción y la dignidad de incontables personas, en tanto y en cuanto mejoremos el trabajo del cuidado apuntalando de manera directa la igualdad y el empoderamiento de género.

La SGI, basada en el espíritu del budismo —filosofía que otorga suprema importancia a la dicha y a la dignidad de todos—, ha sido consecuente en su promoción de la igualdad de género y del empoderamiento de la mujer.

En enero de 2020, cuando ONU Mujeres presentó su campaña Generación Igualdad, la SGI y otras agrupaciones religiosas celebraron su simposio anual en Nueva York, en colaboración con organismos de las Naciones Unidas; allí se analizó de qué manera las organizaciones de inspiración religiosa podían contribuir más eficazmente a promover la igualdad de género. Durante este mismo encuentro, llevado a cabo al año siguiente en 2021, los participantes concluyeron que, para reconstruir y recuperar las sociedades en respuesta a la pandemia, sería esencial superar las desigualdades de género, empleando también medidas y políticas en materia económica.

En este momento, la SGI está apoyando diversas iniciativas para empoderar a las mujeres de comunidades pobres de Togo por medio de programas de reforestación. El proyecto, iniciado en enero pasado en tándem con la Organización Internacional de las Maderas Tropicales, busca forestar y proteger los recursos boscosos en lugares afectados por una acelerada pérdida de la cubierta vegetal silvestre, a la vez que posibilita a las mujeres acceder a medios de subsistencia y a construir independencia económica. Actualmente se está planeando la implementación de una segunda fase, en la cual las participantes del programa visitarán otras comunidades para iniciar intercambios de experiencias y buenas prácticas sobre dificultades en común, y fomentar un aprendizaje colectivo.[44]

Por arduos o adversos que sean los tiempos o las circunstancias, los seres humanos somos intrínsecamente capaces de trabajar juntos para crear valor positivo y generar olas de cambio que transformen la época. Estoy convencido de que la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres son ejes clave para superar la crisis del coronavirus y construir una economía y un mundo que sustenten la dignidad humana.

La Carta de la SGI se aprobó en noviembre de 1995, el mismo año en que tuvo lugar la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, punto de partida de las iniciativas para instalar la igualdad y el empoderamiento de género como corriente decisiva de la época. Basados en los propósitos y principios de dicha Carta —que enunciaba, entre otras cosas, el compromiso de proteger «los derechos fundamentales» de los seres humanos «sin establecer discriminación alguna»—, no hemos dejado de trabajar con miras a la resolución de los problemas globales.[45]

En noviembre pasado, la Soka Gakkai actualizó y aprobó una nueva Carta. Sus propósitos y principios se expresan en diez puntos, uno de los cuales reafirma que «la Soka Gakkai, basada en el espíritu budista de tolerancia y de respeto a las demás religiones y corrientes filosóficas, emprenderá un diálogo y una labor mancomunada con ellas con el propósito de buscar solución a los problemas fundamentales que afectan a la humanidad». Asimismo, allí consta nuestro compromiso de contribuir «a establecer la igualdad de género y a afianzar el empoderamiento de las mujeres».[46]

En nuestro carácter de movimiento popular budista, presente en 192 países y territorios, estamos decididos a seguir ampliando el círculo de confianza y amistad como ciudadanos solidarios para crear un mundo donde la dignidad y la dicha estén al alcance de todos.

Iniciativas centradas en las Naciones Unidas para superar la crisis climática

A continuación, me gustaría ofrecer propuestas concretas en torno a tres áreas temáticas que requieren tratamiento urgente, en bien de las generaciones de hoy y del mañana.

La primera es el cambio climático, que, pese a la infinidad de advertencias que se han formulado, sigue agravándose a paso acelerado.[47] Cada año, las calamidades provocadas por los fenómenos meteorológicos extremos se extienden geográficamente y se vuelven más intensas. En muchas partes del mundo, las sequías e incendios forestales descontrolados se han vuelto sucesos frecuentes. Esto, sumado al incremento de las temperaturas oceánicas y a la acidificación de las aguas marinas, ha deteriorado la capacidad de los ecosistemas marítimos y terrestres de absorber gases de efecto invernadero.[48]

En octubre y noviembre del año anterior, ante el imperativo de adoptar medidas de respuesta a esta crisis, se celebró en Glasgow la 26.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26). Aunque el encuentro debió extenderse un día, debido a las diferencias de posiciones en materia de políticas que impidieron llegar a un consenso, finalmente las partes aprobaron una resolución en la cual se proclama la necesidad de trabajar con miras a limitar el incremento de la temperatura media mundial a 1,5 ºC por encima de los valores preindustriales. Esta nueva meta es un avance importante con respecto al Acuerdo de París aprobado en 2015, cuyo objetivo concertado era limitar el aumento de la temperatura global a menos de 2 °C.[49]

Sin embargo, este último objetivo no será suficiente para cumplir con la meta final. Según los expertos, no bastará con que cada país reduzca las emisiones de gases de efecto invernadero a los niveles antes prometidos. Serán necesarios aplicar firmes medidas adicionales.[50]

Hacia el término de la COP26, su presidente, Alok Sharma, advirtió: «Hemos mantenido vivo [el objetivo de los] 1,5 ºC . […] Pero su pulso es débil». También enfatizó que, aun cuando las partes llegaron a un acuerdo histórico, el éxito de sus acciones no está sujeto a la mera firma del acuerdo, y solo se logrará «si cumplimos nuestras promesas y traducimos los compromisos en acciones rápidas».[51]

Si bien el panorama sigue siendo grave, hay esperanzas de poder encontrar medios para superar esta crisis. Según un informe del Instituto de Recursos Mundiales, sería posible limitar el incremento de la temperatura global a 1,7 °C[52] —es decir, debajo de la meta de 2 °C estipulada en el Acuerdo de París— siempre y cuando los países del G20, responsables del 75 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, fijen ambiciosas metas de reducción, alineadas con el hito de 1,5 °C, para 2030, y logren reducirlas a cero en 2050.

Durante la COP26, los Estados Unidos y la China acordaron reforzar sus medidas de cooperación en materia de acción climática. Por mi parte, exhorto al Japón y a la China a pactar un acuerdo similar y a crear espacios proactivos de labor mancomunada para responder a la crisis.

En su declaración conjunta sobre el fortalecimiento de la acción climática, los Estados Unidos y la China enuncian su propósito de cooperar en diversas metas; entre ellas, reducir las emisiones de metano —que inciden en el incremento de las temperaturas—, promover la energía renovable y frenar la deforestación ilegal.[53]

En los últimos años, las relaciones entre los Estados Unidos y la China han sido objeto de tensiones frecuentes. Por eso es significativo que ambas potencias —conjuntamente responsables de emitir más del 40 % del total de gases de efecto invernadero[54] — se hayan comprometido a trabajar en colaboración para responder a esta crisis de la humanidad. De manera análoga, la China y el Japón deberían ponerse en marcha sin demora para alcanzar un acuerdo que fortalezca la cooperación en materia de cambio climático.

En 2022 se celebra el quincuagésimo aniversario de la normalización diplomática entre la China y el Japón. Considero que es un momento oportuno para que ambos Estados proclamen un compromiso conjunto de acción climática y profundicen sus políticas solidarias, en aras de una sociedad global sostenible; de ese modo, podrán definir un nuevo punto de partida hacia los próximos cincuenta años de relaciones bilaterales.

La China y el Japón ostentan una larga historia de esfuerzo mancomunado en materia ambiental, cuyos comienzos se remontan a 1981, fecha en que suscribieron un acuerdo para proteger las aves migratorias y sus hábitats. En 1994, se firmó el Acuerdo de Cooperación para la Conservación Ambiental entre China y Japón, y en 1996 se creó, en Beijing, el Centro de Amistad China-Japón para la Protección Ambiental. Ambos países han perseverado, desde entonces, en una labor conjunta que produjo avances considerables en temas como la contaminación del aire, la conservación de los bosques, las iniciativas de reforestación y el tratamiento de la energía y de los desechos.

En 2006, diez años después de haberse creado el citado órgano de amistad bilateral, la Universidad Pedagógica de Beijing me otorgó su profesorado honorario. En mi discurso alusivo, reflexioné sobre dicha trayectoria de esfuerzo conjunto en beneficio del medio ambiente:

Necesitamos intensificar el ritmo de esta labor encomiable. Con ese fin, llamo enfáticamente a crear una asociación ambiental amplia y eficaz entre la China y el Japón, pensando en los próximos cien años. […]
Si ambas naciones se unen con su país vecino, Corea del Sur, y si los tres invierten mayores esfuerzos en la investigación ambiental, la cooperación tecnológica, los intercambios de recursos humanos y el desarrollo de expertos en este terreno, estoy seguro de que ese paradigma repercutirá en todo Asia e, incluso, en el mundo entero.

Los beneficios de cooperación entre la China y el Japón han sido de gran alcance. Los dos Estados, tomando como nodo de su labor conjunta el Centro de Amistad China-Japón para la Protección Ambiental, han colaborado en proyectos con los Estados Unidos, Rusia y países de la Unión Europea, y han ofrecido programas de capacitación ambiental para funcionarios a cargo de establecer políticas en más de cien países en desarrollo.

Espero que ambas naciones asiáticas sigan ampliando ese legado cooperativo e intensifiquen la actividad conjunta para responder a la crisis ambiental, a la vez que expanden su sinergia con Corea del Sur y otros Estados del continente. Estoy firmemente convencido de que esta labor colaborativa dará lugar a una acción resuelta y generará, en todo el mundo, un oleaje de esperanza y de cambio.

Además de estas propuestas en materia de cooperación internacional, quisiera exhortar a que se fortalezca el marco asociativo entre las Naciones Unidas y la sociedad civil.

Los recursos que todos necesitamos para subsistir y prosperar se conocen, colectivamente, como «bienes comunes globales», entre los cuales se cuentan el clima y la biodiversidad. Quiero proponer que, en el sistema de la ONU, se establezca un ámbito donde las organizaciones de la sociedad civil, lideradas por los jóvenes, puedan debatir abiertamente sobre la protección integral de dichos patrimonios colectivos globales.

Este año marca el trigésimo aniversario de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, más conocida como Cumbre para la Tierra, celebrada en Río de Janeiro. Ese cónclave representó un hito fundamental, ya que abrió el proceso de signatura de dos importantes instrumentos jurídicos: la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Convenio sobre la Diversidad Biológica. También impulsó la Convención de Lucha contra la Desertificación que se aprobaría posteriormente.

En 2001, se creó un Grupo Mixto de Enlace para mejorar la labor conjunta y facilitar el flujo de información y el contacto entre iniciativas, tendiente a implementar las tres convenciones. Creo que ha llegado el momento de expandir esta alianza para incorporar y conseguir el apoyo de la sociedad civil. Estoy convencido de que esto abrirá nuevas rutas para hallar respuestas eficaces al cambio climático. Ya que este problema está indisolublemente ligado a la pérdida de biodiversidad y a la desertificación, las soluciones también han de estar interconectadas. Los enfoques creativos inspiran un nuevo impulso para resolver desafíos que podrían parecer imposibles de superar.

Los bienes comunes globales comprenden los mares abiertos y los polos norte y sur, que no están sujetos a la jurisdicción soberana de ningún país determinado, y también incluyen la atmósfera y el ecosistema global, recursos esenciales para la supervivencia y el florecimiento de la humanidad. Proteger este patrimonio colectivo en bien de las generaciones actuales y futuras debe ser un asunto absolutamente prioritario.

El año pasado comenzó el Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas. Encuentro en ello una oportunidad de mejorar el trabajo colaborativo, no solo en los ámbitos de los tres convenios citados, sino también en áreas que exceden este alcance, a fin de catalizar reacciones positivas en cadena que aceleren el tratamiento de los presentes retos ambientales.

En marzo, se celebrará en Nairobi una sesión especial de la Asamblea de la ONU para el Medio Ambiente, en conmemoración del quincuagésimo aniversario del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Insto a que, en dicha oportunidad, se apruebe una declaración donde se definan medidas que fortalezcan el tratamiento integral de los problemas ambientales, desde la perspectiva de proteger los bienes comunes globales.

Asimismo, me gustaría que en el ámbito de la ONU se llevara a cabo un debate intensivo sobre los retos vinculados a este patrimonio colectivo de la humanidad. En mi propuesta del año pasado, me referí al inmenso potencial que podría ofrecer el establecimiento de un consejo de jóvenes dentro de dicho organismo supranacional, con la función de transmitir a la dirigencia de las Naciones Unidas ideas e iniciativas surgidas desde las filas de las nuevas generaciones. Este consejo sería un espacio perfecto para albergar el tipo de deliberaciones sobre el patrimonio colectivo de la humanidad que he sugerido.

En septiembre pasado, se llevó a cabo en Milán el encuentro «Youth4Climate: Driving Ambition», preparatorio de la COP26. Este espacio, sucesor de la Cumbre de la Juventud sobre el Clima de 2019, sirvió de plataforma y de punto de encuentro para que la gente joven expresara su preocupación a los encargados de las negociaciones intergubernamentales. En suma, fue un ámbito semejante al tipo de consejo juvenil de la ONU que deseo proponer. En dicha conferencia, participaron unos 400 jóvenes de 186 países —casi todos los firmantes del Acuerdo de París—; entre ellos, un miembro juvenil de la Soka Gakkai del Japón.

En el Manifiesto Youth4Climate, se formuló el siguiente llamamiento invitando a una participación significativa de las juventudes y urgiendo a las Naciones Unidas a:

Establecer un órgano dentro de la CMNUCC que fomente el activismo de los jóvenes y ofrezca un espacio permanente para que ellos entablen diálogos formales y periódicos entre pares y con representantes de las Partes en la CMNUCC.
Ampliar las oportunidades de intervención juvenil en las sesiones, asegurando incluso que sus ponencias se presenten al inicio o en mitad de los plenarios, y no al final.[55]

En todo el mundo, los jóvenes están reclamando un papel mayor en las gestiones globales para responder a la crisis climática, problema que amenaza en forma directa su vida y su porvenir. Están trabajando activamente para establecer un marco que les permita intervenir de manera continua en los debates y en los procesos de toma de decisiones.

A tono con la conferencia de Milán, el consejo de jóvenes de la ONU que estoy proponiendo debería estar abierto a participantes de todos los países. Los encuentros periódicos podrían llevarse a cabo de manera virtual, y realizar sesiones plenarias dirigidas a tomar decisiones importantes en forma presencial, quizá cada dos años, en ciudades diversas. Luego, el resultado de cada sesión plenaria se elevaría a la ONU para que el organismo lo incorporase a sus procesos resolutivos.

Cuando la flamante Organización de las Naciones Unidas tuvo que buscar un lugar donde establecer su sede, varias localidades del mundo se ofrecieron para albergarla. Sin embargo, resultaba difícil optar por una urbe particular como hogar de una entidad supranacional. Incluso se propuso situar la sede en un buque, a fin de que pudiera trasladarse constantemente por el mundo. Al tiempo, tuvo lugar la primera Asamblea General de la ONU, en Londres, y luego la tercera se llevó a cabo en París. Los siguientes períodos de sesiones iniciales se realizaron en otras ciudades, hasta que, por fin, se terminó de construir la sede permanente de Nueva York. Incluso en esa época, establecer la sede de la ONU en un barco itinerante, que viajara por los océanos, debe de haber parecido un concepto inédito. Sin embargo, el mar abierto que no está sujeto a la soberanía de ningún país, es un símbolo de los patrimonios colectivos globales, y la imagen, en sí misma, recuerda la visión de las Naciones Unidas como parlamento de la humanidad.

Esta historia parecería abonar la idea de rotar las sesiones plenarias del consejo de jóvenes de la ONU en diversos países, antes que fijar su base en la sede de Nueva York. A la hora de elegir estos lugares, se deberían priorizar las urbes accesibles para los representantes de la sociedad civil de regiones gravemente perjudicadas por la degradación ecológica y el cambio climático, o donde este haya causado deterioros y daños ingentes.

Al respecto, el Instituto Toda por la Paz, del cual soy fundador, ha optado por oficiar sus conferencias en áreas particularmente afectadas por las consecuencias de los temas en tratamiento. El principio que subyace a esta estrategia es escuchar las voces de las personas que sufren y estar a su lado. El Instituto, sustentado en este compromiso, hoy trabaja en un programa de investigación sobre el cambio climático centrado en las comunidades de las islas del Pacífico, que padecen los graves efectos del incremento en el nivel de los mares.[56] Estoy convencido de que crear un consejo de jóvenes de la ONU, que se reúna en los lugares más afectados por los temas en debate o en sus cercanías, sería un gran avance para fortalecer los lazos colaborativos entre la ONU y la sociedad civil.

En ese contexto, me gustaría destacar una importante iniciativa que ha tenido el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. En estos momentos, el citado órgano está redactando un comentario general sobre los derechos del niño y el medio ambiente, con especial énfasis en el cambio climático (Observación general N.° 26). A partir del mes entrante, habiendo recabado ya las aportaciones de las ONG y de personas de todas las franjas etarias, el Comité empezará a solicitar las opiniones de los niños, niñas y adolescentes del mundo. Luego, está previsto que un equipo asesor de expertos de diversos ámbitos acompañe la colaboración de ellos para redactar la observación general N.° 26, lo cual será una oportunidad invalorable para reflejar sus voces en los procesos globales.[57]

La SGI ha dado sistemáticamente a los jóvenes el lugar central en todas las actividades relacionadas con los problemas ambientales. El año pasado, en coincidencia con la COP26 celebrada en Glasgow, se presentó una nueva muestra titulada «Semillas de esperanza y de acción: hagamos realidad los ODS», iniciativa conjunta de la SGI y de la Carta de la Tierra Internacional. Asimismo, la SGI emitió la siguiente declaración en una conferencia de prensa que tuvo lugar durante el cónclave:

Escuchar la voz de los jóvenes no es opcional; es el único camino lógico para seguir adelante si estamos realmente preocupados por el futuro del planeta.[58]

El ser humano posee de manera inherente la fortaleza para superar cualquier dificultad. Cuando los jóvenes se ponen de pie en unión solidaria, convencidos de poder determinar el porvenir, ese impulso y esa conciencia obran como una fuerza impulsora que abre paso a un futuro más brillante.

Un entorno educativo saludable para los niños, niñas y adolescentes

La segunda área temática que merece nuestro interés inmediato es la educación. Me gustaría elevar algunas propuestas para asegurar y mejorar la oferta de oportunidades formativas dirigidas a la niñez y la adolescencia.

Desde el inicio de la pandemia del coronavirus, el foco global ha estado centrado en la salud pública y en la recuperación económica. No obstante, a la par de estas cuestiones, ha surgido otra grave problemática mundial: los efectos perniciosos que la pandemia ha tenido en la población de edad escolar, con prestaciones interrumpidas y pérdida de oportunidades de aprendizaje asociadas al cierre de las aulas. Según señala un estudio, dichas consecuencias han afectado nada menos que a 1600 millones de jóvenes en el mundo.[59]

La merma de horas lectivas no solo es consecuencia de la clausura temporal impuesta a los establecimientos escolares. La interrupción abrupta del contacto diario con pares y amigos ha hecho que, para incontables alumnos, sea realmente difícil sentir esperanza en el futuro o percibir sus avances de manera tangible; atrapados en una epidemia de soledad y de pérdida de motivación, muchos han comenzado a padecer trastornos emocionales y psicológicos.

La no presencialidad también ha dejado en suspenso el funcionamiento de los comedores escolares, que, en regiones con carencias nutricionales o con hogares de recursos insuficientes, representaba un servicio absolutamente vital para la niñez. Esto ha acrecentado la inquietud sobre la incidencia de la desnutrición, la anemia y el bajo peso corporal del alumnado, debido al largo cese de la alimentación básica garantizada en los colegios. No tiene precedente, en la historia moderna del sistema educativo escolar, una interrupción tan prologada y extensa del aprendizaje en las aulas, ni cuyos efectos hayan sido tan simultáneos en todo el mundo.

Si bien los gobiernos de muchos países han adoptado medidas para asegurar la enseñanza de forma remota con el propósito de minimizar el deterioro educativo y de brindar oportunidades a los estudiantes, aún hay un número enorme de jóvenes abandonados del otro lado de la brecha digital, que no disponen de los medios necesarios para continuar su proceso de aprendizaje de manera virtual.

El fondo global La Educación No Puede Esperar (ECW) destinado a proveer respuestas educativas de emergencia en regiones afectadas por conflictos, desastres naturales y otras crisis humanitarias, ha implementado vías de apoyo adicionales ante la pandemia. Entre ellas, el suministro de prestaciones educativas a distancia que han beneficiado a 29,2 millones de niños, niñas y adolescentes.[60] No hay cómo insistir debidamente en la importancia de fortalecer la cooperación internacional para asegurar que todos ellos reciban prestaciones continuas e ininterrumpidas en materia de aprendizaje.

Para restituir prontamente al mayor número posible de estudiantes las oportunidades pedagógicas perdidas, también es importante tomar como referencia a los países que han logrado ofrecer educación no presencial sin depender del acceso a internet.

Por ejemplo, tras el estallido de la pandemia, el gobierno de Sierra Leona puso en marcha un programa interactivo de enseñanza radial, que permitió a 2,6 millones de alumnos seguir estudiando mientras no era posible acceder a las aulas.[61] Lo que abrió esta posibilidad en forma inmediata fue la experiencia adquirida en los reiterados brotes de ébola, en los cuales las administraciones locales habían impartido clases radiofónicas. Otras soluciones innovadoras han sido la de Sudán del Sur, donde se distribuyeron radios con cargadores solares a estudiantes de hogares en situación de pobreza,[62] y la de Sudán, que recurrió a la prensa gráfica de alcance nacional para incluir tareas y contenidos escolares.[63]

Estas respuestas creativas y flexibles, que otorgan absoluta prioridad al aprendizaje de los jóvenes, son de enorme trascendencia. Muestran la importancia de asegurar que la luz de la educación ilumine a todos los niños, niñas y adolescentes en cualquier momento, sean cuales fueren las circunstancias en que viven.

Este papel crucial de la labor educativa se muestra, sucintamente, en un comentario del secretario general de la ONU, António Guterres, basado en su experiencia como maestro en Portugal, donde dictaba clases gratuitas de matemáticas a alumnos de hogares de bajos ingresos: «Observé que, en los barrios marginales de Lisboa, la educación contribuye a la erradicación de la pobreza y al fomento de la paz».[64]

Esa apreciación del valor educativo anima la red de las escuelas y universidades Soka, que he tenido el honor de fundar. Los orígenes de su historia, casi cien años atrás, se remontan a la práctica docente y a la lucha de dos maestros comprometidos, Tsunesaburo Makiguchi y Josei Toda, quienes más tarde llegarían a ser los dos primeros presidentes de la Soka Gakkai.

Makiguchi, director de una escuela primaria para alumnos de bajos ingresos de Tokio, vivía en las instalaciones de la escuela, y trabajaba noche y día para proporcionar a sus estudiantes el mejor ambiente pedagógico posible. Entre las medidas que estableció con ese fin, menciono aquí el suministro de viandas gratuitas para los educandos con déficit nutricional, así como la visita a los alumnos que no podían asistir a clases por problemas de salud.

Un observador, tras un recorrido por el establecimiento escolar —un edificio con ventanas rotas y emparchadas con cartón, por todo amparo contra las inclemencias del tiempo—, escribió: «Lo que más me impresionó fue el entusiasmo y la energía con las cuales Makiguchi se entregaba a la tarea, dispuesto a hacer todo lo que pudiese por la educación y el bienestar de esos niños de familias pobres».[65]

Su discípulo y sucesor, Josei Toda, enseñaba en la misma escuela que él, y lo secundó en su desafío por llevar la luz del conocimiento a quienes vivían en las condiciones más duras de esa época, en un pequeño rincón de Tokio.

Las escuelas Soka, continuadoras del credo de ambos pedagogos, abarcan desde el nivel inicial hasta la educación superior, y han ido expandiendo y ampliando sus programas de becas para apoyar a jóvenes de familias en desventaja económica.

Lejos de limitar su apoyo financiero a estudiantes japoneses o internacionales, en 2016 la Universidad Soka del Japón se unió al programa de educación superior para refugiados, auspiciado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y, en este marco, ha otorgado becas a desplazados forzosos. A partir de 2017, se ha sumado a la Iniciativa Japonesa para el Futuro de los Refugiados Sirios (JSIR), perteneciente a la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA). Asimismo, el año pasado firmó un acuerdo con el ACNUR para ofrecer apoyo a estudiantes de posgrado. Con ello, la Universidad Soka se ha convertido en la primera entidad japonesa en aceptar refugiados en programas de grado y de posgrado.

Se calcula que solo el 5 % de los refugiados del mundo han conseguido acceder a estudios universitarios o a otros programas de educación superior.[66] En este contexto tan adverso, siempre debemos recordar que para los jóvenes obligados a huir de sus lugares de pertenencia las aspiraciones educativas y el deseo de cumplir sus sueños son, como mínimo, tan fuertes como los de sus pares que viven en condiciones sociales menos difíciles.

La Soka Gakkai ostenta una larga historia de apoyo al ACNUR. Además, en enero del año pasado presentamos una nueva actividad en colaboración con Músicos Sin Fronteras.[67] Dicho emprendimiento, iniciado en medio de la pandemia del coronavirus, se vale de la música para dar esperanza a los niños refugiados y de los países de acogida. El proyecto, con base en Jordania, se propone inspirar fortaleza y esperanza para superar dificultades por medio de la educación musical. Hasta la fecha, ha formado personas capacitadas para impartir talleres musicales que, a su vez, han comenzado a ofrecer cursos estivales en diversos puntos del país.

Tareq Jundi, músico y asociado local del proyecto, comparó estos espacios con la siembra de semillas. Opinó que aun cuando los resultados no se manifestaran de manera inmediata, sin falta estaban comenzando a surgir cambios.[68] Yo también creo que la esencia de la educación se encuentra en el esfuerzo paciente de sembrar semillas de posibilidades en el corazón de los niños y en trabajar denodadamente para que florezcan.

Además de asegurar una labor educativa en contextos de emergencia, otra cuestión de crucial importancia en todo el mundo es acelerar la oferta de educación inclusiva, que garantice a los jóvenes con discapacidades el derecho a estudiar y a aprender.

Según un informe de UNICEF divulgado en noviembre pasado, se estima que en el mundo hay unos 240 millones de niños, niñas y adolescentes con discapacidades; esto significa que uno de cada diez se encuentra en esta situación.[69] Aun cuando, en virtud del principio de inclusividad y aceptación igualitaria ellos necesitan que se les garanticen los mismos derechos de los que gozan los demás, estamos ante una difícil tarea, por los escasos avances logrados en la lucha contra la discriminación y otras prácticas lesivas en el ámbito social.

Pero, ahora, la COVID-19 ha exacerbado sus dificultades preexistentes. Si bien se han implementado infraestructuras y servicios educativos en línea, lo cierto es que sin una asistencia idónea, diseñada en respuesta a sus demandas específicas, los alumnos con discapacidades tienen gran dificultad para participar en clases por conexión remota. Esta carencia suele imponer un esfuerzo adicional e intensivo a los integrantes de las familias o a las personas encargadas de sus cuidados.

Con el objetivo de asegurar el «acceso equitativo y generalizado a una educación de calidad en todos los niveles»,[70] los ODS nos instan a actuar para ofrecer acceso igualitario a todos los niveles educativos, así como instalaciones que satisfagan las necesidades de las personas con discapacidad. Estamos ante el imperativo urgente de ponernos en marcha para lograr tales metas y de responder a los problemas concomitantes que ha puesto en evidencia la pandemia del coronavirus.

Las necesidades educativas habían sido objeto de un vigoroso debate en 2006, en el proceso deliberativo que condujo a que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobase la Convención sobre los Derechos de Personas con Discapacidad y el Protocolo Facultativo (CRPD). Como resultado de tales intercambios, dicho instrumento estipula que los Estados partes deben asegurar un «sistema de educación inclusivo a todos los niveles»[71] que brinde igualdad de oportunidades para el aprendizaje.

La CRPD, asimismo, establece el principio que considera «discriminación por motivos de discapacidad» la «denegación de ajustes razonables»[72] en beneficio de estas personas. Y, además, especifica que tales «ajustes razonables» deberán extenderse al ámbito educativo.[73]

El texto, además, consagra la idea de que la discapacidad, lejos de ser entendida como una circunstancia individual, debe abordarse mediante cambios en los sistemas sociales. Lo que condujo a este nuevo consenso fue una estrategia decisiva en el proceso de negociación. Las ONG que trabajaban en el área de las discapacidades elevaron un contundente alegato a los gobiernos, a través del lema «Nada sobre nosotros sin nosotros»,[74] que sirvió para asegurar la participación de sus representantes en los debates.

Hasta la fecha, la CRPD ha sido ratificada por 184 países.[75] Hoy, exhorto a redoblar los esfuerzos para hacer realidad esa educación inclusiva que inspiró la voluntad y la elocuencia de las numerosas personas involucradas en la tarea de redactar y aprobar el tratado.

Nujeen Mustafa, una refugiada siria nacida con parálisis cerebral, es una activa promotora y defensora de los niños y niñas con discapacidad en el ACNUR. En referencia a su propia historia, observa:

La educación inclusiva no solo significa matricular a una persona con discapacidad en la escuela; es responder a sus necesidades sin hacerla sentir aislada, separada o distinta de los demás estudiantes sin esa discapacidad. No se trata de mejorar la accesibilidad de los aseos o de poner rampas en los edificios; se trata de construir capacidad.[76]

A los dieciséis años, la joven Mustafa tuvo que huir de su tierra natal, arrasada por la guerra civil. Después de afrontar un viaje de 6000 km en silla de ruedas, encontró un nuevo hogar en Alemania, donde en una entrevista le pidieron que aportara sus reflexiones sobre la educación inclusiva. En nombre de todas estas personas, enfatizó la importancia de cambiar de modo radical las ideas y actitudes hacia la discapacidad que prevalecen en la gente:

Donde yo me crie, tener una discapacidad significaba aceptar que había que vivir al margen y renunciar a desarrollarse como cualquier otro ser humano, académica o personalmente […].
Por eso, creo que el error de concepto más grave que tiene la sociedad sobre nosotros es esperar que no alberguemos sueños ni ambiciones. Es suponer que el solo hecho de tener una discapacidad basta para extinguir en nosotros toda esperanza de que esos sueños puedan hacerse realidad.[77]

Como señala la joven siria, es inaceptable que las esperanzas de los niños en el porvenir deban troncharse debido a los errores de concepto y a los prejuicios sociales sobre la discapacidad.

En septiembre de este año, la ONU convocará la Cumbre sobre la Transformación de la Educación. Dicha reunión se propone considerar los hallazgos de un informe de la UNESCO presentado en noviembre pasado sobre las perspectivas y el futuro de las prácticas educativas. Con el fin de reconsiderar el papel de la educación en momentos clave de cambio social, la UNESCO elaboró informes similares en 1972 y en 1996. Este nuevo estudio continúa dicha labor, veinticinco años después del último publicado.

Allí, con base en las opiniones de más de un millón de personas del mundo consultadas en un proceso que se extendió a lo largo de dos años, el informe considera las siguientes cuestiones:

Los escenarios futuros extremos también incluyen un mundo en el que la educación de calidad es un privilegio de las élites, y en el que amplios grupos de personas viven en la miseria porque no tienen acceso a los bienes y servicios esenciales. ¿No harán las desigualdades educativas actuales más que agravarse con el tiempo hasta que los planes de estudios lleguen a ser irrelevantes? ¿Cómo afectarán estos posibles cambios a nuestra humanidad esencial?[78]

A partir de esta perspectiva, el informe destaca la importancia de la sinergia global para apoyar a los refugiados y a las personas en circunstancias difíciles, además de asegurar el derecho de todos a recibir educación de calidad, tengan o no discapacidades. Además, invita a un trabajo colectivo para explorar qué papel puede desempeñar la enseñanza con miras al 2050 y más allá.

En vista de ello, creo que la Cumbre sobre la Transformación de la Educación que se celebrará en septiembre ofrece una perfecta oportunidad de debatir constructivamente temas como el aprendizaje en contextos de emergencia y la educación inclusiva. El temario también podría incluir la enseñanza para la ciudadanía global como medio crucial para forjar el tipo de conciencia solidaria colectiva que mencioné a comienzos de esta propuesta. En tal sentido, animo a las partes interesadas a diseñar y adoptar un plan de acción global para la educación, el desarrollo y el bienestar de los niños, niñas y adolescentes.

Los conflictos, desastres y pandemias instauran crisis que los niños y adolescentes procesan con mucha dificultad. Priorizar la capacidad mundial de dar asistencia educativa en situaciones de emergencia demuestra el claro compromiso de no dejar atrás a ninguno de ellos. Reforzar el carácter inclusivo de la enseñanza en todos los niveles, desde el inicial hasta el terciario, mejorará el ambiente de la población escolar que afronta diversas formas de dificultades y discriminación.

Por último, creo que formar a las personas para la ciudadanía global dará lugar a una plataforma común para responder a la crisis colectiva que afecta a la humanidad. Como antes dije, mi maestro Josei Toda, expresó el concepto de la ciudadanía global mediante el término japonés chikyu minzokushugi; por mi parte, he trabajado en bien de una educación que promoviera dicho valor. Este ha sido, también, uno de los focos de la labor constante de la SGI.

Las proyecciones demográficas calculan que, a fines de este siglo, nuestro planeta albergará a 10 900 millones de habitantes.[79] Creo firmemente que adoptar un plan de acción global para la educación, el desarrollo y el bienestar de los niños, niñas y adolescentes, en la próxima Cumbre sobre la Transformación de la Educación, será un cimiento esencial para salvaguardar los sueños y anhelos de los más jóvenes de hoy y de los que aún no han nacido.

La abolición de las armas nucleares, factor clave para un futuro global sostenible

La tercera área temática que quiero abordar es el imperativo de hacer realidad la abolición de las armas nucleares. Con ese fin, quisiera elevar las dos propuestas siguientes.

La primera gira en torno a las medidas necesarias para liberar al mundo de las doctrinas en materia de seguridad que se apoyan en las armas de exterminio masivo.

Este 3 de enero, los líderes de los cinco Estados poseedores de armas nucleares —los Estados Unidos, Rusia, la China, el Reino Unido y Francia— emitieron una declaración en pro de evitar la guerra nuclear y abstenerse de la carrera armamentista. Si bien dicho compromiso admite varias interpretaciones, señala con claridad que «en una guerra nuclear no hay vencedores, y por eso jamás debemos participar en ella», y expresa la voluntad conjunta de buscar vías para evitar las confrontaciones militares.[80] Esperamos que tales palabras conduzcan a acciones positivas en dirección a ese fin.

Aquí me permito exhortar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a tomar este pronunciamiento conjunto, donde se reconoce la importancia del autocontrol, como base de una resolución que llame a esos cinco países poseedores de armamentos nucleares a adoptar medidas concretas para cumplir sus obligaciones de desarme nuclear, estipuladas en el artículo VI del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP).

Además, insto a que se acuerde y se incluya en la declaración final de la Conferencia de las Partes Encargada del Examen del TNP —que se programa realizar este año—, el compromiso textual de celebrar un encuentro sobre la reducción del lugar que habrán de ocupar las armas nucleares. Para promover un avance sustancial en materia de desarme nuclear, dicha reunión de alto nivel debería acoger la presencia de Estados poseedores de estas armas que aún no se encuentran incluidos en el marco del TNP.

Aun en plena crisis pandémica, el gasto militar mundial no ha cesado de aumentar.[81] Las existencias bélicas suman, en la actualidad, más de 13 000 ojivas nucleares, en constante proceso de modernización.[82] Nos preocupa que se produzca una nueva escalada en las reservas de armas nucleares.

La pandemia también visibilizó riesgos vinculados con estos arsenales, ligados a situaciones que han implicado una alteración de la cadena de mando; así pues, debido al contagio de la COVID-19, algunos líderes políticos de países poseedores de armas nucleares han debido ceder el ejercicio temporal del poder a delegados. También se han producido brotes de infección a bordo de un portaviones de propulsión nuclear y de un destructor de lanzamisiles guiados.

En sus observaciones sobre la cuestión de las armas nucleares elevada en septiembre pasado, la señora Izumi Nakamitsu, Alta Representante de las Naciones Unidas para Asuntos de Desarme, destacó otro problema que la pandemia puso en evidencia: «[Esta crisis] nos ha enseñado que eventos aparentemente poco probables pueden, sin previo aviso, convertirse en un problema real, de efectos globales catastróficos».[83]

Quiero, también advertir sobre el peligroso exceso de confianza de seguir creyendo que podríamos usar arsenales nucleares sin que ello ocasionara una devastadora hecatombe. Como señaló la señora Nakamitsu en su discurso, si no hemos visto aún otra detonación de esta magnitud desde los bombardeos de Hiroshima y de Nagasaki, solo ha sido gracias a una convergencia de buena suerte y de ciertas intervenciones personales que han evitado una desastrosa escalada de incidentes. Hoy, en un «ambiente internacional cada vez más volátil, cuyas vallas de seguridad se han erosionado o están enteramente ausentes»,[84] ya no podemos darnos el lujo de confiar solo en la buena suerte o en factores humanos circunstanciales.

En la actualidad, el único marco bilateral de desarme nuclear vigente es el nuevo Tratado sobre la Reducción de las Armas Estratégicas (nuevo START), que Rusia y los Estados Unidos han acordado prorrogar en febrero de 2021.

Las consecuencias de la pandemia han obligado a posponer, asimismo, la Conferencia de las Partes Encargada del Examen del TNP, que estaba previsto celebrar este mes. Se está considerando reprogramar dicha reunión para el próximo mes de agosto. La última Conferencia de las Partes Encargada del Examen del TNP, celebrada en 2015, había concluido sin que se llegara a elaborar un documento final. Es algo que, esta vez, no debería repetirse. Al respecto, exhorto a las partes a concertar medidas específicas para cumplir con el preámbulo del TPN, que manda «hacer todo lo posible por evitar el peligro de semejante guerra».[85]

El espíritu reafirmado en la declaración conjunta de los cinco países poseedores de armas nucleares, en la cual reconocen que «en una guerra nuclear no hay vencedores, y por eso jamás debemos participar en ella»,[86] fue enunciado por primera vez durante la Guerra Fría, en noviembre de 1985, cuando el presidente norteamericano Ronald Reagan (1911-2004) y el secretario general soviético Mijaíl Gorbachov se reunieron en Ginebra. Esta importante conciencia que animó la cumbre de Ginebra también se mencionó en la declaración emitida tras la cumbre entre los Estados Unidos y Rusia, el pasado mes de junio.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debería generar un ámbito en el cual debatir los pasos necesarios para poner fin a la era de las armas nucleares y aprobar el resultado de dichas deliberaciones en una resolución que señale el inicio de un proceso de cambios radicales.

En general, se acepta que ese documento final conjunto ruso-norteamericano de 1985, en la cumbre de Ginebra, fue el comienzo de las negociaciones de desarme nuclear que beneficiaron no solo a las dos superpotencias, sino también a toda la humanidad. Tiempo después, el expresidente Gorbachov reflexionaría de este modo sobre su decisión de emprender un desarme nuclear:

Supóngase que echamos a rodar una piedra desde lo alto de un monte creyendo que ello, por sí solo, no provocará el derrumbe de la montaña. Pero entonces, en un proceso desencadenado por esa primera roca, empiezan a rodar piedras por todas partes que causan el colapso total.
De esta misma manera se puede desencadenar una guerra nuclear. El lanzamiento de un misil es suficiente para poner todo en marcha. Hoy, el mando y el control de los sistemas estratégicos de estos armamentos se han computadorizados casi por completo. Cuantas más armas nucleares existan, mayor será la posibilidad de una guerra nuclear accidental.[87]

El desarrollo de arsenales nucleares no cesa. La continua producción de nuevos medios para enfrentar a otros países parece reflejar el supuesto de que ninguna de tales acciones provocará el derrumbe de la montaña. Las naciones poseedoras de armas nucleares y las que dependen de ellas necesitan aceptar la cruda realidad: mientras sigan dependiendo de la disuasión nuclear, con la premisa de un estado de amenaza recíproca, estarán condenándose a sí mismos y al mundo entero a condiciones de precariedad extrema e incesante.

En un diálogo que mantuvimos el expresidente Gorbachov y yo, el mandatario recalcó: «Cada vez queda más claro que las armas nucleares no pueden ser un medio para asegurar la seguridad nacional. De hecho, cada año que pasa su presencia ponen más en peligro nuestra seguridad».[88]

Para salir del estancamiento actual, caracterizado por el elevado riesgo de detonación de estos dispositivos, creo que es imperioso hallar el modo de «desintoxicarnos» de las doctrinas vigentes en materia de seguridad que apelan a la disuasión nuclear. Estas políticas se fundan en el propósito de evitar que el país adversario inicie un ataque con armamentos nucleares. Sin embargo, la evidente contradicción es que, aun para frenar el uso de dichas armas, las posiciones disuasorias requieren estar mostrando continuamente que cada parte está dispuesta a emplearlas. Para superar esta paradoja y eliminar las armas nucleares de la política de seguridad, debe considerarse detenidamente en una nueva medida que se requiere ahora, sin olvidar la que creará las condiciones más propicias en el escenario internacional.

La seguridad nacional podrá ser una inquietud de enorme importancia, pero ¿qué significado podría haber en la constante dependencia de las armas nucleares, cuando estas son capaces de provocar un daño devastador tanto al país oponente como al propio, y de socavar irrevocablemente los cimientos de la supervivencia humana?

Desde esta perspectiva, para iniciar el proceso de desintoxicación debemos dejar de enfocar lo que hacen las demás naciones y centrarnos más en el accionar del propio país. De esa manera, los Estados pueden empezar a cumplir el compromiso estipulado en el preámbulo del TNP y, de verdad, «hacer todo lo posible por evitar el peligro de semejante guerra».

Debe quedar claro que el propósito del TNP no yace en perpetuar un esquema de mutua amenaza nuclear como destino irrevocable de la humanidad. No podemos olvidar que el deber de alcanzar el desarme nuclear está estipulado en el artículo VI como pilar del TNP, con el entendimiento mancomunado de que es un problema que exige resolución fundamental.

A diferencia de lo que ocurría en la Guerra Fría, hoy vivimos en una época en que los líderes políticos pueden reunirse de modo virtual, aun en medio de una crisis, y constatar en tiempo real sus reacciones y expresiones faciales. Así y todo, siguen calculando los movimientos de la otra parte a través de un velo de sospechas y de desconfianza, a la vez que mantienen sus arsenales nucleares preparados para un lanzamiento eventual.

El documento conjunto de los cinco Estados poseedores de estos armamentos expresa: «Reiteramos la validez de nuestras declaraciones previas sobre la desmarcación (de-targeting), reafirmando que ninguna de nuestras armas nucleares está apuntada contra el otro ni contra ningún Estado».[89] Tomando como base este tipo de autodisciplina, es hora de que tales naciones reorienten sus políticas de seguridad y eliminen la amenaza nuclear que viene prevaleciendo desde el inicio de la Guerra Fría. Para crear este ambiente, es menester iniciar negociaciones que permitan adoptar medidas tendientes a reducir el papel de estos arsenales en las políticas de seguridad; desactivar los conflictos a fin de minimizar el riesgo de un uso accidental, y suspender el desarrollo de nuevas tecnologías bélicas de esta naturaleza.

En 2023, el Japón será anfitrión de la Cumbre del G7. Propongo que, en coincidencia con este cónclave, se lleve a cabo en Hiroshima una reunión de alto nivel sobre la reducción del papel de las armas nucleares —a la cual puedan asistir también los líderes de países que no integran el G7— en cuyo marco se delibere sobre la promoción de tales medidas concretas.

El pasado 21 de enero, los Estados Unidos y el Japón emitieron una declaración conjunta sobre el TNP. En ella, ambos gobiernos declararon que «los bombardeos atómicos de Hiroshima y de Nagasaki, grabados para siempre en la memoria de la humanidad, sirven como estricto recordatorio de que debemos mantener el registro de estos 76 años de abstención en el uso de armas nucleares».[90] También instaron a los líderes políticos, a la juventud y a otras partes interesadas a visitar ambas ciudades para incrementar la conciencia de los horrores a los que dan lugar el empleo de estos armamentos.

Desde hace muchos años vengo insistiendo en la importancia de que los líderes políticos visiten los sitios de los bombardeos atómicos. Una cumbre en Hiroshima sería una excelente oportunidad de llevar a cabo ese cometido.

El encuentro de alto nivel ayudaría a fomentar un ambiente propicio para establecer como principio la abstención amplia del uso de armas nucleares, con miras a abolirlas globalmente, a la vez que permitiría debatir prohibiciones contra los ciberataques que toman como objeto los sistemas relacionados con dichos armamentos y contra la integración de la inteligencia artificial para su funcionamiento, puntos a los cuales ya me referí en mi propuesta de 2020.

Exhorto enfáticamente a que, mediante tales iniciativas, las negociaciones tendientes a asegurar el cumplimiento de las obligaciones de desarme estipuladas en el artículo VI del TNP cobren una mayor dimensión y generen un impulso irreversible hacia la abolición de las armas nucleares.

Nuestra responsabilidad colectiva ante el futuro

Mi segunda propuesta con respecto a esta cuestión atañe al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN). Al respecto, exhorto una vez más a que el Japón y otros países dependientes y poseedores de armas nucleares participen como observadores en la Primera Reunión de los Estados Partes (1MSP) en el TPAN, que se celebrará en Viena en marzo próximo. También sugiero que, en ese cónclave, se establezca el compromiso de crear una secretaría permanente que asegure el cumplimiento de las obligaciones y de la cooperación internacional estipuladas en el TPAN.

Suiza, Suecia y Finlandia —países no signatarios del TPAN—, así como Noruega y Alemania —miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)— ya han indicado que participarán en la reunión en calidad de observadores. Hasta ahora, la OTAN se ha ceñido al criterio de permitir que sus Estados miembros elijan su propio camino con respecto a las armas nucleares. Por su parte, el TPAN no incluye ninguna prohibición específica que impida a los Estados partes formar relaciones de alianza con países poseedores de dichos arsenales.

El hecho de que Noruega y Alemania soliciten el carácter de observadores en la primera reunión de los Estados partes es francamente significativa, en momentos en que muchas localidades de países miembros de la OTAN se han sumado a centenares de ayuntamientos y municipios del mundo como firmantes del Llamamiento a las Ciudades (Cities Appeal), auspiciado por la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN). Esta iniciativa ha dado a las ciudades un espacio en el cual expresar su apoyo al TPAN y alentar a sus gobiernos a sumarse al Tratado. En la lista de municipios que participan en el Llamamiento a las Ciudades de ICAN, además de Hiroshima y de Nagasaki, hay muchas urbes de países poseedores de armas nucleares, como los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la India.[91]

El programa de la 1MSP en el marco del TPAN incluirá el suministro de ayuda a las víctimas del uso y de los ensayos de armas nucleares, así como la recuperación de los ambientes contaminados. El Japón debería participar en los debates y contribuir transmitiendo la realidad de la catástrofe sufrida en Hiroshima y Nagasaki, así como las lecciones aprendidas en el accidente nuclear de Fukushima, acaecido en 2011.

En una reciente entrevista, el doctor Oliver Meier, investigador principal de la oficina de Berlín del Instituto de Investigaciones sobre la Paz y las Políticas de Seguridad, adscrito a la Universidad de Hamburgo, dijo que la presencia de Alemania en esa primera reunión, en carácter de país observador, podría coadyuvar a fortalecer el multilateralismo y el desarme nuclear. Cuando le preguntaron sobre el deseo del Japón de actuar como un puente entre los Estados poseedores y no poseedores de armas nucleares, respondió que este país, con su participación observadora, podría cumplir un papel que solo podría caberle a él, por haber sufrido un ataque atómico y señaló que un «puente» no podría cumplir su cometido sin entablar un diálogo directo con ambas partes.[92]

En 2017, el Japón organizó el Grupo de Personalidades Eminentes para la Promoción Sustancial del Desarme Nuclear (SAG), al cual se invitó a expertos de países con y sin armas nucleares; el proceso incluyó, también, reuniones de seguimiento. Las deliberaciones de la 1MSP en el TPAN podrían ser más constructivas si el Japón asistiera como observador e informara allí sobre los resultados de esa iniciativa. Exhorto a este país a emprender tales gestiones con miras a la pronta firma y ratificación del Tratado.

Por ejemplo, en la primera reunión de los Estados partes en la Convención sobre Municiones en Racimo hubo treinta y cuatro naciones que participaron en carácter de observadoras, y muchas de ellas, luego, se sumaron como Estados partes.[93] De manera similar, es esencial que el mayor número posible de países asistan como observadores a la 1MSP del TPAN para experimentar de manera directa la seria labor y la firme voluntad de los Estados partes y de la sociedad civil en aras de lograr la abolición de las armas nucleares. Eso ayudará a crear conciencia colectiva sobre la forma en que el TPAN está abriendo nuevos horizontes de posibilidades para nuestro mundo.

El significado del TPAN supera el marco de cualquier tratado convencional de desarme: en su raíz palpita un rotundo compromiso con las normas del humanitarismo —evitar la destrucción catastrófica— y de los derechos humanos —proteger el derecho a la vida de todas las personas del mundo—. Desde la perspectiva de los bienes comunes globales, que mencioné antes en referencia al problema del cambio climático, el TPAN es indispensable para proteger la paz de la humanidad en conjunto y la preservación del ecosistema global, base de la vida para las generaciones de hoy y del mañana.

Teniendo presente el valor intrínseco del TPAN, debería iniciarse un franco y abierto intercambio de ideas sobre las consecuencias negativas que acarrean las doctrinas de seguridad dependientes de arsenales nucleares, tanto para el mundo de hoy como para nuestra existencia y para el futuro.

El primer encuentro podría ser una buena oportunidad para discurrir más allá de las diferencias. A medida que aumente el número de Estados partes y que más países aún no convencidos de firmar o de ratificar el TPAN empiecen a reconocer positivamente su genuino valor y significado, confío en que será posible catalizar la energía y la voluntad política necesarias para poner fin a la era de las armas nucleares.

Por tal razón, abogo por el establecimiento de una secretaría permanente, con la función de unir las gestiones de los gobiernos y de la sociedad civil para universalizar los ideales y compromisos del TPAN.

La campaña por el Decenio de los Pueblos para la Abolición Nuclear, iniciada y presentada por la SGI en 2007, nos permitió trabajar junto con ICAN y otros grupos impulsando la aprobación de un tratado de prohibición de las armas nucleares. El segundo Decenio de los Pueblos para la Abolición Nuclear comenzó en 2018, un año después de haberse aprobado el TPAN. Ese segundo ciclo se enfoca en dar un carácter universal a los ideales de dicho instrumento jurídico mediante el concurso de actores y agentes de la sociedad civil. Este año, nos proponemos acrecentar el impulso en esa dirección, convencidos de que el apoyo de los pueblos del mundo es un basamento fundamental para fortalecer la eficacia del tratado.

Recuerdo aquí que el profesor Galbraith insistía en la importancia de eliminar la amenaza bélica nuclear; semejante logro —planteaba— requería el trabajo unido de todos. En su conclusión, reflejaba su experiencia directa de las muchas crisis que había traído aparejadas el tumultuoso siglo xx. En la última parte de su libro, A Life in Our Times (Una vida en estos tiempos), señaló: «He notado que quienes escriben sus memorias tienen dificultad para saber cuándo detenerse en relación con los asuntos públicos».[94] Por su parte, en vez de terminar su obra hablando de la economía —su área académica—, eligió referirse al problema de las armas nucleares, cuya realidad jamás se había apartado de su mente desde el primer viaje que había hecho al Japón en el otoño de 1945, poco después de los bombardeos de Hiroshima y de Nagasaki.

En la misma, citó un discurso que había dado en 1980:

Si no logramos controlar la carrera armamentista nuclear, todas las otras cuestiones que podamos debatir en estos días carecerán de significado. Los derechos civiles ya no serán un problema, porque no habrá nadie que pueda gozar de ellos. La decadencia urbana ya no será un problema, porque no quedarán más ciudades. Así que, si se me permite observar con cierto humor, discrepemos en las demás cuestiones, pero pongámonos de acuerdo en decirles a todos nuestros compatriotas, a todos nuestros aliados, a todos los seres humanos, que trabajaremos para poner fin a este horror nuclear que hoy se cierne como una nube sobre el género humano.[95]

Como señala de manera tan incisiva el profesor Galbraith, la naturaleza inhumana de las armas nucleares no se limita a las consecuencias catastróficas de su uso. Por mucho que aspiremos a un mundo y a una sociedad mejores, por larga que sea nuestra lucha en pos de ello, todo perderá sentido en el instante en que empiece un intercambio de misiles nucleares. La realidad de la era nuclear es que obliga a todo el género humano a vivir, constantemente, a merced del peor, el más absurdo, el más incomprensible peligro imaginable.

El compromiso de la SGI de abolir las armas nucleares se remonta a la proclama que formuló Josei Toda en 1957. En medio de una intensa carrera armamentista entre los países poseedores de estos arsenales, la Unión Soviética había efectuado, un mes antes, un ensayo exitoso de un misil balístico intercontinental (ICBM); con ello, había creado una nueva problemática en que todas las regiones del mundo quedaban expuestas a la posibilidad de un ataque de esta índole.

En vista de esa dura realidad, Toda recalcó que el uso de estas armas por parte de cualquier Estado era un mal absolutamente condenable, y expresó su ira ante la lógica implícita que justificaba su posesión: «Quiero exponer y arrancar de cuajo las garras que se ocultan en lo profundo de las armas nucleares».[96]

Recuerdo, como si fuera ayer, la indignación de mi maestro frente a la naturaleza inhumana de estos arsenales, que podían arrebatar a cada persona el significado y la dignidad de su vida, y extinguir por entero el fruto de todo el quehacer humano. Como discípulo suyo, resuelto a plasmar su visión de manera fehaciente, sentí en lo más profundo de mi ser esa misma ira legítima.

Convencido de que el destino del género humano no podría transformarse sin resolver el problema de las armas nucleares —mal fundamental de la civilización moderna—, he tratado de manera sistemática esta cuestión en todas mis propuestas anuales desde 1983 y he trabajado por su proscripción definitiva y total.

Varias décadas después, ha entrado en vigor el TPAN, un tratado que coincide en principio con la proclama de Josei Toda, y está por celebrarse la primera reunión de sus Estados partes. Hemos llegado, por fin, a una etapa crucial en las gestiones para la abolición de las armas nucleares, la meta tan largamente ansiada por los hibakusha del mundo, las víctimas de los bombardeos de Hiroshima y de Nagasaki, de los ensayos y el desarrollo de estas tecnologías bélicas y la mayoría de los habitantes de este planeta.

Llevar a término esta tarea es la forma de cumplir nuestra responsabilidad ante el futuro. Con esta firme convicción, la SGI seguirá promoviendo y expandiendo las redes solidarias de la sociedad civil, con especial foco en los jóvenes, para crear una cultura de paz donde todos podamos gozar del derecho a vivir con seguridad genuina.

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