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Un homenaje al sagarmatha del humanismo: Las lecciones vivientes del buda Gautama (Nepal, el 2 de noviembre de 1995)

(Texto completo de la disertación pronunciada por Daisaku Ikeda durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Tribhuvan, Katmandú, Nepal, el 2 de noviembre de 1995.)

Honorables señores rector y vicerrector, distinguidos profesores, ilustres invitados, estudiantes que han de graduarse, damas y caballeros: Agradezco de todo corazón por esta oportunidad que me brindan para disertar aquí, en esta ceremonia de graduación de la Universidad de Tribhuvan, en la hermosa tierra de Nepal, cuna del buda Gautama1. Me siento profundamente agradecido… ¡Muchísimas gracias a todos ustedes!

También deseo expresar mis más sinceras felicitaciones a todos los que, hoy, egresan de esta casa de estudios superiores, una de las instituciones educativas más respetadas de Asia. Me siento hondamente conmovido al escuchar la serie de solemnes juramentos que formularon durante el acto de graduación. Mi corazón se llena de gran esperanza y expectativa al vislumbrar su futuro, al ver escalar a cada uno de ustedes la cumbre montañosa del siglo XXI, con la mente siempre puesta en el solemne compromiso que hoy hicieron aquí.

La disertación de hoy se titula: «Un homenaje al sagarmatha2 del humanismo: Las lecciones vivientes del buda Gautama». Quisiera aprovechar la oportunidad para analizar junto con ustedes el legado espiritual de este gran maestro del humanismo, centrado en dos tópicos esenciales de su filosofía y de su personalidad: la penetrante luz de su sabiduría y la vasta magnitud de su amor compasivo.

Cuando consideramos el estado de la civilización contemporánea, que podría compararse con un cruce forzado a través de un mar ignoto y embestido por las tormentas, recuerdo el siguiente poema de uno de sus grandes hombres de letras, Bala Krishna Sama:

¡Haz a un lado la pelea, propia de un niño ignorante,
aleja la desunión y comparte la prosperidad,
abandona la ciega credulidad!
¡Ten fe en el humanismo, vive y deja vivir a tus semejantes!
Que la rivalidad solo exista en la búsqueda de la verdad,
que el arrojo solo exista para lograr el bien.
¡Ah, mundo mío, haz trizas el arco atómico, te pido,
antes de que exhale mi último aliento fugaz!
¡Barre de la faz del mundo el nombre de la guerra
con el cantar de la paz siempre perdurable!3

Este poema muestra un alma sediento de hallar paz en un siglo desgarrado por la guerra, como si buscara agua en medio del desierto. Y creo, con certeza, que estos nobles y bellos sentimientos son compartidos por el pueblo de Nepal.

Nuestra aspiración, nuestro deseo, son los mismos que manifestó el buda Gautama, quien, por su profundo amor compasivo y sabiduría, se erige como sagarmatha del humanismo; su existencia fue una lucha incesante y sin reservas para permitir a la humanidad disfrutar de una vida segura y pacífica.

El primer aspecto de la sabiduría de Gautama que hoy quisiera analizar es su imperioso alegato: hacer que brille la Torre de los Tesoros que hay en nuestro fuero interior.

Desde los albores de la era moderna, las actividades de la sociedad humana --como el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, como el crecimiento industrial y económico-- han estado sustentadas por la firme creencia en el «culto al progreso», cuya medida del avance siempre ha sido la expansión cuantitativa. Sin embargo, esto entrañó un peligro impensado. A medida que la humanidad marchó tras el progreso, embriagada de sueños y de promesas, acabó sacrificando la realidad sobre el altar de los proyectos sociales, inmolando el presente en aras del futuro, entregando el ambiente en nombre del desarrollo, atentando contra el ser humano en beneficio de las teorías huecas.

Aquí se encuentra la raíz de los trágicos horrores que ha presenciado nuestra centuria.

En respuesta a nuestro dilema actual, la sabiduría del buda Gautama nos urge a posar la mirada, una vez más, sobre la dimensión más honda y elemental de la vida humana.

Se considera que el Sutra del loto o Saddharmapundarika sutra es el corazón de las enseñanzas del buda Gautama. En una escena central de esta escritura aparece una magnífica Torre de los Tesoros, exquisitamente ornamentada. Esta torre simboliza la vasta vida cósmica que existe en lo profundo del ser humano, y el buda Gautama consagró su obra entera a permitir que cada individuo cultivase esta rica y fértil dimensión de la vida, este microcosmos que abarca, dentro del ser individual, el universo íntegro.

Cuando reparo en la atención y en la insistencia que se ha venido poniendo estos últimos años en la meta del desarrollo humano, no puedo sino sentir que la visión y el esclarecimiento de Gautama hoy cobran más brillo que nunca.

Hace unos diez años, emprendí un diálogo con el cofundador del Club de Roma, Aurelio Peccei, en cuyo transcurso él ofreció este consejo a las futuras generaciones: «…en nuestro interior se esconde un prodigioso caudal de capacidades por desarrollar y utilizar, caudal tenido durante muchísimo tiempo en la oscuridad. […] [Es] nuestro mayor recurso, dado que es a la vez renovable y ampliable»4.

El término que empleamos el doctor Peccei y yo para describir este cultivo del potencial inherente a la vida del hombre fue «revolución humana».

De más está decir que la clave para llegar a esta clase de progreso yace en la educación, área en la cual Nepal viene dando un ejemplo de peso. En forma análoga, la educación es indispensable para concretar la meta del desarrollo sustentable y para cumplir nuestra responsabilidad frente a las futuras generaciones.

Las enseñanzas del Buda también contienen el siguiente fragmento: «Si queréis comprender las causas que existieron en el pasado, observad los resultados tal como se manifiestan en el presente. Y si queréis comprender qué resultados se manifestarán en el futuro, observad las causas que existen en el presente»5.

Este pasaje se refiere a un modo de vivir que no queda capturado en los acontecimientos del pasado ni se deja condicionar por el miedo o las expectativas desmesuradas en el futuro. En cambio, recalca la importancia de nuestra integridad y de nuestra plenitud en el momento actual. La intención de este fragmento es alentarnos a «cavar en la tierra sobre la cual tenemos posados los pies», con la certeza de que hallaremos una rica vertiente en las profundidades de cada instante eterno.

El buda Gautama nos exhorta a extraer el brillo de la Torre de los Tesoros que existe dentro de nosotros en este mismo instante. Y, con esa luz, iluminar el futuro, abrir el camino para el auténtico progreso y avance de la humanidad. He aquí las palabras de un coloso del espíritu, de un genuino vencedor en la vida.

El segundo aspecto de la sabiduría del buda Gautama que quisiera tratar es su capacidad de escuchar atentamente la voz de las personas comunes.

Más aún que la verdad eterna e invariable, el Budismo subraya la importancia de una sabiduría con capacidad de adaptación, adquirida mediante la fusión de nuestra vida con aquella verdad eterna e inmutable. En otras palabras, se alienta al hombre a que tome conciencia de la verdad válida e invariable en cualquier época o circunstancia, para hacer surgir, a partir de allí, un libre cauce de sabiduría capaz de responder a la realidad circundante, siempre expuesta a una evolución sin pausa.

Personalmente, siento que la fuente de la sabiduría ilimitada de Gautama se encuentra en su postura de prestar oídos a la expresión sincera de los ciudadanos, de la gente simple y anónima.

Constantemente urgía a aquellos que lo acompañaban a que preguntasen todo aquello que rondase por su corazón. Sin duda, el buda Gautama merece contarse junto a Sócrates como uno de los grandes maestros del diálogo. Fue un coloso sin parangón de la educación humanística, que guió a las personas a través de un continuo proceso de diálogo.

Por ejemplo, cuando una madre que había perdido a su hijo amado le imploró a Gautama que lo salvara, él le dijo que podría preparar una cura para el difunto joven, si ella le llevaba algunas semillas de mostaza. Pero, agregó, tenían que provenir de una morada por la cual jamás hubiese pasado la muerte. La madre inició su búsqueda desesperada, casa por casa, pero, por supuesto, no pudo dar con una sola en la cual nadie hubiera fallecido jamás.

Lentamente, la mujer transida por el dolor llegó a comprender que no estaba sola en su duelo, ya que en cada hogar alguien llevaba en el corazón el pesar de alguna pérdida. Así fue como determinó superar su desgarramiento y despertó en su vida el deseo de resolver los sufrimientos fundamentales del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte, inevitables en todo ser humano. Este relato, como tantos otros, ilustra con qué profundidad el buda Gautama sabía captar el corazón del ser humano y cuánta sabiduría y misericordia aplicaba a la labor de ayudar a la gente a elevar su estado de vida.

En el Sutra del loto, cuando se describe al practicante ideal del sutra, se enuncia la virtud de escuchar la voz de todas las personas:

Podrá oír y comprender en su totalidad
la incontable diversidad de las voces humanas.
Y escuchar las voces de los seres celestiales,
y el sonido sutil y maravilloso de los cantos;
las voces de hombres y de mujeres,
y de niños y niñas.
En medio de las sierras, ríos y hondonadas,
podrá escuchar todos los sonidos,
la voz del kalavinka,
del jivakajivaka y de otras aves.
Y escuchará de las muchedumbres atormentadas
del infierno los clamores angustiados
de un sinfín de sufrimientos,
y los sonidos de los espíritus voraces
clamando a causa del hambre y de la sed.
..........................................................................
[P]odrá escuchar,
sin desmedro alguno de su facultad auditiva,
todos estos sonidos procedentes de las partes
interior y exterior del gran sistema planetario
hacia abajo, hasta el infierno Avichi,
y hacia arriba, hasta el cielo de la Cumbre del Ser.6

Siento que esto brinda un paradigma de liderazgo que se extiende allende los confines de la práctica religiosa y que abarca todos los campos de la actividad humana, incluidas la política y la economía, la cultura y la educación.

El primer presidente de la Soka Gakkai, Tsunesaburo Makiguchi, también fue el creador del sistema pedagógico para la creación de valores (en japonés, soka kyoikugaku). Su resistencia al militarismo japonés durante la Segunda Guerra Mundial le valió el encarcelamiento, que lo llevó a concluir su existencia a los setenta y tres años, tras las rejas. Era director de escuela de primera enseñanza; cuando hablaba con alguien, ya fuese un alumno o un carcelero, o incluso un cruel interrogador, siempre emprendía el diálogo basado en su pro¬fundo sentido de respeto por la condición humana del otro.

La sabiduría precursora que brilla en sus propuestas --orientadas a una educación permanente y a un ambiente pedagógico centrado en la comunidad-- y su afán por tener en cuenta la voz de las madres en el proceso educativo, nacían de su incansable esfuerzo por escuchar a la gente y relacionarse con ella en el marco de un diálogo abierto.

El tercer aspecto de la sabiduría del buda Gautama se relaciona con el tema de la creación de valor, pues es la sabiduría lo que nos permite hacer un pleno uso del conocimiento.


Los que hoy se gradúan, tras recibir una formación de vanguardia en la Universidad de Tribhuvan, me recuerdan al joven Gautama y a los rigurosos estudios que llevó a cabo en Kapilavastu. Cuando era príncipe y todo su adiestramiento se orientaba a prepararlo para gobernar, Gautama debió estudiar los más variados temas: Astronomía, Medicina, Derecho, Economía, Literatura y Artes. «No adquirió conocimientos científicos para hacer sufrir a los demás; solo estudió aquel saber que podía brindar beneficios...»7. Todo parece indicar que los reyes del clan Shakya se capacitaban de acuerdo con esta misma tradición.

Lo que más me impacta de los estudios de Gautama es que tiempo después, durante sus años de prédica, aprovecharía todo lo que había aprendido en su juventud para salvar a las personas del sufrimiento. Por eso, cuando se dirigía a un rey, a un campesino o a un miembro de la incipiente clase de los mercaderes, siempre sabía hallar las parábolas y los razonamientos más adecuados para exponer el dharma. Sabía despertar sabiduría en sus interlocutores enseñando de acuerdo con la capacidad de ellos. Es como si, en cada caso, él hubiese recetado el medicamento apropiado para esa enfermedad específica.

Hoy estamos ante una encrucijada; enfrentamos una cues¬tión vital: ¿vamos a emplear para la felicidad humana nuestros conocimientos científicos cada vez más abundantes --cuyos símbolos más poderosos son la energía atómica y la ingeniería genética-- o vamos a emplearlos para satisfacer el egocentrismo de determinados individuos, pueblos o estados?

El mundo actual aún no ha abolido las armas nucleares; el género humano sigue siendo rehén del miedo cruzado que despierta el supuesto poder de disuasión de los arsenales nucleares. He aquí, en mi opinión, la deplorable y lastimosa imagen de la humanidad, incapaz de superar su naturaleza egoísta y, por tanto, fácil presa de las fuerzas de la violencia y del militarismo.

En otra parte de las escrituras budistas hallamos la siguiente exhortación: «ser maestros de nuestra mente, en lugar de permitir que ella nos domine»8. Se trata de no dejarse controlar por las pulsiones negativas de la codicia y de la violencia. De ninguna manera significa extinguir en forma irrazonable los deseos naturales del ser humano. Se refiere a guiar y a encauzar dichas tendencias potencialmente destructivas hacia la creación de valor, como maestros de nuestra propia vida. Ser maestro de la propia vida significa cultivar la sabiduría que anida en lo más recóndito de nuestro ser y que brota en profusión inextinguible solo cuando nos impulsa la determinación benevolente de servir a la humanidad y de luchar por la felicidad de la gente.

Junto con esta sabiduría, hay otro aspecto que merece nuestra atención, y es la misericordia envolvente y oceánica del buda Gautama.

Lo primero que quiero referir es la idea de que la misión colectiva de la humanidad en el cosmos yace en el ejercicio del amor compasivo.

Me es muy clara la convicción de que, para Gautama, el universo mismo era la corporeización de la misericordia. Su propia conducta fue una muestra coherente de esta benevolencia primordial.

Todos los fenómenos del universo existen en el contexto de una relación de mutuo sostén, que el Budismo denomina «origen dependiente». En este sentido, nada existe sin un significado; nada es en vano. El universo, a partir de crear una matriz de estos «hilos interdependientes», sostiene y nutre la vida --incluso la humana-- sobre este planeta.

En este particular, las nociones budistas concuerdan con las de la Astronomía moderna, en que ambas sugieren la existencia de una vida activa e inteligente en el universo. A partir de esta perspectiva, cabe concebir el cosmos como una modalidad de vida creativa, como la corporeización de una misericordia incalculablemente vasta.

Así pues, hallamos a Gautama en su travesía final, que probablemente haya tenido como destino su lugar de nacimiento, repetidamente expresando su regocijo y su deleite por la belleza de las aldeas y de los bosques verdes que cruzaba en su camino. El amor compasivo del Buda, que atravesó extensas regiones en su búsqueda perpetua de la paz y de la felicidad humana, resonaba con el ritmo eterno de la misericordia inherente a la mismísima vida del universo.

En nuestra época, la crisis central que enfrenta el hombre podría describirse como una «pérdida del sentido». No tenemos respuestas a preguntas cruciales como: ¿Qué es el ser humano? ¿Para qué vivimos? Consumidos por nuestra insaciable sed de significado, vagamos a la deriva, alienados de la sociedad, de la naturaleza y del cosmos.

El Budismo nos enseña que el propósito de la vida humana sobre la tierra es que seamos activos partícipes de las misericordiosas funciones del universo, que hagamos más rico e intenso su dinamismo creativo, mientras vivimos nuestra existencia con la mayor plenitud.

En otras palabras, el mensaje del buda Gautama es que la acción benevolente, que nutre todas las formas de vida y las guía hacia la felicidad y la evolución creadora, es la misión de la cual nos ha dotado el cosmos. Al hombre le es posible disfrutar la experiencia del auténtico «sentido» cuando toma conciencia de esta misión y actúa decidido a cumplirla.

Estoy convencido de que la visión budista de la misericordia puede servir para forjar una nueva cultura de coexistencia, basada en el respeto por la persona humana, y promover una nueva relación con la naturaleza, que represente tanto el florecimiento del género humano como del medio ambiente global. Por otro lado, esta noción del amor compasivo alienta cierta clase de conducta altruista que se denomina «práctica del bodhisattva» y que, por sí sola, es capaz de redirigir la historia humana, para alejarla de la división y llevarla a la unión; para apartarla de la confrontación y guiarla a la armonía; para desviarla de la guerra y encauzarla hacia un mundo de paz.

El segundo aspecto de la misericordia del buda Gautama que deseo considerar estriba en una advertencia: que, en toda ocasión, mantengamos una compostura y una convicción sólidas como los Himalayas. La base necesaria para establecer un verdadero sentido de amor compasivo yace en construir un firme e inamovible sentido de la identidad.

El estado de vida vasto y misericordioso del Buda, dirigido hacia la felicidad de todos los seres vivientes, no me recuerda a nada tanto como a los picos magníficos de los Himalayas, imperturbables frente a las tormentas más furiosas.

En una de sus enseñanzas, postula: «Como los montes nevados, los buenos se distinguen a lo lejos; los malos pasan inadvertidos como flechas lanzadas en la noche»9. Esto me indica que, cuando Gautama imaginó su propio ideal humano, tenía claramente en sus pensamientos la imagen de estas cumbres imponentes, de estos picos envueltos en un manto plateado de nieve.

Como muchos pensadores hicieron notar, cuanto más enérgicamente se promueven la libertad y la igualdad en una sociedad, más fluida y flexible esta se vuelve, tanto en el buen como en el mal sentido. Así pues, la labor de forjar un firme sentido de la identidad y del propósito adquiere aún mayor importancia. Sin él, es fácil perderse en comparaciones estériles con los demás, es fácil caer presa de los celos y del antagonismo.

En cualquier época, la paz y la estabilidad de las sociedades derivan, en última instancia, de las acciones de los ciudadanos individuales capaces de mantener una identidad coherente e inquebrantable en medio de las circunstancias cambiantes. Acaso nunca antes la historia haya acusado una necesidad tan clara de establecer estos cimientos como está sucediendo en la actualidad.

Por ende, siento que la última advertencia de Shakyamuni a sus discípulos ha sido a la vez un mensaje para la humanidad entera: «Confiad en vosotros mismos; confiad en la Ley»10; así nos alentaba a establecer un inconmovible «yo superior», fusionado con el dharma cósmico.

Por último, quiero analizar ciertas pautas de acción que nos dejó el buda Gautama y que, creo, cabe expresar en la máxima «busca la felicidad tuya y la de los demás».

No hace falta decir que el logro más grande del pensamiento sobre los derechos humanos en la era moderna ha sido exigir respeto a la dignidad de cada individuo. Sin embargo, el problema de los derechos humanos no se ha de resolver mediante el solo recurso de las medidas institucionales. En cambio, el énfasis unidireccional de la humanidad contemporánea en los derechos individuales nos ha hecho perder de vista la existencia de los demás. Irónicamente, esto socava las mismísimas bases de nuestra propia existencia.

El buda Gautama describió la relación entre el yo y los otros con las siguientes palabras: «Una persona no ha de encontrar nada tan preciado como su propia vida. Del mismo modo, los demás también se valoran a sí mismos por sobre todas las cosas. De tal suerte, el que se atesora a sí mismo sabrá, a partir del conocimiento del amor propio, abstenerse de causar daño a los otros»11.

Reconocía que, para el ser humano, no había nada tan importante como su propia existencia. En consecuencia, si podemos ponernos realmente en el lugar de los demás, naturalmente sabremos comprender el valor y la importancia de ellos. El primer paso hacia la misericordia es ponernos en el lugar de nuestros semejantes y reconocer con empatía la realidad de su existencia.

No creo ser el único en ver que aquí está, sin duda, el «buen remedio» capaz de aliviar el profundo aislamiento que padece la sociedad contemporánea.

Después de lograr la iluminación, el Buda pasó por un durísimo proceso de cuestionamiento interior: no sabía si debía exponer el Dharma a los demás o no. Sabía que, si lo hacía, tendría que enfrentar críticas y persecuciones, pues la gente no estaba en condición de poder comprender su mensaje. Consideró la posibilidad de no hablar o de disfrutar en muda soledad los placeres de su condición iluminada.

Según se dice, Brahmadeva apareció ante Gautama y le suplicó que predicase el Dharma en bien de todas las personas detenidas entre el avance y el retroceso, entre la felicidad y la desdicha, entre la victoria y la derrota en la vida.

Esta «exhortación de Brahmadeva» revivió en Gautama el sentido de la alteridad, la conciencia del «otro»; así pues, dio origen al nacimiento de un verdadero Buda, plenamente consagrado a crear una felicidad indestructible, tanto en su vida como en la de los semejantes.

En otra enseñanza hallamos estas palabras: «Mientras que los seres estén enfermos, también yo estaré enfermo»12. La congoja de su pueblo --que soportaba el sufrimiento del nacer, del morir, de la vejez y de la enfermedad-- siempre resonaba en los oídos del buda Gautama. El mensaje que nos dejó y que trascendió la época y las distancias fue: «¡Revive al otro dentro de ti y, juntos, deleitaos con el sabor de la genuina felicidad!»13.

El maestro japonés Nichiren, quien vivió en el siglo XIII, responde así en su exégesis sobre el Sutra del loto: «"Alegría" significa deleite que siente uno mismo y comparte con los demás».

Este mensaje también se relaciona con la idea de los derechos humanos de tercera generación o solidarios, entre los cuales se cuenta el derecho a gozar de un orden internacional pacífico y de un ambiente natural íntegro. Estoy seguro de que esta solidaridad humanista contiene la clave para la prosperidad del mundo, concretada mediante el desarrollo y el avance de las sociedades que adornan el planeta, en toda su riqueza, diversidad y particularidad.

Cada uno de ustedes es dueño de una profunda misión. Mi deseo y mi firme expectativa es que ustedes --impulsados por las alas gemelas de la sabiduría y de la misericordia-- remonten las alturas de un siglo XXI enmarcado por la paz y por el respeto a la dignidad de la vida.

Por último, para expresar mi sincero anhelo de que tengan un futuro colmado de esperanza, salud y felicidad, quisiera citar a uno de sus poetas nacionales, Madhav Prasad Ghimire, a quien mucho admiro. Su poema se titula «Juventud»:

Con los primeros rayos de la lumbre
sobre las cumbres nevadas,
cuando recorre un fresco vigor
los brazos del héroe,
¡apronta, joven, las flechas de la luz nueva,
inicia, con tu roce, una nueva ola,
y despierta, con tus dedos, al mundo
para que palpite con una vida nueva!14