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Crear vínculos con las universidades del mundo: Universidad de Guadalajara y Universidad Nacional Autónoma de México

(De la serie de ensayos «Crear vínculos con las universidades del mundo», 17 de diciembre de 2006 del Seikyo Shimbun, Soka Gakkai)

Nezahualcóyotl, el poeta mexicano del siglo xv, escribió:

Amo el canto del cenzontle,
pájaro de cuatrocientas voces,
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores,
pero amo más a mi hermano el hombre.

Los pájaros tienen el encanto de su trino; las joyas, la belleza de sus colores; pero el ser humano tiene su espíritu poético.

Daisaku Ikeda pronuncia una conferencia en la Universidad de Guadalajara (México, 5 de marzo de 1981)

Daisaku Ikeda pronuncia una conferencia en la Universidad de Guadalajara (México, 5 de marzo de 1981)

En la tarde del 5 de marzo de 1981, ofrecí una disertación titulada «El espíritu poético mexicano»[1] en el auditorio principal de la Universidad de Guadalajara, rodeado por los murales del eminente pintor mexicano José Clemente Orozco (1883-1949). El intérprete que me acompañaba estaba tan tenso que no podía hablar. Se le había secado la garganta. Le ofrecí sin titubear el vaso de agua que estaba delante de mí. Bebió un gran sorbo y recuperó la voz. El rector Jorge Enrique Zambrano Villa sonrió ante este pequeño incidente, y el estado anímico de casi trescientos espectadores pareció distenderse.

Durante mi conferencia, hice mención al siguiente episodio: En 1923, la lucha entre las tropas del gobierno mexicano y las milicias revolucionarias se había intensificado de tal manera, que muchas personas huyeron a los Estados Unidos en busca de asilo. Los guardias fronterizos examinaban a hombres y mujeres con extremo cuidado en busca de armas. Entonces, vieron a una mujer acercarse al puesto de guardia. Llevaba puesta una enorme chalina, que parecía cubrir en su vientre un bulto sospechoso. Uno de los guardias la detuvo y le preguntó qué ocultaba bajo la prenda. La dama abrió la chalina con serenidad y respondió sin aprensión alguna: «No lo sé señor. Tal vez sea niña o, tal vez, varón».

Cuando el intérprete terminó de traducir esta anécdota, la audiencia estalló en carcajadas. Algunos estudiantes y profesores incluso dedicaron aplausos a la actitud osada de la protagonista del relato.

En mi discurso me referí al espíritu temerario de los mexicanos quienes incluso frente a las más duras circunstancias tienen siempre un espacio en su vida para echarse a reír de buena gana y seguir adelante. También hablé de la alegría y el optimismo de esa gente que no dio muestras de merma aun bajo la opresión colonial o en medio de la sangrienta lucha revolucionaria; y atribuí estas cualidades del pueblo mexicano a su vigoroso espíritu poético. La poesía no es un don exclusivo del artista; es una cualidad que brilla como el sol y está presente dentro de cada ser humano que batalla con tenacidad e infatigablemente en medio de las vicisitudes cotidianas y del convulsionado devenir histórico. El espíritu poético es el poder de la esperanza que nos llena de fuerza para echar a rodar el desaliento; es un poder que nos fortalece y unifica; es la fuente de la que emana la paz.

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Los años ochenta fueron una década turbulenta a nivel mundial. Conflictos armados en Asia occidental y América Latina generaban una sensación de inseguridad generalizada. Cuando llegué al aeropuerto de México, un reportero me preguntó cuál era mi opinión con respecto a las hostilidades que se desarrollaban en todo el mundo. Yo le contesté: «Soy budista. El budismo es una filosofía que pondera la paz y se opone terminantemente a la guerra». Con esta firme respuesta manifesté, una vez más, mi decisión de trabajar por la cooperación y el intercambio en los ámbitos de la paz, la cultura y la educación.

* * *

Mi visita a la ciudad de Guadalajara, en la región centro-occidental de México, se había decidido de manera repentina. Un mes antes, durante una reunión en Los Ángeles, una pionera de la División Femenina de Guadalajara, que había viajado hasta allí para verme, me había pedido encarecidamente que visitase su tierra. Yo había recibido también una cordial invitación por parte de uno de los asesores del presidente de México, así como solicitudes para disertar en la Universidad de Guadalajara y otros centros académicos, sin embargo no tenía todavía planes concretos…

«¡Está bien, iré!» —le contesté—. «Viajaré a Guadalajara y daré mi discurso en la universidad. Hagamos juntos historia.» Lo que sale del corazón llega al corazón; así como los sentimientos de las personas mueven nuestros sentimientos. Cuando esto sucede, nos vemos incentivados a emprender acciones… Es así como se escriben las nuevas páginas de la historia y se crea un nuevo capítulo en la odisea de la vida. He tenido innumerables encuentros de corazón a corazón con mis nobles compañeros de la SGI; algunos han sido tan breves como el tiempo necesario para abastecer de gasolina el avión en el aeropuerto. Y con los miembros de México he tenido numerosos encuentros igualmente profundos cuyos recuerdos atesoro.

Mi visita a Guadalajara resultó en un torrente de nuevos contactos y amistades. El doctor Luis Rionda Arreguín, director del Centro de Investigaciones Humanísticas de la Universidad de Guanajuato, asistió a mi conferencia, y sintiéndose identificado con los ideales de la educación Soka, abrió el camino para el intercambio estudiantil. Hoy, más de ciento ochenta alumnos de ambos centros educativos han participado en los programas de intercambio.

Más tarde, el doctor Rionda me nominó para un título honorario de la Universidad de Guanajuato. El rector Santiago Hernández Ornelas examinó mi historial y sugirió que, en vez de un doctorado honorario, se me otorgase el título de Maestro Emérito. En 1990, me convertí en la segunda persona en recibir tal distinción en los doscientos setenta años de historia de la universidad; honor que compartí con todos mis respetados compañeros miembros mexicanos.

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Daisaku Ikeda conversa con estudiantes en el campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (México, 5 de marzo de 1981)

Encuentro informal con estudiantes en el campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (México, 5 de marzo de 1981)

El 2 de marzo, pocos días antes de dar mi discurso en la Universidad de Guadalajara, visité la Universidad Nacional Autónoma de México y me reuní con el rector Octavio Rivero Serrano. También guardo gratos recuerdos de mi conversación con los alumnos en el campus de la venerable institución fundada hace cuatrocientos treinta años (en 1551). Les hice preguntas para saber si no tenían dificultades y los exhorté a dedicarse de lleno a los estudios. Sentí gran alegría al reconocer, dentro del grupo de alumnos, a dos jóvenes de la Universidad Soka que estaban como estudiantes de intercambio.

En sus inicios, la Universidad Soka no contaba con los activos programas de intercambio estudiantil internacional que tiene hoy en día. Los alumnos de aquel entonces debían trabajar muy duro para obtener becas del gobierno japonés y estudiar en el extranjero. En la actualidad, la Universidad Soka mantiene programas de intercambio con ciento una universidades del exterior. Nunca olvidaré los tenaces esfuerzos de los alumnos de la Universidad Soka para trazar este camino en los años pioneros.

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José Vasconcelos (1882-1959), quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y una figura sobresaliente en el ámbito de la educación mexicana moderna, dijo que la entereza de su pueblo frente a la adversidad constituía una esperanza para la nación. Cuando él asumió el cargo de Ministro de Educación por segunda vez, en 1921, se dedicó a la tarea de edificar escuelas en todo el país. Mientras promovía el aumento de los índices de alfabetización en las áreas rurales, alentó las actividades editoriales en las ciudades para fomentar la cultura. Además, percatándose del tremendo potencial educativo del tradicional arte mural, permitió el uso de las paredes de escuelas, universidades, teatros y otros edificios públicos a los muralistas, difundiendo, de esta manera, las ideas progresistas de la Revolución Mexicana en toda la sociedad.

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Algunos muralistas comenzaron a describir la cultura de los sectores más oprimidos de la sociedad mexicana, y ofrecieron obras de gran belleza poética, representando su historia de gloria y sufrimiento. Esto llevó al florecimiento de una cultura mexicana propia, que había sido acallada durante mucho tiempo, y terminó dando lugar a un movimiento revolucionario de liberación espiritual que restituyó el orgullo del pueblo mexicano. Este esfuerzo por crear una sociedad en la que aquellos que han sufrido más puedan gozar de la mayor felicidad, coincide plenamente con la misión de la educación Soka, que está basada en la filosofía de la dignidad y equidad de la vida.

Artistas, estudiantes y ciudadanos trabajaron con gran entusiasmo en la creación de murales en los recintos universitarios de todo México. Pude apreciar los frutos de esta noble labor en la Universidad de Guadalajara y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Estas casas de estudios que apoyaron la revolución en los ámbitos de la educación y el arte, no eran centros elitistas de autoridad educativa, sino fuentes de inspiración para que el pueblo pudiera descubrir el valor y el orgullo que le son inherentes.

Vasconcelos llamó al pueblo mexicano «la raza cósmica» o raza global, ya que consideró que amalgamaba las mejores cualidades de todas las razas. Y al decir esto, no puedo dejar de mencionar el propósito de mi mentor, el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, quien proclamó también el ideal de los ciudadanos globales.

* * *

Después de visitar la Universidad Nacional Autónoma de México, estaba caminando por las calles de la capital con mi esposa, cuando vimos a un grupo de mariachis con sus característicos sombreros de ala ancha cantando «Cielito Lindo». Salimos a una amplia avenida y vimos a nuestra izquierda al Ángel de la Independencia, una enorme columna dorada con una estatua alada representando la victoria.

«¡Este es el lugar!» —exclamé.

Mi esposa asintió. Una mañana, pocos días antes de morir, el señor Toda me había dicho: «Daisaku, ayer soñé que había viajado a México. Todos me estaban esperando». La escena que él me describió con detalles era exactamente igual a la que se desplegaba ante mis ojos. Parecía que el propio señor Toda me había guiado hasta este lugar.

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Por coincidencia, ese mismo año (1981), la Academia Mundial de Arte y Cultura me confirió el título de poeta laureado en reconocimiento a la lucha que libraba con la pluma en defensa de la verdad y la justicia. En diciembre del mismo año, durante mi estadía en Kyushu, escribí el poema «Jóvenes, ¡escalen la montaña del kosen-rufu del siglo xxi!». Han transcurrido veinticinco años desde entonces.

Víctor Hugo (1802-85), quien también albergaba grandes esperanzas por el futuro de México, escribió sobre el camino que recorren los poetas.

Sea insultado o alabado,
él ilumina lo que vendrá,
al igual que la antorcha que lleva en sus manos.
[2]

El poeta ve en la juventud el futuro que aún no se vislumbra. Él está convencido de que el desarrollo de los jóvenes invitará el amanecer victorioso del pueblo. Las universidades también construyen un brillante futuro para la humanidad, pues ven en la juventud las alas de esperanza que desplegarán hacia el nuevo siglo.

En el año 2004, el rector general de la Universidad de Guadalajara, José Trinidad Padilla López, llegó al Japón para otorgarme el doctorado honorario de su prestigiosa institución, y hemos mantenido un diálogo fructífero sobre lo que pensamos de la enseñanza.

La educación superior alienta nuevos valores y forja individuos integrales que contribuyen positivamente a la comunidad. Si las universidades terminan formando personas arrogantes, entonces habrán fracasado en su cometido. Ellas existen para formar líderes dedicados a servir a aquellos que no cuentan con los medios para asistir a sus clases. El doctor Padilla y yo coincidimos profundamente en estos puntos esenciales de la misión de una universidad.

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