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Crear vínculos con las universidades del mundo: Universidad de La Habana

(De la serie de ensayos «Crear vínculos con las universidades del mundo», publicada en la edición del 1 de julio de 2007 del Seikyo Shimbun, diario de la Soka Gakkai.)

«Las esferas no vienen hacia nosotros, es preciso ir a las esferas.»[1] Son palabras del héroe de la independencia cubana, José Martí (1853-1895). ¡Cuánta inspiración y estímulo brinda una vida que valientemente abre las puertas de nuevos mundos y tiende los puentes que unen a la humanidad!

Daisaku Ikeda pronuncia una conferencia conmemorativa en la Universidad de La Habana, el 25 de junio de 1996.

Conferencia conmemorativa en la Universidad de La Habana (Cuba, 25 de junio de 1996)

Era la tarde del 25 de junio de 1996. Prominentes intelectuales de la República de Cuba llenaban el Aula Magna de la Universidad de La Habana. El frontispicio y el techo de la sala estaban adornados con magníficas pinturas y yo estaba por pronunciar un discurso conmemorativo. De pronto, una fuerte lluvia azotó el techo del auditorio, seguida de ensordecedores truenos. Creo que el cielo no pudo elegir un preámbulo más dramático para mi disertación. Empecé diciendo: «El trueno; ¡qué extraordinaria música celestial! Los cielos baten sus tambores para felicitar el avance de la humanidad hacia la victoria de la paz. ¡Es una magnífica sinfonía! ¡Y la lluvia maravillosa! El firmamento nos está indicando que no debemos amilanarnos ante la adversidad, que debemos seguir adelante en medio de la tormenta de vicisitudes».

Ese día, tenía el honor de ser el primer ciudadano japonés distinguido con un doctorado honorario en Letras de la Universidad de La Habana que, fundada en 1728, es una de las instituciones superiores más prestigiosas de Latinoamérica. Se aproximaba el 3 de julio, el día en que el señor Josei Toda, salió de la cárcel (en 1946) donde había sido recluido por defender sus ideales, durante la Segunda Guerra Mundial. Di mi discurso titulado «Martí y un nuevo heroísmo—Un gran puente espiritual con miras al nuevo siglo», evocando a mi mentor y dedicándole la distinción que se me concedía.

Enfaticé la importancia de la educación como clave para forjar al ser humano, unir a la humanidad y tender los puentes de la paz. El auditorio reaccionó cálidamente.

En aquella época, Cuba vivía momentos de suma tensión; su mayor aliado, la Unión Soviética, había colapsado en 1991, y la isla enfrentaba la peor crisis desde la revolución de 1959. En febrero de 1996, el gobierno de los Estados Unidos agudizó su embargo económico a Cuba y la relación entre ambos países alcanzó su punto más álgido.

Yo había sido invitado por el gobierno cubano para visitar el país, pero conforme los planes se fueron concretando, muchos expresaron su oposición. Sin embargo, insistí en efectuar la visita, ya que yo estaba firmemente decidido a servir como un puente para unir a los pueblos y fomentar la amistad.

Todo comienza a partir del encuentro con una persona y de la intención de cultivar lazos de amistad genuina con ella. Aun cuando existan fuertes diferencias políticas o económicas, estoy seguro de que los sentimientos de afinidad pueden aflorar en los ámbitos de la cultura y la educación. Este había sido mi credo irrevocable como ciudadano comprometido con la búsqueda de la paz.

El 24 de junio del mismo año, llegué al aeropuerto internacional José Martí, después de recorrer la ruta de los Estados Unidos y las Bahamas.

Encuentro entre Fidel Castro y Daisaku Ikeda en el Palacio de la Revolución (La Habana, Cuba, junio de 1996).

Con Fidel Castro en el Palacio de la Revolución (La Habana, Cuba, junio de 1996)

A las siete y media de la noche, luego de mi disertación en la Universidad de La Habana, me dirigí al Palacio de la Revolución. El presidente Fidel Castro me recibió en saco y corbata; esta fue la primera vez que se presentó en un acto público de su país vistiendo un atuendo distinto a su característico uniforme militar. «Luce usted muy bien en traje», le dije. «Es que si visto como siempre, nadie entendería que estoy luchando por la paz», respondió sonriendo con cierta timidez, y explicó que se había puesto el traje especialmente para dar la bienvenida a un emisario de la paz.

No podemos conocer a una persona sin tratarla. Juzgar a los demás sin siquiera intentar un contacto directo o un diálogo, es estar a merced de los prejuicios.

Durante mi conversación con el presidente Castro, comenté que el futuro de Cuba y del mundo dependen de la educación. Él asintió profundamente y se mostró de acuerdo. Ya había manifestado en repetidas ocasiones que solo la educación podía salvar a la humanidad.

De hecho, una de las reformas más dramáticas llevadas a cabo bajo el liderazgo del presidente Fidel Castro fue la realizada en el ámbito educativo. Luego del triunfo de la revolución, el gobierno hizo un llamado para erradicar el analfabetismo. Mas de doscientos mil voluntarios se presentaron para realizar la tarea. Ellos arriesgaron sus vidas, ya que con estas acciones se convertían en blanco de las fuerzas antirrevoluncionarias. Los alumnos y graduados de la Universidad de La Habana asumieron un papel crucial en las labores de alfabetización.

Los jóvenes voluntarios se movilizaron de la ciudad al campo; de día ayudaron en las labores agrícolas y de noche, enseñaron a los campesinos a leer y escribir. Por primera vez en la historia cubana, la luz de la educación llegaba a las zonas rurales. De este modo, la ciudad y el campo, los jóvenes y los ancianos, la sociedad cubana toda fue unida con magníficos puentes humanos.

Foto conmemorativa frente a la Uniersidad de La Habana, 25 de junio de 1996

Foto conmemorativa frente a la Universidad de La Habana. De izquierda a derecha: el ministro de Educación Superior, Fernando Vecino Alegret; el ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos; Kaneko Ikeda; el rector Juan Vela Valdés y Daisaku Ikeda (La Habana, Cuba, junio de 1996)

«Por favor, tomémonos una fotografía aquí», nos dijo con una amplia sonrisa el doctor Juan Vela Valdés, rector de la Universidad de La Habana, quien nos había recibido a mí y a mi esposa (25 de junio de 1996). La estatua de una mujer con los brazos extendidos se erigía frente a la entrada principal de la Universidad. Nos tomamos una foto ahí, con el doctor Vela y mi entrañable amigo, el doctor Armando Hart Dávalos, ministro de cultura.

La estatua simbolizaba la alma máter (literalmente «madre nutricia»). El espíritu que nutre la Universidad de La Habana es el profundo humanismo de José Martí, poeta, escritor y periodista que dedicó su vida entera a la liberación del pueblo cubano de la opresión colonial. Martí, quien a los dieciséis años se unió al movimiento independentista, llevó una vida de encarcelamientos, destierros y exilio.

La siguiente inscripción adorna el Memorial José Martí, que visité durante mi paso por La Habana: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra».[2] Los grandes pensamientos son imperecederos; se fortalecen con cada tormenta y relucen con cada golpe. Martí dijo: «La única gloria verdadera del hombre [...] estaría en la suma de servicios que hubiese, por sobre su propia persona, prestado a los demás».[3]

En 1871, durante el fragor de la lucha por la independencia cubana, más de cuarenta estudiantes de la Universidad de La Habana fueron arrestados bajo falsas acusaciones de haber profanado la tumba de un oficial español. Ocho de ellos fueron fusilados.

José Martí estaba furioso. Escribió una elegía por los alumnos caídos y les dedicó un conmovedor discurso titulado «Los pinos nuevos»: «Ayer lo oí [el himno a la vida] en la tierra [...] vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!».[4]

La Universidad de La Habana se encuentra sobre una colina. La entrada principal, construida al estilo greco-romano, es seguida por una pendiente escalonada con más de cien niveles. Esta escalera sirvió como púlpito de encendidos discursos por parte de innumerables alumnos: desde elogios a la revolución hasta llamados al despido de profesores corruptos. También fue un aula al aire libre, donde se intercambiaron ideas, y fue escenario de emotivas partidas. Ante mis ojos, las escalinatas de piedra blanca que se extienden de la entrada del «palacio del pueblo», me parecían «puentes de triunfo» que conducen hacia el futuro.

El presidente Fidel Castro, quien había sido también alumno de la Universidad de La Habana, me dijo: «Los recursos humanos son un valioso tesoro, es el patrimonio de un país que carece de recursos naturales».

En la actualidad, la Universidad de La Habana mantiene programas de intercambio con universidades de más de trescientos países, incluyendo la Universidad Soka. Sus estudiantes llegan todos los años como alumnos de intercambio.

Cuando se le preguntó a uno de ellos el motivo por el cual estudiaba, respondió con orgullo: «¡Para servir a la Patria y al mundo!». Las ideas fundacionales de una universidad son eternas.

En el libro de visitantes del Memorial José Martí escribí el siguiente poema:

Como la tempestad bravía,
la persecución se ensaña furibunda
con el hombre de auténticos quilates.
Mas sólo a él pueden pertenecerles
la gloria eterna, el triunfo perenne
y la honra de brillo que jamás se extingue,
como el sol que asoma pletórico de rayos deslumbrantes,
para dar luz a toda la eternidad.
Así ha de ser, sin falta.
Así ha de ser indefectiblemente.

La División de Estudiantes universitarios fue fundada bajo auspicios del señor Toda, en una época de turbulenta represión contra la Soka Gakkai. Han transcurrido cincuenta años, y los estudiantes Soka han extendido lazos de amistad en todo el mundo. Varios jóvenes de la Universidad Soka se encuentran en la Universidad de La Habana asistiendo a programas de intercambio, y llevando una vida estudiantil plena de aportes y progreso académico.

Estoy orando profundamente, cada día, por el desarrollo y el avance de los jóvenes líderes que iluminarán la senda de la humanidad en el siglo xxi.

Martí manifestó: «Estando todos juntos, como que somos más, venceremos; pero no venceremos si no tenemos de nuestro lado la justicia, porque un solo hombre con ella es más fuerte que una muchedumbre sin ella».[5]

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