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El desafío de formar ciudadanos del mundo (EEUU, 13 de junio de 1996)

[IKEDA, Daisaku: El nuevo humanismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, págs. 78-90. Conferencia brindada en la Universidad de Columbia, Nueva York, Estados Unidos, el 13 de junio de 1996.]

Así como las aguas caudalosas del río Hudson avanzan sin cesar, con potencia y grandeza, la Facultad de Ciencias de la Educación está creando una corriente ininterrumpida de jóvenes líderes. Ellos son quienes construirán, en el siglo que se aproxima, una magnífica nueva era.

Agradezco sinceramente el honor que hoy me han concedido, al invitarme a exponer mis reflexiones en esta institución, la más eminente de los Estados Unidos dedicada a los estudios de posgrado en el campo de la pedagogía. En especial, hago extensiva mi gratitud al presidente Levine y a todos los que han trabajado para hacer posible esta visita. Si me permiten, deseo anticiparme y dar las gracias, también, a los comentadores que, luego, nos harán conocer su pensamiento esclarecedor.

Hace veintiún años, en 1975, tuve el privilegio de visitar la Universidad de Columbia. Cuatro años antes, en 1971, habíamos fundado la Universidad Soka, en Tokio. Y en esa oportunidad traje conmigo algo que jamás olvidaré: el cálido aliento y los invaluables consejos de esta casa de estudios superiores a una institución hermana, que apenas se lanzaba a dar sus primeros pasos. Ha pasado el tiempo, pero mi deuda de gratitud es la misma, como lo es mi necesidad de reiterar este reconocimiento.

Antídotos para la guerra

Hoy me encuentro aquí, en la misma facultad donde el célebre filósofo John Dewey enseñó, al frente de su cátedra. El fundador de la Soka Gakkai y gestor del espíritu fundacional de nuestra Universidad Soka, Tsunesaburo Makiguchi, se refirió con gran respeto a las obras e ideas de John Dewey, en su libro El sistema pedagógico de la creación de valores, escrito en 1930. (1)

En lo que a mí concierne, el interés y el compromiso que me unen a la educación se remontan a las experiencias que viví durante la Segunda Guerra Mundial. Si se me permite aquí una mención de carácter personal, mis cuatro hermanos mayores fueron reclutados y trasladados al frente de batalla. El más grande murió en combate, en Myanmar; los tres restantes, uno tras otro, fueron regresando de la China continental, durante los dos años siguientes al término de la guerra. Verlos llegar con el uniforme hecho jirones fue un espectáculo de patetismo desgarrador. Mis padres ya eran ancianos… ¿Cómo reducir a palabras el dolor de mi padre, la pesadumbre de mi madre? Podrán pasar los años, pero hasta el final de mis días seguiré recordando la repugnancia y la furia con que mi hermano mayor, durante una licencia, describió las atrocidades inhumanas que había visto cometer al ejército japonés en China. Fue inevitable que yo desarrollase un profundo odio hacia la guerra, hacia su crueldad, su insensatez y sus pérdidas gratuitas.

En 1947 conocí a un educador extraordinario, Josei Toda. Él y su maestro, el mencionado Tsunesaburo Makiguchi, habían sido encarcelados por el gobierno japonés como prisioneros de conciencia, por oponerse a la política bélica de invasión que estaba llevando a cabo el Japón. Makiguchi murió sin recuperar la libertad; Toda sobrevivió a dos años infames de vida en el presidio. (2)

Cuando escuché su historia, yo tenía diecinueve años. Instintivamente comprendí que ese hombre que tenía ante mí, por su postura y sus acciones, merecía mi confianza y nunca me defraudaría. Así pues, determiné seguir sus pasos y atesorarlo como maestro de vida. El alegato continuo y apasionado de Toda puede resumirse en pocas palabras: la humanidad sólo podrá liberarse del horror cíclico de la guerra cuando formemos nuevas generaciones de personas imbuidas por un profundo respeto a la dignidad suprema de la vida. Por lo tanto, él dio prioridad absoluta a la educación, en todas sus formas.

Conocimiento y felicidad

La educación es un privilegio singularmente humano. Es la fuente inspiradora que nos permite ejercer nuestra condición humana en el verdadero sentido de la palabra; gracias a la educación, el hombre puede asumir una misión constructiva en la vida, con compostura y confianza en sí mismo. Como lo demuestra la historia contemporánea, el conocimiento puede seguir un curso de desarrollo aislado de toda consideración por la vida humana. El punto final de este rumbo desviado son las armas de destrucción masiva. Pero al mismo tiempo, también es el conocimiento lo que ha vuelto a nuestra sociedad tan cómoda y conveniente, en la medida en que hizo posibles la industria y la prosperidad material. En vista de estos planteos, la educación debería asegurar, fundamentalmente, que el conocimiento sirva para promover la causa de la felicidad humana y de la paz. Ésta es la labor esencial de toda actividad educativa.

Digamos, entonces, que la educación debería ser la fuerza impulsora de una permanente indagación humanística, capaz de desplegarse sin pausa, por toda la eternidad. Por esta razón, creo que el emprendimiento último de mi vida, y también el más crucial e importante, será la educación. Y también por eso concuerdo con el presidente Levine en que la labor educativa podrá ser el medio más lento de cambio social, pero es el único medio posible.

La sociedad de hoy enfrenta un sinfín de crisis, todas simultáneas e interrelacionadas. Entre ellas forman fila las guerras, la destrucción ambiental, la brecha de desarrollo entre el Norte y el Sur, las divisiones de naturaleza étnica, religiosa o idiomática… Es una lista larga y familiar; reconozco que el camino hacia las soluciones puede parecer demasiado remoto y que, a fuerza de escollos, termina por intimidar aun al más optimista. No obstante, me permito decir que en la raíz de todos estos problemas se halla una imposibilidad colectiva: la de poner al ser humano y a la felicidad del hombre en el centro de todas las empresas y en la meta de todas las actividades. El hombre es el punto al cual debemos regresar y es, al mismo tiempo, la línea de partida infalible de cada nueva travesía. En síntesis, lo que hace falta es una transformación en el seno del hombre; una revolución humana.

En el pensamiento de Makiguchi y en el de Dewey hay muchos puntos de contacto, y éste es uno de ellos. Ambos postularon, incondicionalmente, la necesidad de crear nuevas formas de educación, centradas en la gente y en el hombre. Como bien expresó Dewey: “Todas las cosas característicamente humanas se enseñan y se aprenden”. (3) Dewey y Makiguchi vivieron en una misma época. Separados por medio planeta, en sociedades recientemente industrializadas y, por lo tanto, sembradas de problemas y dislocaciones; ambos lucharon por trazar rutas hacia un futuro signado por la esperanza.

Influido en gran medida por las ideas de Dewey, Makiguchi afirmó que el propósito de la educación debía ser la felicidad duradera de los educandos. Creyó, además, que la auténtica felicidad se hallaba en una vida creadora de valores. Para decirlo del modo más sencillo, la creación de valor es la capacidad de hallar sentido a cualquier circunstancia, de mejorar la propia existencia y contribuir al bienestar de los demás, en cualquier situación. La filosofía creadora de valores que postuló Makiguchi surgió de los conceptos sobre las funciones profundas de la vida que le fueron brindando sus estudios sobre el budismo.

Tanto Dewey como Makiguchi miraron allende los límites de las naciones-Estado, para vislumbrar nuevos horizontes de convivencia humana. Podría decirse que ambos concibieron la idea de la ciudadanía mundial; ambos percibieron la necesidad de que surgieran personas creadoras de valores en el escenario del mundo entero.

La red de Indra y los ciudadanos del mundo

Durante las décadas pasadas, tuve el honor de dialogar con destacadas personalidades de los más diversos campos. En ese ámbito de intercambio, dediqué no pocas energías a ponderar una cuestión: ¿cuáles son las condiciones que debe reunir un ciudadano del mundo? Obviamente, la ciudadanía mundial no tiene que ver con el número de idiomas que uno domine ni con la cantidad de países que uno haya recorrido. Conozco muchas personas que podrían ser vistas como ignotos ciudadanos anónimos, pero que poseen una nobleza interior extraordinaria; que nunca han ido más allá de su ciudad natal, pero sienten auténtica preocupación por la paz y la prosperidad del mundo. Así, pues, si debiera puntualizar el resultado de mis reflexiones, mencionaría las siguientes características como elementos básicos de un ciudadano del mundo:

En primer lugar, sabiduría, para reconocer la trama de vínculos indisolubles que mantienen unida la vida, en todas sus formas. En segundo término, coraje, para no temer a las diferencias ni negarlas; pero también coraje para respetar y tratar de comprender a las personas de diferentes culturas, y crecer a partir del contacto con ellas. Por último, solidaridad, para cultivar una empatía despierta que vaya más allá del ambiente inmediato y abarque a los que sufren en lugares remotos.

La manifestación concreta de cualidades humanas como la sabiduría, el coraje y la solidaridad implica, en lo profundo, percibir la trama de vínculos que entrelaza todas las expresiones de la vida. Este concepto, que en la cosmovisión budista se denomina “interdependencia universal”, acaso se entienda mejor si recurrimos a la imagen de una notable parábola. Esta hermosísima metáfora visual nos lleva a comprender, en forma intuitiva, la interdependencia y la inclusión recíproca de todos los fenómenos.

Suspendida sobre el palacio de Indra –la deidad budista que simboliza las fuerzas naturales protectoras y nutricias de la vida— pende una red de dimensiones gigantescas. En cada nudo de esa red hay una gema brillante. Cada piedra preciosa contiene y refleja la imagen de las demás joyas sujetas a la red. Y ésta, como totalidad, esplende un haz magnífico de luces fulgurantes. (4) Cuando aprendemos a reconocer lo que Thoreau denominó “la extensión infinita de nuestras relaciones”, (5) podemos detectar los hilos de la vida, que sostienen y reciben sostén al mismo tiempo. A partir de este descubrimiento, el hombre puede percibir, desde el lugar donde está, las joyas deslumbrantes de todos los vecinos que tiene en el mundo.

El budismo busca cultivar una sabiduría asentada sobre esta clase de resonancia empática con todas las formas de vida. Dentro de su marco conceptual, la sabiduría y la solidaridad se encuentran íntimamente ligadas y se fortalecen una a la otra. Pero, en el budismo, la benevolencia solidaria no implica una supresión forzada de nuestras emociones naturales, ni negar nuestros gustos y rechazos. Por el contrario, significa comprender que aun aquello que nos genera aversión tienen cualidades que pueden contribuir a nuestra vida; aun aquello que nos desagrada representa una oportunidad de desarrollar nuestro humanismo. Por otro lado, el deseo solidario de contribuir al bienestar de los demás hace surgir, en forma creativa, una sabiduría ilimitada.

El budismo enseña que tanto el bien como el mal existen en cada ser humano, como potenciales innatos. La solidaridad consiste en el esfuerzo valeroso y sostenido de ir en busca del bien en cada semejante, sea quien fuere, sea cual fuere su conducta; significa empeñarse, mediante un compromiso continuo, en cultivar las cualidades positivas de uno mismo y de los demás. Sin embargo, para asumir un compromiso hace falta coraje. Son demasiados los casos en que la solidaridad, por no ir acompañada de valentía, se queda en la mera expresión de sentimientos.

El budismo llama bodhisattva a la persona que encarna tales cualidades –sabiduría, coraje y solidaridad— y que trabaja sin descanso por la felicidad de los semejantes. Si nos atenemos a ello, vemos que el bodhisattva representa un precedente antiguo y, a la vez, un ejemplo moderno del ciudadano del mundo.

La fe en la bondad del ser humano

La literatura budista también nos acerca la historia de una mujer contemporánea de Shakyamuni. Esta dama, llamada Srimala, escogió dedicarse a educar a sus semejantes; y lo hizo enseñando que la práctica de un bodhisattva era alentar, con amor maternal, el potencial supremo del bien que existía en cada ser humano. Leamos su compromiso tal como ella prefirió expresarlo:

Si veo a alguien solo, alguien que ha sido injustamente encarcelado o que ha perdido la libertad; si veo a alguien que padece a causa de la enfermedad, la desgracia o la pobreza, jamás lo abandonaré. En cambio, le brindaré alivio espiritual y material. (6)

En lo específico, la práctica de Srimala abarcaba varios aspectos. En primer lugar, alentar a los demás con palabras afectuosas y consideradas mediante la herramienta del diálogo (priyavacana). En segundo término, brindar ofrendas a los demás; es decir, dar a la gente lo que cada cual necesita (dana). En tercer lugar, actuar en beneficio de los semejantes (arthacarya). Por último sumarse a la acción de los demás y trabajar junto al pueblo (samanartha). A través de esta labor, Srimala perseguía un objetivo que era extraer los aspectos positivos de las personas con las que tomaba contacto. Como esta historia ilustra, la práctica del bodhisattva implica, necesariamente, una profunda fe en la bondad innata del ser humano.

El conocimiento se traduce en aplicaciones concretas. En vísperas del tercer milenio, el ser humano debe encauzar el conocimiento hacia la tarea de liberar el potencial creador y positivo que lleva, latente, en su interior. Pero para lograr este fin, también es indispensable detectar el mal inherente a la naturaleza humana, causa esencial de la destrucción y de las divisiones que escinden al género humano. Dicho de otro modo, la práctica del bodhisattva es una confrontación ineludible con lo que el budismo llama la “oscuridad fundamental de la vida”. (7)

Si bien puede definirse como aquello que nos mueve en dirección a la convivencia armoniosa, a la empatía y a la solidaridad con los demás, entonces la naturaleza del mal es dividir a las personas de sus semejantes, y a la humanidad, del resto de la naturaleza. La patología del impulso a dividir despierta en el hombre un apego irrazonable a las diferencias y le impide ver los rasgos comunes a la condición humana. Y esto no se limita sólo a los individuos; por el contrario, constituye la profunda psicología del egoísmo colectivo, que adopta su modalidad más destructiva en expresiones virulentas como el etnocentrismo y el nacionalismo.

En la raíz de la práctica de un bodhisattva anida la lucha por superar ese egoísmo y por vivir en niveles superiores del yo, donde la vida se expresa en actitudes solidarias. Por sus aspiraciones y metas, la educación justamente debería basarse en este mismo espíritu altruista que encarna la figura del bodhisattva. La orgullosa labor de los que hemos tenido acceso a la educación debería ser prestar servicio a aquellos que no han tenido esa oportunidad; es decir, servir a los semejantes, tanto en tareas visibles como en esfuerzos aparentemente imperceptibles. Por momentos, la educación parece reducirse a una cuestión de títulos y de diplomas; su finalidad termina teniendo que ver con la autoridad y el prestigio que ellos confieren. Sin embargo, y ésta es mi convicción, debería ser un vehículo para cultivar, en la propia personalidad, el noble espíritu de atesorar y enriquecer la vida de los demás. De tal forma, la educación debería darle al hombre el impulso necesario para vencer sus propias flaquezas y persistir en el esfuerzo, a pesar del desaliento que, a veces, impone la realidad social. De esta manera, el ser humano podría experimentar sus propias victorias e, iluminado por ellas, encontrar el camino hacia un futuro mejor.

De la vecindad, al mundo

La tarea de forjar ciudadanos del mundo nos compete a todos. De nosotros depende trazar los cimientos éticos y conceptuales de la ciudadanía mundial, dado que éste es un proyecto vital en el cual todos somos protagonistas y del cual todos debemos hacernos responsables. Para que sea fructífera, la educación formadora de ciudadanos del mundo debe ser enfocada como parte integral de la vida cotidiana, y echar raíces en las comunidades donde transcurre el diario vivir. Al igual que Dewey, Makiguchi se centró en la “comunidad local”, en el barrio o vecindad, como ámbito ideal para la formación de ciudadanos del mundo. Precisamente, en su Geografía de la vida humana, de 1930 –hoy considerada una obra precursora de la ecología social—, Makiguchi recalcó la importancia de la comunidad como ámbito físico del aprendizaje.

En otro lugar, Makiguchi escribe: “En síntesis, la comunidad es un mundo en miniatura. Si alentamos a los niños a observar directamente las complejas relaciones que median entre los hombres y la tierra, entre la naturaleza y la sociedad, ellos captarán sagazmente la realidad de su hogar, de su escuela, de su pueblo, aldea o ciudad. Y así podrán comprender el mundo anchuroso”. (8) Esto concuerda con una observación de Dewey; según el filósofo norteamericano, tampoco podrán sentir respeto por las personas de países distantes quienes no han tenido experiencias que profundicen su comprensión de la vida en vecindad ni de la realidad de sus vecinos. (9)

Nuestra vida cotidiana está colmada de oportunidades de aprendizaje, para nosotros mismos y para quienes nos rodean. Cada una de nuestras interacciones con los demás –diálogo, intercambio o participación— es un inapreciable estímulo para crear valor. Justamente porque aprendemos a partir del contacto con otras personas, el humanismo de un maestro es el factor clave de toda experiencia educacional.

Makiguchi sostuvo que la educación humanística, es decir, la que guía el proceso de formación de la personalidad, era una aptitud trascendental. Para él, sólo podía ser definida como un arte. La primera experiencia docente de Makiguchi transcurrió en cierta escuela rural de una lejana aldea japonesa. Para hacer honor a la verdad, la “escuela” consistía en una única aula, donde él enseñaba alumnos de todos los grados; los niños pertenecían a familias de escasos recursos y, por provenir de hogares muy modestos, naturalmente tenían modales muy rústicos. Sin embargo, Makiguchi era insistente: “Todos son alumnos por igual. Desde el punto de vista de la educación, ¿qué diferencia hay entre ellos y otros estudiantes? Aunque lleguen a clase cubiertos de tierra y de polvo, sus ropas humildes reflejan la brillante luz de la vida. ¿Nadie piensa percatarse de ello? Entre estos pequeños y la cruel discriminación de la sociedad media una sola cosa: la presencia del maestro”. (10)

El maestro es el factor más importante del ambiente educativo; esta convicción de Makiguchi es, al mismo tiempo, el espíritu invariable de la pedagogía creadora de valores (soka). En otro texto, advierte: “Los maestros deberían descender del trono en el que se han encarnado, como si fuesen objetos de culto, para actuar como servidores públicos. Desde este lugar han de brindar orientación a todos los que ansíen subir al trono del aprendizaje. Los maestros no deberían exhibirse como parangones, sino ser compañeros en el descubrimientos de nuevos modelos”. (11)

La escuela no existe en los edificios inanimados, sino en los maestros que se dedican a servir a los alumnos; aquéllos son, en sí mismos, una escuela viviente. No soy el único en sostener que la vida de los alumnos no se transforma a fuerza de escuchar disertaciones, sino gracias al contacto estimulante con seres humanos. Por esta razón es tan importante el vínculo entre docentes y alumnos.

En lo que a mí concierne, la mayor parte de mi educación transcurrió bajo la tutela de mi maestro, Josei Toda. Durante unos diez años, cada día antes de ir al trabajo, me impartió lecciones de historia, literatura, filosofía, economía, ciencias exactas y administración. Los domingos, nuestras lecciones de a dos se iniciaban por la mañana y duraban todo el día. Jamás dejaba de preguntarme –de interrogarme, diría yo— sobre los libros que estaba leyendo. Pero, más que nada, yo aprendí de su ejemplo. Su ardiente consagración a la paz, imperturbable aun después del encarcelamiento, se mantuvo incólume toda su vida. Esta actitud, y la profunda solidaridad que impregnaba cada uno de sus actos en la interrelación con los demás, han sido las lecciones más valiosas que me dejó Josei Toda. No temo decir, con orgullo, que debo a mi maestro prácticamente todo lo que he llegado a ser en la vida.

Las Naciones Unidas y los ciudadanos del mundo

El sistema pedagógico de la creación de valores se instrumentó con el deseo de que las generaciones futuras tuvieran oportunidad de experimentar esta misma educación humanística. Mi más noble esperanza es que los egresados de las escuelas Soka lleguen a ser ciudadanos del mundo y protagonistas de una nueva historia para la humanidad.

Pero, para ser eficaces, los actos de los ciudadanos del mundo necesitan llevarse a cabo con coordinación. Y, en este sentido, hay que reconocer el gran potencial del sistema representado por las Naciones Unidas. En la encrucijada de este época, la ONU pude actuar como centro, no sólo para “armonizar los actos de las naciones”, (12) sino también para crear valores a través de la formación de ciudadanos del mundo, capaces de construir un mundo de paz. Si bien, hasta el momento, el debate de esta organización internacional se ha visto dominado por los estados y por los intereses nacionales, últimamente creo sentir, cada vez con más fuerza, la energía de ese “Nosotros, los pueblos…” que palpita en el preámbulo, particularmente en las actividades de las organizaciones no gubernamentales (ONG).

En los últimos años, bajo el auspicio de la ONU, se ha puesto en marcha un discurso global sobre cuestiones críticas, como el ambiente, los derechos humanos, las poblaciones indígenas, la mujer y la expansión demográfica. Se han llevado a cabo congresos mundiales con la participación de representantes oficiales y no gubernamentales, que impulsaron la configuración de una ética global, indispensable para sostener la acción de los ciudadanos del mundo. En forma paralela con la gestión permanente de la ONU, sería excelente que ciertas cuestiones quedasen incorporadas como elementos integrales de la educación en todos los niveles. Por ejemplo:

  • Una educación para la paz, que enseñe a los jóvenes la crueldad y la insensatez de la guerra, para arraigar la práctica de la no violencia en la sociedad humana.
  • Una educación ambiental, que enseñe la actual realidad ecológica y los medios idóneos para proteger el medio.
  • Una educación para el desarrollo, que se centre en el análisis de la pobreza y de la justicia global.
  • Una educación para los derechos humanos, que cree conciencia sobre la igualdad y la dignidad insoslayable de la vida.

La actividad educativa jamás deberá subordinarse a los intereses políticos. Para ello, habría que otorgarle un lugar de reconocimiento equivalente al que, dentro de los asuntos públicos, tienen los tres poderes –el legislativo, el ejecutivo y el judicial—. Esta propuesta nace de la experiencia de mis predecesores al frente de la Soka Gakkai, quienes libraron una permanente batalla contra el control político de la educación. Si se me permite proponer iniciativas concretas en esta dirección, invitaría, en los años próximos, a realizar una reunión cumbre mundial, no de políticos, sino de educadores. El motivo, muy simple, es que no encuentro nada tan importante para el futuro del género humano como la solidaridad internacional entre los educadores.

Con esta finalidad, la Universidad Soka seguirá trabajando para promover el intercambio educativo entre los jóvenes, tras el ejemplo de la Facultad de Ciencias de la Educación, que según escuché, posee un claustro estudiantil formado por alumnos de ochenta países. Como señaló Makiguchi: “Cuando el trabajo educativo se apoya en una clara comprensión y tiene un propósito definido, puede superar las contradicciones y las dudas que asedian a la humanidad, y generar una victoria eterna para el género humano”. (13)

Por último, y a modo de despedida, me comprometo a trabajar denodadamente, junto a los respetados amigos y colegas que hoy me acompañan, para forjar ciudadanos del mundo capaces de dar a la humanidad esa “victoria eterna” que tanto anhelamos.

(1) Véase MAKIGUCHI, Tsunesaburo: Educación para una vida creativa: ideas y propuestas de Tsunesaburo Makiguchi, Buenos Aires, Universidad de Flores, 1998. El libro es la edición condensada de El sistema pedagógico de la creación de valores, de 1930.

(2) Véase BETHEL, Dayle M.: Makiguchi the Value Creator: Revolutionary Japanese Educator and Founder of Soka Gakkai (Makiguchi, un creador de valores: el revolucionario educador japonés que fundó la Soka Gakkai), Nueva York, Weatherhill, 1973.

(3) DEWEY, John: “Search for the Great Community (En busca de la gran comunidad)”, The Public and Its Problems: An Essay in Political Inquiry (El pueblo y sus problemas: ensayo sobre la investigación política), Chicago, Gateway Books, 1946, pág. 154.

(4) Véase Sutra Gandavyuha, India, Mithila Sanskrit Institute, 1960. En las primeras doce páginas figuran varias descripciones de Indra. En particular, la historia de la red de Indra se describe en las páginas 8 y 9.

(5) THOREAU, Henry David: “The Village (La aldea)”, Walden, The Selected Works of Thoreau (Walden, Obras selectas de Thoreau), Boston, Houghton Mifflin Company, 1975, pág. 359.

(6) Véase The Lion´s Roar of Queen Srimala: A Buddhist Scripture on the Tathagata-garbha Theory (El rugido de la reina Srimala: una escritura budista sobre la teoría del Tathagatagarbha), Nueva York, University Columbia Press, 1974, pág. 65.

(7) Véase NICHIREN: “La apertura de los ojos”, Los principales escritos de Nichiren Daishonin, Buenos Aires, Soka Gakkai de la Argentina, 1997, vol. 2.

(8) Antología de la obra de Tsunesaburo Makiguchi, Tokio, Daisan Bunmeisha, 1994, pág. 40. Traducción indirecta del japonés.

(9) DEWEY, John: “The Problem of Method (El problema del método)”, The Public and Its Problems (El pueblo y sus problemas), pág. 213. Véase también John Dewey, Problems of Men (Los problemas del hombre), Nueva York, Philosophical Library, 1946.

(10) MAKIGUCHI, Tsunesaburo: Obras completas de Tsunesaburo Makiguchi, Tokio, Daisan Bunmeisha, 1982, vol. 7, pág. 183.

(11) Ib., vol. 6, pág. 289.

(12 “Carta orgánica de las Naciones Unidas”, artículo I. A.

(13) MAKIGUCHI, Tsunesaburo: Ib., vol. 8, pág. 365.