El corazón poético del diálogo: el ethos de aliento de Daisaku Ikeda
by Sarah Wider
[A continuación se reproduce la charla que dio Sarah Wider, profesora emérita de Estudios Ingleses y Estudios de la Mujer en la Universidad de Colgate, EE. UU., en la Universidad Soka de Estados Unidos, en Aliso Viejo, California, el 4 de noviembre de 2025.]
Sarah Wider, profesora emérita de Estudios Ingleses y Estudios de la Mujer en la Universidad de Colgate, habla en la SUA
Me gustaría comenzar con unas palabras de Walden, un libro que Daisaku Ikeda conocía bien. En el capítulo «Sonidos», Thoreau nos invita a prestar una atención deliberada al instante. Describe algunas de sus mejores mañanas junto a la laguna, en contraste con sus vecinos de Concord e incluso con su propia idea interiorizada de lo que «debería» estar haciendo. Escribe: «Durante el primer verano no leí libros; planté judías. No, a menudo hice algo mejor. Había momentos en que no podía permitirme sacrificar el esplendor del momento presente [por trabajo alguno, de la cabeza o las manos»]. Ahí, en esencia –probablemente como una bellota que contiene el potencial del roble, podríamos decir, dada la cantidad que crece en Concord– estaba contenido lo que significó para mí el encuentro con Daisaku y Kaneko Ikeda, y lo que floreció en nuestro diálogo, con el tiempo.
Presten atención al momento presente. No permitan que por inconsciencia, distracción o inercia se pierda lo que florece en él. Y aquí va la primera pregunta para todos nosotros... para cada uno y para todos, individual y colectivamente: ¿qué es lo que florece en este momento presente... sí, incluso en este tiempo en el que la destrucción es el centro? ¿Qué es aquello que brota ahora, aquello que, en palabras de Thoreau, no podemos permitirnos sacrificar? Permítanme ofrecerles una breve recreación vivencial de la imagen de este autor. Hace poco, participé en una de las manifestaciones de No Kings (No a los reyes). ¡Había tanta gente! ¡Fue tan alentador! Yo estaba en Santa Fe y, mientras caminábamos desde el tribunal federal hasta el Capitolio, atravesando la centenaria plaza de Santa Fe, una mujer que estaba al lado de la carretera repartía flores. «Aquí tienes un poco de amor», decía mientras entregaba una flor a las personas que pasaban a su lado. Puse el tallo de esa flor en la cremallera de mi chaqueta y, más tarde, en el cabello. Me acompañó todo el día y supuse que, para cuando llegara a casa, se habría marchitado hasta quedar irreconocible. Pero no fue así. Allí seguía, todavía lozana con su precioso tono púrpura. La puse en un pequeño florero y ahí permaneció varios días, una vibrante y perfecta encarnación de un momento presente en flor, como pueden verla aquí, todavía abierta para nosotros ahora [, ].
Quédense con esta idea sobre qué es lo que florece ahora, en su presente, mientras los invito a recorrer conmigo un camino de pensamientos, preguntas y reflexiones sobre las ideas y lecciones que surgieron, que florecieron, a raíz del 3 de julio de 2006 y del diálogo que entablamos con el señor Ikeda. Un momento que podría haberse sacrificado al dictado del reloj. Cuando me pidieron que reflexionara sobre el encuentro con el señor y la señora Ikeda, así como sobre el diálogo posterior, pensé en las cualidades de la mente y el corazón, la observación, la percepción y la atención que caracterizaron esos acontecimientos. Quiero que ustedes experimenten cómo fue la reunión, el diálogo... no solo que escucharan mi relato, sino que sintieran su carácter inclusivo y amplitud.
Ahora bien, por naturaleza a mí me gusta deambular sin rumbo fijo, y nunca estoy más feliz que cuando no sé a dónde voy, pero con el tiempo he aprendido que muchas personas no se sienten cómodas divagando y reflexionando sin restricción, por lo que también les ofrezco de forma sucinta algunas de las lecciones de aquella época, mensajes que verán entretejidos en el resto de estas palabras. Aquí están:
Estén dispuestos a que los interrumpan.
Presten atención al instante.
En cada momento, pregúntense qué aliento puede darse, especialmente cuando ese momento sea de ruptura o perturbación.
¿Qué aliento nos pide este instante?
Ahora, agárrense fuerte porque estamos a punto de embarcarnos en una extensa meditación reflexiva, que podría parecer fuera de lugar en un entorno académico. Pero como ustedes son los oyentes, aquí, en una universidad que se centra en la comprensión de la interconexión, confío en su gran capacidad de escucha, su paciencia, curiosidad e interés por ver cómo se conecta todo esto. Como dijo el señor Ikeda: «Todos los fenómenos del universo existen en el contexto de una relación de mutuo sostén […]. Nada existe sin un significado; nada es en vano». (Conferencia del 2 de noviembre de 1995 en la Universidad Tribhuvan, Katmandú, Nepal).
Al escribir esta charla, he estado en todas partes. En mi estudio de Hamilton, mirando los arces por la ventana, que, por cierto, este año no están tan coloridos por las lluvias irregulares en primavera y verano. Sentada aquí, como estoy en este momento, en la entrañable mesa de la cocina de mi infancia, un espacio donde, ya de adulta, me sentaba con mi padre por las mañanas. Tomábamos café, mientras la luz de Nuevo México entraba por las puertas acristaladas, hablábamos del mundo, de lo que había sido, de lo que era entonces, y nos poníamos a resolver todos los problemas imposibles de este mundo querido para luego levantarnos al día siguiente y volver a hacerlo todo de nuevo. Ahora esa mesa ya no está en la casa de mis padres, sino en una pequeña vivienda en Placitas, Nuevo México. Desde allí, contemplo las montañas a través de la ventana. Siempre vuelvo la mirada hacia ellas, incluso cuando no están a la vista. ¡Cuánta falta nos hacen en nuestra vida! Miro hacia las montañas Sandia y veo el resplandor de los álamos temblones, de un amarillo intenso, en la plenitud de sus colores otoñales []. Y, por supuesto, tenía que incluir una de las fotografías[1] de montaña del señor Ikeda []. Y después, de nuevo, la de Sandía [].
Pero también estoy en otro lugar, aquí mismo, con ustedes, profundamente agradecida, recordando mis diversas visitas a la Universidad Soka de Estados Unidos (SUA), pensando en Masao Yokota, quien tras escuchar un breve discurso que di un verano en la reunión anual de la Sociedad Thoreau, no sacrificó aquello que brotó en ese momento y me escribió poco después. Así dio inicio a una conversación que ha durado más de veinte años y que, de hecho, ha estabilizado y fortalecido mi vida. Y también, a la vez, estoy en otro lugar. No, no estoy distraída, ni desatenta, sino que estoy acogiendo lo que me gusta considerar momentos ikedianos, algo que Daisaku Ikeda siempre parecía capaz de hacer con tanta facilidad: estar en este momento y abarcar todos los demás, prestar atención ahora y observar la conexión de todos los instantes que, en principio, parecían separados.
Y así, aunque todos estemos aquí, en este momento, también los voy a llevar a todos a otro lugar… Es temprano por la mañana en Albuquerque, Nuevo México. Estamos sentados en una mesa del restaurante Frontier, justo enfrente de la Universidad de Nuevo México. Acabo de dejar a mi pareja Bruce en el aeropuerto, y este es uno de los únicos lugares abiertos a las cinco de la mañana. Es un local grande. Con los años se ha ido ampliando a lo largo de la manzana, añadiendo otros establecimientos a medida que los negocios iban y venían. A esta hora tan temprana, solo hay dos salas abiertas. Me siento frente a la ventana, mirando hacia la Avenida Central. Todavía no hay mucho movimiento. Por los altavoces del restaurante suena una suave versión acústica de canciones viejas. En este momento se escucha Rocket Man (1972) de Elton John, una canción que se popularizó cuando yo era estudiante de secundaria y aún no tenía carné de conducir. Todos los sábados, mi padre nos llevaba en coche a mi amiga Ann y a mí al lugar de ensayo situado al otro lado de la calle, en la universidad, donde practicaba la orquesta municipal de estudiantes de secundaria. El descanso significaba correr a Frontier por uno de sus famosos rollos de canela. La canción de Elton John podría haber estado sonando entonces, probablemente en su versión original. La interpretación que ahora se oye por el sistema de sonido es un arreglo instrumental, solo para guitarra; sin embargo, las palabras del estribillo resuenan en mis oídos: «And I think it's gonna be a long long time (Y creo que va a ser mucho, mucho tiempo)».
Sí, ha pasado mucho, mucho tiempo, y seguirá pasando. Levanto la vista de la página en la que estoy escribiendo y pienso en ese «mucho, mucho tiempo» que nos queda por delante hasta que quienesquiera que seamos tú, yo y todos nosotros vivamos en un mundo centrado en la paz y la generosidad. Como dice la botánica indígena Robin Wall Kimmerer, «todo florecimiento es mutuo». Siento que sabemos eso, quiero creerlo, en lo más profundo de nuestro corazón. Ese conocimiento —esa certeza íntima— es el núcleo del aliento. Pienso en la reciprocidad, en la naturaleza compartida del aliento. Tengo tantos ejemplos en mi propia, aunque breve, vida. Mi paso por este planeta no ha sido muy largo, pero recuerdo deliberadamente todo el aliento que me ha traído hasta aquí, hoy, como parte de una continuidad que fluye, fluye y sigue fluyendo, según creemos, hacia la paz. Dicho esto, la travesía no ha sido fácil. En el verdadero aliento, tal como demostró el señor Ikeda una y otra vez, uno se enfrenta a las dificultades, se adentra en ellas y ayuda en todo lo que puede para acabar con las crueldades y transformar la violencia. Como muchos de los presentes bien saben, hacemos todo lo que está a nuestro alcance para transformar los venenos en medicina. Lleva mucho, mucho tiempo, y siempre persisten las mismas preguntas: ¿cuánto tiempo tenemos?, ¿cómo seguimos adelante sin perpetuar la violencia que buscamos poner fin? Como oímos tan a menudo, y con razón, el cambio gradual se convierte fácilmente en complicidad con la injusticia. Lo que ocurre mientras tanto, durante ese trabajo lento y persistente, ilustra lo cruel que es este tiempo. Todas las personas que serán asesinadas, todos los continuos ataques al propio planeta. «Va a ser mucho, mucho tiempo»: ¿y cómo vivimos con eso?
Aquí, en otoño de 2025, me siento con mi imaginación; nos sentamos, abarcando todos estos tiempos a la vez. Los años se desenrollan y es 1889. La Universidad de Nuevo México acaba de abrir sus puertas a los estudiantes. Retroceden algunos años más y Estados Unidos acaba de apoderarse de esta tierra, una tierra que, al parecer, nunca honrará ni respetará. El tiempo se vuelve hacia atrás, y ahora es México y antes España, naciones de origen europeo que reclaman tierras que no son suyas, viendo solo minerales que extraer del suelo, dinero que ganar. El tiempo sigue deslizándose en mi mente, y aquí están ahora los pueblos originarios de esta tierra, comunidades que siguen siendo parte integral de este lugar sagrado, donde han vivido desde «tiempos inmemoriales», como dice el refrán: Isleta Pueblo al sur; Sandía Pueblo al norte, recordándonos a quienes venimos de fuera cómo son la resistencia, la persistencia y la resiliencia. Diferentes gobiernos hicieron todo lo posible por asesinarlos, vaciarlos de la tierra, de la historia, de la presencia vital que dan a este lugar. No lo han logrado. Afortunadamente, no lo han logrado. Como suelen decir los miembros de las comunidades indígenas: «Aquí seguimos». Uno de mis colegas de Cochití Pueblo solía recordarles a nuestros alumnos: «Estábamos aquí mucho antes de que llegaran los españoles; estuvimos aquí durante el gobierno mexicano y el estadounidense que le siguió, y seguiremos aquí mucho después de cualquier gobierno que venga a continuación».
Ahora, en este punto, el tiempo me invita a retroceder hasta antes de la presencia humana, a adentrarme en lo que los geólogos llaman «tiempo profundo», una época que parece escapar a nuestra comprensión; por ejemplo, este granito que traje conmigo y sostengo en la mano, cuya existencia se remonta a millones de años, 1 453 000 000, más o menos, doce millones de años, una cifra que, bueno, no es exacta, pero es alucinante.
Albuquerque, donde me imagino que estamos, donde crecí, que sigue siendo el hogar de mi corazón, ilustra a diario cuán dinámicas y dramáticas son las cosas que los seres humanos solemos considerar monolíticas y estáticas. Tomemos, por ejemplo, las montañas Sandía, que bordean la ciudad por el este. Entre cinco y diez millones de años atrás, la tierra se desestabilizó: una parte se hundió y otra se elevó para formar estas magníficas elevaciones, ahora estables y siempre presentes, con una altura de tres mil metros sobre el nivel del mar en su punto culminante. Mientras escribo en este momento, un día después de ese café matutino que disfrutamos en el restaurante Frontier, veo características que parecen sempiternas, como si las montañas hubieran estado aquí siempre, como parte elemental de esta tierra. Y, por supuesto, ahora lo son, pero no siempre lo fueron. El borde rocoso de la cima nos recuerda un paisaje muy diferente, que no es terrestre en absoluto, sino marino. Aquí había un mar interior; si caminan por la cima encuentran fósiles de criaturas oceánicas de hace trescientos millones de años. Además del granito, también traje una astilla de piedra caliza de la parte superior de la montaña, y si se mira con atención, se pueden ver las formas incrustadas de esos animales, ese momento de hace eones que dialoga con este instante.
Momento: una palabra que normalmente significa una breve duración en el tiempo. Solo fue un momento, decimos. Y, sin embargo, también decimos ¡vaya momento!, cuando algo importante nos sucede. El breve instante que vemos como insignificante es también el que encierra todo el significado trascendental en su pequeño marco. El señor Ikeda hizo hincapié en la importancia de prestar atención a cada momento precisamente porque estos pasan, incluso los trascendentales. En el diálogo que mantuvimos, entrelazó la interconexión de nuestras vidas con la de la naturaleza. Llamó la atención sobre nuestra experiencia: lo que parece momentáneo y, de hecho, terminará con el instante, también puede perdurar. Para él, esa realidad era el núcleo de su práctica y su afición por la fotografía. Estas son sus reflexiones del diálogo The Art of True Relations (El arte de las relaciones genuinas):
Al igual que cada momento de nuestra vida es único, no hay dos instantes iguales en la naturaleza. Aunque las flores parezcan abrirse de la misma manera año tras año, en realidad nunca son iguales al pasado. Lo que veo a través de mi cámara es un mundo en constante cambio, invaluable, que surge y luego desaparece, momento tras momento. Espero capturar esta belleza fugaz que produce la naturaleza y dejar un registro duradero de ella. Creo que esto es lo que el arte de la fotografía puede lograr, y con esta intención hago mis fotografías (The Art of True Relations, pág. 41).
En cada instante se contiene la profundidad de los años... todo el tiempo presente para nosotros.
Si escuchamos
Si prestamos atención
Si recordamos ser todo lo que somos
Y aquí hago una pausa y me río del tiempo y con él, porque han pasado cuarenta y cinco minutos desde que empecé a escribir el primero de estos pensamientos. Estamos de vuelta en el restaurante Frontier. Me he quedado sin papel, como pueden ver en esta foto. Ahora estoy escribiendo en la bolsa de papel blanca que me llevaré a casa con los restos del rollo de canela [, ]. También se me ha acabado el tiempo, según la duración del aparcamiento gratuito del restaurante. Hago una pausa para retomar estos pensamientos más tarde y, sin embargo, en este momento, ojalá todos podamos llevarnos en la memoria a la anciana y a la joven que veo pasar por delante de donde estoy sentada. Hace unos instantes, caminaban en la otra dirección, hacia el baño. Las vi cuando pasaron por primera vez, sin llevar comida a una mesa, con un aspecto algo desaliñado, como nos pasa a todos a esa hora de la mañana, y no le di mayor importancia, aunque sus mochilas se me quedaron grabadas en la mente. Ahora, mientras se dirigen hacia la puerta, parece que se han aseado en el baño y se han preparado para el día; la niña lleva el pelo bien peinado con una coleta y la ropa bien planchada. Parece lista para ir al colegio. Me pregunto si no tienen hogar, si viven donde pueden, buscando lugares donde quedarse y luego sitios donde prepararse para otro día.
En tantas ciudades de Estados Unidos, demasiada gente no tiene dónde vivir; el costo de una vivienda segura, como ustedes saben, es imposible con un salario mínimo. Y los que actualmente dirigen el gobierno de Estados Unidos han decidido vilipendiarlos, menospreciar a seres humanos que simplemente buscan un lugar en el mundo donde puedan vivir. Veo a esta abuela y su nieta y pienso en la crueldad y la arrogancia, la estrechez de miras y la dureza de corazón que se necesitan para utilizar tácticas tan difamatorias. Cuánta negación se necesita para cerrar los ojos ante sistemas económicos basados en la injusticia. Qué mentiras se requieren para mantener sistemas de poder desiguales y una acumulación injusta de dinero. Me viene a la mente una de las grandes figuras del siglo xix, Margaret Fuller, que dijo: «Dame la verdad. No me engañes con ilusiones» (o, como también sugirió, que solo los actos crueles necesitan de poder; el amor alcanza para llevar a cabo lo demás). Cuánto echamos en falta que quienes ostentan el poder nos alienten desde la Verdad, esa Verdad que nos llama a honrar nuestra interconexión y a ofrecer un aliento real y sustantivo, uno que garantice que nadie pase hambre, que nadie carezca de hogar, que cada persona sea reconocida y acompañada para desarrollar plenamente su creatividad. Existe una Verdad que todos podemos abrazar.
Pienso en lo que me dijo una persona amiga de Tesuque Pueblo: «¿Sabes?, en el pueblo no hay gente sin hogar. Siempre hay un lugar adonde ir, un hogar al que acudir y comida para compartir, todos están conectados de alguna manera con los demás». Estas palabras me acompañan cada día, mensajes de culturas centradas en la generosidad, no como una idea de último momento o una oportunidad incierta para compartir lo que «sobra», sino como el lugar desde donde siempre comenzamos. Ser humano, estar en comunidad, es compartir. Cuando ese no es nuestro comportamiento, algún desorden ha entrado en el ser, disminuyendo la propia humanidad. Culturas de generosidad; comunidades que comparten: imagínenlo. Ese lugar donde todos queremos vivir. Me vienen a la mente las palabras de la maravillosa canción Crowded Table (Una mesa multitudinaria) del grupo The Highwomen, compuesto por mujeres, que dice: «Quiero una casa con una mesa llena de gente y un lugar junto al fuego para todos... la puerta siempre abierta y donde todos tengan lugar».
Hago una pausa en esta extensa reflexión, consciente de que siempre es bueno mirar a nuestro alrededor, ver dónde estamos, y los conduzco de vuelta a las montañas, para pensar qué nos ha traído a este punto en nuestra imaginación y visualizar hacia dónde podríamos dirigirnos ahora []. También lo hago para respetar la realidad de quienes quieren saber cuál es el sentido de estas reflexiones, historias y cavilaciones. Ya sea que tengan inclinación por un rumbo claro o por un deambular sin restricciones, a todos nos han educado a «ir directo al grano». Se pueden decir cosas a favor de esa claridad, siempre y cuando no sea a expensas de los demás.
Pero me atrevería a afirmar que un «objetivo» bien podría ser oportuno en este preciso momento, por lo que me pregunto a mí misma, sin rodeos: ¿qué sentido tienen, en el fondo, estas reflexiones? Y, sinceramente, hay más de lo que puedo expresar ahora, hay muchas dimensiones en la respuesta completa, pero, resumiendo, ¿cómo se relaciona esto con el espíritu de aliento de Daisaku Ikeda o con la naturaleza poética del diálogo y su significado esencial en nuestra vida, especialmente ahora, en este momento, cuando tantas cosas se quiebran, nos dividen y nos separan? Vivimos en una época de ruptura; no tiene vuelta de hoja. Miro a mi alrededor y veo todo lo que se ha roto en el último cuarto de siglo, el que el presidente Ikeda vislumbró como una centuria de paz. ¿Dónde estamos ahora?
Desde el año 2000, han fallecido 4,5 millones de personas en actos violentos relacionados con la guerra.
Más de novecientas mil personas han fallecido por la violencia armada solo en Estados Unidos.
La legislación sobre derechos civiles ha sido vaciada de contenido.
En Estados Unidos, así como en otras partes del mundo, vemos cómo se vilipendia a cualquiera que el régimen actual decide demonizar: a quienes no son «lo suficientemente blancos», lo suficientemente crueles o lo suficientemente amenazantes. Vivimos en una época de crueldad que se enmascara como dureza y fuerza. Ese imaginario solo concibe el poder en términos de violencia. Ha dejado sin aprender una parte crucial de la enseñanza de la vida: que el poder procede de una palabra vinculada con la posibilidad, la misma raíz que nos da «potencial». Es un significado que Daisaku Ikeda conocía muy bien y encarnaba en todas sus palabras y acciones, un significado vital que tantos líderes gubernamentales parecen no haber aprendido en absoluto.
No hay necesidad de repetirles lo grave que es la situación, ya lo saben, todos conocemos las rupturas. Las vemos a nuestro alrededor cada día y las sentimos dentro nuestro. Estamos desgarrados, rotos, destrozados, hechos pedazos... Y entonces, ¿qué hacemos?, ¿qué hacemos con todos estos pedazos, con los fragmentos que la violencia nos ha dejado? ¿Cómo tomamos estos pobres y queridos pedazos heridos y los unimos en una nueva trama, en un camino diferente, pacífico? Me encanta que la palabra piece, que da nombre a «una parte», «un trozo», incluso «un fragmento», suene tan parecido a peace, aquella que nombra una forma de estar en el mundo donde la generosidad, el potencial creativo y la interconexión son las luces que nos guían. Podemos pasar de piece a peace; de «pedazo» a «paz» en cada momento, en todo momento.
¿Qué nos pide este momento que escuchemos, que veamos, que sostengamos, que hagamos?
La profesora Wider con el señor y la señora Ikeda (Tokio, julio de 2006)
Hace casi veinte años, el 3 de julio de 2006, me encontraba en una habitación llena de luz. Sin embargo, al indagar en mi memoria, dudo de mí misma. Ese resplandor no provenía de una ventana espaciosa ni de la iluminación artificial. Estaba en un pasillo, un espacio largo bastante agradable, considerando las circunstancias, pero sin grandes ventanas ni fuentes de luz exterior, un lugar que algunos podrían descartar como una simple zona de paso, no destinado a detenerse o prestar atención, sino únicamente a atravesarse. No obstante, en este caso, quienes habían creado este espacio no lo veían como algo insignificante o como un medio descartable para un fin «más importante». Las transiciones son importantes, y este lugar diseñado para el tránsito había sido atendido cuidadosamente: una de las fotografías de gran formato tomada por el señor Ikeda colgaba de la pared y un hermoso arreglo floral adornaba un pedestal. Había belleza en ese pasillo, luz esperando para irradiar a cualquiera que se detuviera lo suficiente para verla, luz creada por el momento, dentro de ese instante. El presidente Ikeda acababa de recibir un título honorífico de la Universidad Maejo de Tailandia. En teoría, no disponía de tiempo para hablar. Estoy segura de que su agenda diaria estaba repleta de citas una detrás de otra, calculadas, diría, casi al segundo. Pero, de alguna manera, encontró tiempo, se tomó el tiempo, se hizo de tiempo para reunirse con una académica trascendentalista visitante de Estados Unidos. Su personal le reservó quince minutos en su agenda. Se permitió ser interrumpido. Rompió su agenda y vio una posibilidad en esa ruptura, y así nos quedamos allí, el señor y la señora Ikeda, yo, el señor Yokota, los maravillosos intérpretes sin los cuales nada de esto habría sido posible, otros miembros del personal, todos juntos, conversando. Allí estaba él, reconociendo mi labor como profesora y pensadora, reconociendo ese trabajo como algo esencial para tejer el entramado de la paz. Estábamos, todos estamos, tejiendo cosas juntos todo el tiempo.
En ese momento, yo estaba... bueno, no del todo desmoronada, pero sí un poco desorientada. Mis padres habían fallecido hacía poco. Ya no tenía mi querida casa familiar a la que volver en Albuquerque. La genética que me había dotado de una sensibilidad increíble hacia el mundo, también me había causado migrañas crónicas y vértigo, y yo estaba, y así continúo, aprendiendo a vivir, ahora, en este cuerpo, a atender y estar en lo que sea que traiga el momento, ya sea dolor o alegría. En el trabajo... me encantaba enseñar; me fascinaba trabajar con mis alumnos, presentarles ensayos, poemas e historias alucinantes para que pudiéramos pensar juntos sobre lo que más importa en este mundo. Para muchos de mis colegas mi pedagogía era excéntrica: centrada en el estudiante, fluida, permitía que los momentos en clase dieran forma a lo que pensábamos juntos ese día, a dónde íbamos. Nunca seguíamos un camino lineal del punto A al punto B; siempre estábamos dando vueltas, en espiral, conectando. No es de extrañar que me sintiera atraída por los escritores nativos estadounidenses contemporáneos. Como dice Leslie Marmon Silko: «La expresión de los indios pueblo se asemeja a una telaraña, con muchos hilos delgados que irradian desde el centro y se entrecruzan. Al igual que con la telaraña, la estructura surge a medida que se va creando, y solo hay que escuchar y confiar, como hacen los indígenas pueblo, en que el significado irá cobrando forma» («Language and Literature from a Pueblo Indian Perspective [Lenguaje y literatura desde una perspectiva indígena pueblo]»).
Mi madre siempre me había animado a pensar, ver y confiar en la interconexión. «Todo está conectado», solía decir. Pero yo me encontraba en un entorno académico que valoraba el análisis, el desglose de las cosas, sin ver la intrincada correspondencia mutua entre dichas cosas. El objetivo del académico era ser incisivo, una palabra que literalmente remite a «cortar». Cortar y luego hablar con autoridad, casi —me parecía— de manera autoritaria. No era lo mío. Había aprendido a hacerlo, pero me partía el corazón, así que persistí en la posibilidad de hacerlo de una manera diferente, lo que a menudo significaba sentirme bastante sola en mi trabajo. Pero ahora estaba junto a Daisaku y Kaneko Ikeda, siendo apreciada como una compañera en el trabajo por la paz, valorada por la viva interconexión que percibía y procuraba comunicar en clase, en mis conversaciones y por escrito. Ese momento, que duró menos tiempo del de lo que me ha llevado escribir estas palabras, no fue tanto como para cambiar mi vida, sino que me permitió abrazar una forma de ser que siempre supe que era verdadera. Y gracias, mamá; gracias, antepasados; gracias, tierra, cielo, agua, que siempre, siempre, siempre me allanaron el camino con su conexión. Ese camino me había sido arrebatado y, en algunos momentos, tal vez incluso me habían enseñado o me habían hecho olvidar, pero allí estaba yo, reconectando con esta realidad fundamental de toda la existencia. Nada está aislado. Nada existe por sí solo, únicamente para sí mismo. En ese momento con los Ikeda, podría haber citado un verso que estoy segura de que ellos conocían bien, del poema de Ralph Waldo Emerson «Todos y cada uno»: «Todos son necesarios para cada uno / Nada es bello o bueno por sí solo». Podría haber compartido la sección inicial del libro de Silko, Storyteller (Cuentacuentos). Ella escribe: «Y es juntos, / todos nosotros recordando lo que hemos oído juntos, / lo que crea la historia completa, / la larga historia del pueblo» (pág. 7). Esos pensamientos, esos escritores estaban presentes en nosotros en ese momento. Y también lo estaban ustedes, sí, todos los que están aquí, incluso los que aún no habían nacido o acababan de nacer, estaban ahí, ustedes también están allí.
En ese momento, en 2006, no podía ni imaginarme que ahora estaría aquí, compartiendo estas reflexiones, pero, como bien decía mi querida madre, todo está conectado. Y, como me enseñó el diálogo posterior con el señor Ikeda, un diálogo no es tal si no es inclusivo; intrínsecamente incluye tantos pensamientos como se puedan imaginar, tantos escritores, artistas, músicos, lugares, épocas y personas como sea posible. El diálogo lo abarca todo y deja de serlo si se basa en una exclusión que dice: «manténganse en el tema; sigan solo esta línea de pensamiento». Desde luego, el señor Ikeda y yo no lo hicimos. Nosotros también fuimos por todos lados, trayendo a la conversación muchos autores, artistas, músicos. Trabajar en ese diálogo nos hizo sentir como si fuéramos parte de una conversación milenaria, sí, por supuesto, con esas voces del pasado: Margaret Fuller, Johann Wolfgang von Goethe, la reina Shrimala, Walt Whitman, Yehudi Menuhin[2], pero también con los lugares que conocíamos bien. Para el señor Ikeda, eso significaba la zona donde se construyó la Universidad Soka de Japón y también aquí mismo la SUA. Esa cuidadosa atención al lugar, cómo respetar un espacio y, mediante ese respeto, crear un área donde todos se reunieran para aprender. Esa experiencia dio forma a la belleza que él tanto deseaba ver plasmada alrededor de cada estudiante, de cualquier edad. Pero tenía como trasfondo otros lugares que lo marcaron hondamente: los paisajes devastados por la guerra en Japón, la tierra y las personas arrasadas por la violencia en medio de las cuales se hizo adulto. Pienso en que ustedes, estudiantes que están aquí hoy, tienen esencialmente la misma edad que la de él cuando se enfrentó a un mundo brutalmente trastocado. Gracias a la guía y aliento de Josei Toda, se alejó de la violencia, y recorrió siempre el camino de la paz, reconstruyéndolo a medida que avanzaba. Como era de esperar, los lugares que a mí me vinieron a la mente fueron espacios más apacibles, incluso en su rudeza y fuerza: las montañas Sandía, la vitalidad de los cielos azules de Nuevo México, así como las infinitas variaciones de grises en las nubes tan características de Hamilton, Nueva York.
Desde el principio sentí el carácter inclusivo del diálogo con una presencia tan cálida, tan intensa y tan hermosa. En parte, esto se debió a que nuestras palabras comenzaron a publicarse por entregas casi de inmediato, difundidas poco después de haber sido escritas. Nuestro intercambio apareció primero en la revista japonesa para mujeres Pumpkin, antes de publicarse en forma de libro (gracias a la señora Imamura y a su asistente, la señora Higashiyama). He conocido a algunas lectoras originales y atesoro las amistades que han surgido a medida que continuábamos dialogando... tantas amigas maravillosas. Gracias a este diálogo, he tejido —hemos tejido— tramas de amistad que son, en realidad, labores de paz. Siempre seguimos tejiendo, trenzando lo que nos mantendrá unidos en un mundo que se cae a pedazos. Continuamos hilando con constancia, todos juntos, para que pueda surgir un mundo de generosidad, amabilidad, reciprocidad y confianza.
La profesora emérita Wider imparte la conferencia «El corazón poético del diálogo: el ethos de aliento de Daisaku Ikeda» en la SUA (Aliso Viejo, California, 4 de noviembre de 2025)
Honrando ese carácter inclusivo, les pregunto, para darles un momento de reflexión antes de la habitual ronda de preguntas y respuestas. Me centro en preguntas para todos nosotros. Como vi en el caso del presidente Ikeda y, sin duda, en mí también: no hay nada más emocionante, nada que abra más el mundo ni que esté más lleno de potencial y ánimo que una buena pregunta sincera y formulada desde el corazón. Por cierto, el corazón está literalmente en el centro del aliento: la palabra francesa cœur —que significa «corazón»— se encuentra justo en medio, en el corazón mismo del término inglés encouragement (aliento). Así pues, con el ánimo de plantear preguntas nacidas del corazón, vuelvo al punto de partida con la afirmación de Thoreau sobre el momento presente y sobre no sacrificar su esplendor. Combino esto con la importantísima labor de alentar y les pido que, en los próximos momentos, piensen en alguien a quien están alentando a no sacrificar algún brote o florecimiento. Piensen en quién ha hecho lo mismo por ustedes. Luego, den un paso más, ese paso necesario y tan importante, y piensen en maneras de fomentar la generosidad en cada momento. ¿Qué formas conciben o han presenciado ya para animarnos a poner la generosidad siempre en el centro de todo lo que hacemos?
Así pues, les invito a que dediquemos unos minutos a reflexionar sobre cualesquiera de estas preguntas, la que más les resuene en este momento []; aunque, por supuesto, también les animo a que sigan los dictados de su propio corazón en sus reflexiones actuales, dondequiera que les lleven. Pueden anotar unas pocas palabras, hacer un croquis de lo que piensan y sienten, lo que les resulte más adecuado. Mantendré estas preguntas en la pantalla y volveré con ustedes en unos momentos.
«No podía permitirme sacrificar el esplendor del momento presente».
Henry David Thoreau
¿Qué momentos de plenitud has animado a otras personas a no sacrificar?
¿Quién ha hecho lo mismo por ti?
¿De qué maneras has visto que la generosidad ocupe un lugar central en todo lo que hacemos?
Haz una lluvia de ideas sobre cómo fomentar esa generosidad en cada momento.
Sarah Wider es profesora emérita de Estudios Ingleses y Estudios de la Mujer en la Universidad de Colgate, en Hamilton, Nueva York, y expresidenta de la Sociedad Ralph Waldo Emerson. Es una especialista del Renacimiento estadounidense y su trabajo se centra en pensadores como Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, en las escritoras de su país de finales del siglo xix y principios del xx, así como en la literatura de sus pueblos indígenas. Destacada estudiosa del trascendentalismo, es autora de The Critical Reception of Emerson: Unsettling All Things (La recepción crítica de Emerson: trastocar todas las cosas) [2001]. Su investigación explora las dimensiones éticas, imaginativas y relacionales de la literatura. La profesora Wider colaboró con Daisaku Ikeda en un diálogo publicado en forma de entregas seriadas en la revista japonesa para mujeres Pumpkin entre 2009 y 2011 y luego editado en formato de libro como The Art of True Relations: Conversations on the Poetic Heart of Human Possibility (El arte de las relaciones genuinas: conversaciones sobre el espíritu poético de las posibilidades humanas) [2014]. También contribuyó a Encountering the Poems of Daisaku Ikeda (Un encuentro con los poemas de Daisaku Ikeda) [2015].