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Un espejo

(Ensayo publicado por primera vez en la edición de noviembre de 1978 de Mi vida[1], una revista japonesa para mujeres)

Tengo un espejo. Siempre está conmigo. En realidad, no es más que un fragmento de vidrio que cabe en la palma de la mano. El reverso está cubierto de pequeños rasguños, pero eso no le impide reflejar lo que tenga delante. Un trozo de espejo roto, más bien rústico, de los que, se podrían encontrar en cualquier montón de basura.

Sin embargo, para mí, es todo lo contrario. Mis padres se casaron en 1915, y, como parte de su ajuar, mi madre llevó consigo un tocador con un precioso espejo. Cuántas veces habrá reflejado el rostro de la joven recién casada, proyectando una imagen nítida y sin distorsiones. Pero unos veinte años más tarde, no recuerdo cómo, el espejo se rompió. Dio la casualidad de que el mayor de mis hermanos, Kiichi, se encontraba en casa, así que entre los dos recogimos los añicos y cada uno guardó un fragmento de los más grandes como recuerdo.

Poco tiempo después estalló la guerra. Mis cuatro hermanos mayores, uno tras otro, partieron al frente, algunos para luchar en China, otros en el sudeste asiático. Mi madre, a quien le habían arrebatado a cuatro de sus hijos, intentaba no mostrar su dolor, pero parecía haber envejecido de repente. Por ese entonces, comenzaron los bombardeos aéreos sobre Tokio, y pronto se convirtieron en algo cotidiano. Yo a duras penas soportaba mirar el rostro de mi madre. Llevaba el trozo de cristal siempre conmigo, como si eso pudiera ayudar a proteger su vida. Lo mantenía cuidadosamente envuelto dentro de la camisa mientras esquivaba las bombas incendiarias que caían a nuestro alrededor.

Finalmente, cuando la guerra terminó, recibimos la notificación de que mi hermano mayor había muerto en combate en Birmania. Pensé de inmediato en el trozo de espejo que yo sabía que él llevaría en el bolsillo interior de su uniforme. Me lo imaginaba sacándolo entre combate y combate, y mirándose en su reflejo el rostro sin afeitar, evocando con nostalgia a nuestra madre, que estaba en casa. Sé cómo debió de sentirse, porque yo también conservo un fragmento de ese espejo, y, cuando me miro en él, me trae recuerdos de mi hermano.

En los tiempos oscuros y turbulentos que siguieron a la derrota de Japón, me fui de casa y me mudé a un apartamento. La habitación era pequeña, austera y fea; y yo era demasiado pobre para mejorar la situación. Ni siquiera había un espejo, pero, afortunadamente, guardaba ese pedazo de cristal roto en un cajón de mi escritorio. Cada mañana, antes de salir a trabajar, lo sacaba para examinarme el rostro demacrado, afeitarme y peinarme con gomina para que el pelo se mantuviera en su sitio. Una vez por día, al sostener el espejo en la mano, mi madre acudía inevitablemente a mi mente. De manera casi inconsciente, pensaba: ¡Buenos días, mamá!

Supongo que evocar a la madre una vez al día es la mejor forma de evitar que un joven se descarríe. En esa época, la sociedad japonesa estaba sumida en un profundo colapso moral y psicológico. Por suerte, me las arreglé para no caer en la desesperación y el desánimo que podrían haberme llevado a la autodestrucción. Se lo debo a ese maltrecho fragmento de espejo.

Hubo días en los que su reflejo me mostraba que no tenía buen color, que no parecía encontrarme bien. Tomándolo como una advertencia, cuando iba a comer, usaba más cupones de racionamiento y me servía dos raciones de arroz. En ocasiones, me contemplaba fijamente en el espejo estremeciéndome de aversión al ver cómo los pómulos salientes daban a mi rostro un aire siniestro. Mientras que, cuando estaba de buen humor, le sonreía a mi reflejo y me ponía a silbar suavemente. En cierto sentido, en aquel periodo, el cuidado y la preocupación de mi madre siempre estuvieron conmigo, aunque no se manifestaran con palabras. Aquel trozo de cristal me mostraba cómo iba avanzando día a día y me mantuvo en el camino correcto.

Cuando mi maestro, Josei Toda, tenía diecinueve años, decidió dejar atrás su pequeño pueblo natal en la prefectura de Hokkaido e instalarse en Tokio. Entonces, su madre le regaló una chaqueta bordada. Le dijo que mientras la conservara y se la pusiera para trabajar sería capaz de superar cualquier obstáculo que se le presentara. Era blanca con un dibujo azul marino: un intrincado diseño, bordado con sumo cuidado. Parecía que, junto con cada puntada, su madre hubiera cosido también todo su amor y entrega. Mi maestro conservó esa prenda toda su vida.

Estuvo en prisión durante los últimos años de la guerra, pero en 1945, cuando la contienda terminó, fue liberado y pudo volver a su hogar. Dicen que al saber que su casa se había salvado del fuego de los bombardeos aéreos y que la chaqueta estaba intacta, le dijo a su esposa que no debían preocuparse por nada: puesto que la prenda no había sufrido daños, estaba seguro de que todo iría bien.

Una chaqueta vieja y un espejo roto…, y, sin embargo, ambas cosas pueden transmitir las oraciones de una madre. Poseen el extraño poder de sostener y levantar el ánimo cuando flaquea el corazón humano. Sin duda muchos se reirán y dirán: «¡Qué sentimentalismo más anticuado!». Mas, para mí, nada hay de anticuado en los sentimientos que encarnan estos objetos: lo único que ha quedado obsoleto son la chaqueta y el espejo.

En 1952, cuando me casé, mi esposa trajo consigo un nuevo y flamante tocador, y desde entonces empecé a mirarme en el nuevo espejo. Un día la encontré con el viejo pedazo de cristal en la mano, mirándolo desconcertada. Probablemente se estaría preguntando para qué guardaría alguien semejante cacharro, con el que ni siquiera se podría entretener a un niño. Cuando vi que el fragmento podría acabar en el cubo de la basura, le conté la historia que lo acompañaba: el vínculo que tenía con mi madre y mi hermano fallecido en la guerra. Entonces, mi esposa buscó una delicada cajita de madera de paulonia y colocó el espejo dentro. Aún hoy, el cristal sigue a salvo en el cofre.

Incluso una vieja pluma estilográfica inspira el asombro y la reverencia en las generaciones posteriores si perteneció a un gran escritor, pues el público percibe que el objeto resguarda, de algún modo, el secreto de sus obras maestras.

Cada vez que contemplo el pedazo de espejo roto, me habla de esos días de mi juventud –tan difíciles de describir–, de las oraciones de mi madre y del triste destino de mi hermano mayor, y lo seguirá haciendo mientras viva.

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